EL card. PAULO EVARISTO ARNS

Un "anciano" profeta de su tiempo

El card. Paulo Evaristo Arns, arzobispo emérito de San Pablo, nace en Forquilhinha (Santa Catalina). Fue ordenado sacerdote en 1945 y obispo en 1966. Durante 28 años, guió a la Iglesia de San Pablo, destacándose por la defensa de los Derechos Humanos (sobre todo en el triste período del gobierno militar). Durante su episcopado actuó como verdadero profeta y fue un pastor muy querido por su pueblo. Fue propuesto para el Premio Nobel de la Paz. Hoy con 81 años, está jubilado y vive en la ciudad de San Pablo. Como el mismo revela en esta entrevista, no está lejos de su rebaño ni apartado de las luchas y de los ideales que marcaron toda su vida.


Usted fue protagonista de muchas situaciones históricas del siglo pasado. ¿Fue difícil retirarse y, ahora estar alejado de los acontecimientos importantes?

- Cuando me nombraron obispo, el Concilio Vaticano II ya había fijado la norma que establecía el límite para toda actividad pastoral a los 75 años de edad. Por lo tanto, yo sabía que me iba a jubilar. Sin embargo, tuve que presentar al Papa el pedido de mi jubilación cinco veces. Es signo de que él no quería apresurar mi salida de la Arquidiócesis. Pero ya no podía continuar porque tenía un problema en la vista a causa de un cáncer en el ojo derecho.

Siento siempre falta de la gente, pero me encuentro con ella los sábados y domingos, cuando salgo a celebrar misas y los jueves, cuando recibo a las personas en la Iglesia de San Francisco, en el centro de San Pablo. También encuentro a la gente en la Radio 9 de Julio, donde hablo dos veces al día. No estoy lejos de mi rebaño; por el contrario, estoy bien cerca de él y él está en mi corazón.

¿Actualmente, cuáles son sus planes y proyectos para el futuro?

- Tengo dos libros ya listos para que sean publicados. Estoy a disposición de la Iglesia para ayudar en lo que pueda en la campaña de la Fraternidad de este año que es sobre los ancianos. En lo que puedo, estoy ayudando también a los niños: mi hermana, la Dra. Zilda Arns, dirige la "Pastoral da Criança" (pastoral de los niños). Fui yo quien traje de Europa esa propuesta de la ONU y ahora estoy trabajando con mi hermana en esa pastoral.

Usted fue uno de los pioneros en la cuestión de la tercera edad. ¿Qué importancia alcanzó la Pastoral de los ancianos que usted creó?

- Desde el inicio de nuestro trabajo en la Arquidiócesis, tuvimos esa preocupación por el anciano. Cuando creamos la Pastoral de los Niños, constatamos que la Pastoral de la Tercera Edad estaba todavía atrasada y era más necesaria. El anciano no tiene aquella sonrisa de niño para recompensar a quien le ayuda. Son millones los que viven sin poder comprar los remedios necesarios y tener la comida suficiente y una casa adecuada para su edad. La estructuración de esa Pastoral fue muy importante para la Arquidiócesis de San Pablo y también para el Brasil, porque fue una de las primeras acciones para resolver los problemas que los ancianos sufren en nuestra sociedad. Por ejemplo, la CNBB me pidió que organizara una reunión con todas las religiones que se ocupan de los adultos mayores. Conseguí reunir 39 representantes de las distintas religiones, muchas orientales. Valió la pena; una gran multitud se reunió en la Iglesia de Nuestra Señora de la Consolación, y las diferentes religiones pudieron intercambiar sus experiencias, contando lo que hacen en ese campo.

Dicen que, en la tercera edad, las personas comienzan a recordar los acontecimientos del pasado. De todo lo que usted vivió, ¿cuál es el recuerdo más vivo?

- Bueno, hay muchas cosas, porque tuve una vida relativamente agitada. Por ejemplo, pasé cinco años en Europa y conseguí mi doctorado en la Sorbona (Francia), que en aquel tiempo era una de las universidades más rigurosas. Pero para mí, fue más significativa la vuelta, cuando atendía, tres veces por semana, siete "morros" (asentamientos precarios) en Río de Janeiro. Allí me encontraba con los niños, los enfermos y las familias. Realicé ese servicio por 10 años y medio. Llevaba también estudiantes de teología y de la Universidad Católica de Petrópolis para que conocieran las condiciones de las personas realmente pobres. Ése es un recuerdo fuerte de mi vida y una de las experiencias en las que más aprendí.

¿ Por cual de las muchas obras que realizó le gustaría ser recordado?

- Solamente me gustaría ser recordado como una persona que no hizo mal a nadie, y que ayudó, como pudo, para que las personas fueran felices y encontraran el camino a la eternidad.

¿Alguna cosa que hizo, y que hoy haría de otra forma?

- Es claro que todo puede ser hecho de dos o tres maneras, pero busqué hacer lo que Dios me inspiró. Eso es lo que importa.

¿Cree que los ancianos todavía son excluidos, o ya consiguieron su espacio y reconocimiento en la sociedad?

- Los ancianos todavía son los más sufridos en la sociedad. En primer lugar, porque la jubilación es tan baja que no consiguen vivir con serenidad y dignidad sus últimos días de existencia. Fueron ellos los que construyeron todo lo bueno que actualmente tenemos. La sociedad debe mucho a los ancianos y estamos haciendo muy poco por ellos. Toda persona anciana desea ser considerada como alguien que realizó muchas cosas, pero que ahora ya no puede hacer todo aquello que hacía en el pasado. Para los ancianos, lo que más importa es el respeto y la consideración hacia todo lo que hacen o ya hicieron. De esta forma, ellos no deben cargar un peso mayor del que les impone la naturaleza y la propia situación de vida.

¿Entonces, todavía existe un prejuicio contra ellos?

- Existe y eso no es de admirar, porque muchos jóvenes no entienden que una persona de edad repita muchas veces lo mismo o tenga ciertas costumbres y hábitos diferentes de los suyos. La juventud quiere la expansión, la novedad y tiene derecho a eso. Pero la convivencia entre los jóvenes y los ancianos produce una comple-mentación humana que, en sí, es natural y no debe ser combatida. Los unos completan a los otros y necesitan entender sus diferencias. Pero debo decir que yo, con 81 años, nunca sufrí discriminación en ningún lugar. Por el contrario, tanto con el Papa como con los fieles más simples, siempre encontré una acogida muy respetuosa, amiga y fraterna.

¿Cuál es el papel del anciano en la sociedad de hoy?

- Contribuir para que la sociedad tenga más sabiduría y sepa aprovechar mejor los recursos naturales que tiene. Los adultos mayores pueden muchas veces dar su palabra y un consejo útil para las personas que realizan pequeñas y grandes obras. Así como en Oriente, el anciano es la persona más importante de una comunidad, yo creo que nosotros, también, en nuestros países más jóvenes, debemos acostumbrarnos a consultar a las personas más viejas sobre problemas que ellas vivieron y no supieron resolver de manera satisfactoria, porque les faltaran los consejos o los medios necesarios.

En la Iglesia, llama la atención la gran cantidad de ancianos que participan tanto en la asamblea como en las diversas pastorales. ¿Dentro de la Iglesia ellos son más valorados?

- El papel del anciano en la Iglesia siempre fue tan importante que sus jefes, en la antigüedad, eran llamados "ancianos". O sea, anciano era casi siempre sinónimo de padre, pastor o jefe de la comunidad. No sé si la Iglesia es diferente de la sociedad. Tengo la impresión de que ella refleja más o menos lo que existe en la sociedad, porque sus miembros (sacerdotes, religiosos/as, laicos) son todos hijos de una época. Es evidente que la Iglesia no debe huir o alienarse de la sociedad. Por el contrario, debe estar inserta en ella para llevar la palabra de Cristo, una palabra de amor a todas las personas. Pienso que los ancianos son aquellos que más necesitan de una palabra de incentivo, esperanza y amor. La esperanza desaparece cuando las personas son despreciadas y olvidadas. Mi deseo es que los más jóvenes aprendan a comprender a los más viejos y les sepan dar vida y esperanza.

 

(Tomado de "Ir ao povo", n. 78)