DESDE COLOMBIA: Un sí a la opción por la paz

Escuelas de Paz y Convivencia

Frente a la violencia que azota a Colombia desde hace más de cuarenta años, sin que se avecine solución alguna, la Iglesia Católica, en su misión profética se ha empeñado cada día más en ofrecer espacios, alternativas y propuestas para que la nación toda pueda salir de esta espiral de guerra, muerte y pobreza que cobra día a día muchas más víctimas, la mayoría, como siempre, sin tener que ver nada con el conflicto.

Entre las varias propuestas y caminos a seguir, se ha asumido desde el año 2001, una nueva experiencia en el Vicariato Apostólico de San Vicente del Caguán - Puerto Leguízamo, ubicado en la Amazonia colombiana, extensa región de 96.000 kilómetros cuadrados, una opción denominada Escuelas de Paz y Convivencia.

La experiencia es animada y acompañada desde el Programa por la Paz de la Compañía de Jesús y el Secretariado Nacional de Pastoral Social; su nombre bien la define, es toda una Escuela en la cual se aprende para enseñar y se enseña para aprender, es un sí a la opción por la paz, una experiencia que debe comprometer e involucrar a toda la Iglesia local progresivamente.

La Escuela de Paz y Convivencia, desde una experiencia de fe y conciencia eclesial, busca brindar herramientas y espacios de formación, y fortalecer la acción pastoral de la Iglesia en la construcción de proyectos de vida de personas, y comunidades que promuevan una vida digna y la superación de las violencias.

Para una mejor organización, se crearon tres escuelas en el Vicariato, conformada cada una por un número de parroquias y la participación de las instituciones de carácter eclesial que son parte de la pastoral que se lleva a cabo. Cada una de éstas presentaba, desde una exigente selección sus integrantes, entre los cuales encontramos sacerdotes, religiosas, religiosos, catequistas, profesores, personas que trabajan en entidades oficiales, no católicos, estudiantes y otros, decididos a darlo todo por la Paz.

Como Escuela, existe todo un proceso, objetivos, fases, contenidos, responsables, criterios a evaluar, correctivos, etc.; todo esto asumido en un primer momento por un Equipo de Coordinación, animado y acompañado por el obispo y desde el Comité Central y nacional por un delegado. No es éste un trabajo aislado, menos aún retórico, pues la experiencia y sus tres etapas o momentos a vivir con cada una de las Escuelas del Vicariato, son compartidas en un ambiente de fraternidad, amistad y confianza. Esta experiencia vivida en cada encuentro es luego re-creada en cada diócesis partiendo de su propia realidad, circunstancias, recursos y creatividad.

EDUCAR PARA LA PAZ

Las tres etapas de esta experiencia son:


· Identidad:
Exige entrar en sí mismo, hacer un esfuerzo en recuperar la propia historia desde una relación consigo mismo, desde la experiencia con Jesús, y lograr un espacio para darlo a conocer a los otros. Es interesante en la medida que cada uno tiene la oportunidad de conocerse mucho más a sí mismo y descubrir procesos de socialización en los cuales se deben generar hechos de paz desde la reconciliación consigo mismo. En lo referente a esa historia vivida en la relación con Dios, se ofrece un espacio de reflexión desde la Palabra y frente al Santísimo Sacramento expuesto, buscando cómo crecer en la misma experiencia...

Para dar continuidad con el encuentro siguiente, se asigna una "tarea" desde la identidad cultural e historia de su comunidad: recoger en cada uno de sus lugares su historia, personajes, momentos relevantes, signos como escudo, bandera e himno, al igual que productos típicos de la región; todo esto para ser presentado en lo que hemos denominado "los rincones culturales" con la explicación y el compartir de lo que se logre traer...

Convivencia social y conflicto: Este encuentro lleva a descubrir el conflicto no como un problema y obstáculo a nuestro diario vivir, sino como una oportunidad para profundizar en nuestra historia, en los hechos y circunstancias y reconocer las potencialidades para superarlo; no siempre verlo como una situación que nos encamina a una "tragedia", sino como una oportunidad para confrontarnos en la búsqueda de soluciones.

Se desarrolla en varios momentos: desde la comprensión personal y colectiva del conflicto, se entra en cada quien para llegar a enfrentar aquellos conflictos que desde la experiencia personal no permiten una sincera socialización consigo mismo, interesante momento para proyectarlo luego a un nivel familiar y comunitario.

Aparte de la reflexión y el lograr ser escuchados, se resalta la búsqueda de reconciliación consigo mismo y el compromiso de crear verdaderos lazos de fraternidad en la familia y comunidad, desde una convivencia pacífica y la transformación del conflicto, no considerándose la persona que soluciona todo, sino la que desde un compromiso cristiano y eclesial es factor de comunión y reconciliación en la escucha, reflexión, diálogo y actuar.

Cultura política: Exige conocer el valor del Estado y de la sociedad desde una comprensión clara de sus estructuras y dimensión política, al igual que llegar a una identidad de ciudadanos desde la cual se reconocen los deberes para un justo reclamo del respeto de los Derechos, comenzando desde la persona y con una proyección gradual hacia la familia, comunidad y región. Se brindan elementos sencillos para conocer y dar a conocer los mecanismos de protección e instancias de participación, resaltando al cristiano como una persona invitada al compromiso por una transformación de su sociedad, su ejercicio político en el sentido pleno que la palabra manifiesta, servicio, autoridad y construcción. Hay espacios para la crítica y el conocimiento de la situación del país, factores que generan violencia, caminos y búsqueda de paz, y lo que hemos hecho y podemos hacer para generar esa anhelada paz.

Los tres momentos se enmarcan desde unos contenidos de carácter bíblico, teológico y pastoral, con una visión desde los Derechos Humanos y su proyección social. Hay que resaltar de igual forma los principios o directrices de las Escuelas de Paz y Convivencia, lo cual ayuda a comprender los compromisos de quienes forman parte de las mismas:

- Sentido cristiano y eclesial del trabajo.

- Formación permanente y acción como respuesta.

- Actitud constante de crítica y renovación.

- Opción preferencial por los pobres y las víctimas de la violencia.

- Capacidad transformadora y propositiva.

- Proceso de construcción colectiva.

- Reconocimiento del otro y de la diversidad.

El temor de la gente por la acción ejercida por la guerrilla, que en el abuso de autoridad ejerce su propia "justicia", el desánimo de muchos colombianos frente a intentos de paz, y otros factores, son un desafío para las Escuelas de Paz y Convivencia, pero la convicción del ser cristiano, la identidad desde el sacramento del bautismo y ese sentirse Iglesia, animan, incentivan y comprometen cada día más a quienes vivieron este proceso educativo en cada uno de sus momentos, lo cual se va manifestando en la respuesta que paso a paso se va presentando en cada uno de los encuentros llevados a cabo en San Vicente, con un clima de comunidad, amistad, en un sincero y fraterno compartir, lo que nos convenció de que la Escuela misma no se hace en la teoría, sino que se construye en el encuentro de cada grupo y se proyecta en sus comunidades, proceso que vive y continúa adelante a pesar de los obstáculos. Es una semilla sembrada por la paz, una experiencia que vale la pena conocer, apoyar y re-crear, animada por la Palabra de Dios, y por el testimonio de quienes se empeñan en mostrar al resto del país y al mundo entero, que Colombia no es aquella nación de la cual tan solo se conoce por la violencia, narcotráfico, corrupción y pobreza, sino también el país en el que se comparte desde la generosidad, alegría, sencillez y dinamismo de su gente, de su Iglesia, desde cada familia y comunidad.

Ricardo Tovar Sánchez