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El pan rallado de Pablo Era un pedido que alteraba irreverentemente la tranquilidad de aquel pueblito cordillerano. Por segunda vez la radio del pueblo leía aquella extraña carta: un preso pedía ser visitado. No por nadie en especial, simplemente por "alguien". Era el quinto año de su condena y nunca había recibido una visita. En aquel horario destinado a los familiares y a los amigos, el pobre Pablo contemplaba su más absoluta soledad. Así fue que me presenté en la Alcaldía y viví la brutalidad de la revisación y la mirada de desconfianza de los guardias. Parecía que ser "amigo" de Pablo era ya en sí mismo un delito. Muy pronto se cultivó una excelente amistad. A la parquedad y los silencios de las primeras mateadas siguió una relación de confianza y confidencia. En todo lugar donde abunda el sufrimiento, la Iglesia tiene un campo inmenso para sembrar esperanza y compasión. Y todo aquel que sufre mucho se abre a la dimensión espiritual y se pone en presencia del que es la Verdad y la Vida. El rito era acompañado del ruido a rejas, del humo de cigarro, y del mate que circulaba incansable. Allí se tejían los dolores, las alegrías, los sueños. Allí Pablo me confesó que rezaba todas las noches el Rosario. Y más aún... con el pan que recibía diariamente hacía pan rallado y lo entregaba a las señoras del merendero. En su pequeña y oscura celda, en un pueblito que no conocía pero que imaginaba en sus calles y plazas, este pobre hombre era capaz de hacer este pequeño gran sacrificio pensando en los demás. Solitario y solidario hacía su aporte anónimo y generoso. Me acordé de la viuda del Evangelio y sus moneditas. Leonardo Buero |
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