Es incómodo despertar...

Hace unos días me visitó un maestro de mi pueblo y me contó que vio a Carlitos y a su hermano "El Negrito", también me dijo que ellos aún recuerdan, después de 34 años a su maestro de Toro Negro y que les gusta la idea de que "¡sea cura!". Lo que ellos no saben es que en el fondo de mi historia personal aquellos primeros alumnos y su escuela me marcaron de un modo definitivo.

No sé dónde leí una vez que Don Miguel de Unamuno daba gracias a Dios por llegar a anciano y descubrir que había estado equivocado en su vida.

Mi "darme cuenta" no fue bajo el peso de mucha vida sino a los 23 años.

Fui hijo único, sobreprotegido. Con toda la carga de egoísmo que esta situación aparejaba, desde niño aprendí a aprovecharme de los demás para obtener lo que quería. Además siempre papá y mamá justificaban a su nene...

Estudié magisterio, me recibí y conseguí una escuela: la 187 de Toro Negro, en pleno campo uruguayo. Era un rancho de tablas y latas.

Contaba burlonamente que el agujero más chico que tenía era la ventana... ¿Era un chiste? ¿Broma, o casi verdad? ¡Lo último!

¿Se imaginan a un joven de ciudad, rodeado de campo y pasando 19 horas al día sin tener con quién hablar? El almacén, la policía y el teléfono más cercano estaban a una legua (cinco kilómetros). La casa más cercana, a tres kilómetros. Las cinco horas que pasaba con los niños era un remanso de convivencia. Esperaba con ansias que llegaran a pie o a caballo, para poder tener con quien hablar. El paraje era hermoso. En plena Cuchilla de Salto estaba rodeado de los característicos cerros del norte uruguayo, abruptos, con tajos como hechos con un machete gigante. Desde lejos veía llegar a los gurises. Una alumna en un arranque de poesía pura y simple ese año escribió: "Antes de comenzar las clases y después de terminarlas, los niños cuando vienen o se van de la escuela por sus guardapolvos blancos parecen ovejitas recién esquiladas". ¿No fue una hermosa imagen. Los niños llegaron a significar mucho para mí.

En los recreos, después de almorzar juntos en una mesa común para niños, maestro y cocinera, salíamos al campo que rodeaba la escuela.

Había una porción llana de terreno donde jugaban los alumnos; estaba marcada de un lado por el costado de la escuela, del otro por un gran afloramiento granítico. En esas horas de mediodía me sentaba en la piedra, vigilando a los chicos y escuchando noticias o música en la radio. (A los veteranos: ¿recuerdan las Spica japonesas que nos enloquecían cuando éramos jóvenes?).

Un día, escuchando la Spica, presentaron un disco nuevo, de un jovencito de 18 años: se llamaba Héctor Numa Moraes. Cantaba canciones de su profesor y entrañable poeta don Washington Benavides. Una de ellas contaba de un bombardeo a una aldea nordvietnamita llamada Van Ding. Una bomba cayó sobre una escuela y lo único que quedó fue un cuaderno de poemas.

"Vinieron por el aire, vuelo mortal

quedó sólo un cuaderno, no digo más.

Firmaba sus poemas Din Hug Juglar

tenía trece años, no tuvo más".

Esos versos fueron como un mazazo en mis afectos. Miré a "mis niños" jugando, miré la escuela, miré la tierna pubertad de Carlitos que también tenía trece años y los vi muertos, destruidos, bombardeados. Así, bombardeado afectivamente, voló el hijo único egoísta y aprovechador. De golpe comprendí que me importaba la vida de los demás, que sus sufrimientos podían ser sentidos como míos. Fue el despertar doloroso de mi conciencia social, la misma que años después me llevó a ser perseguido y calumniado.

Pero que en el plan de amor de Dios fue preparación para mi sacerdocio.

 

Pbro. Eduardo Minelli