Una valoración
ética
de la vida

Muchas veces quedamos desanimados al observar

los graves signos que revelan una pérdida de amor a la vida,

como resultado de una gran pobreza de valores.

El individualismo nos invade por todas partes.

Sin embargo, no somos simple individuos; somos personas.

Como individuo soy distinto de los demás;

como persona estoy llamado a relacionarme con los demás.

Como individuo tengo mi verdad

que me constituye como ser concreto, con mi propia identidad;

pero como persona estoy también en una realidad constituida

por otros seres, vegetales, animales, y,

sobre todo, por otras personas.

Mi razón de ser no está en mi individualidad.

Yo no existiría si no fuera para los demás.

Soy un ser en el cosmos, con los demás y para los demás.

El "me gusta" o "no me gusta", "tengo ganas " o "no las tengo",

no tiene que ser la norma de mi conducta.

La tarea fundamental del ser humano es más bien averiguar

el sentido de su vida y libremente optar por lo que considere válido

para su realización como individuo y como persona.

Para lograrlo es preciso formar bien la "conciencia".

En esto radica la fundamentación ética de la vida.

Hoy exigimos la responsabilidad a los otros:

profesionales, políticos, educadores, gobernantes...

pero hacemos la vista gorda con los deberes propios de la vida diaria
(normas de tránsito, limpieza urbana,
deberes cívicos o laborales...).

Necesitamos referentes válidos para orientarnos

si nos hemos "despistado", o afianzarnos si vacilamos.

Esos referentes son los llamados "valores"

que son cualidades de las acciones, de las personas

y de las cosas, que las hacen atractivas.

Es importante recuperar el entramado de esas "cualidades"

personales y sociales en el que se tejen los valores...

Orientar la vida hacia un fin y dirigirla coherentemente

exige renuncias, esfuerzo, disciplina,

vigilancia y buen uso de la libertad.

La madurez supone un difícil entrenamiento que sin embargo

acaba haciéndonos sentir bien:

porque sabemos lo que queremos

y queremos lo que más "valoramos".

 

Quinto Regazzoni