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Giuseppe Pierantoni "Cómo viví seis meses secuestrado"
• ¿Puedes contarnos cómo fue el secuestro? - Un grupo formado por cinco guerrilleros entraron de noche en nuestra casa y me inmovilizaron. Hubiera querido reaccionar pero me acordé de lo que le había pasado a un cura misionero irlandés dos meses antes. Por reaccionar, había sido asesinado. Fuera de casa, corrimos en la sombra de la noche, perdí las sandalias arrastrado por esa gente y recé para que nadie muriera. Llegados a una barca, nos alejamos rápido y en silencio. Me acordé de la frase del evangelio: "Los envío como corderos en medio de lobos" y de otra frase: "Si te piden caminar una milla, camina dos". Eso me ayudó a abandonarme en la fe, aceptar mi impotencia, confiando en el poder de Dios... Por mi experiencia de objetor de conciencia siempre pensé que la teoría de la legítima defensa es una forma de traición al espíritu evangélico. Uno deja de ser cordero en medio de lobos para transformarse en otro lobo que lucha por su supervivencia. Me propuse abandonarme a los planes de Dios y no defenderme. Ésta fue la clave que garantizó mi serenidad y mi salud psicofísica. Después de seis meses de cautiverio y soledad me siento sereno, sin odio. Recordé a menudo la frase de Jesús: "Recen por sus perseguidores, por sus enemigos". Algunas veces me enojé porque tenía hambre y estaba cansado; después de una semana recién me trajeron unas latas de sardinas. Pero en general me trataron siempre gentilmente. • Tus padres en una carta se decían convencidos de que durante este largo tiempo de secuestro seguramente habrías ayudado espiritualmente a tus raptores. ¿Fue así? - De a poco se creó un clima de confianza entre nosotros. Ellos compartieron conmigo sus problemas personales hasta el punto de hacerme sentir su capellán. Me hablaron muchísimo de sus problemas familiares. Son casi todos casados o a punto de casarse y tienen hijos. Pero por su situación raramente pueden volver a ver a sus familias. Hasta me hicieron escribir seis cartas de amor a sus mujeres. Me describieron su religión con mucho entusiasmo. Me di cuenta que había puntos en común entre la fe de ellos y la nuestra, partiendo sobre todo de la fe de Abrahán, nuestro padre común. Esta gente hace tremendos sacrificios para lograr un mañana mejor que ellos creen garantizado por Dios. • ¿Tuviste miedo que te mataran? - No; más bien la preocupación de ellos y mía era la continua presión de los militares y de los distintos grupos de policía en la zona. Los militares llegaron muy cerca de nosotros en tres ocasiones... La finalidad de mi secuestro era obtener dinero para comprar armas para su defensa personal y realizar su objetivo político que es la liberación de la isla de Mindanao y su independencia de Manila... En el mes de diciembre escuché por radio el mensaje de mi hermana que invitaba a los secuestradores a liberarme para que pudiera celebrar Navidad con mi familia. Lo escuché por pura casualidad y me dio un gozo intenso; esperé realmente que me liberaran. Después vino la desilusión. Comprendí que tenía que esperar tiempos largos. La noche de Navidad fue muy fría. Dormíamos vestidos, sobre hamacas. La comida del día de Navidad fue un plato de arroz con sal. • ¿Cómo eran tus jornadas ordinarias? - Por la mañana ellos se levantaban muy temprano para hacer la oración, como buenos musulmanes y yo me levantaba con ellos para rezar también. Dormía muy poco de noche. Había escasas actividades durante el día, también porque se vivía con el miedo a los militares que nos buscaban. Comíamos juntos a mediodía, todos lo mismo. Alguna vez llegaba alguien de afuera con noticias. Pasé seis meses siempre con las mismas personas. No había diarios porque ellos no conocían el inglés; era gente sencilla, analfabeta o casi. Durante un tiempo tuvimos una radio, pero sólo transmitía noticias locales y en idiomas que en su mayoría desconozco. Cuando querían hablar de sus cosas, los secuestradores hablaban en sus dialectos. Pero hablábamos extensamente en sebuano y reconocían que habían hecho un pecado hacia mi persona, porque yo era inocente. Pero me explicaban que lo habían hecho porque la de ellos era una lucha por sobrevivir; necesitaban comprar armas para liberar a Mindanao, y me aseguraban que no querían cometer otros abusos conmigo. • ¿Rezaste mucho? - Todo el tiempo, sobre todo el rosario. Rezaba por mi familia, por mis compañeros y por la Misión Dehoniana en Filipinas, por la Congregación, por las vocaciones, por la Iglesia de Pagadian y en modo particular por el obispo Jiménez que terminó siendo el verdadero protagonista de mi liberación, la persona más equilibrada en todo este asunto. Recé por mis secuestradores para que no le sucediera nada a ellos ni a mí y para que pudieran tener una visión distinta de la vida. Sus sentimientos eran absolutamente negativos con respecto a la realidad política y social de Filipinas. Ojalá entiendan que sólo los caminos de la no violencia y de la paz son útiles para mejorar el país. En esos seis meses no celebré la Misa; no tenía el breviario. Pero en este silencio litúrgico resonaron en mi mente más que nunca las palabras y frases del Evangelio, que me confortaron y alentaron. Repetía la oración de Jesús en el Getsemaní: "Padre, si es posible que pase de mí este cáliz, pero que no se haga mi voluntad sino la tuya". Además sentí muy fuerte el apoyo de tantas personas que han rezado y hecho sacrificios por mí. Comprendí que mi vida era un don que dependía de Dios y de los demás. Soy un deudor de mi vida a todos. • ¿Estás dispuesto a volver a Filipinas? - Ahora estoy en Italia con mi familia por un tiempo pero quiero volver, quiero volver a Mindanao; a lo mejor en áreas más lejanas. He ofrecido a Dios mi disponibilidad para ayudar en el futuro, si Él quiere, a algunas de estas personas que me han secuestrado, para que normalicen su vida; sobre todo a algunos jóvenes de 17, 18 años que me han dicho: "Estamos cansados de esta vida, queremos estudiar". Conservo un lindo recuerdo de las conversaciones religiosas tenidas con el comandante Ustad, que demostraba sentimientos nobles para con la religión y también hacia mi persona. Si los fundamentalistas islámicos fueran todos como él, no habría que tener ningún miedo del Islam. Fue muy honesto y trató de ayudarme. Me decía que la fe islámica es fe abrahamítica y por lo tanto muy afín a la nuestra; y yo reconocí en él esa experiencia de fe, simple y a la vez exigente. Durante dos meses vivimos como los monos, sobre los árboles. Penetramos en el interior de la foresta, bellísima, con pájaros, plantas y flores de todo tipo. Una noche el anciano del grupo mirando el cielo me preguntó: "¿Quién manda al sol y a la luna? ¿Quién hizo todas estas cosas maravillosas? ¿No es Alá?".Yo le contesté que sí, admirado por su espíritu contemplativo y agradecido. Creo que ellos también tienen la clara percepción que Dios es el mismo para ellos y para nosotros. Para ellos los cristianos son los hermanos mayores, como para nosotros los judíos. • ¿Cómo fue la liberación? - Tuve que hacer larguísimas caminatas con un grupo reducido de ellos, hasta que me entregaron a una ambulancia (se habían hecho mientras tanto tratativas con el ejército y con la policía) que me llevó a Dipolog en 4 horas de viaje. Desde allí en un pequeño avión de la policía me trasladaron a Manila. No sé cómo se dio mi liberación. Los militares rastreaban la zona y los secuestradores tenían miedo de ser descubiertos. Durante la última semana cuatro de ellos habían sido arrestados y se temía que hablaran. Puede ser que todo esto haya influido para que me liberaran. Después mi vida cambió de golpe. Desde la vida de esa pobre gente sufrida, aislada, al margen de la historia ("fuera de los muros de Jerusalén"), tuve que encontrarme con los grandes del mundo: la presidenta de Filipinas, los políticos más importantes, los jefes militares y policiales, los obispos, el nuncio... Espero que esto no dure demasiado. Vuelvo a recordar cada tanto esos rostros y ya la parte dramática la he olvidado; rezo por ellos. Si ahora vuelve a mi mente lo que pasó, vuelve como una experiencia positiva, como una gracia. • ¿Qué mensaje nos puedes dar desde esta experiencia? - Agradezco a Dios por esta experiencia que no pedí; ha sido un don de Dios. Hice antes que nada la experiencia de la precariedad, de la pobreza que es la de la mayor parte de la gente de esa zona y de todo el país (y del mundo entero). Es vivir sin saber lo que pasará mañana, si se llegará a la noche. Una cosa es verlo en los demás y otra vivirlo. Es la imposibilidad de organizar la propia vida, el futuro, el mañana. He comprendido lo que significa abandonarse en Dios plenamente. A las que son sus sorpresas. Me ha ayudado mucho en esto la espiritualidad dehoniana. En esta incapacidad de autoadministrarme y llevar a cabo mis proyectos, me he sentido realmente un instrumento. "Cuando soy débil, entonces soy fuerte", dice san Pablo. También a nivel de Iglesia local me he sentido sujeto de muchas oraciones y sacrificios. Por primera vez en la historia se han reunido hombres y mujeres de distintas Iglesias y religiones, para rezar por mi liberación. Y por último, quisiera que sobre todo los jóvenes que aspiran a la vida religiosa y al sacerdocio y todos los jóvenes, entendieran que la opción de seguir a Cristo no es búsqueda de bienestar, tranquilidad y seguridad; por el contrario conlleva el riesgo de seguir el destino del Maestro, pobre y crucificado. (Textos
extractados por Primo Corbelli |
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