Testigo y Maestro

"Queridos amigos, a su joven deseo de ser felices, el viejo Papa, cargado de años pero todavía
joven por dentro,
responde con una palabra que no es suya.
Es una palabra que resuena desde hace 2000 años.
La hemos vuelto a escuchar esta noche:
Bienaventurados".

Así habló el "viejo" Papa a una multitud de jóvenes
reunidos en Toronto en una noche del último verano boreal.

La palabra clave de la enseñaza de Jesús
que Juan Pablo II quiso transmitir a los jóvenes fue "Bienaventuranza, Felicidad".
El viejo Papa, con la cabeza
encajada en los hombros,
las manos temblorosas por la enfermedad,
tiene la fuerza de enfrentar este largo viaje
para pasar una vigilia de oración con los jóvenes.
En esta larga vigilia que se prolonga más allá de lo que le habían preestablecido, él sonríe y muestra su felicidad a los jóvenes.

Es un gran testimonio para
estos tiempos de angustia.
Él es Testigo y Maestro a la vez.
Pero como decía su inolvidable antecesor, Pablo VI,
él es un buen maestro porque primero es un buen testigo. Entonces, aquella noche, seguía seguro su enseñanza: "Queridos jóvenes, muchas y cautivantes son las propuestas
que les llegan de todas partes: muchos les hablan
de una felicidad que se puede obtener con el dinero,
con el éxito, con el poder. Sobre todo les hablan de una felicidad que coincide con el placer superficial y efímero de los sentidos...
El ser humano está hecho para ser feliz.

Su sed de felicidad es entonces legítima.
Para esta espera de ustedes, Cristo tiene la respuesta.
Queridos amigos, la Iglesia mira a ustedes con confianza
y espera que se conviertan en el pueblo de la bienaventuranza".

Los aplausos de aquella noche de verano resuenan
en la enorme explanada de Toronto.
La enseñanza del Papa para estos jóvenes
"centinelas de la mañana"
es clara y contundente.
Pero su testimonio es más claro aún.

Hemos vuelto a recordar uno de los tantos hechos de este año 2002 que termina.
Hemos elegido un testimonio de la peregrinación incansable de este Papa,
no sólo para homenajear su labor en estos 24 años de pontificado,
sino también para augurar a todos los lectores
la misma felicidad que él proclama como fruto seguro de una vida entregada por los demás. Bienaventurados todos ustedes en este fin de año
y en el próximo 2003.