Una historia con la Virgen María

-Tomá, Eduardo, esta virgencita me la dio doña Isabel. A mí me protegió, también lo hará contigo...

No sé cómo había llegado doña Isabel a Salto, mi pueblo. Y sin embargo, su fe en la Virgen del Pilar seguramente sigue ayudando a alguien.

Esta afirmación necesita tener una ubicación histórica: en las noches de juventud y guitarreadas conocí a Vladimir y a Margarita. Un adolescente y una joven que me sorprendían por la forma en que cantaban las canciones republicanas de la guerra civil que enlutó a España entre 1936 y 1937. La mayoría de las veces estaban acompañados por una mujer pequeña, delgada, de más de cincuenta años: su mamá. La señora era viuda, su esposo albañil había muerto al caerse de un andamio mientras construía una casa ajena. Era doña Isabel Higueras, que sigue viva y si llega a leer esto seguro que me reclama su Virgen del Pilar...

Supe que esa mujer de apariencia tan débil había participado junto a su esposo en la Guerra Civil Española, y que debieron huir y exiliarse. Me los imaginaba como una pareja poco más que adolescente, saliendo de su casa y su patria y enfrentándose solos a una vida nueva, en un país distinto, con una cultura diferente. Ciertamente que la fragilidad de la buena señora era más aparente que real, sabiendo que crió ella sola a tres hijos, uno de los cuales es un renombrado pintor uruguayo...

En mi inconsciencia juvenil no me pregunté si realmente estaba sola esa mujer... Con el tiempo supe que no: la Virgen María la había acompañado en el viaje y seguía haciéndolo en el tiempo que conocí a la viuda y a sus hijos.

Uruguay conoció una historia parecida a la de España en la época prefranquista: supimos de las ganas de cambiar las injusticias, de luchar. Algunos por los medios pacíficos... otros por la violencia. Personalmente estuve entre los primeros. Pero tuve que irme a un país extraño, a una cultura diferente. Derrotado yo también. Cuando me enteré que era considerado "un peligro que debía ser eliminado", no sabía con quien compartir mi angustia, a quien decirle "me voy", "huyo", "ya no aguanto más el miedo y la prepotencia". Y una tarde crucé de Salto a Concordia y me quedé en la casa de mi comadre Ernestina, para luego seguir rumbo a Porto Alegre donde los Pobres Siervos de la Divina Providencia me esperaban con un trabajo...

Antes de irme, Ernestina me entregó una imagen pequeñita de la Virgen del Pilar ("la Pilarica"), mientras me explicaba:

- Me la dio doña Isabel Higueras, al irme de Uruguay. Cuando me la entregó me dijo: "Ella nos ayudó a llegar a Salto y me ayudó a educar a mis hijos. Solamente desprendete de ella cuando encuentres alguien que necesite una ayuda especial".

La Pilarica me acompañó en mi exilio y en mi desexilio, estuvo junto a mí mientras descubría mi vocación sacerdotal y mi vida de seminarista... Mons. Gotttardi me ordenó sacerdote y llegué a la parroquia de Reducto. Una de las primeras parejas que acompañé en su Sacramento del Matrimonio necesitó una gracia especial porque el novio tenía un diagnóstico de cáncer en el cerebro. Les entregué "mi" Virgen del Pilar y la providencia se produjo: no era cáncer sino algo totalmente curable.... Sólo les puse una condición:

- Entréguensela a alguien que necesite ayuda.

Dónde anda esa pequeña Pilarica no lo sé, pero seguramente la Virgen Madre está trabajando para hacer un milagro en estos momentos. Y -claro- será a favor de algún necesitado. Y si doña Isabel se enoja no me importa; lo que interesa es la esperanza en Dios que un objeto material puede ayudarnos a tener.

 

Pbro. Eduardo Minelli