Vidas ejemplares del siglo XX

Georges Rouault, pintor

El amigo silencioso de los que sufren

"Mi única ambición es ser capaz, un día, de pintar a Cristo de manera tan conmovedora que quienes lo vean se conviertan."

El pintor francés Georges Rouault ejemplifica la diferencia entre un artista religioso y un pintor de temas religiosos. Muchas de sus pinturas describen la vida y el sufrimiento de Cristo. Mas su visión artística estaba tan imbuida de profundidad espiritual que era capaz, aun a través de temas al parecer tan seculares como prostitutas, payasos y jueces, de impartir el sentido de lo sagrado y de la dimensión religiosa de la existencia humana.

Rouault nació en un sótano, durante un bombardeo a París, el 27 de mayo de 1871. Su carrera de artista comenzó en un estudio de restauración de vitrales. Esta experiencia influiría más tarde en su estilo pictórico, fácilmente reconocible por el uso del color y las negras líneas distintivas que rodean sus figuras. En 1890 estudió en la Escuela de Bellas Artes, donde entre sus compañeros se hallaba Henri Matisse. Rouault fue reconocido como un acabado y promisorio estudiante. No obstante, y a pesar de su habilidad, llegó a Ia convicción de que había algo que faltaba. Como escribió más tarde: "Ignoraba todo acerca del sufrimiento". Esta comprensión precedió a un cambio dramático tanto en sus perspectivas artísticas como religiosas. A los treinta años. escribió: "Fui poseído por una suerte de locura, o de gracia, depende de cómo se lo mire. El rostro del mundo cambió para mí. Veía todo lo que había visto antes, pero de una forma diferente y con una armonía distinta." Artísticamente, su descubrimiento de Cezanne lo liberó del realismo, dejándolo libre para expresarse con una visión más personal a través de un uso audaz del color. Pero su visión personal se vio moldeada por su descubrimiento de Cristo.

Las primeras décadas del siglo XX fueron un tiempo de grandes conversiones en Francia. Un verdadero renacimiento de la literatura religiosa y la vida intelectual quedó asociado a figuras como las de Charles Péguy, Georges Bernanos, François Maunac, Jacques y Raissa Maritain, y León Bloy.

Rouault otorgaría una expresión visual a este movimiento dispar. Los Maritain eran unos amigos particularmente cercanos. Pero la mayor influencia fue la de León Bloy, a quien conoció en 1904. Bloy era un enemigo declarado de la religión burguesa. Despreciaba la hipocresía y la mediocridad moral de los ricos, al tiempo que celebraba la presencia de Cristo entre los pobres, los que sufrían y los pecadores.

Rouault intentó comunicar un mensaje similar a través de sus pinturas. Al margen de aquellas con un tema explícitamente religioso, Rouault sentía una gran atracción por tres temas y escenarios: el burdel, el circo y los tribunales. Cada uno le ofrecía una oportunidad para reflejar los temas del pecado, la hipocresía, el juicio y, de esta manera, sugerir, a través de la patética condición humana, un lazo simbólico con la pasión de Cristo. "Toda mi obra es religiosa", dijo, "para aquellos que saben cómo mirarla."

Mas no todos sabían cómo mirarla ni apreciaban lo que veían. El mismo León Bloy despreciaba la obra de Rouault. En una carta mordaz que le enviara al artista le hizo la siguiente acusación: "A usted sólo le atrae lo feo; parecería tener una suerte de vértigo de fealdad... Si usted fuera un hombre de oración, un hombre religioso y que comulga, no podría pintar estos horribles cuadros. Es tiempo de que se detenga."

No se detuvo, ni podía hacerlo. De hecho, para Rouault, pintar era una manera de rezar, un diálogo espiritual que mantenía para su propio bien y no para ninguna audiencia pública.

Raisa Maritain, esposa del gran filósofo cristiano, recuerda como Rouault, en los primeros años del siglo XX, "retrataba jueces deformes y sin piedad, clowns miserables, prostitutas, mujeres pitucas de la burguesía, presuntuosas y arrogantes; parecía destinado a ser el pintor del pecado original y de la miseria de una humanidad herida. Pero ya aparecen otras imágenes, las de Cristo, con la cara y el cuerpo increiblemente deformado... Así expresaba su adversión por la fealdad moral, su horror por la mediocridad burguesa, su vehemente anhelo de justicia, su piedad para con los pobres, en última instancia, su fe viva y profunda, junto con la necesidad de la verdad absoluta en el arte".

El mismo Rouault escribió con sentimiento de solidaridad cristiana "Yo soy amigo silencioso de aquellos que sufren en el surco abierto". En su obra artística, sin embargo, la miseria humana es percibida en la perspectiva de la "misericordia".

Es por eso que, en 1948, se anima a compartir con el público su obra más personal, el fruto de veinte años de labor, titulada Miserere. Era ésta una serie de cincuenta y ocho grabados basados en la pasión y muerte de Cristo. A través de escenas como las del Ecce Homo y las burlas de la multitud, Rouault acentúa la humanidad de Jesús, en contraste con la escandalosa inhumanidad de sus perseguidores. Tan grande es el poder emotivo de esta obra que se la debe considerar no sólo como un logro artístico importante sino como una de las grandes manifestaciones cristológicas del siglo.

No obstante, el reconocimiento de la importancia de Rouault, por parte de la Iglesia, fue lento en llegar. De la misma manera en que se mantuvo apartado de la cultura secularizada del mundo del arte contemporáneo, su estilo de pintura, oscuro y tosco, tenía escasa relación con la estética almibarada que dominaba en ese entonces el gusto del arte religioso francés.

Sólo hacia el final de su vida, Rouault recibió un encargo de la jerarquía eclesial para tres vitrales en Assy, Francia. Se negó a recibir pago alguno por esta obra. En 1953, a los ochenta y dos años, fue nombrado caballero papal por el papa Pío XII.

Murió cinco años más tarde, el 13 de febrero de 1958; el gobierno francés le concede los funerales de Estado y el sacerdote Maurice Morel que con motivo de los 80 años del artista había rodado un film sobre el "Miserere" realiza una célebre alocución recordando la atribulada vida de este artista y su auténtico testimonio cristiano.