Vergüenza, infamia y degradación

 

El diario del Vaticano "L’Osservatore Romano"
refiriendo el escándalo de las torturas en Irak titulaba
"Horror y vergüenza".

Se sabía de antemano que la cruzada "democrática" de los Estados Unidos
y sus esbirros "aliados" en Irak estaría acompañada de crueles ejecuciones
y mil formas de violencia bárbara.
Siempre se supo también que los soldados estadounidenses torturaban.

La Cruz Roja y Amnistía Internacional lo venían diciendo desde hace años.
Las crueles imágenes de los prisioneros torturados,
se suman a los no menos atroces bombardeos
y ejecuciones de poblaciones civiles por los ejércitos de ocupación.
Lo que ocurre es que ahora se conocen los rostros de los verdugos y de las víctimas,
y eso, desde el punto de vista mediático, tiene un impacto multiplicador.
Ante la aparente abstracción de los genocidios masivos,
ahora la violencia asume la forma concreta de fisonomías y gestos identificables,
lo cual, para nuestra "sociedad del espectáculo", resulta más impactante e inmediato.

Por primera vez desde que Estados Unidos invadió Irak,
las imágenes amenazan con cambiar el curso de la guerra.

El método de tortura estadounidense
(que desde hace décadas es tristemente conocido en nuestros países de América Latina)
elige no sólo el daño y el sufrimiento físico, sino una humillación que niega directamente
los valores y sentimientos de cualquier persona: la desnudez, la burla,
llegando al empleo de perros para cometer "bestialidades".
Se trata, sin duda, de crímenes de guerra.

No se lucha contra el terrorismo, si se lo practica.

La propaganda belicista que pretendió justificar esta invasión a Irak,
sostuvo primero que era parte de la lucha antiterrorista y que tenía por objeto
la eliminación de las Armas de Destrucción Masiva.

A falta de ésas, se sostiene ahora que el principal motivo de la invasión
es la exportación de la democracia a Irak y a todo el Oriente Medio.
Pero, ¿qué democracia se asocia a esta barbarie?

Sólo un interés y una voluntad cuentan en esta guerra y ocupación:
los intereses económicos (petroleros) y sus beneficios,
que, por supuesto, valen mucho más que cualquier
escrúpulo político, jurídico, diplomático... y ético.

Después de estos escándalos, Estados Unidos recoge otra vez cosechas envenenadas de su derrota moral, de su aislamiento y del repudio mundial. No está excluido, como dicen sus propios generales,
que más allá de los aparentes éxitos tácticos, recoja también estratégicamente,
en el más largo plazo, la derrota en esta guerra.

El escándalo se torna en vergüenza
para el gobierno de Estados Unidos y, de paso,
en infamia y degradación para todo el mundo "civilizado".