ENTREVISTA A GREGORIO ROSA CHÁVEZ

El encuentro con Cristo lleva a la solidaridad

Gregorio Rosa Chávez, obispo auxiliar de San Salvador, tras 20 años de ministerio episcopal, recogiendo el testimonio de Romero y de Rivera Damas, sueña con el día en que "los pobres entren en un proceso de verdadero desarrollo humano".


¿Cómo están hoy las cosas por El Salvador?

- El Salvador pasó por una larga guerra de doce años, que culminó el 16 de enero de 1992. En 1996, cuando el Papa nos visitó por segunda vez, hubo un documento de los obispos donde hacíamos un primer balance de lo que pasó después de la firma de la paz. Y hay una frase que dice: ¿A qué país viene el Papa? Y responde: A un país que firmó la paz, pero no tiene la vivencia cotidiana de la paz. Luego da tres detalles para sostener esa afirmación: después que firmamos la paz, aumentó la extrema pobreza, aumentó el desempleo y es pavoroso el clima de inseguridad que sufren los ciudadanos. El Papa vino a un país que firmó la paz, pero que no está reconciliado, un tema que el propio Papa nos dejó como tarea a los obispos para ir diseñando una pedagogía del perdón... y nos pidió acompañar al pueblo en ese proceso y que tengamos una palabra clara y valiente ante la realidad del país. Nuestra Iglesia tiene hoy ante sí un gran desafío.

¿Qué recuerdos guarda de mons. Oscar Romero?

- Con Romero me ligan lazos desde que él era sacerdote y yo seminarista. Lo conocí en 1965. Trabajamos juntos en la ciudad de San Miguel, donde él era encargado de la catedral, y yo fui durante un año asistente suyo y del seminario menor. Y ya como obispo y arzobispo, estuve a su lado en el campo de la comunicación social, además de ser nuestro huésped en el seminario del cual yo era rector.

El 23 de noviembre de 2001, el Papa en una audiencia privada, nos preguntó por la causa de beatificación de Romero, y entonces, él dijo en italiano: "É un martire", un dato vital para el proceso, porque en Roma se seguían preguntando por qué lo mataron, quiénes lo mataron, es decir, ¿es mártir o no? Éste es un punto clave para el futuro del proceso, porque creo que la Curia romana va tomando conciencia del don que Dios le ha hecho en este hombre excepcional que es Oscar Romero. En él, el tiempo juega al revés de como sucede normalmente, que suele ir borrando la memoria. En su caso, cuanto más tiempo pasa, más se lo conoce y más se lo ama. Romero es el ejemplo de lo que ha de ser el obispo del tercer milenio: un profeta de la esperanza.

Entonces, ¿cómo va el proceso de su beatificación?

- El clima en Roma es completamente diferente después del Jubileo. El martirio en América Latina es una realidad muy presente y renovadora. Además, me parece que los grandes obstáculos que se planteaban para la causa de beatificación han ido por fin desapareciendo.

¿Y cuáles eran esos obstáculos?

- Primero, la famosa pregunta: ¿murió por causas políticas o por ser fiel al Evangelio?, y creo que la respuesta está cada día más clara. Y, segundo, el tema de la ortodoxia. Sin embargo, desde enero-febrero de 1977, apenas un mes después de que mataran al p. Rutilio Grande, tenemos casi todas las homilías de mons. Romero, transcritas y también grabadas, así como su diario. Un tesoro extraordinario, porque en él está el alma del pastor. Gracias a este testimonio se ha podido ver que no hay nada que reprocharle a nivel doctrinal. Me parece que mons. Romero ya ha entrado en la recta final y que es sólo cuestión de paciencia, porque tiene ya su lugar asegurado en los altares.

Tras el asesinato de Romero, ¿qué supuso para la Iglesia salvadoreña la llegada de Rivera Damas?

- Precisamente, yo estuve a su lado desde 1982 hasta su muerte en 1994. Fue el hombre de la continuidad, el gran amigo de Romero, su confidente. Fue una sabia decisión del Papa hacer que él sucediera a Romero. Su gran obra fue llevar al país a la paz a través del diálogo y la negociación. Fue la gran obra de Rivera: haber llevado a las partes en conflicto a una mesa de diálogo y negociación. A mí me tocó preparar todas las reuniones de esta mesa de diálogo desde 1984 a 1989, y puedo dar fe de su integridad, su serenidad, su fortaleza, su valentía, su claridad para ver las cosas y tener perspectiva de futuro, actitudes que fueron un regalo grandísimo para el país. Creo que Rivera pasará a la historia como el hombre que logró acabar con la guerra a través de métodos civilizados.

¿Qué hay de cierto sobre esa supuesta "involución" que ha sufrido la Iglesia latinoamericana durante los últimos años, como aseguran algunas voces?

- Últimamente se habla con insistencia de "involución", y creo que el fenómeno es serio. Sin embargo, hay una cosa que nos ha relanzado como Iglesia, que son los desafíos del tercer milenio y la globalización, un tema casi obsesivo, porque -como decimos desde el Consejo Episcopal Latinoamericano (CELAM )- el actual sistema económico funciona fabricando más pobres. El tema de la pobreza es un tema de actualidad, y también el de la justicia, y el de la ética. Por eso, el combate contra la pobreza se ha convertido en un asunto prioritario de nuestra agenda. Hasta dónde se llegue, es ya otra cuestión, pero al menos se ha logrado focalizar la atención sobre ello, porque no se puede negar que la pobreza ha aumentado, que la exclusión es un tema nuevo y que, por lo tanto, hay gente que nunca va a conseguir entrar en la sociedad. Creo que esta situación ha relanzado a la Iglesia de América Latina después de un tiempo de ensimismamiento, como de cierto desconcierto ante esa globalización omnipresente. Es verdad que ha habido un fenómeno de involución, pero ahora se está produciendo un relanzamiento, porque si algo está claro es que la realidad es demasiado brutal como para quedarse encerrado en la sacristía.

El obispo auxiliar de un país vecino y hermano como Guatemala, Juan Gerardi, fue asesinado por intentar esclarecer la verdad de lo ocurrido durante los 36 años de guerra civil. ¿En qué medida la Iglesia salvadoreña está contribuyendo hoy también a esa necesaria reconciliación?

- Comienzo con un simbolismo que escuché de alguien y que me parece muy acertado: a Romero lo matan de un tiro en el corazón y a Gerardi le destruyen el cerebro. Atacan en Romero al hombre que amó a los pobres hasta dar la vida por ellos; atacan en Gerardi al hombre que recuperó la memoria de su pueblo. Esta imagen sintetiza la entrega de dos pastores en dos contextos diferentes, con dos obsesiones. Gerardi era un hombre tranquilo, siempre de buen humor y con mucha claridad en su visión de los acontecimientos, que emprende ese proyecto REMHI (Recuperación de la Memoria Histórica) que me parece extraordinario. En América Latina tenemos un problema: tenemos poca memoria, y sin memoria no hay futuro, no hay proyecto. Pasamos años y años con dictaduras y de repente el pueblo da el voto a gente que va a volver a métodos autoritarios. Porque la democracia tiene un precio, supone pluralismo, tolerancia, esfuerzo de todos, participación... No es simplemente entregar el país en manos de alguien y quedarse tranquilos, sino ser protagonistas, además de tener paciencia histórica, porque los procesos llevan un ritmo. Pero, como ha insistido el Papa, no hay perdón que no pase por la verdad y por la justicia. Esta claridad doctrinal despeja cualquier duda, porque antes había como dos visiones: una que prefería "no abrir las heridas", dejar el pasado en paz..., y otra que reclamaba curar bien las heridas para que cicatricen de verdad. Hoy ya está claro que se impone lo segundo, aunque ello suponga pasar por ese momento duro de la verdad y la justicia.

¿Y es ésta la línea que han adoptado para trabajar esa pedagogía del perdón?

- Tiene que serlo. Y nos va a tocar ir contracorriente, porque la visión oficial va precisamente en sentido contrario, la de que el país está ya reconciliado y el pasado superado. Además, hay un cierto cansancio, una resistencia muy comprensible a volver a pensar en esos años horribles. Sin embargo, la pedagogía es la palabra clave: cómo caminar con ese pueblo para enseñarle de veras a cerrar las heridas. Para ello hay que reabrir la Comisión de la Verdad, que en el caso salvadoreño fue deslegitimada por el gobierno y su informe rechazado, decretando amnistía para los responsables. En esta situación de deterioro creciente, ¿qué puede hacer la Iglesia? Yo creo que debe formar un laicado maduro, capaz de afrontar los retos del presente y del futuro del país, que tenga la claridad suficiente para leer la realidad y transformarla desde los valores del Evangelio, lo cual supone conocer y aplicar la Doctrina Social de la Iglesia, un terreno en cierto modo inexplorado todavía en El Salvador.

¿Y qué actitudes o valores cree que deberían potenciarse para ello?

- La esperanza, sin duda, pero también la solidaridad, verificación de que hay verdadera conversión y encuentro con Jesucristo. El encuentro con Cristo es auténtico cuando lleva a la solidaridad. En este momento hay una cierta tendencia intimista en la Iglesia, que en lugar de dar un salto hacia adelante, hacia la historia, da un salto hacia arriba, como evadiéndose de la realidad. Todo el auge de movimientos de tipo intimista..., toda la literatura que se produce hoy en torno a la religión como producto de consumo para tranquilizarme pero no para comprometerme, están apuntando ese peligro. El Sínodo de América nos planteaba la solidaridad como el punto de verificación de la calidad de nuestra fe, y ya en Medellín Pablo VI proclamó que los pobres son sacramento de Cristo. Esto quiere decir que es un elemento clave para el futuro de la Iglesia no olvidar que de nada sirve la pastoral profética si no desemboca en la pastoral social, en el compromiso con los pobres y en la transformación de la historia para que éstos tengan vida en abundancia.

En nuestro continente hay signos de las sombras, como la indiferencia, el individualismo, el prescindir de Dios, la crisis de la juventud, de la familia... ¿Y los signos de vida? Los signos de vida pasan por la solidaridad. Y en el mensaje del Sínodo de América hay una bellísima formulación: "La solidaridad es compartir lo que somos, lo que creemos y lo que tenemos". Estas tres cosas marcan la diferencia entre el voluntariado en el sentido filantrópico y la entrega del cristiano al hermano por motivos de fe.

La exclusión es un fenómeno chocante, desafiante, y ahí tenemos el gran grito de Dios en este momento para los cristianos: "¿Dónde está tu hermano?"

Eso hace que la Iglesia se vuelva a poner en camino y que el Evangelio sea una respuesta al mundo de hoy, que no tiene futuro si no aprende a compartir.

José Luis Celada

(extractado de Vida Nueva n. 2.332)