El libro de Josué:

Un Pueblo que lucha por su identidad

El libro de Josué fue el segundo de una serie de libros, escritos en el siglo VI antes de Cristo. Ellos son: el Deuteronomio que cuenta la historia de Moisés, haciendo una relectura de la misma; el mismo libro de Josué que nos cuenta el comienzo de la conquista de Canáan bajo el liderazgo de Josué (el sucesor de Moisés, que ya aparece en el Pentateuco); el libro de los Jueces que continúa la historia de la ocupación y conquista de Canáan; los dos libros de Samuel relatan cómo Israel se llegó a establecer definitivamente en Canáan bajo el reinado de David; y los libros de los Reyes, que nos cuentan sobre el reinado de Salomón el hijo de David, la división del Reino en dos Estados, el Reino del Norte (también llamado de Israel) con Jeroboam, y el del Sur llamado de Judá bajo el reinado de los descendientes de David.

Esta historia que en la Biblia hebrea es llamada "Profetas anteriores" y en la Biblia cristiana, "Libros históricos", parece haber sido hecha por los mismos autores del libro del Deuteronomio, o al menos por autores que cuando la escribieron tenían una gran influencia de este libro. Tanto que a este conjunto de libros se les llama "historia Deuteronómica". Recoge tradiciones del Norte y del Sur, y se nota la influencia de los profetas.

Contenido y argumento del libro

Aparentemente, los que entraron con Josué en Canáan no eran todavía la totalidad de las tribus de Israel. Sabemos que sólo una parte de los hijos de Abraham entraron en Egipto, y los otros se quedaron en Canáan. No todos vivieron la aventura del Éxodo de Egipto y fueron liberados por Moisés. Algunos se quedaron en el lugar donde había habitado Abraham. Al parecer fue la tumba de Abraham en Macpelá cerca de la ciudad, y frente al encinar de Mamré donde Abraham acampó muchas veces.

Allí se congregaban a adorar a Dios, y para ello, viajaban desde Egipto, encontrándose muy posiblemente con las otras tribus hermanas, pero la esclavitud sufrida por el pueblo lo impidió, hasta que Moisés pudo volverlos a traer.

Cuando las otras tribus se encontraron con los recién llegados en un oasis llamado Cadés-Barné se enteraron de la aventura vivida. Esta tradición fue tan fuerte, que todo el pueblo de Israel se identificó con ella y se sintió protagonista de la misma.

De ahí que el libro de Josué nos cuente junto con el Pentateuco que todo Israel participó de la salida de Egipto y la llegada a Canáan. Todos ellos son el Pueblo de Israel, y todos ellos experimentaron las maravillas de Dios que los liberó.

En realidad, la cosa resultó mucho más compleja. Lo que sí sabemos es que en la primera etapa de la conquista (1220 a.C.) Josué fue el que condujo a las tribus de Israel contra sus enemigos, y comenzó la ocupación de la Tierra prometida. Recién al final de la época de los jueces, y con el reinado de David se termina la conquista de la Tierra Prometida. Así, será David quien conquistará Jerusalén, en el año 1000 a.C..

Pero no es sólo la geografía lo que hace a un Pueblo, es su forma de vivir y también su fe. En el desierto, Israel desconfió de Dios, pero al entrar en contacto con Canáan la tentación de infidelidad fue todavía mayor.

Ellos eran unos nómadas del desierto, y se encuentran con una cultura más refinada, con un pueblo que tiene carros de bronce, ciudades, y que domina la agricultura. Por supuesto, tenían templos muy hermosos. Israel adoraba a Dios en los montes o en lugares elegidos por el Pueblo.

Era muy natural que sintieran envidia y quisieran imitar los usos y costumbres cananeas.

La lucha de los profetas de Israel, será justamente ésta, la de hacer ver al pueblo que el Dios de Israel es el único que salva y el único que puede hacer de él un Pueblo feliz y libre.

Josué será en esta etapa como lo fue Moisés antes, el profeta y conductor que los llevará por el camino de la victoria y les enseñará a ser fieles al Señor.

La gran tentación de Israel es dejar de lado la austeridad de su vida en el desierto y la exigencia de Yavé de una vida recta y justa.

Los dioses cananeos no eran tan exigentes, "concedían" a cambio de una ofrenda o de sacrificios lo que se les pedía. Pero Dios exige fidelidad y rectitud de vida, y su camino de libertad no es el más fácil de seguir. La tentación de la idolatría será para Israel su gran desgracia. Pero en sus caídas y en sus triunfos poco a poco Israel encontrará y seguirá al Dios que lo salvó de Egipto. La gran Asamblea de Siquem celebrada en el territorio de Canáan fue una verdadera renovación de la Alianza que Josué pidió a las tribus. Es el hecho religioso más importante (Josué cap. 24).

Este libro, al describir las victorias de Josué, da la falsa impresión de que Él conquistó todo el país. Sin embargo, los capítulos 13-19 nos muestran que cada tribu tendrá que conquistar su sector, y el libro de los Jueces nos dice que la conquista no estaba para nada asegurada tras la muerte de Josué. Lo que ocurre es que se desea resaltar que la conquista que ahora comienza será exitosa. No olvidemos que el libro fue escrito varios siglos después de los acontecimientos que se narran.

 

Eduardo Ojeda

 

La obediencia en el Desierto, y en la Tierra Prometida.

La obediencia no es una invención de los hombres, sino la expresión misma del ser de Dios. Por medio de ella, Dios quiere introducirte, no en una relación de dependencia, de sumisión, ni siquiera de conciliación, sino en una relación de amor.

El desierto (del Sinaí... y de la vida) es lugar de tentación y de prueba pero también es lugar de alianza, de fidelidad y de obediencia.

La tierra prometida a su vez es la confirmación de esta obediencia y fidelidad a la alianza.

Por la obediencia, aprendemos a amar, a renunciar a nuestros proyectos para hacer lo que le agrada a Dios y a los hermanos: amar al prójimo como a sí mismo, y a Dios por encima de todo. Aprendemos a coin-cidir con otros para trabajar juntos, en una comunión de escucha, según el plan de Dios (1Pe 1,22).

El Padre espera tu libre participación de comunión en este amor. Cuanto más obedezcas, más amarás. Cuanto más ames, más obediente se volverá tu vida. Amor y obediencia forman una sola cosa. Si quieres amar de verdad, tienes que hacerte obediente.

La obediencia te enseñará la libertad y la verdad. Acepta que los planes de Dios no son tus planes y que tus caminos no son sus caminos (Is 55,8); tendrás entonces ojos para ver incluso sin comprender.

La obediencia te revelará la misericordia, porque te sacará de tus rebeldías y rechazos y te conducirá hasta Dios, cuya ternura y perdón te apaciguarán. Porque incluso si tu conciencia llegase a condenarte, por encima de tu conciencia está Dios (1Jn 3,20). Entonces comprenderás que todo es don y que todo es posible para Dios (Lc 1,37).

La obediencia te proporcionará así la alegría profunda y la paz. Obedeciendo, no quedas empequeñecido, al revés, te engrandeces. El amor de Dios habita en ti y su voluntad, al guiar tu vida, la pone en paz y le da la alegría.

Asumes tal desprendimiento, que tu camino ya no tiene fin.

Pero tu ruta no está marcada por la fatalidad, es Dios mismo quien te guía por el camino de la plenitud. La obediencia quiere clarificarte del todo. Ábrele hasta el fondo de tu corazón y brillará su luz sobre tu rostro: la Ley del Señor es límpida, da luz a los ojos (Sal 18,9).

En fin, la obediencia hará de ti un verdadero hijo. En tu corazón abierto, disponible, liberado, podrá ya hablarte el Padre como a su propio hijo. Y tú podrás también, con la ayuda del Espíritu, tener el atrevimiento de llamarle, a tu vez, con el más entrañable de los nombres: ¡Abbá! ¡Padre! (Rm 8,15). Hijo en el Hijo, tú ves al Padre y eres escuchado y amado por él (Jn 14,13.23).

La verdadera obediencia es, a la vez, escucha y acción. Supone en ti una docilidad atenta y una actitud verdaderamente operante hasta ponerla en práctica (Sant 1,23). La verdadera obediencia despliega en el hombre adulto un corazón de niño.

Es a Dios a quien debes obedecer, y solamente a él.

Porque sólo él es tu maestro y tu guía; tu verdadero Padre, tu único Señor (Mt 23,8-10).

Por la comunión y en la escucha mutua se manifiesta la voluntad de Dios. Deja que el Espíritu de Dios hable por medio de la comunidad. Respeta al que está designado a algún servicio, sólo así se construye el cuerpo de Cristo que es la Iglesia. La autoridad en la Iglesia es servicio (Lc 22,27); quien tiene autoridad no es el primero en un orden jerárquico, sino "el primer obediente".

Jesucristo, Hijo de Dios y hombre perfecto, que nos ha amado tanto (Jn 15,9) se hizo obediente hasta la entrega total (Fil 2,8). Sufriendo aprendió a obedecer. Si quieres llegar a la meta, acuérdate de Jesucristo; tu maestro es el primer obediente. Tú no puedes ser diferente de él.

Q.R.