25 años de PUEBLA

"Proclamamos que Dios está presente, vivo,
por Jesucristo liberador,

en el corazón de América Latina".

Puebla n. 9

Puebla 79 no fue un sueño. Pero casi lo parece. Un sueño caótico en el que hace falta poner orden y concierto para transmitir hoy toda su significación. La memoria es un crisol. 0, acaso mejor, un interesado tamiz por el que no todo pasa. Es imposible resumir aquí la enorme ebullición de trabajo y fuerza que supuso Puebla 79. Este texto es sólo una bienintencionada mezcla de datos y de recuerdos con vocación descarada de aguijonear la memoria histórica. Porque Puebla 79 no fue un sueño.

Hervidero socio-eclesial

Del 28 de enero al 13 de febrero de 1979, tuvo lugar en Puebla de los Ángeles, a 130 kilómetros de México DF, la III Conferencia General del Episcopado Latinoamericano. Asunto de la Conferencia: La evangelización en el presente y en el futuro de América Latina. Participaron 22 países americanos, representados por unos 190 obispos, más otras 160 personas representativas de sectores religiosos de América y de todo el mundo. En total, 350 participantes acompañados del inevitable séquito de secretarios, unos 2.000 periodistas, visitantes, curiosos, vendedores. Una abigarrada y selecta multitud que durante 15 días convirtió a Puebla en hervidero socio-eclesial.

Esta III Conferencia había sido programada para el mes de octubre de 1978 y se esperaba que fuera inaugurada por el Papa, como lo había sido la II Conferencia en Medellín. Pero,
desaparecido Pablo VI, el nuevo pontífice Juan Pablo I apareció muerto en su cama el día 29 de setiembre, a los 33 días de haber sido elegido. Todo debió aplazarse. Y se aplazó lo justo: hasta finales de enero. El 22 de diciembre de 1978, Juan Pablo II, en su discurso a los cardenales, anunció su viaje a México para inaugurar la III Conferencia. Puebla 79 sería el estreno internacional del nuevo Papa y nadie podía saber entonces hasta qué punto Puebla 79 sería el más significativo presagio de la línea oficial de la Iglesia de la posmodernidad. La Iglesia dirigida al nuevo milenio. Aunque por entonces nadie hablaba todavía del milenio.

La I Conferencia Episcopal Interamericana fue en Río de Janeiro en 1955, una conferencia tranquila y tradicional. Su mejor logro, la fundación del Consejo Episcopal Latinoamericano (CELAM), organismo para la coordinación de todos los obispos de América Latina, con sede en Bogotá. Y el CELAM organizó la II Conferencia en Medellín (Colombia) en 1968, sobre La Iglesia en la actual transformación de América Latina a la luz del Concilio. Una conferencia revolucionaria, "una sacudida general con apariencias de cataclismo de la estructura jerárquica ministerial de la Iglesia", según dijo el obispo brasileño Casaldáliga. Medellín empezó a ser una referencia entre el estremecimiento y la esperanza. La espeluznante realidad sociopolítica de casi toda América Latina parecía exigir una toma de postura radical de la Iglesia Católica. Medellín fue un espaldarazo al compromiso con los pobres, a los ojos abiertos y al alma pronta para la evangelización. ¿Cómo aplicar un Concilio universal de la Iglesia, el Vaticano II, básicamente europeo, a un continente bautizado y doliente como el americano?

Lo malo de abrir los ojos es que los ojos ven. El mapa americano que salió de Medellín era mucho más que preocupante. "La realidad de América Latina es trágica y exige una respuesta tan rápida como eficaz". Con esta frase comenzaba el Documento de Base de Medellín. Temores y esperanzas se repartían en un cierto desorden entre los distintos sectores de la Iglesia, desde los más tradicionales hasta los más arriesgados. La Teología de la Liberación no nació en Medellín, pero de Medellín recibió fuerza.

La Iglesia que peregrina en América, según expresión de moda entonces, se había mirado al espejo, no se había gustado demasiado y estaba decidida a cambiar. Pero no a cambiar la mirada ni el espejo, como algunos parecían querer, sino a cambiar la realidad.

Las tres teologías

Puebla 79 nació con un doble temor: el de dar marcha atrás con relación a Medellín (¡ya está bien de aventuras!, se atrevían a decir algunos) o el de seguir adelante. Un doble temor para que cada cual tuviera el suyo.

En el Encuentro de Teólogos celebrado en México, en agosto de 1975, el teólogo seglar brasileño Gómez de Sousa decía que en América Latina coexistían tres corrientes teológicas que reflejaban otras tantas actitudes religiosas y humanas: una Teología tradicional (reflejo de las clases terratenientes), una Teología desarrollista (representativa de la burguesía) y la Teología de la Liberación (expresión de las clases marginadas y medio radicalizadas). Como punto de partida no parece mal diagnóstico. En Medellín, se puso en primer plano, por primera vez en la historia americana, la Teología de la Liberación. Pero las otras dos corrientes o sensibilidades, como gustan decir los temerosos de divisiones, no sólo no fueron anuladas, sino que, además de mantener sus posiciones, seguían representando a sectores religiosos y sociopolíticos muy poderosos.

A Puebla llegaban aquellas tres corrientes teológicas en dos nítidas posturas de opinión y fuerza que, simplificando, porque no hay más remedio, podemos llamar al estilo clásico "conservadores" y "progresistas"... Que no significa "malos" y "buenos" ni viceversa. Cada cual tiene su alma en su almario, y hay que suponer a todos su buena intención.

La concienzuda preparación de la III Conferencia, durante 31 meses y con la participación de 900 obispos, no había hecho más que abonar suspicacias, temores y esperanzas. Las siguientes palabras del entonces obispo auxiliar de Caracas, Ovidio Pérez Morales, reflejaban la preocupación de muchos: "Constituiría una ofensa a Dios sentarse los obispos plácidamente a perorar en Puebla sobre bizantinismos teológicos, mientras su continente vive un ahondamiento de la brecha entre ricos y pobres, un enrarecimiento de la libertad, un deterioro del respeto a los derechos humanos. Mientras se masifica más y más al pueblo, se lo empobrece con transfusiones de imposición cultural. Se lo droga y sexifica. Se lo engaña y manipula".

La línea teológica y disciplinar fuerte-tradicional podía verse representada, bajo la dirección del cardenal de la Curia Baggio y el arzobispo secretario Alfonso López Trujillo, por los obispos argentinos, colombianos y mexicanos. La más proclive a un compromiso decidido con Medellín tenía sus partidarios en los brasileños y en casi todos los ecuatorianos, bastantes chilenos y otros "obispos sueltos de distintos países". Los cardenales brasileños Aloisio Lorscheider y Paulo Evaristo Arns, ambos franciscanos (OFM), eran vistos como pacíficos adalides de esta sensibilidad.

Que había divisiones era evidente. Lo que no quita para que el clima de la Conferencia entre sus participantes fuera cordial y, con frecuencia, fraternal. Era tan evidente la división fraterna que el Mensaje de la III Conferencia del CELAM a los pueblos de América Latina, hecho público el 12 de febrero y como suave anuncio-resumen del Documento final, incluyó el siguiente párrafo:

"Hermanos: no se impresionen con las noticias de que el Episcopado está dividido. Hay diferencias de mentalidad y de opiniones, pero vivimos, en verdad, el principio de colegialidad, completándonos los unos a los otros, según las capacidades dadas por Dios".

Las siglas y los hombres

La propia dirección del CELAM parecía resumir aquella bifurcación de tendencias: su presidente era el card. Aloisio Lorscheider, hombre de gran prestigio y moderación, de brasileña tendencia a ir hacia delante, más allá de Medellín; el secretario general desde 1972 era el arzobispo colombiano López Trujillo, hoy cardenal de Curia en Roma. Nadie negaba a López Trujillo su capacidad organizativa, pero casi todos convenían en la fuerza de su carácter y en sus tendencias más o menos autoritarias y, desde luego, luchadoras en un sentido contrario a la Teología de la Liberación. El inenarrable viaje de Juan Pablo II a México y su estancia allí durante una semana, con paso fugaz por Puebla para inaugurar la Conferencia, concedió a ésta una imprevista significación de atención universal. Que tuvo mucho de positivo y bastante de negativo. La ya referida polarización se elevó a la enésima potencia en la calle, en los pasillos, en la prensa. A veces, aquello parecía una ardua lucha entre dos tendencias irreconciliables sobre el colchón anodino de quienes lo mismo podían inclinarse a un lado que a otro. El propio López Trujillo llegó a emplear alguna vez la palabra "guerra" para referirse a aquellas duras relaciones.

Cuatro siglas pueden resumir, aun a riesgo inevitable de simplificar, las tendencias más o menos nítidas representadas en Puebla 79: CELAM, CAL, CLAR y CENCOS. Enseguida aclaramos esta moderada sopa de letras.

El CELAM es un organismo complejo al que no sería justo asignar, por lo menos en aquel momento y dada la composición de sus cuadros directivos, una clara y definida tendencia.

CAL significa Comisión Pontificia para América Latina; por tanto, organismo vaticano cuyo presidente, el card. Sebastiano Baggio, presidía también Puebla 79 junto al card. Lorscheider y al arzobispo de Ciudad de México, Ernesto Corripio. Además, la CAL desplazó a Puebla a nueve de sus componentes (cardenales y obispos), a los que deben añadirse, en razonable criterio, los 14 dignatarios del Vaticano y representantes pontificios, la inmensa mayoría de ellos cardenales y obispos, más la casi veintena de invitados directos del Papa o de la CAL. El peso vaticano en Puebla fue, por tanto, muy considerable. Y a nadie se le podía escapar cuál era la tendencia vaticana en todo este asunto. Por si cupiera alguna duda, los acontecimientos de la III Conferencia se encargarían de probarlo: un deseo meridiano de no ir más allá de Medellín, sino de matizarlo.

La CLAR, Confederación Latinoamericana de Religiosos, fundada en 1958, tiene un peso considerable, como no puede ser menos: buena parte del clero americano, incluidos cardenales y obispos, se compone de religiosos, muchos de ellos en contacto directo con la más quemante realidad. La CLAR, cuyos directivos participan en Puebla 79, hace tiempo que ha hecho una apuesta decidida y arriesgada por el compromiso con los pobres.

CENCOS es una especie de curioso off-off como llaman en los grandes certámenes a los funcionamientos paralelos: sin ninguna invitación oficial, sin representación oficial alguna y más bien como incómodo organismo paralelo. CENCOS significa Centro Nacional de Comunicación Social, de clara tendencia pro Teología de la Liberación, y en sus modestas instalaciones había cada tarde ruedas de prensa, conferencias de obispos y teólogos no-invitados a Puebla 79: 35 teólogos y "científicos sociales" o sociólogos, afines a la Teología de la Liberación que, aun estando fuera de la asamblea, eran consultados por muchos obispos y tuvieron indudable peso en la marcha de la Conferencia y en el documento final (Gustavo Gutiérrez, Leonardo Boff, Jon Sobrino, Luis del Valle, Segundo Galilea...).

El Documento de Puebla

Todo ese inmenso trabajo iba dirigido a la redacción del Documento final. Cada una de las 31 comisiones, más la comisión llamada "de empalme" o coordinación entre todas, se encargaba de ir redactando un capítulo: Visión pastoral de la realidad; Cristo, centro de la Historia; La Iglesia; La dignidad del hombre; Evangelización, destino universal y criterios; Evangelización y promoción humana, etc.. Capítulo a capítulo iba siendo votado el Documento, y para que capítulos y Documento fueran adoptados por la asamblea, para poder figurar como texto de todo el Episcopado latinoamericano, debían recibir dos tercios de los votos válidos. Y los votos no eran válidos si no iban firmados de forma clara en la papeleta de votación. Por tanto, en rigor, no había votación secreta. En las discusiones de las comisiones estaba toda la vida teológica y social que rebullía fuera, en los pasillos y en la calle. En las comisiones, tan plurales y tan vivas, estuvo la mejor historia de Puebla 79.

El Documento tuvo cuatro redacciones, pero sólo la cuarta obtuvo el placet general. El documento final fue, pues, resultado del consenso entre posiciones muy distintas. Un resultado que dejó moderadamente contentos a casi todos y a nadie satisfecho. Como debe ser.

La III Conferencia había comenzado con una cierta tensión. El más numeroso grupo episcopal, claramente apoyado por el Vaticano, parecía que podría imponer su criterio tradicional de una cierta sordina a Medellín y avanzar por caminos más espiritualistas que los que reclamaba el otro grupo, más minoritario aunque muy fuerte y comprometido: los Padin, Silva Henríquez, Lorscheider, Arns, Romero, Proaño, Helder Cámara...

La III Conferencia comenzó al mismo aire marcado por los discursos del Papa en México. Pero los discursos del Papa fueron cambiando, y la Conferencia también. No por mimetismo mecánico, sino por la naturaleza de las cosas. Los primeros discursos del Papa venían hechos del Vaticano, pero luego él mismo fue introduciendo correcciones según avanzaban sus contactos con la gente, la desaforada y amorosísima acogida de la gente mexicana. El discurso inaugural de la Conferencia pronunciado por el card. Lorscheider empezó a marcar un nuevo clima. Alguien oyó a Helder Cámara exclamar: "Ahora respiro por primera vez...".

Puebla 79 no fue el anti-Medellín, como se temía. Pero quizá tampoco fue un paso adelante tan nítido como muchos querían. En fin, cosas del consenso. Y si no se reaccionó con absoluta claridad contra ciertas corrientes latinoamericanas proclives al absolutismo político y económico, si la Teología de los marginados no brilló tanto sobre la Teología de los instalados, se puso una vez más de relieve cuál es el camino de la Iglesia: la evangelización con todas sus consecuencias. Y las consecuencias no todo el mundo las entiende igual.

Una nueva brújula

Ha llovido mucho en estos 25 años. Puebla yace casi olvidada. El Concilio Vaticano II ¿también?

La Iglesia Católica sigue su rumbo acomodado a la historia, sobre la historia y más allá de la historia, pero con aires que en Puebla se marcaron ya con alguna claridad. Hace más de 25 años la doctrina de la Seguridad Nacional, tan vigente como nunca oficialmente proclamada, vivero de dictadores y señores de la guerra y del hambre, encontró en Medellín y en Puebla una reacción eclesial justa y valiente. La doctrina del neoliberalismo, moda universal con matices especiales en América Latina, no parece haber encontrado en la Iglesia aquella misma reacción. Las cosas van por otro camino mucho menos conflictivo. La jerarquía eclesiástica se ha renovado casi por completo en todo el mundo. Ya no está Lorscheider. Romero fue asesinado. Tampoco está Helder Cámara, ni Silva Henríquez, ni Proaño... Todo está ya casi tranquilo. Pero el hambre, la miseria, los asesinatos, el narcotráfico, el abismo entre ricos y pobres siguen su rumbo en América Latina. ¿Qué espera todavía de la Iglesia la masa inmensa de los pobres? Sólo hay una respuesta imposible: la Iglesia no está para dar de comer a nadie ni para enseñar a gobernar a los pueblos, sino para predicar a todos el Evangelio.

Lo que es evidente es que otra Puebla 79 es ahora imposible. Lo fue hace 25 años. ¿Por qué ahora no?

Bernardino M. Hernando
("Vida Nueva" n. 2.414)

Puebla como hecho latinoamericano

Puebla ha entrado plenamente en la historia del continente, en un momento en que la guerra fría estaba en su apogeo, como lo estaban los regímenes militares y las persecuciones contra la Iglesia de Medellín. En su apogeo estaba también, en la Iglesia el conflicto entre las dos líneas pastorales. Durante toda la asamblea de Puebla estaba de un lado la línea conservadora, numéricamente en mayoría absoluta. En Medellín los conservadores eran numéricamente irrelevantes porque en aquel tiempo toda el ala conservadora de la Iglesia pensaba que el Celam no tenía importancia, que la conferencia de Medellín carecía de importancia y no tocaría en nada la vida de sus diócesis. Sin embargo, después de Medellín, los conservadores atravesaron un momento de pánico: descubrieron señales de peligro. De modo que articularon su reacción...

La ofensiva conservadora se organizó en torno a temas bien determinados: querían la condena de la Teología de la Liberación, de las Comunidades Eclesiales de Base, de la Conferencia Latinoamericana de Religiosos (CLAR) y de la presencia de sacerdotes y religiosos en "política".

El card. Aloisio Lorscheider, presidente del Celam y presidente de la Conferencia Episcopal Brasileña, en su discurso al comienzo de la asamblea subrayó que el gran problema de América Latina era la situación de pobreza y de opresión en la que vivía la gran mayoría de la población.

Todos los expertos eran de la misma línea (conservadora), muy bien afirmada. En cuanto a los que habían sido excluidos, se les permitió quedarse en la ciudad, con prohibición expresa de entrar en el recinto de la asamblea. Algunos, sin embargo, lograron entrar y pudieron comunicarse con los obispos de su misma orientación e influir en la redacción de los textos.

El 1º de febrero ocurrió un incidente cuyos efectos pesaron sobre el curso de los debates. El periódico mexicano "Uno más uno" publicó una carta de López Trujillo, secretario general del Celam, a su amigo Luciano Duarte, de Brasil. Un periodista había recibido del mismo Trujillo un casette donde había registrado una entrevista con él. De vuelta a México descubrió que el otro lado del casette contenía varias cartas de Luciano Duarte. La carta publicada escandalizó por el lenguaje usado y por las alusiones a diversas personas importantes en la Iglesia latinoamericana. El contenido de esta carta parecía inaceptable proviniendo del secretario general del Celam. El hecho es que, durante varios días, López Trujillo no compareció, confinado en su habitación... Su prestigio había sido amenazado y había perdido su liderazgo en la asamblea. Muchos pensaron que había sido un acontecimiento providencial.

Por fin se aprobaron todos los textos. Los textos que tuvieron mayor oposición fueron los que más se encontraban en la línea de Medellín. Y sin embargo la mayoría los aprobó y entraron en la publicación final. No se logró cambiar el sentido de Medellín. No se llegó a una condena de la Teología de la Liberación que, durante todas las sesiones, había estado en el centro del conflicto. No solamente no se condenaron las comunidades eclesiales de base sino que se les dio mayor apoyo. Ni siquiera se dio el rechazo de la Iglesia popular. Al final la persona que más se distinguió no fue Alfonso López Trujillo, como se pensaba, sino Luciano Méndes de Almeida, con su inmenso talento de articulador.

Los obispos brasileños podían volver a casa con la conciencia tranquila: habían desactivado la gran ofensiva contra Medellín, contra la opción por los pobres y contra la teología de la liberación. La pastoral de la Conferencia de obispos brasileños había recibido una auténtica consagración. No tuvieron que ceder en ningún punto importante. Para los teólogos amenazados de condena fue un alivio. No era realmente una victoria pero ciertamente no era una derrota. La conclusión fue un empate.

José Comblin (teólogo brasileño)

UN TAPIZ DE 350 DIBUJOS

 

Entre obispos, sacerdotes y seglares en Puebla hubo 350 participantes.

Ésta es Ia composición del grupo:

- 12 cardenales.

- 49 arzobispos.

- 108 obispos latinoamericanos.

- 13 vicarios y administradores apostólicos y prelados.

- 24 sacerdotes seculares.

- 4 diáconos permanentes (de Brasil, Nicaragua, Perú y Puerto Rico).

- 20 religiosos (entre ellos, 8 mujeres).

- 31 seglares (entre ellos 6 mujeres y 4 indígenas de Bolivia, Brasil, México y Perú y 4 campesinos de Brasil, Colombia, Costa Rica y Paraguay).

- 5 directivos de la CLAR.

- 25 miembros de organismos vaticanos (entre ellos los obispos españoles Antonio Ma. Javierre y Maximino Romero, el entonces Nuncio en Colombia, Martínez Somalo, y el sacerdote periodista en el Vaticano Cipriano Calderón).

- 7 superiores generales (entre ellos los españoles Arrupe y la Madre Zamalloa).

- 4 obispos estadounidenses y canadienses.

- 5 obispos de Europa, Asia y África.

- 17 representantes de organismos episcopales de ayuda a América Latina.

- 5 observadores: ortodoxo, anglicano, luterano, metodista y judío.

- 16 peritos (entre ellos una mujer, la teóloga uruguaya Teresa Porcile).

- 4 cardenales de Ia Curia Vaticana (Baggio, Rossi, Pironio y Bertoli).