El LIBRO DEL ECLESIÁSTICO

Los consejos del abuelo Ben Sirá

Hubo una época en la historia de Israel, que luego del Exilio se gozó de una relativa paz.

El Imperio Persa bajo el rey Ciro, devolvió a los israelitas su tierra, y tras una difícil etapa de reconstrucción, el pueblo se volvió a asentar en su tierra y disfrutó de cierta tranquilidad. Los persas eran casi monoteístas, creían en un Dios benévolo del Cielo, que era el único digno de adoración, y vieron con simpatía a Yavé, el Dios que los hebreos veneraban, por lo tanto permitieron en Jerusalén el culto al Señor y no se inmiscuyeron en la fe del pueblo. La crisis posterior tras la conquista de Alejandro Magno se produciría recién a la muerte de éste y a la conquista de Israel por el Imperio Seléucida que trató de imponer a los israelitas su religión y costumbres. La fecha de composición de este libro es el siglo II a.C.

Los profetas antiguos no existían. Los reyes de Israel tampoco, los sacerdotes estaban concentrados en el Templo. Los únicos líderes que orientaban al pueblo eran los ancianos sabios, que conocían y meditaban la Palabra de Dios y enseñaban sobre ella al Pueblo. Ellos no eran sacerdotes, y muchos de ellos como el autor de este libro, no residían en Palestina sino en la llamada Diáspora. Ésta era la denominación que se le daba a las comunidades israelitas diseminadas por el Mediterráneo. Como no había más Templo y lugar de reunión religiosa que el Templo de Jerusalén y los judíos no podían ir a rezar allí todos los días (aunque ya hacían peregrinaciones), se reunían en sus ciudades o pueblos de residencia en las sinagogas, que eran ya en ese entonces un lugar de reunión importantísimo para la comunidad israelita. Así los ancianos sabios que en cada comunidad se dedicaban a estudiar la Palabra de Dios, o "la Ley del Señor" como llamaban los judíos al Antiguo Testamento, dirigían la oración (no estaban los sacerdotes del Templo) y enseñaban a los niños y jóvenes a comprender y conocer los libros sagrados.

Jesús Ben Sirá fue probablemente uno de esos maestros o "rabís" (de ahí viene la palabra "rabino"). Los rabinos judíos actuales son descendientes de estos líderes religiosos de entonces. No eran sacerdotes sino laicos que amaban la Palabra de Dios y la enseñaban al pueblo. Lo hacían gratuitamente y tenían su propio oficio para mantenerse. Cualquiera podía ser rabino, pero los más ancianos y con mayor experiencia eran los más respetados. Jesús mismo fue una especie de rabino itinerante.

¿Cuál es la preocupación de Jesús Ben Sirá al escribir sus sentencias de Sabiduría?

Entregar a los jóvenes israelitas una sabiduría que viene de la Palabra de Dios, para que no abandonen la fe de sus padres, por las tradiciones y la religión griega que dominaba en la región y que estaba de moda. No olvidemos que el libro fue escrito en Alejandría.

El libro tiene un prólogo de un traductor que tradujo las sentencias de su abuelo Jesús al griego para que los lectores (los jóvenes judíos de Alejandría) pudieran comprender sus sentencias. Probablemente, Jesús Ben Sirá y su nieto conocieran el arameo, idioma que hablaban los judíos en Palestina, pero no la gente nacida en Alejandría.

 

Estructura y mensaje del libro

Este libro pertenece al grupo de los llamados Deuterocanónicos (segundos en el Canon) y no tiene original en hebreo, por lo cual al igual que el libro de los Macabeos, o la Sabiduría de Salomón, los judíos y los cristianos protestantes no lo consideran inspirado por Dios, a diferencia de los cristianos ortodoxos y los católicos.

El libro tiene dos partes: en la primera se explica cuál es la sabiduría del creyente israelita, y el elogio que se debe a ésta. Esta parte se encuentra entre el capítulo 1 y el 42. También tiene una cantidad de consejos prácticos sobre cómo debe comportarse el buen seguidor de Yavé en la vida cotidiana. Así destaca la actitud que debe tener el creyente ante las pruebas y situaciones límites de la vida (Eclo 2), en el trato hacia los padres (Eclo 3,1-16). También recomienda el amor y la solidaridad hacia los pobres (Eclo 3,30-31.4,1-10).

Observemos, por ejemplo, lo que dice este sabio abuelo sobre la amistad.

"Si usas palabras amables ganarás muchos amigos; un lenguaje cortés siempre atrae respuestas benevolentes... Si has encontrado un nuevo amigo, ponlo a prueba, no le otorgues demasiado pronto tu confianza. Hay amigos que lo son únicamente cuando les conviene, pero que no lo serán en las dificultades.

Hay amigos que se transforman en enemigos, y que dan a conocer a todo el mundo su desavenencia contigo para avergonzarte.

Hay amigos que lo son para compartir tu mesa, pero que no lo serán cuando te vayan mal tus negocios. Mientras éstos marchen bien serán como la sombra, e incluso mandarán a la gente de tu casa. Pero si tienes problemas se volverán en tu contra, y evitarán tu mirada. Por eso, mantente a distancia de tus enemigos, y sé precavido con tus amigos. Un amigo fiel es un refugio seguro.

¡No tiene precio! El que teme al Señor, encontrará un amigo verdadero, pues así como es él, así será su amigo" (Eclo 6,5-17).

¡Qué sabias las palabras de Ben Sirá! Sin embargo, la palabra temor aplicada a la relación del creyente con Dios nos desconcierta. En realidad, temor no significa miedo a Dios o a su castigo sino respeto a su Palabra, y temor a defraudarlo. Porque a Dios se lo ama y respeta como a un Padre. La Ley de Dios debe aplicarse; Ben Sirá nos dice que la Palabra escrita de Dios no está para adornar la biblioteca sino para aplicarla a la vida cotidiana.Así, por ejemplo, el abuelo nos previene de las acechanzas y la maldad de los poderosos y ricos, y nos aconseja que no confiemos demasiado en ellos (Eclo 13,1-24). Hasta hay consejos sobre cómo comportarse en los banquetes (Eclo 31,12-31). Claro que algunos nos parecen machistas y prejuiciosos contra la mujer (Eclo 25,13-16). ¡Pero es que la sociedad de esa épocaera muy machista! Ben Sirá no pretendía escribir la Palabra de Dios, y sin embargo dice muchas cosas sensatas y la comunidad creyente reconoce sus dichos como inspirados. Pero deben leerse teniendo en cuenta su contexto social y cultural.

La segunda parte del libro (caps. 43-51) comienza con una alabanza a Dios, cuya sabiduría brilla en el Universo, y sigue con la descripción de la sabia actuación de Dios vista a través de la historia del mundo y del Pueblo de Israel.

Estas alabanzas a la Sabiduría, que encontramos no sólo en este hermoso e interesante libro, sino también en otros libros Sapienciales como Proverbios, o el mismo libro de la Sabiduría, preparaban el ánimo del pueblo creyente para que Juan el Evangelista pudiera presentar luego en el prólogo de su Evangelio, descripciones muy parecidas acerca del que es llamado el Verbo de Dios, y Sabiduría del Padre Dios que puso su morada entre nosotros. (Juan 1,1-18).

 

El amor a Dios, y la confianza en su justicia y misericordia

Jesús Ben Sirá nos habla del Señor, aunque tal vez encontremos en sus Palabras una visión de un Dios demasiado grande para comprenderlo. Tal vez nos parezca que aún no se puede ver aquí al Dios misericordioso que Jesús de Nazaret nos muestra en los Evangelios.

Sin embargo, el abuelo Ben Sirá nos dice cosas hermosas sobre el amor del Señor al humilde y al pobre, su misericordia y compasión con los seres humanos: "No trates de comprar los favores del Señor, pues Él no te aceptará. Tu ofrenda de algo mal adquirido de nada te servirá. Porque el Señor es Juez justo y no hace favoritismos. Él nunca recibirá mal al pobre, y escuchará siempre la oración del oprimido. No menospreciará la súplica del huérfano, ni los gemidos de la viuda. Cuando las lágrimas de la viuda corren por sus mejillas: ¿su llanto no está acusando a quien le está haciendo llorar? El que adora al Señor con todo su corazón encontrará en Él buen recibimiento, y su clamor llegará hasta el Cielo. La oración del humilde atraviesa las nubes. No desistirá en su súplica hasta que sea escuchado. El Señor se ocupará de Él, el Altísimo se ocupará de hacer justicia a los humildes (Eclo 35,11-22).

Al escuchar estas hermosas sentencias llenas de fe y de esperanza, entendemos qué debe haber pensado María, y su esposo José, o Isabel y Zacarías que ponían toda su fe y esperanza en el Señor, y fueron al fin testigos de la Salvación de su Pueblo, con la venida del Salvador.

Eduardo Ojeda