San Miguel Arcángel

 

Reducción guaranítica
de Santa María de Fe

(Paraguay)

Talla de madera, de 1.5 m.

 

El 29 de setiembre se celebra la solemnidad de San Miguel Arcángel, al que la reforma litúrgica del Concilio Vaticano II ha agregado los otros dos Arcángeles, Gabriel y Rafael. San Miguel es, sin duda, el Arcángel más popular por su patrocinio sobre la buena muerte y su defensa contra todos los males. Él reemplazó la figura mitológica del pesador de almas, quien tenía que juzgar la idoneidad o no de las almas para su entrada en el lugar de los muertos. También en el Nuevo Continente, al tiempo de la Colonia, la figura de este santo tuvo una considerable importancia en la devoción popular.

En la iconografía cristiana, Miguel (cuyo nombre significa "Quién como Dios?") representa la victoria del bien contra el mal. Siempre ha sido representado con la espada en la mano y con los pies sobre el demonio, en sus diferentes expresiones. De los tres arcángeles: Rafael, Gabriel y Miguel, es el más conocido, el más invocado en la tradición del pueblo cristiano, y el motivo está en el hecho de que él personifica el comienzo de la victoria sobre el mal. El mal que desde Adán y Eva es el tormento del hombre. Este hombre que desde el alba de la humanidad busca una liberación, desea una salvación. El mal está presente en la estructura del ser humano, por eso toda la filosofía del voluntarismo moralista de hoy es irracional e impotente. Nunca como hoy, cuando el ser humano pretende con sus fuerzas lograr una moralidad, la persona ha caído en la desesperación de la inmoralidad.

Los guaraníes vivían dramáticamente la experiencia de la propia impotencia frente al mal personal y del mundo. Toda la antropología guaraní está dominada por la presencia de este mal misterioso que afecta a la humanidad. Toda su religiosidad, desde la concepción del mundo, hasta el hecho de ser nómadas y de vivir una ascesis de liberación a través de formas bien precisas, documentan el anhelo de liberación de este gran pueblo. En esta perspectiva fácilmente comprendemos por qué la imagen de San Miguel está presente en toda la vida cotidiana de los pueblos jesuíticos. Él representa el alba del día en que "El verbo se hizo carne y vino a acamparse entre nosotros", abriendo finalmente el camino de la salvación al hombre esclavo del mal.

En la talla que mide 1.50 m. podemos mirar a través de la dinámica de los movimientos del cuerpo y del vestido del Arcángel, la agilidad de la pierna derecha, la fortaleza del brazo levantado con la espada en forma vertical, mientras con el pie izquierdo domina al demonio acostado bajo el peso de su persona. La "leticia" del rostro del Arcángel, que se contrapone a la horrible forma desfigurada y llena de rabia del demonio, casi totalmente reducido a la impotencia, es el acontecer de la expresividad llena de paz que el milagro del Bautismo cumple en la persona que lo recibe y lo vive; la "leticia" de Miguel es el triunfo de Dios sobre el mal.

 

Extractado del prólogo del p. Aldo Trento,
al Almanaque Santa María de Fe, Asunción, año 2000.