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ANNALENA TONELLI: Un silencio que grita fuerte
Esta historia apasionante empieza en Italia en el año 1969 cuando Annalena, una joven católica de 26 años, culta y elegante, con una licenciatura en derecho, decide hacerse voluntaria laica en África. Se estableció en Wagir (Kenia) viviendo en comunidad con algunas compañeras también voluntarias laicas, en una zona desértica cercana a Somalia y allí estuvo por 16 años dirigiendo un hospital donde se curaban enfermos de tuberculosis y de lepra. Inauguró inclusive una terapia especial contra la tuberculosis, reconocida por la OMS. Pero encontró muchas dificultades dentro de una sociedad musulmana y tradicionalista como aquella. Recogemos de sus escasos testimonios las motivaciones profundas que la llevaron a África: "Desde joven elegí vivir por los demás, por los más pobres, por los que no son amados por nadie. Nada me interesaba tanto y tan fuertemente como seguir y amar a Cristo y a los pobres en Él. Al comienzo todo estaba en mi contra. Era joven y no era digna de ser escuchada ni respetada. Era blanca y cristiana y por eso insultada, rechazada y temida. Y encima no era casada, lo que era un absurdo en el mundo musulmán donde el celibato no existe y no es un valor; por el contrario es considerado un deshonor. Partí para África decidida a gritar el Evangelio con la vida, en la huella del p. Charles de Foucauld que había inflamado mi corazón. Más de 30 años después sigo gritando el Evangelio con la vida y me quema adentro el deseo de poder seguir haciéndolo hasta el final". Annalena era una mujer dulce que no quería publicidad y buscaba hacerlo todo en silencio; solía decir. "Cuando hagas algo por los demás, no lo digas a nadie". Y sin embargo, la masacre de cientos de somalíes perpetrada por tropas del gobierno y las atrocidades cometidas obligaron a Annalena a levantar la voz, a denunciar los hechos. Fue expulsada en 1985 y quedando sola sin sus compañeras, se refugió en Mogadiscio (Somalia). Dos años más tarde se estableció en Merka, al sur de Mogadiscio, para hacerse cargo allí también de un hospital. Pero a comienzos de 1995, debido a la guerra civil y a las constantes amenazas, tuvo que irse otra vez y en su lugar, Cáritas envió allí a otra voluntaria italiana, la doctora Graziella Fumagalli, que a los pocos meses fue asesinada. Annalena se instaló en Kenia en un campo de refugiados somalíes, pero debido a sus denuncias a las autoridades por los tratos inhumanos dispensados a los refugiados, fue otra vez expulsada. Se fue a Somaliland, una parte de Somalia con dos millones y medio de habitantes que desde el año 1991 ha declarado su independencia, la que sin embargo no ha sido reconocida por la ONU ni por los estados limítrofes. Es una zona perteneciente geográficamente a Somalia, un país que desde hace 14 años está en guerra civil si bien tiene un gobierno de transición desde el año 2000. Somalia es además el país a nivel mundial más afectado por la tuberculosis. Por eso, en el 96 Annalena dio comienzo a otro hospital para enfermos de tuberculosis en Borama, al nordeste de Somalia en los límites con Etiopía y Djibuti. El hospital empezó pobremente con 30 camas; hoy tiene 250 con médicos, enfermeros y auxiliares. La doctora también se dedicó a atender a los enfermos de Sida, a los epilépticos, organizó una escuela para sordomudos y otra para ciegos, un centro de fisioterapia, etc.. Encontraba apoyo económico para sus obras en las comunidades cristianas de su ciudad natal. Esta mujer incansable era la única cristiana en aquella zona totalmente musulmana. No tenía director espiritual ni a nadie con quien compartir su fe. Dos veces al año, cerca de Navidad y de Pascua, el obispo católico de Djibuti viajaba para ir a rezar Misa por ella y con ella. Ella misma confesó: "Las verdaderas dificultades de mi vida no han sido la pobreza ni las persecuciones, sino el no poder compartir con nadie mi fe; éste es un sufrimiento indecible. Por lo demás, me río de los que piensan que mi vida es una vida de renuncia y sacrificio; les aseguro que la mía es pura felicidad". Se sentía como perdida en el desierto: "Yo soy tan poca cosa… Quería seguir a Jesús y por Él opté por una pobreza radical, aunque jamás podré ser pobre como un verdadero pobre. Trabajo sola y me gusta ser desconocida (es la única forma de amar verdaderamente a esta gente). Y añadía: "Me han calumniado, me han golpeado, me han disparado y amenazado de muerte varias veces, he estado en la cárcel y en peligro de vida constante, en medio de la guerra, pero nunca tuve miedo; reconozco que es una gracia de Dios y quiero seguir con mi misión hasta el final. Siempre estaré en primera línea cuando se trata de defender a estos mis hermanos". Los musulmanes también la querían y la llamaban "madre". En alguna mezquita rezaban por ella. "Muchos musulmanes me aceptan y aprecian porque saben que estoy dispuesta a dar mi vida por ellos", decía.
LO QUE CUENTA ES AMAR
Para acercarse más a los somalíes había abierto en su centro una escuela del Corán, una de alfabetización y otra de idioma inglés. "Quien me conoce, dice y repite que yo soy somalí como ellos y soy madre auténtica de todos los pobres y enfermos. A quien me pregunta por qué hago todo esto para ellos, les explico que lo hago por Jesucristo que nos pide dar la vida por nuestros amigos. El amor llevaba a Annalena a vivir en una pobreza extrema; no toleraba lo superfluo. Decía: "He asumido hasta donde me resultó posible el estilo de vida de los somalíes; una vida muy austera en cuanto a vivienda, comida, medios de transporte, vestimenta. Renuncié a todas las costumbres occidentales". Cuando mucha gente se iba del país a causa de la guerra, ella decía: "Comprendo que muchos se escapen del país por los horrores de la guerra, pero lo mío es diferente. Mi vida es para ellos, para los más pobres y abandonados. Yo debo estar con ellos, vivir y morir por ellos. Los que no tienen voz y no cuentan nada, cuentan mucho a los ojos de Dios, son sus predilectos y no importa nada que nuestra acción sea tan solo una gota de agua en el océano. Cristo nunca habló de resultados". A fines del año 2002 la obra de Annalena se conoció en Europa gracias al Alto Comisariado de la ONU para los Refugiados que le entregó en Ginebra el prestigioso Premio Nansen Award. Annalena no quería ir porque huía de la publicidad pero aceptó pensando en "sus enfermos" ya que los 120 mil dólares del premio le servirían para el hospital. Esta notoriedad le trajo quizás más problemas que ventajas, sobre todo en Borama porque empezaron nuevamente las amenazas de los fundamentalistas árabes. Por otra parte, Annalena denunciaba con coraje las mutilaciones genitales femeninas, los abusos en contra de las mujeres, la violencia tribal... Respondía a los ataques personales con la no violencia y la mansedumbre: "Llevo toda una vida luchando conmigo misma como Gandhi que es junto con Vinoba mi gran maestro después de Jesucristo, para ser no violenta en los pensamientos, palabras y acciones". Y seguía multiplicando sus esfuerzos para atender a todos. Murió como el p. Charles de Foucauld entre las arenas del desierto, por un disparo en plena noche. Empezaron a llamarla la "madre Teresa de África" porque lo dio todo sin pedir nada. Quizás sea una de las santas laicas del mañana. Hoy Annalena descansa en Wagir (Kenia); allí ha querido ser sepultada. Allí es donde en 1969 había empezado, desde el silencio del desierto, a "gritar el evangelio con su vida". |
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