Hechos de vida

Hágase tu voluntad

Durante muchos años tuve la Biblia al lado de mi cama, sobre la mesita de luz. Después estudié Biblia, teología, me ordené sacerdote y a la Palabra la rezo con mi breviario varias veces al día. Pero siendo laico, todas las noches antes de dormir, abría al azar alguna página del Antiguo o del Nuevo Testamento y leía lo primero que veía. Con esas lecturas revisaba mi día, veía qué me quería decir el Padre con lo que había vivido en esa jornada.



Más tarde aprendí que no necesariamente Dios hablaba de esa manera, que había que escuchar a los hermanos, que había que tener en cuenta el magisterio de la Iglesia. Pero para un convertido a los 20 y pico (casi, casi, rondando los 30 años), con una fe que iba madurando lentamente, el método servía.

El que esto escribe trabajaba de maestro en la escuela pública. Cuando llegaron los militares al gobierno, a través de un golpe de estado, yo sabía que en algún momento me iban a perseguir. Muchas veces tuve miedo y me aferraba a las palabras del salmo 22:

"El Señor es mi pastor,
nada me puede faltar,

aunque cruce por quebradas muy oscuras ningún mal temeré".

Cada día al despertar pensaba: "Hoy es el último día que trabajo de maestro"; al terminar el día me decía: "Bueno, va a ser mañana". En este estado mental pasaron cuatro años.

Una noche (puedo decir la fecha exacta: 6 de agosto de 1977, pues fue la víspera de mi cumpleaños) como siempre tomé la Biblia y al azar abrí más o menos en el lugar donde podía encontrar alguno de los profetas. Resultó ser Jeremías y mi vista se posó en un versículo que decía:

"Yo oía a mis adversarios que decían contra mí: ¿cuándo, por fin, lo denunciarán?

Ahora me observan los que antes me saludaban, esperando que yo tropiece para desquitarse de mí." (Jer 20,10).

Mi estómago se arrugó de miedo y pensé. "¡No, por favor, no, Señor!". Y con miedo, abrí los salmos y... ¡me salió el salmo 22, el salmo del miedo! Entonces busqué consuelo en el evangelio. Al azar lo abrí en Juan y leí:

"Cuando el mundo los odie recuerden que primero me odió a mí" (Juan 15,18).

Ésto ya fue demasiado. Apagué la luz para que mi padre no preguntara nada y empecé a orar: "No, Señor! ¡No! ¡Que no me pase nada!" Estuve horas rezando. ¡No sé cuántos Padrenuestros ni cuántos Avemarías recé! Cuatro o cinco horas después me entregué y le dije a Dios: "Señor, aparta de mí este cáliz. Pero no se cumpla mi voluntad sino la tuya".

Al hacer esa entrega total me dormí en pocos minutos...

Al otro día (día de mi cumpleaños) fui a cobrar mi sueldo de docente. En cuanto me pongo en la fila que terminaba en la caja, el maestro que estaba delante de mí me dijo:

- ¿Viste? Parece que llegó una nueva lista de gente que no puede trabajar en la enseñanza.

Enseguida supe que estaba en esa lista y así se lo dije a mi colega, a lo que él contestó consoladoramente:

- No, Eduardo, si tú nunca hiciste nada malo.

Pero llegaron dos funcionarios, me llamaron aparte y con gran dolor, me confirman:

- Minelli, no te dejan trabajar más...

Lo vivido en la entrega de la noche anterior se hacía realidad. Una realidad tan fuerte que era yo el que estaba calmado y trataba de tranquilizar a los funcionarios. La paz que sentía, provenía de dos corrientes de mi interioridad: la certeza de que, a pesar de todo, mi conciencia no me acusaba de nada, que sufría la injusticia como Cristo; la otra era mi entrega total, el "no se haga mi voluntad sino la Tuya".

Después de eso, me quedé sin casa, dormí en la calle y pasé hasta dos días sin comer... Pero eso es otra historia. Lo que quiero resaltar hoy es que la paz se gana en la conciencia limpia y en la oración y me queda una pregunta: ¿cómo pueden vivir (y morir en paz) los fabricantes de guerra, los tratantes de la mentira y la injusticia?

Tal vez Dios me lo explique cuando me encuentre definitivamente con Él.

Pbro. Eduardo Minelli