San Pedro
de las Lágrimas y San Pedro Pontífice

Reducción guaranítica
de Santa María de Fe (Paraguay)

Tallas de madera, de 1.14 y 1.82 m.

Nuestro recorrido por el arte guaranítico de las Reducciones jesuíticas del Paraguay prosigue en este número con la imagen de San Pedro de las Lágrimas.

"La obediencia, la comunión con el Papa, el amor a la Iglesia: era la estructura misma de la personalidad del misionero jesuita. Y por amor a la Iglesia, cuerpo místico de Cristo, abandonaron todo para venir a la "Provincia de Paraquaria", y más tarde, con el corazón destrozado todos aceptaron el destierro y el traslado a Europa como "delincuentes".

En las reducciones, la comunión con el Papa fue la garantía de la verdad de la experiencia, y lo fue también cuando demostrando una obediencia heroica, aceptaron la supresión de la Compañía por parte del Papa.

La figura de San Pedro representaba esta adhesión incondicional al Papa, sucesor del apóstol en la sede de Roma. Si San Pedro Pontífice, con tanto de tiara (la triple corona que usaban los Papas) recuerda esa estrecha conexión entre Pedro y el Papado y además sugiere el poder y la dignidad del Papa, la figura de San Pedro de las Lágrimas recuerda al contrario el momento de pecado y traición del primero de los apóstoles y de sus sucesores.

En estas dos tallas que representan los momentos más importantes de la vida del Apóstol, la miseria y la belleza de la Iglesia están presentes. Lo que San Agustín decía de la Iglesia, esposa de Cristo y pecadora (casta et meretrix). Dos características que no se pueden separar. El "Pedro" de las lágrimas, es decir pecador, es el mismo Pedro al que Cristo dio el poder de las llaves, de confirmar a los hermanos y de pastorear a sus ovejas.

Para los jesuitas era evidente que el ser humano inclinado al pecado, es también proclive a la gracia. Al Pedro "de las lágrimas" no se contrapone el Pedro "Pontífice", sino que en las dos imágenes es evidente el camino humano del Apóstol que a través de la experiencia del pecado es conducido y elegido por Cristo para ser su vicario en la Tierra. San Pedro llora amargamente, cuando después de haberlo negado tres veces, cruza con sus ojos la mirada de Cristo, condenado a muerte.

El hombre nuevo comienza con la toma de conciencia de sus pecados, pero esta autoconciencia es imposible sin la mirada de Cristo. Es el encuentro con Cristo el que permite a cada uno mirarse, tomar conciencia de sí, y crecer en la autoestima, en el valorarse por lo que se es y como se es. Pedro ya había encontrado a Cristo y lo había seguido con entusiasmo, pero no había todavía experimentado en la propia carne la Misericordia, la mirada misericordiosa, la única capaz de leer hasta el último detalle del corazón del hombre. Allí, solamente allí, en aquel patio, en la madrugada de aquel Viernes Santo, Pedro comienza a darse cuenta de quién era aquel hombre por el cual había abandonado todo. Allí toma conciencia de lo que, sin comprender plenamente, había respondido a Jesús después del discurso sobre el pan de vida eterna: "Señor, ¿a dónde iremos? Sólo tú tienes palabras de vida eterna".

Es impresionante cómo el artista que dio "carne" a este Pedro de madera, supo expresar a través de los movimientos del cuerpo, la posición de las manos, del cuello y de la mirada, todo el drama y el amor de Pedro hacia Jesús. Al contemplar aquel rostro suplicante, que con las manos unidas implora piedad, y las lágrimas que llenan sus mejillas, uno no puede dejar de sentir el deseo de que acontezca el mismo milagro en la propia vida. Lo que comienza para Pedro en este momento se cumplirá, después de la Resurrección, cuando Jesús por tres veces le preguntó: "Simón... ¿me amas?" y Pedro por tres veces le contesta: "Sí".

El "Sí" de Pedro es la respuesta de toda la Iglesia a la misericordia de Dios que nos recrea continuamente".

Extractado del prólogo del p. Aldo Trento, al Almanaque Santa María de Fe, Asunción, año 2000.