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LOS LIBROS DE LAS
CRÓNICAS
Una mirada de fe sobre la historia Si realizamos una lectura superficial de estos dos libros, podemos llegar a encontrarlos aburridos y repetitivos. La Biblia griega y la Vulgata los llaman libros Paralipómenos, porque son una historia paralela. Sin embargo, no es la misma mirada que los libros de los Reyes nos muestran de Israel. Hay algunas notables diferencias.
En primer lugar, el libro de las Crónicas parece más interesado que el de los Reyes en las genealogías y descendencias familiares. Esto es muy importante si se desea justificar el derecho de un rey a gobernar, y constatar que su descendencia es legítima. Al autor de Crónicas le importa mucho rastrear la descendencia del rey David, y mostrar su derecho a gobernar a Israel, e incluso presentarlo como un rey ideal (cfr. 1 Crónicas 11,1-9). El Estado teocrático de Israel es a los ojos del escritor el ideal de organización del Pueblo de Israel, y por eso calla y omite muchas descripciones antimonár-quicas que los libros de Samuel y de los Reyes nos hacen. También calla sobre muchos pecados del rey David. Presenta a su vez al Templo y a la ciudad de Jerusalén como lugares especiales de la acción divina, y les concede gran importancia. Insiste mucho en los sacerdotes, en sus familias y en el culto que realizaban en el templo, y cómo se organizaba éste; incluso se detiene a considerar el papel de los levitas y ayudantes del Templo, ministros no tan importantes, pero a los que el autor dedica más espacio y descripciones que el autor de Samuel y de los Reyes (cfr. 1Crónicas 9,14-34). Por otra parte, el autor de Crónicas arranca su descripción desde la época de Adán, pero no se detiene a contar su historia. Sólo muestra que toda la historia de Israel desemboca en el reino teocrático de David y Salomón. Esto no es casual, no olvidemos que al presentar de esta forma a los reyes, presenta también los rasgos que después describirán al Mesías esperado; como un nuevo David, justo y sensible ante las necesidades del Pueblo. No pierde demasiado tiempo hablando de los reyes del Norte, del llamado reino escindido de Israel. Sólo le importa David, pues en la época en la que él escribe la esperanza estaba en un descendiente de David, que sería el futuro Mesías, según lo que los profetas habían dicho (cfr. Isaías 11,1-12; Miqueas 5,1-4). Termina incluso en una lectura más optimista del hecho del destierro, pues cierra la historia con la liberación del pueblo a manos del rey Ciro de Persia y la orden de reconstruir el Templo de Jerusalén que parte del mismo rey Ciro (2 Crónicas 36,22-23).
¿Quién fue el autor y qué quiso decir con este libro? Si bien el autor se basó en el mismo libro de los Reyes así como en el del Génesis y en de los Números para componer su relato, selecciona los hechos, tratando de fundamentar su mirada de fe sobre la historia de Israel. Israel es el pueblo elegido por Dios para ser el signo de su presencia en medio de las naciones. Por eso afirma claramente que el pueblo de Israel no debe moverse por otro interés más que el de cumplir la Ley de Moisés y caminar según los preceptos del Señor. No es su cantidad de gente, ni el poder militar lo que hará que Israel sobreviva y encuentre el éxito, porque éste es un regalo del Señor. Es su amor al Señor lo que lo distingue de los otros pueblos. Esto es lo que pasa hoy con la Iglesia, el nuevo Israel. La Iglesia ha tenido y tiene como Israel, la tentación de creer que logrará sus fines buscando el poder y la gloria de este mundo. Pero el poder y la riqueza son una trampa, no un buen camino para ella. Los creyentes no pueden moverse en la vida por las mismas motivaciones que los que no creen. No podrán ser sal del mundo y fermento de la masa si se pierden en el mundo actual y pierden su identidad. Su verdadera riqueza es la disponibilidad a Dios y a los hermanos. Con actitud de pobreza anuncian el Reino del Señor aquí y ahora. Reino de Dios anunciado y prefigurado en el que construyó David, pero no basado en una organización política ni en fronteras geográficas, sino en el amor y en la misericordia de Dios. Los libros de las Crónicas fueron escritos casi con seguridad por un sacerdote descendiente de Leví, hacia el año 300 a.C.. Su fecha de composición es la época de la dominación persa, que fue una época de relativa calma y libertad religiosa para Israel. En efecto, los persas fueron muy tolerantes e incluso el Sumo Sacerdote de Jerusalén, tenía en su época no sólo poder religioso, sino también político. Los gobernadores persas respetaron la cultura de Israel y lo dejaron vivir su fe con cierta libertad. Eduardo Ojeda
La verdadera riqueza
* El camino que te lleva a la verdadera riqueza pasa necesariamente por la pascua de la disponibilidad. Tu líder y tu caudillo es Jesús, que, siendo rico, por nosotros se hizo pobre para enriquecernos con su pobreza (2Cor 8,9). Dios encamina a los pobres por la rectitud y les enseña su camino (Sal 24,9). Sabiendo esto, serás capaz de aceptar perderlo todo para ganar a Cristo (Fil 3,8). * Tu pobreza que se hace disponibilidad no es una teoría, ni una práctica, ni siquiera un ideal, sino un rostro: Dios se hizo pobre, por ti, en Cristo Jesús. Contemplando este rostro, comprenderás el verdadero sentido del misterio de la pobreza. Apóyate en esta sabiduría. Reafírmate en esta esperanza. Contempla este rostro para llegar a parecerte a él. Y podrás comenzar a ser pobre siguiendo a Jesucristo, aceptando, como él, recibirlo todo y darlo todo. Dar todo con amor, recibir siempre todo con humildad. * La primera etapa de tu seguimiento del Maestro pasa por la humilde aceptación de tus riquezas. Acepta lo que sabes hacer, lo que sabes decir, la riqueza de tu fe, de tu esperanza, de tu amor, tu fraternidad, tu cultura, tu salud, tu libertad. No tengas vergüenza ni vanidad. Por eso vive en continua acción de gracias, ya que no posees nada que no hayas recibido en don. Tu pobreza te hace vivir en perpetua alabanza. * Podrás abordar entonces la etapa de la pobreza espiritual. Es el grado supremo de pobreza. Y te conducirá al abandono de tus propios deseos, de tus propios pensamientos, de tu propio saber, de tu amor propio, siguiendo a Jesucristo, cuyo alimento es hacer siempre la voluntad del Padre. * Entrégate hasta ese punto. No te defiendas. Piérdete hasta inmolarte a ti mismo. Esta es la pobreza en el Espíritu que te propone Jesucristo. Desde entonces, si el Espíritu te guía, sigue de verdad sus pasos. * La pobreza material es fácil. La pobreza solidaria es costosa. La pobreza afectiva es siempre dolorosa. La pobreza espiritual es toda entrega. * Ya no eres esclavo de nadie, sino hijo. Al no ser nada, lo recibes todo. Pobre del todo, tu riqueza es el reino: heredero de Dios y coheredero con Cristo. El mismo Espíritu le asegura a nuestro espíritu que somos hijos de Dios (Rom 8,16). Lucha constantemente en defensa de tu dignidad y de la dignidad de tus hermanos. * Si tomamos en serio nuestro compromiso de pobreza, estaremos dispuestos a compartir solidariamente con los pobres y los necesitados. Sentiremos predilección por quienes tienen más necesidad de ser reconocidos y amados. Nos esforzaremos por evitar toda forma de injusticia social, y siguiendo las directrices de la Iglesia, podremos despertar las conciencias a los dramas de la miseria y a las exigencias de la justicia. * En esto seremos discípulos de Cristo, siempre preocupado por estar presente entre los hombres y mujeres de su tiempo, sobre todo entre los más pobres y excluidos: los que carecen de recursos, de razones para vivir y para esperar. |
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