Vivir es
arriesgarse
Uno de los peores efectos de la crisis económico-social
que estamos viviendo es la paralización.
El miedo por lo que vendrá, la inseguridad que paraliza
y nos impide correr riesgos, el anclarnos en una seguridad
ficticia
(encerrarse en casa, cortar relaciones...),
son los frutos más amargos de estos tiempos.
Sin embargo, la misma crisis puede provocar creatividad
y nuevas esperanzas (experiencias solidarias,
voluntariado, nuevos emprendimientos).
Sabemos muy bien que vivir es arriesgarse
y a cada paso nos exponemos a las posibles trampas
o sorpresas de la vida. Nos arriesgamos a llegar tarde
o demasiado temprano, a gastar repentinamente dinero en un
emprendimiento o en una rifa. Nos atrevemos a embarcarnos
en un negocio que puede salir mal, o en una relación humana
que no está garantizada de antemano...
Aceptamos todos los pequeños y grandes riesgos de la vida
porque la
vida es eso: un continuo riesgo.
A lo único a lo que no estamos dispuestos
a arriesgarnos con facilidad, es a la sencillez de quien
se abandona completamente en los brazos de su Padre.
Confiar en el amor providente de Dios
que alimenta
a los pájaros del cielo y viste los lirios del campo (Mt. 6,25-34),
parece ser una actitud olvidada por la sociedad moderna,
tanto en el momento de su más alta confianza en el progreso,
como en
los actuales momentos de profunda crisis.
Arrastrados por el afán de seguridad, algunos están tentados
de
reducir el Evangelio a una "garantía de salvación" que
se obtiene con "certificados" de buena conducta;
otros prefieren prescindir del Evangelio y convertir su vida
en una chata sucesión de seguridades personales;
otros, y ya son muchos menos, prefieren aferrarse
a alguna ideología filosófica o política...
pero su desilusión es cada vez mayor.
Sea como sea, debemos arriesgarnos,
y aquí sí vale asegurarse que el fin
por el cual nos arriesgamos valga la pena.
San Pablo afirma: "Estamos atribulados por todas partes,
pero no abatidos; perplejos, pero no desesperados...;
derribados, pero no aniquilados...
Por eso no nos desanimamos"
(2Cor 4,8s).
Para Pablo, esa tensión de crisis esperanzadora,
era producto directo de la fe en Jesús.
Por seguirlo a Él estaba dispuesto a arriesgarlo todo.
La historia está llena de "cristianos arriesgados"
que hoy todos aclamamos como pilares de nuestra fe.
Quinto Regazzoni