Esa "hora
de Tabor"

 

 

Camino a Jerusalén, donde debía ser crucificado,

Jesús le concede a sus discípulos una hora de gloria anticipada

en la cima del Tabor.

En medio de tantas convulsiones de la historia

hoy también necesitamosuna hora de Tabor

para no desfallecer y no bajar los brazos.

Los teólogos orientales afirman que esa hora de Tabor la tenemos

todas las veces que celebramos la "santa Asamblea" eucarística.

La comunidad sube entonces al monte de la Transfiguración,

es decir, se transfigura como Jesús.

En esa hora se nos manifiesta el Reino.

No es una fuga de las peripecias de la historia;

es más bien tomar aliento, mirando la meta, para seguir en la lucha.

La celebración litúrgica revela, evidencia y potencia

la vida eclesial para que llegue a ser realmente

como la manifestación del Reino, ese Reino que está por venir

pero que constituye el horizonte de la historia.

Al entrar en una celebración cristiana deberíamos descubrir

que un amigo nos mira con una mirada no petrificada sino liberadora.

El rostro del Crucificado-Resucitado con el que están en comunión

los hermanos y hermanas presentes, irradia la belleza absoluta.

Entrar en la "gran alegría" de la liturgia es entrar en un reflejo

de esa belleza y recibir de ella la capacidad de descifrar

la verdad de los seres y de las cosas, el icono de cada rostro,

"la llama de las cosas" y las chispas del Espíritu

presente en toda la creación. Así las personas que

celebran se hacen transparentes al poder de Dios.

El hombre y la mujer, imagen restaurada en su belleza primera,

se incorporan al canto de la gloria de Dios.

A través de la celebración se va manifestando la luz

que irradia la persona de Jesús sobre el monte Tabor.

Y los fieles van purificando sus sentidos para poder contemplarla.

Tiene lugar como una transfiguración de Jesús

en su cuerpo místico que es la comunidad celestial.

La vida litúrgica transfigura al mundo en Reino de Dios

por anticipación profética. De ese modo, mediante la liturgia,

se asciende a la montaña santa del Tabor

y se llega a participar de la naturaleza divina (2Pe 1,4).

Esta historia vergonzosa de guerra e injusticia,

no es olvidada en esta hora de Tabor.

Al contrario, es tomada para un compromiso transformador.

Esta lucha por la paz y la justicia es parte de las Bienaventuranzas

del Evangelio y empieza a realizar esa Historia de salvación

que es el Reino de Dios entre nosotros.

 

Quinto Regazzoni