¿Cuál es el color del paraíso?

El color del paraíso
Irán, 1999.
Duración: 88‘.
Género: drama.

Guión y dirección: Majid Majidi.

Con: Mohsen Ramezani (Mohammad), Hossein Mahjub (Hashem),
Salime Feizi (la abuela).

De colores y de sonidos está llena la vida. Ambos, amplificados, nos inundan en este soberbio trabajo cinematográfico proveniente del cine cada vez menos periférico de Irán.

El color del paraíso, cuarto largometraje de Majidi, explora el misterioso mundo de los afectos paternos y filiales. En su anterior filmografía ya había incursionado en estos temas, particularmente en El padre (1995), una suerte de contrapunto de El color del paraíso.

Mientras van cayendo los títulos iniciales, en una pantalla totalmente negra, se escuchan voces y sonidos que hacen aguzar nuestro oído. Primer llamado de Majidi para que nos pongamos, por un rato al menos, en la piel de Mohammad, un niño ciego poseedor de una inmensa agudeza auditiva.

Este niño, de 8 años, vive como interno en un colegio para ciegos en Teherán. Llegan las vacaciones estivales y mientras espera la llegada del padre, prepara detalladamente los regalos que llevará a los suyos. El padre no llega, o llega tarde, y tras un fallido intento de dejar a su hijo en el colegio, emprende el camino hacia la casa, en el norte de Irán, con su hijo a cuestas.

Así lo percibe a su hijo ciego, como una carga. Este sufrido hombre, viudo, trabajador, busca rehacer su vida. Pero en esta nueva etapa, no hay lugar para el hijo. Su padre lo ve como un obstáculo, como una suerte de castigo divino del que quiere huir.

La llegada de Mohammad a casa es una fiesta para él, para sus dos hermanas y para su abuela. Las pocas secuencias que nos los muestran a todos -en las sencillas actividades de una familia rural- son concordes en exhibir el amor que se tienen y lo apacible de las relaciones. Todo lo que no alcanza Hashem, el padre.

La solución que descubre, a pesar de la oposición de la abuela, su madre, es llevarlo de aprendiz de un carpintero, también ciego.

El hijo "escondido" no impide que sus planes de nuevas nupcias también se corten. En la desesperación, por estas frustraciones, por la muerte de su madre, va a buscar al hijo aunque pareciera que más que buscarlo lo quiere perder. La correntada final y la desgracia se vuelven redención a un alto precio.

En estos tumultos, entrecruce de carencias y capacidades, asistimos a una soberbia lección de humanismo. El título del film, además, nos conduce a esa búsqueda universal de la armonía, de la felicidad, a la que nombramos tantas veces como "paraíso". Cuál es su color, se pregunta Majidi. El verde. Ese "verde, que te quiero verde" que inunda la pantalla mediante una estupenda fotografía. El color que Mohammad no ve, pero siente. El color que se estrella, paradoja humana, con el negro de la ceguera y de las tinieblas del mal.

Esa contradicción, de algún modo representada en padre e hijo, se resuelve en la cautivante figura del niño.

Ni sus cortos años, ni su ceguera, aparentemente un límite y una carencia, le impiden poseer una gran sensibilidad, un amor tierno y detallista, una comunión profunda con la naturaleza y con los demás, un deseo de experimentar y saber, como cuando lee en Braille con rapidez y resolución.

La ternura de Mohammad con sus hermanas es desbordante. El cariño, la sabiduría y la firmeza de la abuela estremecen.

Mohammad, como también la abuela, descubrió el paraíso. Todo un emblema del espíritu humano que se supera, que en el más acá ya goza del más allá. ¿Qué ves?, ¿qué escuchas?, ¿qué sientes? Después de El color del paraíso me cuentas.

 

Alejandro Ferrari