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NUEVOS
CAMINOS DEL
ANUNCIO El paradigma misionero y el modo de entender la salvación parecen haber entrado en crisis. El camino de la fe reclama la búsqueda de nuevas rutas creativas. Y una de ellas es el descubrimiento, a través de la ciencia, de la infinita complejidad de la Creación. Sus hallazgos son epifanías de Dios. Este el original planteamiento sobre el sentido de la misión que Joaquín García, religioso agustino, compartió con los participantes en el CAM 2 - COMLA 7, celebrado a fines de noviembre de 2003 en Guatemala. Hace algunos años me hicieron una complicada intervención quirúrgica. Trepanaron mi casco cerebral, fueron levantando cada una de las capas que cubren la masa encefálica, y se sumergieron en el misterio de millones y millones de neuronas que conforman el cerebro. Colaboré con la operación, señalando imágenes oralmente, puesto que se hacía sin anestesia. El tumor estaba en la zona del habla materna. Cuando el médico estimulaba determinadas zonas de la periferia de ese punto, me salían las voces de otros idiomas aprendidos. Para mí un misterio deslumbrante: en un minúsculo punto del lóbulo frontal izquierdo estaba grabada una estructura, y en su entorno, el resto de mis aprendizajes lingüísticos. Aquella mañana, sobre el lecho quirúrgico del Hospital de la Universidad de Seattle, comencé a reconciliarme con la materia. De repente comprendí que el cerebro humano es extraordinariamente complejo. Contiene alrededor de mil millones de células nerviosas (neuronas) interconectadas en una vasta red a través de un billón de conexiones y que puede ser subdividida en subsecciones o subredes que se comunican entre sí en forma de red. Me surgió con particular intensidad la pregunta: ¿Qué es la vida? Los creyentes en el Dios de la Vida, en el infinito poder de su Creación, no podemos dejar de escudriñar en lo más profundo que hay en ella. Me llegué a convencer de que hay que aproximarse más y más al misterio de la vida en su constitución físico-química antes de apresurarnos a definir una ética y una conducta coherente con ella. Hay que acompañar desde el interior de la ciencia los procesos de cambio que se han producido en la evolución del mundo desde la materia primera. Meses más tarde, me topé con El error de Descartes, una obra escrita por Antonio Damasio, prestigioso neurólogo norteamericano, que demostraba que las emociones no eran asunto del espíritu, sino que estaban localizadas en distintas zonas del cerebro y que el pensamiento lineal lógico y matemático del autor de La duda metódica había sido superado por los avances científicos nucleares, que aportaban nuevas comprensiones de las redes biológicas y genéticas entre las células y sus componentes. La claridad y evidencia de este pensamiento hacían poner en duda mi comprensión tradicional de las formas de inserción del alma espiritual en los tejidos de la carne de mi cuerpo. Aprendí con Teilhard de Chardin que estaba formado de una materia que entretejía mi corazón, su sensibilidad, su energía: que todo en mí procedía del Dios Viviente y Creador; que era el resultado de la evolución de aquella primera masa informe que se expresaba en el hombre como inteligencia cósmica. Luego me llegó el complemento bíblico. "En el principio Dios creó la Esencia Viviente" (Gén 1,1). A partir de la versión griega de Los Setenta, existe una corriente bíblica que traduce así el primer versículo de los libros sagrados. Calza bien a este propósito: Dios creó primero la Esencia Viviente y, después, el Cielo y la Tierra. Y no importa que científicamente se adecue o no a lo real. La Vida es la energía transformadora que a lo largo de los seis días de la Creación va desencadenando un proceso hacia la maduración de la conciencia cósmica que vuelve a su punto original, el Creador. La materia deja de ser algo inerte, inanimado, vacío; está llena de Vida desde el estallido del primer Big Bang, en una complejidad desbordante y creciente. Electrones y átomos van enriqueciendo un trenzado de relaciones y sensibilidades cuya culminación última es la conciencia humana, que comenzó a surgir desde la explosión primera a partir de los elementos básicos que conformaban la materia original. Todo esto me ha llevado a repensar el sentido de la vida misionera y buscar un camino frente a la crisis que se ha establecido en la posmodernidad en torno al sentido de la fe en el más allá y a la ciencia en que se va revelando la fuerza omnipotente y creadora de Dios.
1. UN NUEVO PARADIGMA Nadie duda que la sociedad está en crisis. Occidente, en su racionalidad lineal, se ha desbordado a sí mismo. Los grandes ídolos de la ciencia, la tecnología y la industrialización se han hecho dueños y señores del mundo. En política, dos grandes revoluciones, China y Rusia; la guerra fría, el fascismo, el comunismo, el capitalismo, los desastres ecológicos cósmicos, la grieta cada vez más ancha entre ricos y pobres a pesar del ideal del progreso, el fantasma del terrorismo a costa del cual se acorrala y acongoja a la humanidad. Todo ello en medio de las grandes conquistas democráticas de la Revolución Francesa como expresión más lograda de los pueblos occidentales. Estos males que afectan a la sociedad global, en índice superior han afectado a la Iglesia y al cristianismo. El Concilio Vaticano II ha abierto las ventanas para que entre oxígeno. Pero da la sensación de que ha llegado demasiado tarde... Las grandes religiones del mundo han vuelto a tomar impulso misionero más que el cristianismo a lo largo de su historia. La Iglesia es eminentemente misionera, sin duda (Mc 28,19-20; Lumen Gentium 1; Ad Gentes 1). Pero, ¿cómo compatibilizar este mandato de Jesús con esta crítica realidad? El asunto está en descubrir nuevas modalidades y estructuras de ser y ejercer el anuncio hoy y saber relacionarse con el mundo al que nos debemos, abrirnos y escucharlo. Esta relación exige una actitud radicalmente distinta, que nos abra creativamente de lo viejo a lo nuevo. Quitar el colonialismo de la cultura occidental que acompañaba el aliento misionero y convertirnos al Dios de la Vida, y sentir con Él allí donde se manifieste. Decía Juan XXIll poco antes de morir: "No es que el Evangelio haya cambiado, es que hemos comenzado a comprenderlo mejor.
Surgen algunas preguntas imposibles de eludir. La primera es si una nueva mirada a la crisis no significará otra cosa que tratar de recuperar la abundancia de fieles perdidos o si, más bien, algunos pretenden buscar superar la crisis de modo creativo en función de la construcción del Reino. De hecho, la respuesta a esta pregunta ha sido una serie de fundamentalismos proselitistas que enarbolan la propuesta tradicional: "Fuera de la Iglesia no hay salvación". En esa corriente estarían las sectas cristianas o seudocristianas y determinados sectores de la Iglesia Católica a quienes abrasa el celo y la ansiedad por hacer que todos se conviertan a su modo de entender a Cristo. Jacques Dupuis presenta en panorámica una actitud mucho más positiva de otros autores sobre la relación entre otras religiones y el cristianismo. Se plantea si estas religiones no eran ya una "preparación" al anuncio evangélico... ¿Qué papel desempeñan las demás religiones dentro del misterio de la salvación de Jesucristo? Es evidente, según los estudios realizados durante los últimos años, que las grandes religiones no cristianas (hinduismo, budismo, islam, por ejemplo) mantienen en su discurso profundo una tentativa de respuesta a los grandes problemas de la humanidad, como el absoluto, la dignidad de la persona humana, la mística, el medio ambiente, etc."... Esto hacía que hubiera dos posiciones encontradas: por una parte, los que consideraban que todas las religiones representaban un deseo innato de relacionarse con lo divino, pero Jesucristo es el Único Señor y representa la respuesta universal de Dios a esta aspiración, es la única religión sobrenatural; la otra posición considera que las diversas religiones representan en sí intervenciones específicas de Dios en la historia de salvación, lo cual implica que ninguna religión es puramente natural, es una intervención histórica y mediación existencial de Dios en la historia de los pueblos. Esta última posición se vincula más a las tradiciones religiosas y no establece diferencia entre lo humano y lo divino, por la presencia de Dios al interior de sus culturas y su historia, y de ninguna manera acentúa las diferencias, sino que se abre desde sus raíces al hecho creador. Entre quienes sostienen esta posición se cuentan Karl Rahner, con su teoría sobre los cristianos anónimos; Raimon Panikkar, sobre el Cristo desconocido; Hans Küng, sobre los caminos de salvación... En la teología de las religiones, los autores defienden un tránsito más radical hacia lo que llaman el pluralismo. La revolución -según plantea Leonard Swidler- consiste en reconocer para todas las religiones el mismo valor horizontal, y renunciar a toda pretensión de exclusividad y normatividad para el cristianismo o para Jesucristo. Esta posición sería avanzar la doctrina del Concilio Vaticano II, que mantiene una posición ambigua en torno a este tema (GS 1-3). La fe en Jesucristo afirmaría su identidad en la mirada que se establece sobre el resto de las realidades del mundo, pero abierta y sin ninguna arrogancia frente a lo que defienden cada una de las distintas religiones... Sucesivos documentos de la Iglesia han mostrado una actitud vacilante en torno a este tema, que hasta ahora no ha sido abordado más que por el Concilio Vaticano II. Precisamente a partir de aquí pretendo diseñar una doctrina de la Creación en una nueva perspectiva misionera.
3. CREADOR, MUNDO Y CIENCIA José Ignacio González Faus, en su obra Autoridad de la Verdad, nos trae una serie de casos en los que la Iglesia Católica ha definido como dogmáticos asuntos que pertenecían al ámbito de la ciencia. De este modo, perdió el tren de la historia y fue deslizándose por errores de los cuales Juan Pablo II ha tenido el coraje de pedir perdón al mundo en los últimos años. Por eso, actualmente, ya no son la filosofía ni la teología las disciplinas que determinan el rumbo de la historia: son las ciencias biofísicas las que orientan el pensamiento de nuestro tiempo. Entiendo que la ciencia, por más ambigua y frágil que sea, como cualquier realización humana, nos acerca al descubrimiento del poder creador de Dios, para quienes creemos en Él: "La verdad los hará libres" (Jn 8,32). Estar con la marcha de la Vida, acompañar los procesos del mundo, significa, sin duda, aproximarse al Creador, que visto en su esencia trinitaria y en la acción salvífica de Jesús, significa un enriquecimiento del pensamiento y de la causa de la armonía y de la paz en que se comprometió Francisco de Asís. Me pregunto a este propósito qué sucederá cuando se vayan cayendo los viejos fundamentos de nuestras creencias: alma y cuerpo, cielo y tierra, adónde van nuestras cenizas, si habrá o no otros mundos como el nuestro, cuál es el alma de los animales, qué sucederá si se logra clonar el ser humano, cuáles serán las condiciones de la bioética para el siglo XXI, adónde nos llevará el descubrimiento de las llamadas células madres, cómo será la familia del futuro, etc, etc.. Mi experiencia en el mundo de los científicos es que nunca como ahora han sentido que hay algo más allá adonde no pueden llegar con sus conocimientos, y reclaman una fe que con seriedad los ayude a vislumbrar el misterio del mundo que a medida que se acerca más es más inalcanzable. Tal vez una de las formas de mayor ausencia eclesial sea la de las ciencias humanas, porque hemos creído que, encerrados en la seguridad de nuestras doctrinas, todo lo teníamos resuelto. Lo peor de todo es que no nos dejamos preguntar y pasamos la vida en defender y defender. Lo mismo que decimos de las ciencias, lo podemos decir de otras realidades donde la inculturación viene a ser un proceso que se realiza en el diálogo y donde el agente principal tiene que ser el receptor del mensaje y nunca el mensajero. La fuerza creadora de Dios está desde mucho antes que apareciera en forma histórica encarnada el Verbo y se remonta a la primera Creación, que fue el origen de la Vida, antes del cielo y la tierra... Pero a los avances en las ciencias físicas, debemos agregar los que se han venido realizando en el orden de la biología y la genética que revolucionan la percepción de la realidad de la Creación... Humberto Maturana demostró que la estructura de los seres vivos es la manifestación física de su organización. Se trata de una red de procesos de producción, en que la función de cada componente es participar en la producción o transformación de otros componentes. De esta manera, la red se hace a sí misma continuamente. Es producida por sus componentes y, a su vez, los produce. Es un sistema vivo, el producto de su operación es su propia organización. Se trata de la teoría de la autopoiesis (= auto-creación).
Mirando atentamente a la realidad que nos circunda, comprendemos la complejidad de las interrelaciones y redes e integramos la unidad que da sentido a cada cosa y que la evolución, que continúa inagotablemente, va haciendo transformarse en cada momento del río de la vida. Todo tiene un origen y un destino común; desde la microscópica bacteria hasta las estructuras más complejas, mantienen el equilibrio en una permanente adaptación a las tensiones internas que se generan. Y la ciencia va evidenciando con toda luminosidad la infinita cantidad de posibilidades que existen en la Creación. Hay que profundizar en el origen biofísico de la Vida y acompañar desde el interior de la ciencia los procesos de inculturación y de cambio profundo que se producen en el mundo. El ser humano no es distinto al cosmos: es su plenitud y conciencia. Nuestro corazón, con sus desbordantes pasiones y miserias más profundas, es consecuencia de estas sensibilidades desarrolladas, de la vida universal que todo lo invade. El espacio, el paisaje, la inmensidad del cielo estrellado en el silencio de la noche, la esplendorosa diversidad de vida que nos circunda, el sol, el agua, las plantas y los animales, no son escenarios inertes y pasivos, neutrales ante el drama del ser humano, ajenos a sus luchas y desvelos. Son parte solidaria del tiempo, de nuestro tiempo, de nuestros sueños y utopías. No cantamos al entorno porque sea solamente bello. Todo forma parte de nuestro ser desde el principio unitario de la explosión primera. Desde la Creación de la Esencia Viviente, como diría Leonardo Boff... La fuerza de todas las religiones está precisamente en su intencionalidad hacia lo trascendente absoluto, que tiende a "una tierra sin mal", fusión de tiempo y eternidad que sea la realización suprema de la armonía de la vida, del hombre con el cosmos. Es así como cobra sentido pleno aquella máxima evangélica del Sermón del Monte: "Felices los mansos, porque recibirán la tierra en herencia" (Mt 5,5). Nos percatamos, así, asombrados lo que ha significado a lo largo de la historia el dualismo maniqueo: espíritu y materia, alma y cuerpo, tierra y cielo, buenos y malos, cielo e infierno, civilización-barbarie, paganos y cristianos, izquierdas y derechas, Este y Oeste, Norte-Sur, hombre-mujer. No se trata de dos historias paralelas, sino de una sola, un solo tiempo interior y profundo, una sola vida. En nombre de esta espiritualidad dualista, ha emergido en el mundo el fundamentalismo de la verdad abstracta, origen de los autoritarismos, intolerancias y violencias a lo largo de la historia. La condensación de este espíritu en conceptos contrapuestos como civilización-barbarie, impidió que percibiéramos el mundo americano y amazónico (es decir, sus civilizaciones, su espacio, su geografía, su cosmovisión) como diferencia. Eran simple y llanamente sociedades atrasadas, espacios salvajes, que era necesario domesticar. Si miramos al otro y su mundo como inferior, terminaremos convirtiéndolo en objeto justificatorio de nuestra acción civilizadora o evangelizadora, reproduciremos la actitud de cualquier colonizador (Mc 9,38-41). He aquí uno de los posibles sentidos de misión, sea religiosa, educativa o tecnológica. Cuando vemos el espacio viviente como objeto de ocupación o invasión; cuando pretendemos avasallarlo y manipularlo como objeto que satisface nuestras ansiedades espirituales, estamos destruyéndonos y nos hacemos víctimas de nuestro pecado. No se trata de respetar al otro y a lo otro por sí mismos, sino de satisfacer mis instintos egoístas como un organismo viviente único que aspira a la plenitud aprovechándome con cálculo perverso de los demás. El universo entero está en mí, en todos sus elementos, incluso los aparentemente más burdos e inertes. ¿Cómo podemos destruirnos, agazapados en el tumulto de la sociedad global, sin ser capaces de conocer la influencia de las estrellas y los astros en la conformación de la biosfera, en el oxígeno que llena nuestros pulmones, en la luz, en la humedad, en el régimen de los ciclos de las lluvias? Nos pertenecemos mutuamente, nos debemos, somos el mismo organismo. Solamente la solidaridad cósmica, en nuestro caso el ecumenismo universal, salvará el Planeta. Sólo el amor, versión cristiana de la visión holística, llevará al universo a su plenitud.
5. ¿Y DIOS, NUESTRO DIOS? Las relaciones, armónicas o tormentosas, con nuestro espacio, van dejando marcas profundas en nuestro inconsciente, y son como huellas que laten profundamente en la memoria, donde se van acumulando experiencias irreversibles e irrepetibles al paso siempre rejuvenecido del tiempo. Una espiritualidad cósmica mantiene también los arquetipos del inconsciente colectivo que van quedando sedimentados, mucho más allá de nuestras sensaciones conscientes. Jung planteó que lo más profundo que existe en el inconsciente es el arquetipo de lo Absoluto. A saber: el Espíritu, lo Absoluto, todo lo llena y penetra. Formamos parte de una unidad orgánica indivisible. Cuando un periodista le preguntó al obispo Pedro Casaldáliga a qué se refería cuando hablaba tanto de "cambiar de Dios", contestó: "A eso. A ensanchar la propia teología, la propia fe, a dejarle a Dios ‘ser Dios’, a ir creyendo siempre más en el ‘Dios mayor’, a reconocerlo a través de las múltiples presencias de su Presencia, única, universal y salvadora. Tomamos como punto de partida algunos elementos para una espiritualidad macroecuménica:
A. Complejidad, identidad y complementariedad ¿Cómo tendremos que vivir desde una profunda actitud religiosa el cambio de nuestra visión universal? La ecología como tal es un corsé que nos ahoga, nos limita y nos cierra el horizonte si no la entendemos más allá del conservacionismo o de su dimensión social. Tiene que estar ensamblada en el ámbito de una espiritualidad macroecuménica que comprenda la totalidad del universo. Sus rasgos mayores podrían ser, a grandes trazos, los siguientes: 1. La madurez y la libertad en la afirmación de la identidad propia desde el género, la cultura, la fe religiosa y la condición social. 2. La escucha contemplativa del Dios de la Vida que sigue revelándose a través de una Creación efervescente y dinámica, y la pasión por su proyecto de plenitud, equidad y justicia. 3. La apertura fraternal a todas las personas desde sus propias culturas y religiones, y el diálogo sincero, crítico y autocrítico, en pie de igualdad. Solamente se ama lo que se considera igual a uno mismo. 4. La sensibilidad misericordiosa y la solidaridad eficaz frente a toda situación de marginación y muerte. 5. La celebración, gratuita y esperanzada, del Dios de la Vida, de la Vida de la Humanidad y de la Vida de la tierra y el cosmos, hoy dramáticamente amenazada. Desde esta visión holística y abierta del mundo, entendemos lo que significa el ecumenismo, la mirada a los otros, a otras religiones y al cosmos viviente. Es el retorno de la diversidad y la complejidad a la unidad en la comunión.
B. Los gritos de las criaturas, evidencias de Dios "Dios calla, pero hablan sus obras" (San Agustín, Sermón 313). Nuestra experiencia interior nos lleva a mirar con asombro a las criaturas y a ver en ellas, como en nosotros, el reflejo y las huellas del paso de la Divinidad. La Creación es un gigantesco espectáculo de luz y sonido, que nos deslumbra, que nos llama. Pero el espectáculo mayor, que nos lleva a sentirnos una parte insignificante del universo creado, tiene que desarrollarse y transformarse desde lo exterior a lo interior, y desde el alma a Dios... No se trata de una admiración meramente estética de lo que está fuera de nosotros, sino de un camino que nos lleva a trascendernos desde fuera hacia el secreto del alma, incluyendo la infinita diversidad y complejidad en que estamos envueItos.
De esta mirada al mundo y a la Vida que lo inunda en estado de gracia fluye una actitud de profundo equilibrio interior, de una paz inagotable, cuyas características o rasgos podríamos resumir así: 1. El sentimiento de profunda libertad en un amor que incluye sin excepción a cada persona, a cada ser creado... La madurez va sucediendo en nuestras vidas en la medida que salimos de nosotros mismos y nos abrimos a los demás. Ser libres es el fruto primero de esta fusión. Todo es bueno, el mal es simplemente la ausencia de bien. 2. Una profunda y respetuosa sensibilidad, que no oculta su compasión y misericordia con la tierra que sufre, con el hombre pobre que padece o delinque, el que reniega de la vida y el que canta vibrante de esperanza a la luz y la energía que todo lo llena. 3. La confianza en todo y en todos, el optimismo ilimitado en el destino final de la Tierra y de los hombres; la conciencia confiada en que somos parte de un universo que crece, a veces muy a nuestro pesar, por la energía viviente implantada desde la creación. La tristeza del pesimista entristece al cosmos. Nuestra alegría lo rejuvenece, lo hace sonreír. 4. Capacidad de escucha paciente y contemplativa que provoque en nosotros un sentimiento de gratuidad, de desprendimiento, de hacer prevalecer en nosotros los valores del ser y de la vida sobre los del tener, del poseer y de la muerte. Vivir el apacible tiempo circular, donde todo vuelve, e ir desprendiéndonos de la angustia de la linealidad de la historia. Pero hay algo más: la referencia permanente a la Creación, y la visión de la Redención en esta perspectiva, nos hará más inclusivos, más abiertos y acogedores ante las diferencias de pensamiento y de cultura que se han convertido en barreras infranqueables y en origen de la violencia, al contrario de lo que sucedió con Pablo de Tarso en el Areópago de Atenas. Hay que descubrir cuál es el camino que se ha de seguir para que no nos distanciemos más de la historia y de la realidad... La valoración del universo indígena nos ayudó a abrir los ojos para comprender que el problema del anuncio de la fe es, ante todo, un asunto de inculturación y que, mientras la cultura no esté dignificada por el reconocimiento a plenitud de la persona, será inútil todo el trabajo que podamos hacer para santificar al mundo. Un mundo que ha sido ya santificado cuando salió de las manos del Dios Creador desde el Misterio Trinitario (GS 90).
6. ACCIÓN MISIONERA SEGÚN EL PARADIGMA DE LA CREACIÓN Hasta ahora la Creación se había visto relegada a su sentido original y no había asumido el carácter de una Creación continua, ni la nueva Creación escatológica perfeccionada de todas las cosas. Jürgen Moltmann, para presentar un concepto integral de la Creación, habla de un proceso unitario donde entran la Creación original que continúa en la historia de la Creación y se consuma en la nueva Creación de todas las cosas.
Las formas de mantenimiento del sentido de una misión como implantación de la Iglesia tienen que ser replanteadas desde la apertura a la Creación, donde los seres humanos son la inteligencia del universo, sobre todo los marginados y excluidos, criaturas gratuitas de sus manos y de su corazón. Volver a la Creación significa regresar a la raíz del hecho creador, que incluye la realidad unitaria completa en todas sus dimensiones y componentes, incluyendo la ecológica, racial, de género y otras. En esta clave debe leerse el texto de Mt 25,31 ss. Lo cual lleva consigo: 1. Participar activamente en los procesos de interculturalidad entre los pueblos de distinto origen, raza, religión y tradición, teniendo en cuenta las oleadas migratorias del Sur al Norte. No habrá en el mundo la tendencia hacia la construcción de un modelo de paz y de justicia, mientras no haya una actitud eclesial de conjunto que trate de modo dialogante las diferencias. 2. Comprender las relaciones Norte-Sur, desde el mundo de los empobrecidos y excluidos, por una transformación de las estructuras políticas, sociales y económicas para que su calidad de vida se transforme. En los últimos tiempos hemos sido testigos de situaciones de franco imperialismo que merecen una sólida acción profética. 3. Misión en transformación, que quiere decir desempeñar una actividad transformadora de la realidad, pero que signifique una necesidad de que la misión vaya siendo transformada. Los proyectos del Nuevo Testamento tenían el propósito de definir la Iglesia en su tiempo. Hoy tenemos la misión de realizar lo mismo creativamente, haciendo una lectura adecuada de los signos de los tiempos, alentada por el Espíritu de Dios. 4. Los procesos migratorios entre los distintos bloques y países contienen un clamor humano y, por lo tanto, divino, y nos actualizan hoy el espíritu de los pasajes del Antiguo Testamento donde se acoge al extranjero, al huérfano y a la viuda. Constituyen un punto de partida para la creación de un nuevo orden internacional entre bloques y pueblos. Todo esfuerzo que se haga para romper nuestras fronteras nacionales y eclesiales es poco... 5. El sometimiento de los países del Sur a los pueblos del Norte requiere que se descubran dimensiones nuevas del Evangelio de Jesús que llamó a los desposeídos, a los marginados, a los oprimidos y a los leprosos, que estuvo siempre de parte de quienes no habían sido reconocidos por el conjunto de la sociedad. La opción preferencial por los pobres como lo plantea Puebla incluye otras dimensiones de la vida, como el racismo, la diferencia de género, la apertura al diálogo cultural. La teología negra viene a ser una aplicación contextuada de la opción preferencial por los pobres. En la tradición de la teología occidental el tema de los pobres ha sido un asunto de ética social y no propiamente de teología. Aquí la teología y la ética van juntas. 6. Unir a todos los hombres y mujeres bajo una autoridad única e igual en el mundo que supere las contiendas y conflictos que las Naciones Unidas no han sido capaces de superar (GS 82, 83, 84, 88; Populorum Progressio, 39).
B. Diálogo interreligioso y misión Debe caracterizarse por una tensión creativa que supere la pretensión absolutista. Tal vez sea un ámbito donde la teoría debe ser superada por la práctica. Hay que aceptar, en primer lugar, el hecho real de la existencia de otras religiones y acceder a ello abiertos y esperanzados. Otros factores han de ser: la humildad, el compromiso, la confianza en el Espíritu creador que hace que no nos sintamos poseedores de toda la verdad, sino sus buscadores.
C. Dimensión contemplativa 1. Si en todo está la mano de Dios, si Él es la causa de todos, una primera actitud que se impone es la contemplación de lo que Él está haciendo y del mensaje que a través de lo que hace llega para nuestra conversión y enriquecimiento. 2. La misión como búsqueda de la justicia, superando los extremismos de una y otra parte, pero teniendo como objetivo principal el ecumenismo desde la Creación, desde el pluralismo donde cada quien asume su papel en modo dialogante, contemplativo y desprejuiciado. 3. Hay que superar la convicción de que el único Dios verdadero es el nuestro y que los demás carecen de él, evitando negar la verdad de los demás y que se instale en el mundo la discordia.
Soy consciente de las limitaciones de toda índole en un trabajo de esta naturaleza. Estoy, sin embargo, profundamente convencido de que el camino de la Creación es donde gentes de todos los pueblos, culturas, religiones, incluyendo a los agnósticos (que en el fondo significan una crítica a la fe desde la cultura de la posmodernidad), nos podremos encontrar en una aurora boreal de paz y respeto. Concluiré con algunas pinceladas de síntesis: 1. El paradigma misionero, las Iglesias cristianas, el modo de entender la salvación, están en crisis profunda. Hemos de lanzarnos en la búsqueda de nuevas rutas creativas en el camino de la fe. 2. El descubrimiento de la infinita complejidad de la Creación nos aproxima a la verdad de Dios y contribuye a que se vaya aproximando también la nueva Creación que gime con dolores de parto (Rom 8,22-23)... Cualquier descubrimiento de la ciencia es una revelación, una epifanía de Dios. Los avances de los científicos han de ser considerados como aportes co-creadores de Dios. Si la verdad nos hará libres, ¿qué podemos temer por un futuro que está en manos del Espíritu Santo? La apertura al Dios de la Vida nos librará de nuestras intransigencias frente a situaciones que no está a nuestro alcance cambiar y, además, cuyo destino final es inexorable. 3. Mirar a la Creación abre un espacio amplio y generoso, que desarrolla un ecumenismo tolerante, en forma horizontal y dialogante, aun cuando, fuera de prejuicios, cada forma de expresión cultural y religiosa mantenga su identidad y los elementos que la hacen diversa. 4. Es posible abrir espacios al sentido de la misión eclesial que nos aproximen al mundo de lo real, concreto y físico, nacido de la mano del Dios de la Vida de quien procedemos y al que nos dirigirnos, fuera de todo sectarismo y proselitismo... Lo que caracteriza a una comunidad de creyentes que peregrina por el mundo es que se sienta solidaria con las angustias y pesadumbres de los hijos de la tierra (GS 1)... La historia de cada pueblo es una historia salvífica. En ella debemos encontrar, bajo la luz de la tradición y de la historia eclesial, manifestaciones vivas de Dios, experiencias que nos den aliento y ayuden a emprender con empuje apostólico un modelo que recoja las aspiraciones de los pueblos y contribuya a la construcción del Reino. 5. Si bien la Creación, con todos sus logros y avances en la construcción de su vida en el tiempo, es una parte importante y necesaria, no significa, sin embargo, el Cristo total que aparecerá al fin de los tiempos y que tiene dimensiones escatológicas más allá de cualquier avance de la humanidad. Joaquín García (extractado de "Vida Nueva" n. 2.405). |
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