Vidas ejemplares del siglo XX

César Chávez

El sindicalista de los campesinos

Difícilmente habrá en el estado de California (Estados Unidos) algún campesino pobre, o algún agricultor rico, que no haya oído hablar de César Estrada Chávez. Su figura es conocida y estimada por todos los campesinos que son explotados de uno a otro confín de California. Entre los ricos rancheros del Estado, su nombre causa nerviosismo colectivo, y en lugares tan lejanos de Delano (California), como Texas, Wisconsin, Oregon, etc., los campesinos ven en él al líder honesto y sacrificado que los ayudó a salir de la esclavitud.

Cesar Chávez es muy conocido. Sin embargo, como casi siempre ocurre en casos similares, hay pasajes de su vida que a pesar de ser tan interesantes y significar tanto para el movimiento unionista organizado, permanecen desconocidos para una gran mayoría.

César Estrada Chávez nació en Yuma, Arizona, el 31 de marzo de 1927 en una familia de cinco niños que se criaron en la pequeña granja de su padre a las orillas del Río Colorado. Cuando tenía 10 años, su padre sufrió una quiebra total, de modo que no tuvo otra alternativa que agarrar el camino y ganarse la vida haciendo lo único que sabía: trabajo de campo. Así se convirtieron en emigrantes y pasaron a formar parte de la corriente de trabajadores que siguen la época de cosechas desde Arizona hasta el norte de California, sufriendo las inclemencias del tiempo desde el intenso calor del verano, hasta el duro frío del invierno. Durante esos años, Chávez y su familia vivieron en míseras cabañas o en el interior de su destartalado automóvil. La escuela fue una cosa difícil, y cuando al fin la errante familia se estableció en Brawley, y se las arregló para formar allí un hogar por algunos años, el joven César sufrió la humillación de una escuela segregada, donde se utilizaba equipo educacional de segunda mano. Pero a pesar de esas humillaciones, le gustaba la escuela y era un estudiante listo y aplicado, pero la necesidad de ayudar a mantener su familia lo forzó a dejarla durante el octavo grado, y convertirse en emigrante en busca de trabajo.

El mismo César recuerda aquellos años de la siguiente manera:

"Uno de tantos inviernos estábamos viviendo en Oxnard y tuvimos que pasarlo en una carpa. Éramos la única familia que estaba viviendo en carpa y todos nos ridiculizaban. Nos acostábamos apenas al oscurecer, porque no teníamos luz. Mi padre y mi madre se levantaban a las 5:30 de la madrugada a pizcar chícharos. Costaba 70 centavos ir a los campos y regresar, y había algunos días en que mis padres ni siquiera ganaban lo suficiente para pagar su transporte... Bueno, finalmente aprendimos la ‘movida’. Sabíamos donde había cosechas y en donde necesitaban trabajadores, así como pequeñas tretas útiles como vivir bajo los puentes, y cosas por el estilo."

 

Para César las aspiraciones de la lucha organizada contra la injusticia social, le fueron familiares desde la niñez. Su padre era un entusiasta de los sindicatos agrícolas y apenas llegaba uno a la región donde vivía, él era el primero en convertirse en miembro. Más tarde, en 1950, el padre Donald McDonnell, y Fred Ross, en 1952, le enseñaron, la teoría y la práctica de ese arte que es luchar por la justicia social. Éste fue el comienzo de lo que sería el Sindicato de Trabajadores Agrícolas Unidos (UFW), que en la década del ’60 se extendió por todo Estados Unidos. Las marchas de la UFW tenían también características religiosas, con oraciones públicas, estandartes de la Virgen de Guadalupe y la presencia de mucho clero y religiosos que apoyaban a los campesinos.

Otra persona que jugó un papel muy importante en la vida de César Chávez, fue Elena Fabela de Chávez, su esposa, una mujer hecha a su medida, hija de un coronel de la Revolución mexicana, la que parece haber heredado la rebeldía de su padre contra las injusticias. El apoyo moral que le dio siempre a su esposo se ilustra con el siguiente hecho: en 1961, Shriver, de la organización Cuerpos para la Paz, conociendo la labor de César, le ofreció un puesto con ellos, con un salario de 21.000 dólares anuales. Por esos días había renunciado a la dirección general de la CSO porque ésta se negaba a ayudar a los campesinos, y él sabía que no había quien luchara por ellos, de modo que simplemente rehusó el ofrecimiento de Shriver, y en lugar de ello, acompañado de su esposa se dedicó a podar uva en Delano ganando $1 la hora. Su decisión fue totalmente apoyada por ella.

Dedicó su vida adulta a la lucha por mejorar las condiciones de trabajo y los sueldos de los trabajadores del campo. Su lucha tuvo resonancia internacional cuando impulsó un boicot a las uvas de California en el mercado estadounidense, para tratar de obtener contratos laborales para los trabajadores del campo.

En 1968 emprendió un ayuno de 25 días para sensibilizar a la opinión pública sobre el problema de los campesinos. Al terminar el ayuno el senador católico Robert Kennedy, fue a compartir el pan con él. Otra defensora y sostenedora fue Dorothy Day (cfr. Umbrales, n. 136), quien en 1973, a los 75 años, fue arrestada mientras marchaba en un piquete de la UFW en California.

César Chávez murió el 23 de abril de 1993.

Arturo Rodríguez, Presidente de la Unión de Campesinos, fundada por Chávez, escribió:

"César Chávez fue un hombre increíble. Era un humilde campesino como muchos otros campesinos en este estado. No había tenido oportunidad de recibir educación. Pero él tomó la decisión de cambiar la realidad campesina. Quería respeto y dignidad para el trabajador del campo. Quería cambiar las condiciones del campo para las familias que trabajan en él diariamente, para los niños, las mujeres, los hombres. Durante su vida Chávez hizo todo lo posible por lograr que los campesinos tuvieran mejores sueldos, seguro de salud, una jubilación.

Hizo lo posible por asegurarse de que tuvieran acceso a agua potable y facilidades sanitarias, como cualquier otro trabajador. Luchó por dar al trabajador del campo la dignidad y el respeto que se merece. Él hizo por la comunidad latina lo que nadie más ha hecho".

Y Chávez, al romper su largo ayuno de 1968, nos dejó este testimonio:

"Si somos realmente honestos con nosotros mismos, debemos admitir que nuestras vidas son lo único que nos pertenece. Por lo tanto, la manera en que usamos nuestras vidas es la que determina qué clase de personas somos.

Creo profundamente que sólo dando nuestras vidas, encontramos la vida. Estoy convencido que el mejor acto de coraje consiste en sacrificarse por los demás en una lucha enteramente no violenta por la justicia.

Ser persona significa sufrir por los demás.

¡Que Dios nos ayude en esto!"