P. ALDO MARCHESINI

"Nosotros, los seropositivos…"

Este título nos trae a la memoria un célebre discurso en el que el p. Damian Veuster, después de haber sido contagiado de lepra, se dirigía a los leprosos diciendo: "Nosotros, los leprosos…". También al p. Aldo Marchesini, misionero dehoniano y médico cirujano del hospital de Quelimane (Mozambique) le pasó algo parecido cuando el año pasado se enteró que había sido alcanzado por el virus del SIDA y envió a sus amigos del mundo entero una carta con este título.

Cuando salió de Italia, el p. Marchesini hizo su primera experiencia misionera en Uganda y al establecerse después en Mozambique, el gobierno de aquel entonces lo nombró director y único médico de un hospital de 120 camas en Mocuba. Experiencia durísima que fue el comienzo de su difícil misión de misionero-médico a lo largo de 32 años en Mozambique. Ahora trabaja como cirujano en un hospital estatal con 400 camas en la ciudad de Quelimane. Supo unir en su vida tres vocaciones: la medicina, la misión y la contemplación. Su espiritualidad dehoniana anima su infatigable tarea apostólica y la oración contemplativa es su "descanso" como describe en el libro "Siéntate, corazón mío" traducido a varios idiomas.

Hace tres años recibió en Italia el "Premio Corazón Amigo", una especie de Nobel del Misionero, "por su incansable atención a los que sufren". Cuando le preguntaron en una entrevista si se sentía incómodo trabajando en un hospital del estado, respondió: "Todos saben que soy médico y sacerdote y como tal soy aceptado y estimado por todos. Jamás uso mi prestigio de médico para presionar religiosamente. El Evangelio que yo predico es que Dios ama a todos independientemente de su religión; cada enfermo vale como persona y como tal Dios lo ama y lo ayuda. Por mi parte, trato de ser como Él y de esta manera pienso que lo estoy anunciando a Él en tierra de misión".

He aquí unos extractos de su testimonio: "El 10 de marzo llegué a Italia y me sometí a una serie de exámenes clínicos porque en los últimos tiempos en África me había sentido postrado por la fiebre, la tos, la inapetencia, el calor. Decidí incluir el test del HIV. Cuando supe el resultado, confieso que no sentí ninguna emoción particular y mucho menos desánimo (aun ahora me cuesta tomar conciencia). Como médico, muchas veces había tenido que comunicar a mis pacientes la noticia de que eran seropositivos; era un deber delicado para mí y hasta me imaginaba a veces estar en su situación. Y ahora me daba cuenta que era yo el paciente. Sin embargo, no sentí angustia, ni rebelión, ni miedo; pero en mi interior se iba dando lentamente un desplazamiento. Tuve la sensación de ser el vagón de un tren que hasta aquel momento había viajado sobre los mismos rieles que los demás y que de repente se desviaba. Todo quedaba igual pero todo había cambiado, y para siempre.

De este aspecto dramático de mi nueva situación, definitiva, tuve una conciencia aguda.

Yo soy cirujano y es fácil herirse en los dedos mientras se opera o pincharse; además durante cinco años trabajé en el sector de Maternidad y las ocasiones de ensuciarse con sangre eran muchas. Terminé por reconocer que la gracia de Dios me había ayudado a aceptar con serenidad la noticia. Pero también sabía que había fármacos sumamente eficaces y que las esperanzas de vida, de una vida normal, eran buenas. La esperanza de poder convivir largamente con la enfermedad me consolaba.

Lo que más me dolía, sin embargo, era pensar que esta esperanza se debía a que yo podía tratarme en Europa.

¿Y mis hermanos mozambicanos? ¿Por qué a ellos les resultaban inaccesibles estas terapias? ¿Simplemente por un problema económico? Sentí que tenía la obligación de comprometerme para que las mujeres y los hombres de aquel país pudieran tener mi misma esperanza de vida. Oí decir que la Comunidad San Egidio de Roma estaba por empezar una experiencia justamente en Mozambique para ofrecer a los enfermos africanos devastados por el SIDA y en forma gratuita los mismos fármacos de los países ricos. Viajé a Roma para encontrarme con los responsables y en poco tiempo todo se arregló. Con cinco meses de atraso volví a Mozambique y a mi trabajo diario. Al poco tiempo, firmamos un acuerdo entre el Ministerio de la Salud y la Comunidad San Egidio de Roma para empezar las terapias en mi hospital de Quelimane. ¡Me sentía feliz!

He optado por no ocultar a nadie mi condición de seropositivo. Ahora todos saben que el "padre", el cirujano del hospital está haciendo el tratamiento contra el virus del SIDA, está bien y sigue trabajando como siempre. Ahora todos saben que la terapia es disponible para todos, es eficaz y por lo tanto no hay motivo para esconderse o no querer hacerse el test por miedo a conocer la verdad. Y aquí termina mi testimonio. La aventura interior continúa, pero me siento ahora en compañía de una multitud de otros seropositivos africanos... No me queda otra cosa que agradecer a Dios por haberme introducido en el medio de esta muchedumbre y haber dispuesto las cosas de manera que la semilla de la esperanza pudiera, en tan breve tiempo, transformarse en un gran árbol, un árbol que ofrece sus frutos a todos los que los necesitan."

 

P. Aldo Marchesini (Dehoniano)