![]() |
||||||
|
A LOS 10 AÑOS DE SANTO
DOMINGO
¿Habrá una Quinta Asamblea de la Iglesia latinoamericana? En octubre próximo se celebrarán los 10 años de la última gran Conferencia Latinoamericana de Obispos (la cuarta) en Santo Domingo y muchos se preguntan si habrá otra después que se realizó hace 5 años el Sínodo de América. Umbrales quiere recordar ese gran acontecimiento que se desarrolló a lo largo de 16 días en Santo Domingo del 12 al 28 de octubre de 1992. A fines del año pasado (cfr. Umbrales n. 124) varios obispos brasileños, al acercarse los 10 años de la Conferencia de Santo Domingo, manifestaban el temor de que después del Sínodo de América se quiera poner fin a "ese rico y novedoso ejercicio de la colegialidad episcopal" y que la Iglesia latinoamericana haya perdido "la capacidad de reivindicar la continuidad de esta tradición colegial nuestra". Y proponían al Consejo Episcopal Latinoamericano (Celam) la convocatoria de una nueva Conferencia General del Episcopado Latinoamericano. Los obispos defendían la capacidad de convocatoria de estas Conferencias por parte del Celam, su carácter deliberativo, su realización en América Latina y la elección mayoritaria de los candidatos por parte de las Conferencias Episcopales como un camino propio de la Iglesia latinoamericana. El planteo se explica a partir de la historia del último medio siglo en el cual el episcopado latinoamericano ha ido adquiriendo una conciencia y una voz propia dentro de la Iglesia universal. Fue gracias a dos grandes obispos, el chileno Manuel Larraín y el brasileño Helder Cámara, que se empezó a coordinar los esfuerzos de todo el episcopado latinoamericano a través de las Conferencias Generales y del Celam. La primera de estas Conferencias se celebró en Río de Janeiro en 1955 pero no estaban dadas las condiciones para una organización autónoma y dicha Conferencia resolvió instalar el Celam en Roma con el riesgo de que terminara siendo un organismo más de la Curia; el Vaticano mismo señaló que debía de ser en América Latina y los obispos eligieron a Bogotá como lugar estratégico. También la Conferencia de Medellín tuvo su origen en el alma de esos grandes pastores que fueron Larraín y Cámara. Durante el Concilio se reunían junto a otros obispos en el Pío Colegio Brasileño de Roma para buscar una respuesta a esta pregunta: ¿cómo aplicar el Concilio a la realidad de América Latina, tan distinta a Europa y al primer mundo? Medellín (1968) fue el primer intento a nivel mundial de organizar la colegialidad episcopal después del Concilio y de aplicar el Concilio a la realidad de un continente; proporcionó una inédita conciencia latinoamericana a nuestras Iglesias y reformuló toda la pastoral desde un fuerte compromiso social. Fue tan importante Medellín para América Latina y aun para la Iglesia universal, que cuando en 1974 el presidente del Celam, Eduardo Pironio, viajó a Roma para el Sínodo sobre Evangelización, llevó tres sugerencias pastorales que influyeron después en la famosa encíclica de Pablo VI, la "Evangelii Nuntiandi". Las tres sugerencias eran las comunidades eclesiales de base, el tema de la liberación y la religiosidad popular. La encíclica "Evangelii Nuntiandi" a su vez influyó profundamente en la tercera Conferencia General de Puebla (1979). En el documento de Puebla hay 19 citas textuales y 73 referencias a esta encíclica, lo que permite entender la importancia que le dio Puebla por ejemplo a la evangelización de la cultura y de la religiosidad popular.
EL MENSAJE DE SANTO DOMINGO Después de Puebla muchos pensaban que aún no era necesaria una nueva Conferencia Latinoamericana. Pero en 1983, en Haití, el Papa Juan Pablo II lanzó el reto de una "nueva evangelización" para América Latina en ocasión del quinto centenario de su primera evangelización. Esta propuesta papal fue recogida por los episcopados. En Santo Domingo hubo una fuerte gravitación del Vaticano y eso se notó desde el comienzo cuando la presidencia de la Asamblea la asumió el secretario de estado del Vaticano. Y la presidencia, frente a una no disimulada sorpresa de muchos, fue la que ejerció directamente la moderación de la Asamblea. Una primera fuente de desavenencias surgió por el problema de la dinámica de trabajo. La dinámica preparada por la secretaría del Celam, basada en el esquema ya tradicional del "ver, juzgar, obrar", fue dejada de lado sin pedir la opinión de los obispos presentes. El p. Joaquín Alliende, uno de los 20 peritos oficiales de la Asamblea, recuerda en su libro "Santo Domingo: una moción del Espíritu para América Latina" (pág. 71) las intervenciones del obispo argentino Carmelo Giaquinta pidiendo que se sometiese a análisis y a votación la metodología. Hubo dos sensibilidades y posturas iniciales que al final fueron convergiendo en un consenso, pero que marcaron profundamente las discusiones. La primera, avalada sobre todo por los brasileños, que promovía la continuidad con Medellín y Puebla subrayando la opción preferencial por los pobres y las comunidades eclesiales de base, apoyada en la teología de la liberación. La segunda que, sin renegar de Medellín y Puebla, quería poner el acento sobre una Nueva Evangelización centrada en el anuncio de Cristo. Según el p. Alliende, el líder de esta corriente fue el cardenal argentino Francisco RaúI Primatesta, arzobispo de Córdoba. El cardenal propuso los textos bíblicos para que el documento final quedara formulado desde la centralidad de Cristo y todos los temas llevaran una conexión explícita con la cristología; pidió además centrar todo el documento en una plegaria dirigida al Señor Jesús. Al centrar y relanzar la pastoral desde la persona de Cristo, el método del "ver, juzgar, obrar" fue parcialmente dejado de lado pero no abandonado ya que ese esquema se encontraba presente en la casi totalidad de los temas tratados. Quedó en pie la opción preferencial por los pobres como principal opción pastoral, pero que a su vez se apoya en una opción anterior: la opción por Cristo. Evidentemente, dicha opción, en continuidad con Medellín y Puebla, es la gran opción de Santo Domingo Y con la opción por los pobres también se encaró el discernimiento de los signos de los tiempos, el fundamental tema de la inculturación, etc.. El p. Egidio Viganó resumió diciendo: "Se evangeliza no sólo catequizando, sino promoviendo al hombre e inculturando el Evangelio". INTEGRACIÓN LATINOAMERICANA Y PATRIA GRANDE Ya en el discurso inaugural de Santo Domingo el Papa anticipaba la idea de un Sínodo entre los distintos episcopados de las Américas con el fin de incrementar el conocimiento y la cooperación recíproca y afrontar los problemas relativos a la justicia y a la solidaridad. Este Sínodo se celebró en Roma en 1997 y produjo un documento importante ("Iglesia en América") aunque no haya tenido la repercusión pastoral de los anteriores documentos de la Iglesia latinoamericana. Está fuera de discusión la relevancia de estos sínodos continentales, inclusive porque la fe puede ayudar en el caso del continente americano a enfrentar la espantosa y creciente brecha entre Norte y Sur, pero "el énfasis puesto por el Sínodo para América en la colaboración interamericana no debe hacer olvidar, sino que ha de presuponer y fortalecer la tradición creada por el Celam y las Conferencias Latinoamericanas. Así se podrán hacer oír, dentro de las Américas, los aportes peculiares (socio-culturales y aun teológico-pastorales) de cada una de ellas" (Juan Carlos Scannone). El obispo Pedro Casaldáliga y muchos otros obispos piensan que los actuales Sínodos no responden a los sueños de colegialidad y corresponsabilidad que la Iglesia del Concilio esperaba, por su falta de poder deliberativo y porque sus conclusiones no reflejan las opciones concretas de los mismos. Por otra parte, la dinámica de una Conferencia no es la de un Sínodo. El Sínodo, como se realiza actualmente, es simplemente para que los obispos presenten sugerencias para que el Papa después redacte un documento. Una Conferencia o Asamblea de obispos es para definir el pensamiento y las opciones pastorales de los participantes de la misma, en cuanto representantes y delegados de las Iglesias locales. Pero lo más importante es salvar la identidad de las Iglesias de América Latina. Hasta hubieron propuestas de ensanchar el Celam con las Conferencias Episcopales de Estados Unidos y Canadá, formando un solo organismo panamericano. Culturas, costumbres, realidades económico-sociales y hasta la misma religiosidad son totalmente distintas. Lo que en realidad es posible y deseable no es una fusión sino una colaboración solidaria entre América del Norte y Latinoamérica. Con Medellín, y ya antes, la Iglesia latinoamericana había empezado un camino propio. Escribe Gustavo Gutiérrez: "Hoy es necesario consolidar lo que ella tiene de propio, por fidelidad al Señor y por la voluntad de servir a aquellos a quienes anunciamos su Palabra". Este fenómeno de la Iglesia latinoamericana con identidad propia se da en el marco de la deseuropeización de la Iglesia, promovida por el Concilio, y de la que el misionólogo Walbert Bühlmann ha llamado "Tercera Iglesia", la del Sur del mundo, nacida después de la primera Iglesia (la de oriente) y de la segunda Iglesia (la de occidente). La Iglesia en América Latina ha empezado a hacerse adulta y a tener su fisonomía particular, por estar formada por un pueblo creyente, mestizo y pobre que se identifica con María de Guadalupe. Su riqueza proviene de la religiosidad popular, la opción por los pobres, las comunidades, etc.. Hay una "originalidad histórico-cultural" (Puebla n. 446) y una "unidad espiritual" (n. 412) con valores comunes "en pro de la integración latinoamericana como patria grande" (n. 209). Es imprescindible una mayor integración económica, política y cultural hacia un destino común de los países latinoamericanos. Frente a la tentativa de Estados Unidos de unificar y controlar al subcontinente a través del Alca y así conquistar sus mercados bajo la hegemonía del dólar, el Mercosur se erige como el único verdadero intento de comercio libre desafiando el proteccionismo y la globalización desigual. Esto implica la unión de nuestros pueblos, y el apoyo de la Iglesia a esta integración, no sólo en el plano económico, es urgente. Escriben autores como Scannone, Farrel, Forni, Galli...: "No se debería perder aquella dinámica de las Conferencias de los episcopados latinoamericanos aun cuando comienzan a darse asambleas de carácter continental. Sería lamentable que esta última visión americanista desplazara a la anterior, sobre todo teniendo en cuenta el proyecto del Alca y la actual preocupación del Vaticano por el riesgo que representa para el mundo, una vez caído el polo socialista, la existencia de una sola potencia hegemónica y la vigencia del único modelo neoliberal impulsado por Estados Unidos". Junto con lo global hoy se da una revalorización de lo local y lo regional. El verdadero universalismo excluye anular las diferencias y supone un intercambio adulto desde la propia identidad. América Latina no ha logrado aún una efectiva integración y la Iglesia tiene la misión de "ser sacramento de comunión" (Puebla n. 270) de nuestros pueblos con Dios y entre sí, dentro de una "gran patria latinoamericana" (Puebla n. 428) con mirada universal. Primo Corbelli
CON
JESÚS, COMO CEBs,
CELEBRAMOS
LA VIDA Como siempre fue una fiesta de encuentro y esperanza. Al comenzar representamos los signos de vida que hay en nuestras comunidades y así admiramos la capacidad creativa para responder a los desafíos del presente. Jon Sobrino, sacerdote jesuita de El Salvador, con sencillez y palabra escla-recedora, confirmó el camino que vamos recorriendo: Nos habló de Jesús que con sus señales milagrosas nos dice que el mal que nos esclaviza y humilla puede ser vencido; que la compasión evangélica coloca al pobre en el centro de la acción pastoral y que la esperanza no surge de una solución mágica o puramente humana sino de la capacidad inagotable de amar. Los mártires como Romero, Angelelli y tantos otros nos confirman en el camino de la esperanza. Junto a los que dieron la vida por la causa de Jesús están todos aquellos que sin darse cuenta son víctimas inocentes del sistema, poseedores de "la santidad primaria"; los que son considerados despreciables e indignos porque fueron arrinconados en la miseria. Comprendemos por fin que la civilización de la riqueza impuesta por la ley del mercado fracasó, y que es la "civilización de la pobreza" la que va a salvar al mundo. En el plenario fue una constante la necesidad urgente de "juntarnos", de superar nuestros conflictos de comunidad, porque eso es "vivir en Dios", mientras que la acción del diablo (los poderes del mundo) es la de dividirnos. La solidaridad es el camino del Reino al que todos podemos aportar y donde "nadie sobra". Jesús no fue celoso ni exclusivo en su misión; hoy también podemos gozar con todos los que hacen el bien desde otras maneras de pensar. Felices de haber "celebrado la vida" regresamos a nuestras comunidades con nuevas fuerzas para ser Esperanza en nuestros barrios y "seguir andando nomás".
Roberto Musante |
||||||