...El hermano Pedro

Alto, de una profunda barba, aquel mendigo era una réplica fiel del Pedro de Zeffirelli. De ahí que lo bautizara, Pedro. Tenía también de "piedra" una voz de trueno y unas manos enormes, cual pescador galileo.

Acudía cada día, fiel como un soldado, a la misa. Más allá de su perfume de la calle y de sus harapos, conservaba una distinción original y una lengua peligrosa. Cada vez que el párroco improvisaba una homilía compartida, se exponía a los comentarios sencillos pero afilados del hermano Pedro. Me acuerdo en especial un día en que él, que vivía y dormía en las calles, habló de su "gratitud por el regalo de la vida" que le brotaba cada mañana al despertar.

Recuerdo que una tarde, a propósito, fui más temprano a la iglesia para encontrarlo, charlar y acallar mi conciencia con una limosna. Me contó su historia: era médico, habían muerto su esposa y su hija, había intentado suicidarse, y luego había buscado en la calle su hogar definitivo. Por esas cosas misteriosas de la mente humana, se sentía culpable y expiaba sus "pecados" con esa vida de anacoreta. Hace ya de esto muchos años... sin embargo, al conocer la noticia de que el hno. Pedro estaba en el manicomio, revisé unos papeles y encontré estas Iíneas escritas aquella tarde:

"De pronto, su voz como de trueno, dio testimonio de entusiasmo y fervor en aquella sencilla misa de la semana. Sentí que su voz despertaba en mí, contagiaba, sacudía las ganas de vibrar en el encuentro con nuestro Gran Capitán. Sentí una profunda envidia del hermano Pedro. Porque está muchísimo más cerca que yo del Padre Dios. Porque a él lo mira con una preferencia amorosa especial...

Entre mis pulcras sábanas, creo que el hno. Pedro es más limpio, agradable y santo. De pronto, en el Evangelio, sentí que el párroco hablaba de él:
"... este niño será destinado a hacer que muchos en Israel caigan o se levanten. Él será una señal que muchos rechazarán a fin de que las intenciones de muchos corazones queden al descubierto. Pero todo esto será para ti como una espada que te atraviese tu propia alma."

Creo que el hno. Pedro en su indigente piedad nos enrostraba sin querer nuestra propia miseria.

Perdón, hno. Pedro. Porque nadie vio en vos a un hombre, a un santo, a Jesús, a Francisco de Asís. Nadie sintió que tu presencia nos honraba, que era un regalo inmenso. Y en la oración de los que se sienten hermanos hubiera dado cualquier cosa por estrechar tu mano... Ahora, al llegar a casa y abrir la heladera, contuve el impulso de cenar como si nada y preferí acostarme con hambre. Para sentirme más cerca de ti. Para llamarte, con un poquito más propiedad: hermano. Para que Dios te regalara este alimento, que yo no quería tomar en tu nombre. Hermano Pedro, rostro barbado y evangélico, permíteme estar a tu derecha en el Reino."

Esta noticia de su reclusión en el manicomio no me asombra; se me ocurre que el hermano Pedro hace mucho que está loco. Loco por Dios.

 

Leonardo Buero