¿Un nuevo
Concilio

para el siglo XXI?

 

En 1962 se celebró la primera sesión del Concilio Vaticano II. Han pasado 40 años y se habla ya desde hace algún tiempo de que es hora de un nuevo Concilio. En abril pasado un grupo de obispos latinoamericanos, casi todos brasileños, pidió al Papa que se celebre un nuevo Concilio "que ayude a nuestra Iglesia Católica a responder evangélicamente, en diálogo fraterno y con la mayor colaboración posible con las demás iglesias cristianas y las otras religiones, a los graves desafíos de la Humanidad, en particular de los pobres, en un mundo en rápida transformación y cada vez más interrelacionado". Los obispos piden "que sea concebido como proceso conciliar, participativo y corresponsable, a partir de las iglesias particulares, locales y continentales". Proponen "que se realice a lo largo de un período de tiempo suficientemente amplio y con una metodología apropiada, para que la comunidad de creyentes pueda pronunciarse sobre los temas que considera más importantes y urgentes, siendo recogidas sus aportaciones para el debate y las decisiones conciliares". A partir de esta propuesta, UMBRALES publica dos artículos de los teólogos latinoamericanos Luis G. del Valle (México) y Jon Sobrino (El Salvador), tomados de la página de internet www.proconcil.org), en los que se abordan algunas de las cuestiones claves que implicaría la celebración de un Concilio para el siglo XXI.


MÁS ALLÁ DEL CONCILIO VATICANO II

Proponer la conveniencia de un nuevo Concilio significa que hay situaciones, cuestiones, planteos nuevos para la Iglesia que se estima no pueden ser tratados o afrontados convenientemente por la manera como normalmente funciona. También que hay propuestas en el Vaticano II que aún no han sido acabadas de asimilar por la Iglesia hasta el día de hoy y que por tanto se requiere de una nueva renovación de la Iglesia que muy convenientemente vendrá de un nuevo Concilio.

A continuación propongo algunas reflexiones en estas dos líneas: 1) lo que inició y lanzó el Vaticano II y que no ha sido totalmente asimilado por la Iglesia en estos 40 años y 2) nuevas cuestiones o situaciones no previstas por el Concilio ni por la Iglesia, pero que han surgido en los últimos años.

Estas reflexiones no pretenden abarcar todas las realidades que invitan a que se realice un nuevo Concilio, pero sí algunas de las más importantes.

LO QUE INICIÓ EL VATICANO II Y QUE NO HA SIDO ACABADO DE ASIMILAR

1. La Iglesia en su estructura sacramental

Antes de que se fijara en la Iglesia que los sacramentos son siete y nada más que siete, o sea antes del siglo XII, la noción de sacramento era más amplia y rica. Su significado latino estaba más cercano del griego "mysterion": una realidad visible en la que se oculta y expresa otra más honda, que es la gracia, la vida de Dios.

El proceso de ir atendiendo más a lo ceremonial y ritual fue dejando en la sombra la realidad mistérica, la realidad del secreto de Dios que se nos va manifestando.

Después de la segunda gran guerra del siglo XX se volvió y se profundizó en aquella concepción de la Iglesia como realidad mistérica, como lugar e instrumento de la realización de la vida de Dios en los humanos; como el sacramento que es fuente de los siete sacramentos; los cuales a su vez son momentos importantes y densos de toda la vida humana que es divina por la convocación de Dios (Iglesia = convocación).

Así, la Iglesia es presentada en la Lumen Gentium (LG) como sacramento de la unión con Dios y de la unidad de todo el género humano. En la Iglesia todos son llamados a la santidad, a la vida santa que es al igual que la Iglesia signo de la reconciliación con Dios y con los hermanos. Y los sacramentos son instrumento de santificación. Todo esto ha sido enseñanza del Vaticano.

La vida cristiana en la Iglesia se renovó donde y cuando se ha vivido no como una sucesión de actos dispersos realizados cuando se viven los actos de culto que son los sacramentos, sino como una vida que tiene sentido en la unidad de toda ella y de la que los sacramentos son actos y momentos importantes.

Queda aún la tarea de unir estas orientaciones para llegar a la enseñanza y a la práctica de una vida sacramental en la que se insertan los sacramentos y toda la vida en cuanto signo, señal o sacramento de la vida de Dios comunicada a la vida humana, que por eso es también divina.

Tarea posible de un nuevo Concilio es la de promover la vida sacramental más allá de la sola promoción de los sacramentos, sobre todo por la realidad de que se predican y viven los sacramentos como actos disgregados del conjunto de la vida y en cuya instrucción se acentúa casi exclusivamente el aspecto jurídico de cada uno de ellos cuando se acercan los fieles a recibirlos.

Se ha sentido la necesidad de que haya una mejor comprensión y vivencia de los sacramentos y se han instituido las charlas previas a bautismos, confirmaciones y matrimonios. Pero eso no es suficiente, entre otras cosas porque no se ha hecho la reforma radical y a fondo de la vida cristiana como vida sacramental.

 

2. La Iglesia es pueblo de Dios

Con gran sabiduría comienza la misma LG con el tema de la Iglesia como pueblo de Dios. De allí resulta una nueva luz para valorar a los laicos en la Iglesia. Podemos decir que fue una vuelta copernicana. Se cambió el centro de la Iglesia: de ser la jerarquía pasa a ser el pueblo de Dios.

En el fondo se había ido instalando la idea de que realmente quienes viven el cristianismo en su integridad son los sacerdotes. Los laicos recibirían el ser cristianos por participación -disminuida- de los sacerdotes.

El Vaticano II nos invita a que consideremos a la Iglesia antes que nada como los convocados por Jesucristo con su evangelio, su buena noticia de que todos somos hermanos por ser hijos del único y mismo Padre. Así convocados no hay diferencias. Todos somos miembros de la Iglesia por igual sin distinciones ni discriminaciones: por igual mujeres y hombres; por igual judíos y gentiles. Puesta esa igualdad fundamental hay diversidad de carismas y ministerios. O en palabras más cercanas a nosotros, hay diversidad de dones y servicios; dones de Dios comunicados a grupos o a individuos para que los humanos vivamos mejor la vida divina y para la edificación de la Iglesia.

Servicios precisamente porque Dios da sus dones para que nos sirvamos todos unos a otros en vivir como hermanos. Algunos de esos dones-servicios se institucionalizan en la Iglesia como apoyo y promoción del sacerdocio de todos en una forma proclamada y realizada públicamente por medio de un acto de culto y sacramento. Quienes reciben ese sacramento quedan constituidos en miembros del clero, sin que por supuesto dejen de ser miembros del pueblo de Dios.

Han pasado 40 años y aún no nos aclaramos qué es un laico, y seguimos definiéndolo negativamente, como el que no es del clero, y confundiéndolo con el seglar, o sea el que no ha cambiado su estado de vida por el del "religioso".

Que todos somos llamados por Dios a la santidad, o sea a vivir de su vida, y no sólo los "religiosos" fue también enseñanza del Concilio. Así nos hizo ver que hay diversidad de estados de vida, como el seglar y el religioso, que no se diferencian porque unos sean para los llamados a la santidad o a la perfección y los otros para los llamados sólo a una santidad disminuida. Todos estamos llamados a la plena santidad, a la apropiación de la vida de Dios, pero cada uno en su estado de vida.

 

3. Búsqueda y cumplimiento de la voluntad de Dios

El Vaticano II al invitarnos a escrutar los signos de los tiempos nos ha enseñado que a Dios se llega para conocer lo que él quiere, por varios caminos. Esto supera algo que estaba bastante arraigado en la conciencia de muchos católicos: que la única manera como conocemos los designios de Dios y lo que él quiere de nosotros es por medio de las autoridades, sobre todo religiosas.

Esto, junto con la mayoría de edad dada a los laicos, según vimos anteriormente, modificó las relaciones de autoridad y poder en las Iglesias, universal y locales. Por ejemplo, se crearon nuevos consejos y se les dio el papel de decidir y no sólo de ser consultados. Pero con los años transcurridos, poco a poco muchas instancias de autoridad han ido recuperando su papel de ser las únicas comunicadoras de la voluntad de Dios. Un nuevo Concilio ayudaría a superar esto. Teórica y prácticamente.

 

4. Libertad religiosa y diálogo ecuménico

El Vaticano II dio un decreto sobre el ecumenismo (Unitatis redintegratio) y una declaración sobre la libertad religiosa (Dignitatis humanae). Colaboró con esto al movimiento de respeto a la dignidad humana y su consecuencia inmediata de tutela de los derechos humanos, pues muy claramente fundamentó la libertad religiosa en la dignidad humana como tal.

Los 40 años de historia posteriores al Concilio nos han hecho ver que en esos dos documentos se encuentran sólidos fundamentos para la libertad de conciencia y para el movimiento de buscar a Dios en la respuesta a su llamado. Pero hay también ambigüedades en los textos mismos o en la interpretación a que se han prestado y que se ha hecho, que han llevado a corrientes que tienden a negar la salvación a quienes no se adhieren como miembros a la Iglesia. El movimiento ecuménico se ha visto frenado por esto.

Lo anterior está en la línea de lo que el Concilio lanzó y que se quedó a medio cumplir después de los 40 años que han pasado, y por eso sería conveniente un nuevo Concilio. Cuando Juan XXIII lanzó la idea de un Concilio y luego lo convocó, hubo voces que afirmaban que no había necesidad de un Concilio dado que había maneras de resolver las situaciones por las que atravesaba la Iglesia en la marcha ordinaria de ella. Ahora pasa lo mismo.

Quienes han pedido un nuevo Concilio propugnan que para la renovación actual de la Iglesia, que siempre se ha de renovar, no bastan los medios ordinarios de su vida y funcionamiento, entre otras cosas porque vemos que 40 años después de comenzado el Concilio una gran parte de la Iglesia no ha entrado por la renovación que nos trajo.

 

NUEVAS CUESTIONES O SITUACIONES

Pero hay otras realidades nuevas que también pedirían un nuevo Concilio: nuevos aires de participación, nueva percepción del mundo y de la relación de la Iglesia con él, sujetos emergentes en la teología.

 

1. Nuevos aires de participación

La conciencia ciudadana ha crecido en el mundo. Cada vez han sido más las personas que han ido proponiendo, pidiendo y exigiendo tomar parte en las decisiones de los organismos de la sociedad civil y de la sociedad política (partidos y gobierno). Cada vez con mayor intensidad se quieren ejercer todas las funciones que provienen del simple hecho de ser humanos en la convivencia: decidir sobre el propio destino. Propio: de los grupos humanos y de los individuos. No es solamente la respuesta a la conculcación de los derechos humanos, sino la exigencia de vivir y convivir como verdaderamente humanos. No como esclavos, no como meros objetos de las decisiones de unos cuantos constituidos en autoridad o que han adquirido poder por medios no legítimos.

Y en la Iglesia también ha crecido la conciencia de vivir la dignidad de hijos de Dios y por tanto de verdaderos hermanos en la comunidad que es el pueblo de Dios. Lo cual también conlleva el participar en la toma de las decisiones por las que resultará afectado uno como grupo o como individuo. Y no sólo en las decisiones. También en la vivencia y manifestación de la fe. Que la fe del pueblo cristiano sea verdadero lugar teológico, cosa por lo demás propuesta ya desde los tiempos de Melchor Cano.

La petición al Papa de un nuevo Concilio toma cuenta de esta situación y por eso sus autores dicen: "Conscientes de la dificultad que entraña organizar un Concilio Ecuménico, pedimos, dentro de las nuevas facilidades de comunicación e intercambio, que sea concebido como proceso conciliar, participativo y corres-ponsable, a partir de las iglesias particulares, locales y continentales... Proponemos que se realice... con una metodología apropiada, para que la comunidad de creyentes pueda pronunciarse sobre los temas que considera más importantes y urgentes, siendo recogidas sus aportaciones para el debate y las decisiones conciliares".

 

2. Nueva percepción del mundo

La percepción de las realidades del mundo que realizó el Concilio fue optimista. El mundo se ha desarrollado maravillosamente y la Iglesia no. Se ha dado en el mundo un desarrollo tecnológico vertiginoso, y la Iglesia se ha ido quedando atrás. La iglesia debe alcanzar al mundo en ese desarrollo.

Y ¿qué ha pasado? Que la Iglesia sí se ha desarrollado a partir del Vaticano II, aunque en cosas importantes falte aún recoger el fruto pleno de esos desarrollos según vimos en la primera parte de este artículo. Pero por otra parte, el desarrollo del mundo no ha sido en la línea de mayor y mejor vida para todos los seres humanos. Se han desarrollado mejores técnicas de explotación de la tierra hasta poner en peligro el futuro de este planeta, mejores técnicas bélicas, mejores instrumentos de comercio para la enorme ganancia de pocos y el deterioro en el acceso a los bienes de las mayorías. O sea, que el desarrollo no ha significado progreso humano. Ha sido el desarrollo como la creatura del Dr. Frankestein. Se trata de un desarrollo dejado a sus propias dinámicas y no dirigido ni normado por el propio ser humano. La mejor tecnología ha servido para sojuzgar más a mayorías por parte de minorías con mucho poder.

Un nuevo Concilio recompondría las relaciones de la Iglesia con el mundo. La Iglesia volvería a tomar su papel profético desde la buena noticia del Evangelio de ser todos hermanos y amigos en un mundo que hace de los que no son del propio grupo, enemigos, esclavos, o en el mejor de los casos, desconocidos de los que no vale la pena ocuparse ni preocuparse.

 

3. Nuevos sujetos emergentes

Una palabra muy típica en la teología hace algunos años y que vuelve frecuentemente ha sido la de "nuevos paradigmas". Ya no solamente nuevas situaciones, sino nuevos paradigmas.

Entre otros motivos para la necesidad de los nuevos paradigmas, uno es que han irrumpido en la teología nuevos sujetos humanos: las mujeres, los jóvenes, los indígenas, los disminuidos, los excluidos por diversas razones. No es que esos sujetos no hayan existido antes. Pero no se los tomaba en cuenta como sujetos de teología. Podían tener experiencias religiosas. Los teólogos conversaban con ellos. Ellos narraban su experiencia de Dios, o su experiencia de necesitar de Dios y los teólogos tomaban nota de eso y lo usaban como materia prima para la reflexión teológica por medio de la cual elaboraban la teología de quienes les habían dado esa materia prima para devolverles a ellos su propia teología, la construida por los teólogos.

 

Esos grupos de la base eran los "sin voz". Se decía que los teólogos en su papel y sobre todo los obispos en el suyo de jerarcas querían ser la "voz de los sin voz". Y de pronto viene la pregunta: ¿de veras no tienen voz? ¿No será que sí la tienen pero que no los hemos sabido o querido escuchar? Por un lado se van haciendo oír y por otro se profundiza en la Iglesia en el diálogo ecuménico y en el interreligioso dando cada vez más atención y cabida a quienes se expresan de modos diversos. En el campo teológico se va aceptando que quienes tienen una verdadera experiencia de Dios y la expresan, hacen teología. Y cada grupo humano, uno de ellos el de los teólogos, expresa su experiencia teológica con sus propios métodos y modos. Y hemos de dialogar todos, sin que un grupo sea el dominante, el que imponga las reglas y modos de dialogar. Es la necesidad del diálogo intercultural, como verdadero diálogo entre iguales entre todos los diversos sujetos que a su modo expresan su experiencia de Dios. Un nuevo Concilio de nuestros tiempos posibilitaría el diálogo religioso de todos estos así llamados "nuevos" sujetos emergentes.

Viendo la historia de los Concilios parecería que un nuevo Concilio a cuarenta o cincuenta años del anterior es demasiado pronto, si consideramos que entre el Concilio de Trento y el Vaticano I mediaron poco más de tres siglos y entre el Vaticano I y el Vaticano II casi uno. Pero si por otra parte consideramos los cambios en las relaciones humanas y sistemas de vida y organización que se han dado en la historia, casi habría que afirmar que el aggiornamento (la puesta al día) de la Iglesia debe ser una tarea que se ha de repetir cada pocos años.

La Iglesia y el mundo han evolucionado mucho y rápidamente en estos últimos 40 años. Con nuevo Concilio o sin nuevo Concilio hay una necesidad muy grande de que se actualice ahora la Iglesia que sigue siendo, como antes, "semper reformanda", siempre necesitada de renovación.

Luis G. del Valle

"RETOMAR EL TREN DE LA HISTORIA"

"Los males que hoy le causan (a la Iglesia) desolación, las herejías y las perversiones de la vida religiosa de la entera Cristiandad, proceden del hecho de haber abandonado la celebración de concilios". Esto escribía el monje Udalrico con motivo de la celebración del Concilio de Basilea (1431-1449). Un siglo después, era el téologo y jurista español Francisco de Vitoria, "padre" del "derecho de gentes", quien se expresaba en términos similares: "Desde que los papas comenzaron a temer a los concilios, la Iglesia está sin concilio, y así seguirá para desgracia y ruina de la religión".

Es posible que parecidas reflexiones estén haciéndose las numerosas voces procedentes de todos los sectores de la Iglesia Católica: cardenales, obispos, teólogos, teólogas, movimientos cristianos de base, que reclaman la celebración de un nuevo Concilio para responder con creatividad e imaginación a los grandes problemas planteados al catolicismo en el nuevo siglo...

Un Concilio sería una gran oportunidad para retomar el tren de la historia e invertir la actual tendencia hacia la restauración eclesiástica por la de la renovación. Para ello lo primero que hay que cambiar es el escenario de celebración. Los dos últimos Concilios tuvieron lugar en Roma en correspondencia con la centralidad del catolicismo romano en el mundo. Hoy, sin embargo, el catolicismo tiene un rostro multicultural, multiétnico, multirracial y multirreligioso. De ahí que el Vaticano no me parezca el lugar más adecuado para el nuevo Concilio. Me inclino, más bien, por un lugar del Tercer Mundo; América Latina, por ejemplo, que cuenta con un vigoroso cristianismo profético expresado a través del compromiso de los cristianos y cristianas comprometidos con las mayorías populares, el dinamismo de las comunidades de base y la pujanza de la teología de la liberación.

La Asamblea conciliar no puede convertirse en una reunión de notables o de títulos nobiliarios que sólo se representan a sí mismos. Ha de ser una asamblea en el pleno sentido de la palabra, con la máxima representación de todos los católicos y católicas, y no sólo de los jerarcas, elegidos por el Papa, y con capacidad de decisión.

Entre los temas de la agenda conciliar, hay uno que me parece prioritario: la Reforma de la Iglesia Católica, que se quedó a medio camino en el Vaticano II; reforma que ha de traducirse en una democratización en todos los niveles, desde la base hasta la cúpula. Ello exige un análisis crítico tanto de los fundamentos del papado, el episcopado y el sacerdocio, como de su ejercicio. Ahora bien, la democratización de la Iglesia se convertirá en una caricatura mientras se sigan manteniendo una concepción androcéntrica del ser humano, que no reconoce a las mujeres como sujetos morales y religiosos, y unas estructuras jerárquico-patriarcales, que excluyen a aquéllas de los ministerios eclesiales y de las funciones directivas en la comunidad cristiana. Procede, en consecuencia, poner las bases para la creación de una "comunidad de iguales" (no clónicos), en sintonía con el movimiento de Jesús y con los movimientos de emancipación de la mujer.

Juan José Tamayo

(Fragmento de una intervención en el Encuentro Internacional para la Renovación de la Iglesia Católica.

Madrid, setiembre de 2002).

 

 

UN CONCILIO PARA NUEVOS DESAFÍOS

Los 31 cardenales y obispos, casi todos del Sur, es decir, del mundo de los pobres, que le han escrito a Juan Pablo II pidiendo la celebración de un nuevo Concilio ecuménico, dicen en su carta: "Las personas que firman esta petición, seguidoras de Jesús de Nazaret, solicitan al papa, obispo de Roma, en continuidad con el espíritu del Vaticano que convoque a un nuevo Concilio Ecuménico que ayude a nuestra Iglesia a responder evangélicamente, en fraterno diálogo con las demás Iglesias cristianas y las otras religiones, a los graves desafíos de la humanidad, en particular de los pobres, en un mundo en rápida transformación y cada vez más interrelacionado".

 

1. Piden que la Iglesia universal ofrezca un espacio positivo al diálogo y a la comunión que se están expresando en una gran parte de la comunidad eclesial. Indudablemente, hay en ello un trasfondo profético en contra de la actual tendencia centrista romana, pero la petición va más allá. Es una solicitud sincera, evangélica y positiva. Y se hace por razones serias. No es una alabanza, sapiencial o postmoderna, al diálogo, sino el reconocimiento de la necesidad y urgencia de conjugar energías, luces y dinamismos, dada la gravedad de la realidad del mundo, es decir, de la creación y familia de Dios.

No se trata entonces de caprichos, sino de "responder" y de hacerlo entre todos, iglesias y religiones, porque los desafíos de la humanidad -no pequeñas querellas intraeclesiales o intrarreligiosas- son de tal calibre, que hay que movilizar -por hablar gráficamente- el soplo del Espíritu de Dios en toda su humanidad.

El "sueño" del card. Martini, que levantó tanto ruido en el Sínodo para Europa en 1999, y soñado año tras año por la base del mundo católico, forcejea por convertirse en realidad. "He tenido un sueño", decía entonces el cardenal, el sueño de un nuevo Concilio, un espacio donde, "en el pleno ejercicio de la colegialidad episcopal", puedan "afrontarse con libertad aquellos nudos disciplinares y doctrinales" tan importantes "para el bien común de la Iglesia y de la humanidad entera". Nudos, explicaba Martini, como la carencia de ministros ordenados, la mujer en la sociedad y en la Iglesia, el papel de los laicos, la sexualidad, la disciplina del matrimonio, la praxis penitencial, las relaciones con las Iglesias hermanas.

"Nos vemos impulsados a interrogarnos -soñaba el cardenal- si cuarenta años después de la inauguración del Vaticano II no se está poco a poco madurando, para el próximo decenio, la conciencia de la utilidad y casi de la necesidad de una confrontación colegial y autorizada entre todos los obispos sobre algunos temas surgidos en esta cuarentena".

Es el mismo sueño que, exactamente un año después del Sínodo, repetía el card. Karl Lehmann, entonces obispo de Maguncia, invocando abiertamente un Concilio Vaticano III. Y el sueño también del cardenal de Londres, Basil Hume, muchos años antes: una Iglesia más fraternal.

 

2. Antes que ellos, soñaron Jacob, Samuel, José de Nazaret... Y después de ellos soñó Martin Luther King ("I have a dream"). Se ve que el sueño es lenguaje usado por Dios y por los hombres para decir cosas buenas, "utópicas", como lo es el reino de Dios.

En nuestros días quienes más sueñan son los pobres y las víctimas de este mundo. Estos sueños de los pobres, además de la fraternidad dentro del pueblo de Dios, son los que deben estar en el centro de un nuevo Concilio: pobres y víctimas deben ser como el eje alrededor del cual gira todo lo humano y lo divino, lo secular y lo eclesial. En ese Concilio debe resonar la voz de África, y la de una Iglesia universal solidaria con sus víctimas; la voz de los indígenas, sin palabra y sin nombre, y la de todos los temerosos de Dios que pasan haciendo el bien; la voz de los mártires, y el agradecimiento a ellos por parte del mundo de abundancia con cuyo pecado cargan aquéllos; la voz de la mujer, no vengativa, sino jubilosa porque -al fin- en la Iglesia ya no hay varón ni mujer, sino que todos seremos uno en Cristo Jesús.

 

3. Piensan algunos que pedir un nuevo Concilio es cosa precipitada, arriesgada, provocativa, desafiante. Puede ser, pero esta opinión más suena a miedo a que prospere la idea. Pero si en la Iglesia hay un mínimo de sentido común -por no mencionar libertad evangélica- ¿qué de malo tiene ello? Sería un simplismo esperar un Concilio de un día para otro, pero sería ceguera no ver su necesidad y no prepararse, desde arriba, la jerarquía, y desde abajo, las mayorías. Sobre todo desde abajo. Y que no haya miedo. En 1979, meses antes de su asesinato, monseñor Oscar Romero decidió escribir una carta pastoral sobre el país y lo que debía hacer la Iglesia. Lo primero que hizo fue preguntar -en una larga encuesta- a los de abajo. Leyó con atención, discernimiento y amor las respuestas. La Carta fue suya y de todos. Y le salió magnífica.

¿Por qué no prepararnos todos? ¿Por qué el miedo a lo que hoy nos pueda decir Dios? ¿Por qué no abrirse al seguimiento de Jesús, el que pasó haciendo el bien, consolando a los afligidos, rebosando misericordia hacia todos los pobres y sufrientes?...

En la época de globalización, todos los que intentan compartir este deseo de prepararnos cristianamente para un nuevo Concilio, eclesiásticos y laicos, son invitados a dar su nombre, sugiriendo también un tema sobre el que quieren llamar la atención, entrando así a formar parte de una especie de "proceso conciliar", de recorrido "participativo y responsable" de largo período que tiene sus raíces en las iglesias locales, en cada una de las diócesis y en cada movimiento o congregación religiosa.

Jon Sobrino

(artículo publicado en la revista "Carta a las Iglesias")