¿Será un "hogar, dulce hogar"?

"Hogar, dulce hogar"
Suiza/ Italia/ Francia , 1999.

Género: drama, comedia.
Duración: 118 minutos.

Director y Guionista: Otar Ioseliani.
Con: Nico Tanielashvili (el hijo), Lily Lavina (la madre), Philippe Bas (joven motociclista), Amiran Amiranachvili (barbudo), Otar Ioseliani (el padre).

Superada la "lucha de clases", las clases sociales, sin embargo, permanecen. Pareciera que son inamovibles, a pesar de que quienes están abajo muchas veces desean ascender y quienes están arriba, muy pocas, desean bajar.

Estos tópicos afronta "Hogar, dulce hogar", particularmente los intentos de abandonar la "tierra firme" del propio status para adquirir otro (el título original del film nos sugiere este "abandono" de lo seguro: Adiós, tierra firme).

Inteligentemente, por medio de una estructura coral, el film va desgranando personas, lugares y circunstancias.

Por un lado, una familia poten-tada, que vive en su palacio en las afueras de París. Allí transcurren las veleidosas veladas que organiza la excéntrica dueña de casa. Hay un marido, tambien excéntrico aunque de perfil bajo, que sólo busca beber y divertirse con sus trenes eléctricos.

Finalmente, viven los tres hijos del matrimonio. Las dos hijas menores, olvidadas por sus padres y atendidas por los criados. Y el hijo mayor, Nicolás, que hace "su" vida en la ciudad.

La ciudad es París, especialmente un entorno bastante circunscrito. Aparecen, entonces, bares y baristas, una anciana, un matrimonio que atiende una suerte de atelier religioso, un veterinario y su hijo que ensaya con su violín, y una camada de buscavidas, mendigos, con quienes se relaciona Nicolás.

También se encuentra su oponente simbólico, otro joven, limpiador en el ferrocarril, que vive en una especie de cuchitril.

Príncipe y mendigo simulan. Nicolás trabaja (mal) como lavaplatos y vagabundea hasta la vuelta al palacio. El ferroviario consigue una moto prestada y se "endominga" para conseguir chicas.

La simulación tiene su momento emblemático en la vestimenta. Los travestidos personajes cambian las vestiduras que les corresponderían socialmente, para vivir imaginaria-mente, y por algunos momentos, la nueva situación soñada.

Las juntas con los gamberros lleva a Nicolás a la cárcel. Su estadía está "dicha" cinematográficamente con gran virtuosismo. La cámara se detiene en las rejas, en la ventana y en el muro carcelario. Con ese detalle brinda la sensación de la duración y del estancamiento.

La vuelta al mundo exterior de Nicolás es también la vuelta a su mundo social. Tras darse cuenta de que todo ha cambiado en la ciudad, de que el Don Juan motociclista se ha quedado con la chica que a él le interesaba, se vuelve al palacio. De vuelta, en un detalle, el director nos lo dice todo. En las zapatillas deportivas tiradas en la ruta se lanzan todos aquellos intentos malogrados del joven.

Quien sí abandona todo, junto a un camarada mendigo, es el padre. Entonces se abre la estupenda secuencia final, de la barca que entra en el mar abandonando el puerto, que se despide diciendo: Adiós, tierra firme.

Un tono de comedia preside la película. La cámara de Ioseliani observa con afabilidad a los protagonistas. Sus intentos, fallidos o no, de una nueva vida, desnudan mediocridades, vacíos, insatisfacciones, anhelos y también autenticidades.

El film es magnífico. Paradigma de lo cinematográfico. Todo se dice con imágenes. Particularmente aguda es la utilización de tantos símbolos, especialmente dos: trenes (de verdad y de juguete) y descorches, símbolo del simpático dolce far niente. El ruido del descorche de tantas y tantas botellas viene a ser una especie de "banda de sonido".

Conformarse o no con lo que se es o con lo que ha uno le ha tocado en suerte, aspirar a lo mejor, reconocer las propias raíces. A todo eso nos abre Ioseliani. Y debemos celebrarlo.

 

Alejandro Ferrari