El Testimonio que perdura

91. Optar por la vida que ha de nacer

Gianna Beretta nacía en Magenta (Milán) el 4 de octubre de 1922, décima de 13 hijos, de una familia profundamente cristiana que dio a la Iglesia dos sacerdotes y una religiosa. Estudió en la Universidad de Pavia de donde salió con el título de doctora en Medicina y Cirugía en 1949 y completó sus estudios especializándose en pediatría en la Universidad de Milán. Abrió un consultorio y su actividad se caracterizaba sobre todo por una atención muy especial a los niños, a las madres, a los ancianos, a los pobres. Solía decir: "Como el sacerdote puede tocar a Jesús, así nosotros los médicos tocamos a Jesús en el cuerpo de nuestros enfermos".

Se casó con el ingeniero Pietro Molla y tuvo tres hijos: Pierluigi, Mariolina y Laura. En el cuarto embarazo se le presentó un considerable fibroma en el útero y a los dos meses se hizo indispensable una operación quirúrgica. "Si hay que decidir entre mi vida y la de la criatura, no duden; elijan la suya", le dejó dicho a los familiares y al cirujano. El 21 de abril de 1962 dio a luz y nació Gianna Emanuela. Pero a los pocos días sobrevinieron graves complicaciones y el 28 de abril, entre fuertes dolores, murió susurrando: "Jesús te amo, Jesús te amo..." Ella misma había escrito y enseñado a las chicas de Acción Católica: "No se puede amar sin sufrir ni sufrir sin amar... No son las grandes penitencias las que santifican a las personas; el verdadero sacrificio agradable a Dios es aceptar la cruz diaria con amor y gozo. Amemos la cruz y recordémonos que no estamos solos para llevarla; es Jesús quien nos ayuda y en Él que nos alienta, todo lo podemos..."

Gianna fue beatificada en abril de 1994, en el Año Internacional de la Familia. El milagro que hizo posible su canonización fue el de una mujer que al tercer mes de embarazo había perdido el líquido amniótico, quedando el feto destinado a una muerte inevitable.

La mujer se encomendó a Gianna y sin explicación científica alguna, nació una niña hermosa.

Gianna Beretta, médica
(Umbrales 149, 31)

92. Hacia una era atómica feliz

Al final de su libro "Las campanas de Nagasaki" el doctor Takashi Nagai escribió: "¿La humanidad podrá ser feliz en la era atómica? ¿O será desdichada? ¿Cómo va a utilizarse esa arma de doble filo escondida por Dios en el universo y descubierta ahora por el hombre? Un uso correcto podría permitir un rápido progreso de la civilización, pero un uso inadecuado podría destruir el mundo. La decisión reside en el libre albedrío del hombre, que tiene su destino en sus propias manos... De rodillas entre las cenizas del desierto atómico, rezamos para que Urakami sea la última víctima de la bomba. ¡No más guerra! Sigamos el mandamiento del amor y trabajemos unidos".

Takashi Nagai, médico
(Umbrales 137, 31)

93. Incentivar el Voluntariado

Margarita Barrientos, nacida en Matará (Santiago del Estero) fue elegida mujer del año en 1999 por un jurado de 5.000 personas. No quiere que nadie le agradezca nada..."Lo que a mí me gusta es que me traten como a una persona más, gracias le tenemos que dar sólo a Dios. No tolero que a los chicos les pueda faltar algo... es la peor cosa para mí. Sean mis chicos o los de los otros. He sabido lo que es tener hambre, lo que es tener frío. Mi trabajo como voluntaria es emocionante. Hay que estar todos los días atendiendo a mucha gente, creo que todo lo que a mí me pasa está relacionado con la fe que le tengo a Dios... A veces mi marido me dice: ‘mirá Negra, falta tal cosa, o la leche para mañana no alcanza’. Y yo le respondo: ‘¡Dios proveerá!’ Y siempre viene alguien que nos trae lo que falta".

Margarita Barrientos, voluntaria
(Umbrales 123, 31)

94. Rescatar el papel del anciano

"El papel del anciano en la sociedad de hoy es contribuir para que la sociedad tenga más sabiduría y sepa aprovechar mejor los recursos naturales que tiene. Los adultos mayores pueden muchas veces dar su palabra y un consejo útil para las personas que realizan pequeñas y grandes obras. Creo que debemos acostumbrarnos a consultar a las personas más viejas sobre problemas que ellas vivieron y no supieron resolver de manera satisfactoria, porque les faltaron los consejos o los medios necesarios. El papel del anciano en la Iglesia siempre fue tan importante que sus jefes, en la antigüedad, eran llamados ancianos. O sea, anciano era casi siempre sinónimo de padre, pastor o jefe de la comunidad. Mi deseo es que los más jóvenes aprendan a comprender a los más viejos y les sepan dar vida y esperanza".

Paulo Evaristo Arns, cardenal
(Umbrales 137, 29)

95. Caminos de consagración temporal

"La posmodernidad nos cuestiona: ¿cómo es el joven que llega a la vida religiosa?, ¿qué se encuentra? Las características del joven de hoy a veces no coinciden con las de la institución, y eso supone un gran desafío para la vida consagrada: cómo entrar en diálogo y ayudar al joven a que fundamente su vida en el Reino. La actual situación política, cultural, ideológica es de una fragmentación muy fuerte, que no sólo viven los jóvenes. ¿Cómo se puede dar una experiencia de Dios en un mundo así? ¿Por qué el joven urbano no se acerca a la vida religiosa?

Luego está la cuestión del compromiso. Un joven busca un compromiso más temporal. De hecho, nos estamos planteando la apertura de la vida religiosa para que los jóvenes tengan experiencias de consagración temporal, tan válidas como las que tiene una consagración de por vida, o cómo lograr que en ese proceso de acompañamiento y diálogo el joven vaya descubriendo la capacidad de compromisos más estables".

Carmen Margarita Fagot, ex Presidenta de la CLAR
(Umbrales 136, 28-31)

96. Acrecentar el espíritu misionero

"Desde el inicio quería estar disponible a la misión; tanto a la misión acá, en campaña, como en la misión hacia afuera. Quien no está disponible acá tampoco es disponible para ir a grandes proyectos.

Si me preguntan qué fui a hacer a África, digo simplemente que fui a vivir con la gente, a aprender a vivir en medio de ellos. Contemplar al hermano con sus límites, con sus cosas tan diferentes a las nuestras y, en esa presencia, en ese caminar y vivir con ellos, uno va descubriendo la presencia de Jesús. La misión te ayuda a clarificar tu fe, en la medida que la entregás a otros, la clarificás y la fortificás.

En la medida en que crece como persona y se siente amado por Dios, el misionero es un servidor que ayuda a mejorar la ‘calidad de vida’ para que todos vivan una vida más digna".

Mercedes Plá, misionera franciscana
(Umbrales 67, 19-22)

97. Caridad y justicia

Dorothy Day (+1980) fue una mujer de fe extraordinaria y de un singular compromiso por las causas sociales más importantes de su tiempo.

"Hay varias familias con nosotros, familias tan pobres que viven en una miseria de magnitud increíble, y no se puede hacer nada más que amar. Lo que nos gustaría hacer es cambiar el mundo, hacer un poco más simple que la gente se alimente, se vista, y tenga un techo... Vemos el escándalo de sacerdotes que imitan el estilo de actuar de los ejecutivos, el escándalo de la riqueza colectiva de la Iglesia, su falta de sentido de responsabilidad por los pobres y los obreros... Había suficiente caridad pero demasiada poca justicia".

Dorothy Day, activista social
(Umbrales 136, 31-32)

98. La pobreza no es una fatalidad

Gustavo Gutiérrez, teólogo peruano, "padre de la teología de la Liberación", sotiene que la esperanza es un proyecto.

"La utopía tiene que ser construida. Sin eso, el futuro no llega; llegan, simplemente, las fechas... La pobreza no es sólo producto de una injusticia económica. Es por eso que empezamos a hablar de los pobres no ya como ‘insignificantes’, sino como ‘significantes’ socialmente. Una persona puede ser insignificante por razones económicas, porque no tiene un centavo en el bolsillo, por razones sociales, culturales o de género... La pobreza, en última instancia, significa muerte; muerte prematura, muerte injusta. Es lo que estamos constatando en el mundo de hoy. Otro elemento importante que nuestra reflexión busca desmitificar es que la pobreza no es una fatalidad; es una construcción humana. No es un destino; se trata de condicionamientos y, como tales, pueden cambiar".

Gustavo Gutiérrez, teólogo
(Umbrales 138, 26)

99. Solidaridad para vencer al Sida

En el año 2003, el p. Aldo Marchesini, misionero dehoniano y médico cirujano del hospital de Quelimane (Mozambique) se enteró que había sido afectado por el virus del Sida y envió a sus amigos del mundo entero una carta titulada: "Nosotros los seropositivos"

"He optado por no ocultar a nadie mi condición de seropositivo. Todos saben que soy médico y sacerdote y como tal soy aceptado y estimado por todos. Jamás uso mi prestigio de médico para presionar religiosamente. El Evangelio que yo predico es que Dios ama a todos independientemente de su religión; cada enfermo vale como persona y como tal Dios lo ama y lo ayuda. Por mi parte, trato de ser como Él y de esta manera pienso que lo estoy anunciando a Él en tierra de misión.

Como médico, muchas veces había tenido que comunicar a mis pacientes la noticia de que eran seropo-sitivos; era un deber delicado para mí y hasta me imaginaba a veces estar en su situación. Y ahora me daba cuenta que era yo el paciente. Sin embargo, no sentí angustia, ni rebelión, ni miedo; pero en mi interior se iba dando lentamente un desplazamiento. Tuve la sensación de ser el vagón de un tren que hasta aquel momento había viajado sobre los mismos rieles que los demás y que de repente se desviaba. Todo quedaba igual pero todo había cambiado, y para siempre. Ahora todos saben que el ‘padre’, el cirujano del hospital está haciendo el tratamiento contra el virus del Sida, que está bien y sigue trabajando como siempre. Ahora todos saben que la terapia es disponible para todos, es eficaz y por lo tanto no hay motivo para esconderse o no querer hacerse el test por miedo a conocer la verdad. Y aquí termina mi testimonio. La aventura interior continúa, pero me siento ahora en compañía de una multitud de otros seropositivos africanos... No me queda otra cosa que agradecer a Dios por haberme introducido en el medio de esta muchedumbre y haber dispuesto las cosas de manera que la semilla de la esperanza pudiera, en tan breve tiempo, transformarse en un gran árbol, un árbol que ofrece sus frutos a todos los que los necesitan."

Aldo Marchesini, misionero
(Umbrales 146, 29-30)

100. Seguir con umbrales

Cada número de UMBRALES que editamos es un gran esfuerzo, pero también una gran alegría, más aún cuando sentimos la cercanía y el apoyo de tantos amigos y amigas. Entre ellos don Marcelo, que los representa con esta carta que nos llegó al cierre de la edición. Con humildad la ponemos como una buena idea número 100.

Amigos: leyendo  el n° 149 de Umbrales estaba pensando en el n° 150 y por eso quiero felicitarlos, en su proximidad. No es la primera vez que les digo sinceramente el bien que hace esta revista en los que la leen, junto conmigo en este lugar lejos de toda comunicación importante a nivel mundial. Por experiencia, yo sé que hay muchos sinsabores en mantenerse mes a mes, en una línea editorial y de información, pero les digo que no hay que desanimarse ni bajar los brazos porque se hace un bien real... y a mucha gente. Un abrazo en unión de oraciones.

p. Marcelo Mendiharat, obispo.