GIANNA BERETTA MOLLA

"Mi vida con Gianna"

El 16 de mayo pasado el Papa canonizó a la señora Gianna Beretta Molla. Reproducimos aquí una extraordinaria entrevista concedida por su marido, el ingeniero Pietro Molla, poco antes que Gianna fuera beatificada hace diez años... "Gianna era sobre todo una madre enamorada de sus hijos. Recibimos muchas cartas de otras madres que dicen tenerla como una amiga", recuerda su esposo.

Es una historia fuera de lo común porque no sucede a menudo que se elija como santa a una mujer que se asemeja a millones de otras; una mujer enamorada de la vida, de la pintura, de la música, del teatro, de los vestidos bonitos, de las montañas cerca de Courmayeur en los Alpes, adónde iba de vacaciones con el marido y los niños. Era una laica de gran fe pero que no había dejado huellas de aquellas virtudes sobrehumanas, heroísmos o misticismos milagrosos que se suelen hacer coincidir con la idea de santidad. Es también una historia extraordinaria porque la familia Molla supo enfrentar con serenidad esa "expropiación" que la Iglesia hizo de una parte entrañable de ella. Ahora Gianna Emanuela, la hija salvada por su madre, es también médica, especialista en las afecciones de Alzheimer e igual que sus hermanos sigue el mismo camino de fe y amor de su madre. Finalmente, esta historia es extraordinaria porque el marido, que hoy tiene 92 años, y sus hijos han podido ver el retrato de ella en la Basílica de San Pedro, cuando fue beatificada y ahora canonizada por el Papal.

Testigo directo de una vida vivida a través de una santidad cotidiana, Pietro Molla aceptó hablar de su esposa por primera vez hace diez años en esta entrevista. Pietro es ingeniero y dirigente industrial, y sus tres hijos también son profesionales. He aquí la entrevista:

Al obispo Colombo que deseaba dar comienzo al proceso de beatificación de su esposa, usted le contestó que no se había dado cuenta que había convivido con una santa; ¿por qué dijo eso?

- Hablé de esa manera porque mi idea de la santidad era la de antes, pensando que los santos eran cristianos excepcionales, autores de hechos extraordinarios, experiencias místicas y milagros ya durante la vida. El obispo me explicó que desde el Concilio Vaticano II no hacen falta hechos extraordinarios para ser santos. Basta una vida cristiana seriamente vivida, la adhesión constante a la voluntad de Dios, un apostolado llevado a cabo más con el ejemplo que con la palabra y la generosidad en aceptar los sacrificios de la vida. Y Gianna vivió todo esto; era una joven ejemplar, trabajaba en la Acción Católica, era una mujer moderna, llena de alegría y con una gran personalidad, de mucha fe pero no santurrona, con un carácter fuerte y capaz de vivir el Evangelio hasta el fondo, una óptima médica, esposa y madre, cuyo gesto de dar su vida por la hija ha sido el resultado natural y coherente de toda una vida, no un arrebato místico... Pero yo tenía otras objeciones aquel día, las que me obligaron a pedir un tiempo de reflexión.

¿Qué tipo de objeciones?

- El temor a las consecuencias; creo que justamente para evitar esas objeciones, los procesos de beatificación de antes empezaban por lo menos 50 años después de la muerte de quien debía ser beatificado. Me refiero a que la vida de mi familia pasaría a ser de dominio público, no nos pertenecería más a nosotros. Esa publicidad daría por el suelo con nuestra vida privada y reabriría para nosotros una herida que no se cerraría mientras todo esto continuara.

Con estas "contraindicaciones", ¿por qué optó finalmente por dar su asentimiento?

- El obispo Colombo y el mismo Papa Juan Pablo II me han dicho que Gianna "hará seguramente mucho bien y llegará a ser un punto de referencia para muchas madres". Reflexioné sobre el ansia de apostolado que mi mujer siempre tuvo y sobre el hecho de que los sufrimientos y las molestias para mi familia serían mucho menores que el sufrimiento que probó ella al ofrecer su vida. Por eso di mi beneplácito. Fue una decisión que tuve que tomar yo solo ya que los hijos eran todavía muy pequeños. Cuando fueron más grandes les hice conocer a su mamá en su faz espiritual a través de los escritos que había dejado y que yo descubrí después de su muerte; por ejemplo las conferencias de la Acción Católica y las cartas.

Quizás aceptar habrá sido más difícil para su hija más joven por la cual su mujer murió…

- Evidentemente. A ella, como a los demás hijos, le repetí que mamá había ofrecido su vida justamente porque se sentía madre. Cuando tuvo que sufrir una intervención quirúrgica por un fibroma, pidió explícitamente que se salvara el embarazo. Lo hizo sabiendo, como doctora, que el parto después de aquella operación sería extremadamente peligroso para ella. Repitió la ofrenda de su vida hasta los últimos días. Decía: "Soy yo la Providencia para esta niña que tengo en mi vientre", pero secretamente esperaba que una Providencia más grande interviniera para salvar a ambas. Tenía fe en Dios y estaba segura de que Él iba a elegir lo mejor.

El consuelo de aquella fe, los hijos que lo esperaban todo de mí, el pensamiento del heroísmo de Gianna me ayudaron a mantenerme firme en la fe y a superar el drama de su muerte.

(Extractado de il Cenacolo, n. 4, 2004)

 

UNA OPCIÓN QUE VENÍA DE LEJOS

Gianna Beretta nacía en Magenta (Milán) el 4 de octubre de 1922, décima de 13 hijos, de una familia profundamente cristiana que dio a la Iglesia dos sacerdotes y una religiosa. Estudió en la Universidad de Pavia de donde salió con el título de doctora en Medicina y Cirugía en 1949 y completó sus estudios especializándose en pediatría en la Universidad de Milán. Abrió un consultorio y su actividad se caracterizaba sobre todo por una atención muy especial a los niños, a las madres, a los ancianos, a los pobres. Solía decir: "Como el sacerdote puede tocar a Jesús, así nosotros los médicos tocamos a Jesús en el cuerpo de nuestros enfermos".

Largamente estudió la posibilidad de un compromiso misionero en Brasil junto a su hermano Alberto; pero se convenció que la voluntad de Dios la llamaba a formar familia y que la misión la podía vivir también a través de su profesión médica. Se casó con el ingeniero Pietro Molla y tuvo tres hijos: Pierluigi, Mariolina y Laura. En el cuarto embarazo se le presentó un considerable fibroma en el útero y a los dos meses se hizo indispensable una operación quirúrgica. "Si hay que decidir entre mi vida y la de la criatura, no duden; elijan la suya", le dejó dicho a los familiares y al cirujano. El 21 de abril de 1962 dio a luz y nació Gianna Emanuela. Pero a los pocos días sobrevinieron graves complicaciones y el 28 de abril, entre fuertes dolores, murió susurrando: "Jesús te amo, Jesús te amo..." Ella misma había escrito y enseñado a las chicas de Acción Católica: "No se puede amar sin sufrir ni sufrir sin amar... No son las grandes penitencias las que santifican a las personas; el verdadero sacrificio agradable a Dios es aceptar la cruz diaria con amor y gozo. Amemos la cruz y recordémonos que no estamos solos para llevarla; es Jesús quien nos ayuda y en Él que nos alienta, todo lo podemos..."

Gianna fue beatificada en abril de 1994, en el Año Internacional de la Familia. El milagro que hizo posible su canonización fue el de una mujer que al tercer mes de embarazo había perdido el líquido amniótico, quedando el feto destinado a una muerte inevitable.

La mujer se encomendó a Gianna y sin explicación científica alguna, nació una niña hermosa.