Reconocerse en el otro
Se concluye en este
mes de junio la celebración del Año Dehoniano,
recordando los 125 años de la fundación del P. León Dehon,
un gran enamorado de Dios, un buen amigo para sus hermanos.
Decía el P. Dehon que no era necesario complicarse la vida para
conservar la
presencia de Dios: "Seamos siempre agradables con nuestros
hermanos".
Ser agradables y cordiales es un arte que se hace difícil en
estos tiempos.
Son muchos los ejemplos (o los malos ejemplos):
cuando un joven, con la carrera recién terminada, llega con su
brillante diploma, la respuesta es casi siempre la misma: el gesto
suspicaz,
el brillo escéptico en los ojos de la gente.
Basta con que te acerques a alguien por la calle, a pedirle la hora,
para
comprobar que casi todo el mundo te recibe con ojos de desconfianza...
Un refrán latino decía "el hombre es lobo para el hombre",
y las vergonzosas guerras, las injusticias y atropellos que seguimos
viendo,
2000 años después sólo parecen reafirmar ese refrán.
Somos como un gigantesco "saloon" de las
películas del "lejano oeste",
donde todo desconocido es mal recibido.
Y como casi todos desconocemos a casi todos,
he aquí un mundo de extranjeros y de miradas torvas.
Los más "civilizados" no nos hacemos zancadillas, no nos
mordemos
cruelmente, ni nos enfrentamos a balazos, pero sí seguimos
indiferentes,
no sabemos o no queremos estar "atentos al otro".
Hemos olvidado el saludo o la mirada cordial, el gesto y la palabra
oportuna...
Cuando se quiera afirmar de alguien que es buen cristiano,
¡no sirve cantar las alabanzas de sus cumplimientos religiosos
o sus heroicas virtudes! Cuando se quiera proponer a un buen discípulo
de Jesús,
el elogio más apropiado es que sabe ser cordial,
atento y acogedor, que sabe y quiere "recibir" a todos. Como
Jesús.
La cordialidad y el estar
atento al otro es mucho más que un cumplido:
es la realización de la fraternidad.
La mayoría de las personas que encontramos en nuestro camino
jamás necesitarán que arriesguemos nuestra vida por ellas
o que seamos capaces de heroicos gestos de desprendimiento.
Pero todos, absolutamente todos, están necesitando cada día de
nuestra atención y de nuestra cordialidad,
necesitan
ser bien recibidos, sentirse a gusto con nosotros.
Desaparece entonces la sospecha, el temor, y al decir del P. Dehon,
"el corazón se ensancha a la dimensión del amor divino,
mientras que la prudencia humana de ordinario lo estrecha".
El Buen Samaritano ayuda al herido porque "se reconoce en
él".
Es un viajero, camina, está en alerta... , por eso lo ve y se acerca.
Lo ayuda porque él mismo podría haber sido el asaltado por los
ladrones.
Reconocerse en el otro es el camino acertado de la cordialidad.
No es suficiente "ponerse en lugar de";
hay que "reconocerse" en él, saberse "otro" con
él.
Éste es el punto más elemental del Evangelio. Lo demás, son adornos.
Quinto Regazzoni