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Nazaret era un pequeño pueblito, en un armonioso círculo de colinas que llega hasta el monte Tabor. Nazaret significa "la Flor", la flor pequeña y hermosa de los campos de Galilea. Era un pueblo pequeño y desconocido de unos 100 habitantes; pero repentinamente vio aumentar su población con los "refugiados" de Séforis, la antigua capital de Galilea destruida totalmente en el año 4 a.C., por Quintilio Varo, legado romano en la región de Siria. Las excavaciones muestran que Séforis fue una ciudad próspera, con una cultura judeo-helenística, con termas, un gran teatro, tribunales y puestos de recaudación de impuestos. Después de su destrucción y hasta la construcción, en el año 19 d.C., de Tiberíades, la nueva capital de Galilea, Nazaret tuvo un fuerte incremento poblacional llegando a los 2.000 habitantes. Tuvo una sinagoga importante y hasta baños públicos (termas). Muy probablemente el joven Jesús participó en la reconstrucción de Séforis, junto a su padre José, el carpintero, y creció en el ámbito de influencia elenística de esa ciudad: conocía las costumbres ciudadanas, el manejo financiero (Lc 19,11), la praxis judicial (Mt 5,25), las exhibiciones religiosas (Mc 7,6 y Lc 13,15). Algunos estudiosos sostienen que hasta sabía hablar griego común y algo de latín (ver conversación de Jesús con el centurión romano y con Pilato). De todos modos, cuando Jesús empezó a anunciar su "Buena Noticia" rehusó esta cultura ciudadana y se orientó a la gente humilde de los poblados (los evangelios ignoran polémicamente a Séforis y Tiberíades, las dos ciudades más importantes de Galilea). Para conocer más esta opción por los pobres de Jesús, tenemos que reconstruir la cultura popular que él aprendió en Nazaret. Por eso nos acercamos a María desde la faceta sencilla de la vida hogareña. Su casa, sus cosas, las tareas y los trabajos, los tiempos y las fiestas... María nos va a contar el Evangelio escondido, la Buena Noticia cotidiana de su vida en Nazaret.
LAS COSAS DE LA CASA La casa (beyit), que José preparó para María y para el niño que iba a nacer, estaba apoyada, un poco perforada, en la roca. María se sentía bien en la seguridad de la casa sobre la roca. Subía a la terraza al amanecer y al atardecer para meditar unos pequeños rollos que eran la preciosa herencia que le había dejado su padre Joaquín. Años después, cuando el niño Jesús ya iba a la sinagoga de Nazaret para aprender a leer la Sagrada Escritura con el rabino, María llevaba a Jesús a la terraza y le decía: - El que escucha la palabra de Dios es como una persona prudente que construyó su casa sobre roca. Cayó la lluvia, soplaron los vientos y se abatieron sobre la casa, pero no se derrumbó, porque estaba cimentada sobre roca... (Mt 7,24-26). La casa no tenía grandes ventanas sino pequeñas aberturas. La puerta de la casa era estrecha, baja, para dejar pasar a una persona, sin que se colase fácilmente el calor ni el viento... El abuelo Joaquín repetía siempre un dicho que parece un refrán: - Hay que entrar por la puerta estrecha, porque es ancha la puerta y espacioso el camino que lleva a la perdición, y son muchos los que van por allí. Pero es angosta la puerta y estrecho el camino que lleva a la Vida, y son pocos los que lo encuentran (Mt 7,13-14).
- No se enciende la lámpara para ponerla debajo de un cajón, sino encima del candelero, para que ilumine a todos los de la casa: ¡qué brille así vuestra luz ante los hombres, para que al ver vuestras buenas obras reconozcan a vuestro Padre de los cielos (Mt 5,15-16). - La lámpara de tu vida es tu ojo (tu criterio, tu sentido de vida, tu intención). Si tu criterio es sano, toda tu vida estará iluminada. Pero si tu criterio es malo, toda tu vida estará en tinieblas (Mt 6,22). Y cuando se agotaba el aceite, cuando de noche se apagaba por casualidad la lámpara... María siempre tenía guardado prudentemente un poco de aceite (cfr. Mt 25,1-13) y le restaba importancia a los breves momentos de oscuridad absoluta, recordando otra oscuridad mucho más temible: - Si la luz que hay en ti se oscurece, iqué terrible oscuridad habrá! (Mt 6,23).
María era una buena cocinera pero seguramente se hizo ayudar por Jesús para preparar el horno o la masa del pan. María amasaba el pan, como todas las mujeres. Y en la masa, el muchacho habrá visto el milagro de esa pizca de levadura. Generalmente la levadura era un poco de la masa fermentada de la hornada anterior... Y ese poquito de masa vieja hacía que toda la masa nueva, pastosa y compacta, se convirtiera, en el horno, en hogaza dorada y esponjosa. - El Reino de los cielos se parece a un poco de levadura que una mujer mezcla con gran cantidad de harina, hasta que fermente toda la masa (Mt 13,33).
- Ustedes son la sal de la tierra. Pero si la sal pierde su sabor, ¿con qué se la volverá a salar? Ya no sirve para nada, sino para ser tirada y pisada por la gente... (Mt 5,13). Pero al hacerse grande Jesús aprendió también el significado profundo de la masa nueva, limpia, sin contaminar que se preparaba para la noche de Pesaj después de haber quemado todo rastro de levadura vieja (Jaméz) que había en la casa. Esa masa limpia se usaba para preparar los panes ázimos (matzá), secos y sosos, pero puros, sin resto de lo anterior... - iCuidense de la levadura de los fariseos que es la hipocresía... (Lc 12,1).
LA SABIDURÍA DE LO COTIDIANO María como buena ama de casa, siempre convidaba al vecino, un buen campesino que los viernes de mañana siempre se ponía en la plaza a vender granos y hortalizas. María siempre le compraba algo y él con gran alegría le llenaba una medida rebosante. Agitaba bien la medida, para que se asentase el grano, y la ponía bien llena, hasta el borde. Y Jesús entendía lo bueno que es ser justo y generoso, y lo justo y generoso que es Dios.
Entre todas las cosas cotidianas, el milagro del pan tenía su origen en el campo bien cuidado del vecino. El grano de trigo sembrado para morir en el invierno, brotaba en primavera y se transformaba en espiga, para ser luego molido, amasado, para ser comido, para dar vida. María le mostró a Jesús, ya desde niño, el milagro portentoso de la naturaleza, y Jesús predicando luego por los caminos de Galilea, acabará entendiéndose a sí mismo como grano de trigo, como pan. - Si el grano de trigo que cae en la tierra no muere, queda solo. Pero si muere, da mucho fruto (Jn 12,24). Yo soy el pan de vida. El que come de este pan vivirá eternamente (Jn 6,51). En el día de su boda María había recibido de José un hermoso arcón de madera para guardar la ropa. De allí sacaba la túnica de trabajar, la de todos los días. De allí salían los sábados las sandalias nuevas y la túnica de fiesta... - Todo escriba convertido en discípulo del reino de los cielos se parece a un dueño de casa que va sacando de su arcón cosas nuevas y viejas (Mt 13,52). La terraza era uno de los lugares importantes de cada casa. Allí se trabajaba, se descansaba y se comía. En la fiesta de las Carpas (sukot) se levantaba una choza con ramas verdes y se vivía allí por una semana, para recordar los años de la liberación, vividos en las carpas en el desierto. En la buena estación se acostumbraba dormir en la terraza. María solía tejer en la terraza casi continuando la oración y la contemplación del amanecer. Era una hora de paz, acompañada sólo por el canto de los pájaros. Su especialidad como tejedora era hacer túnicas sin costura (Jn 19,23) que exigían mucha destreza y paciencia. Había preparado una hermosa túnica para José y estaba preparando una para los 12 años de Jesús y su primera ida a Jerusalén. Pero la ropa se gastaba. María remendaba sin duda muy bien, como han hecho todas nuestras madres y abuelas, aprovechando una prenda hasta que no vale más que para trapo. Pero no se podía poner un remiendo de paño nuevo y duro sobre el viejo paño gastado. Y Jesús veía su sociedad como un paño muy, muy gastado, que no iba a aguantar el proyecto nuevo del Reinado de Dios que él había inaugurado, el paño nuevo.
Y María le contaba a Jesús que algo parecido le pasó al tío Cleofás, que era el vinatero del pueblo, que echó vino nuevo en una vieja tinaja... y ésta se reventó. -No se pone vino nuevo en tinajas viejas, porque las tinajas se revientan y se derrama el vino. El vino nuevo, hay que ponerlo en odres nuevos, y ambos se conservan (Mt 9,17). Son tan viejas las tinajas de la Ley, las de los sacerdotes, las de la pureza legal que Jesús siente que su mensaje nuevo no cabe en ellas.
EL CUIDADO DEL CUERPO María, tan prolija y ordenada en las cosas de la casa y en sus cosas de mujer y de creyente, no permitía que nadie de afuera viniera a imponerle prescripciones complicadas. Entre los milagros del Creador explicó al niño Jesús el milagro del cuerpo, cuando crece y hay que cuidarlo, cuando come... y hasta en el baño, pensando qué mal pueden hacer algunas malas costumbres en el espíritu del hombre. A las personas no las hace malas delante de Dios lo que entra por la boca, sino lo que sale por la boca: ¡es eso lo que nos hace buenos o malos! ¿No saben que lo que entra por la boca va al vientre y se expulsa en el retrete? En cambio, lo que sale por la boca procede del corazón, y eso es lo que puede manchar a las personas. Del corazón salen las malas intenciones, los adulterios, los actos impuros, los robos, los falsos testimonios. Eso sí que nos hace buenos o malos, ¡pero comer sin el ritual de lavarse las manos no hace buenas o malas a las personas! (Mt 15,17-20). Alguna vez, sin duda, Jesús, como todos los niños, se habrá enfermado: una fiebre, una gripe, una mala digestión. Entonces venía el viejo médico de la aldea, que nunca quería cobrar sus visitas. María se disculpaba por haberlo molestado. Pero él contestaba con una sonrisa y decía: - No son los sanos los que tienen necesidad del médico, sino los enfermos (Mt 9,12). Y del viejo médico de Nazaret, Jesús aprendió a dedicar todo el tiempo que fuera necesario para curar y aliviar el sufrimiento de las personas, de cualquier persona: ricos, pobres, leprosos, hijos de jefes... cualquiera, sólo y simplemente porque necesitaba ayuda. LA NATURALEZA La sensibilidad y el cuidado de María se extendía fuera de su casa. José no tenía campo pero a menudo ayudaba a su cuñado Cleofás en la vendimia o en la cosecha. María y Jesús también. Todos en la familia estaban enamorados de la naturaleza, el maravilloso jardín de Dios. María le decía a Jesús que Dios se lucía al borde del camino y por los campos, en la belleza de las flores y en el canto de los pájaros. En el fondo de la casa (el Debir) María había plantado un jardincito enfrente al banco de trabajo de José. Allí se reunía la familia en intimidad todas las tardecitas. Cuando terminaba la estación de las lluvias y la higuera del fondo empezaba a brotar, anunciando la primavera (Mt 24,32), María se sentaba debajo de ella, y mientras hilaba o remendaba, conversaba con José, que al terminar su trabajo se entretenía enseñando alguna habilidad del oficio al niño Jesús. En su "Jardín del Debir" - así lo llamaba recordando el Debir del Templo (que era el lugar sagrado de la presencia de Dios)- María cultivaba los lirios campestres que daban el nombre a Nazaret. Ella estaba muy orgullosa de la belleza de esas flores. - Mira las lirios del campo, como van creciendo sin fatigarse ni tejer; y Dios los viste de manera que ni Salomón en todo su esplendor estuvo nunca tan bien vestido (Mt 6,28-29). - Mira los pájaros del cielo, ellos no siembran, ni cosechan, ni amontonan en graneros, pero el Padre de los cielos los alimenta (Mt 6,26). ¿No valemos nosotros mucho más? ¿No va a cuidarnos nuestro Padre de los cielos?
- No se recogen uvas de los espinos, ni se cosechan higos de los cardos. Un árbol bueno da buenos frutos. Un árbol malo, da malos frutos. Por sus frutos los conocerán (Mt 7,16-20). Pero la más sorprendente de todas las especies era la mostaza. El grano era muy pequeño, pero cuando germinaba era capaz, no sólo de ser un buen arbusto, sino de invadir un campo entero. - El Reino de los cielos se parece a un grano de mostaza que un hombre sembró en su campo. En realidad, ésta es la más pequeña de todas las semillas, pero cuando crece es la más grande de las hortalizas y se convierte en un arbusto, de tal manera que los pájaros del cielo van a cobijarse en sus ramas (Mt 13,31-32). María conocía los tiempos de la siembra del cereal, sabía del campo arado, de la explosión del verde en la primavera, de la mies dorada, de las espigas ralas junto al camino pedregoso, de las malas hierbas. Seguro que María le pidió a Jesús que ayudara a algún pariente o vecino, a escardar, limpiar, sembrar, y cosechar. Y también le enseñó a Jesús a observar la vida de la gente, ver su manera de recibir y responder a los desafíos de la vida, en lo que influyen las circunstancias y el modo de ser de cada uno. - El sembrador salió a sembrar. Al esparcir las semillas algunas cayeron al borde del camino y los pájaros las comieron. Otras cayeron en terreno pedregoso y brotaron en seguida, pero cuando salió el sol, se quemaron y, por falta de raíces, se secaron. Otras cayeron entre espinas, y éstas, al crecer, las ahogaron. Otras cayeron en tierra buena y dieron fruto: unas cien, otras sesenta, otras treinta. Y el que tenga oídos, que oiga (Mt 13,3-9). María madrugaba, saliendo de su casa para rezar en la terraza. Allí, antes de amanecer, veía la mies que rodeaba la pequeña propiedad de José. La brisa suave de la noche hacía a murmurar las espigas. En el pueblo brilla suavemente el parpadeo de alguna lámpara nocturna; el tío Cleofás, dueño de la mies, no es madrugador y prefiere trabajar hasta tarde después que ha bajado el sol. María reconocía el don gratuito de Dios en la naturaleza y le decía a Jesús: - La manera de actuar de Dios en nuestra vida (el Reinado de Dios) es como un hombre (el tío Cleofás) que sembró un campo: de noche se acuesta, de día se levanta, y la semilla germina y crece sin que él sepa cómo. La tierra por sí misma produce primero el tallo; después la espiga; y al fin el grano de trigo en la espiga. Cuando el grano madura, se aplica en seguida la hoz, porque ha llegado el tiempo de la cosecha (Mc 4, 26-29). Pero no eran todas rosas para el tío Cleofás. El tío era muy pacífico pero uno de sus peones se había enojado mucho con él porque durante una cosecha de algunos años atrás había contratado como jornaleros a una familia numerosa que estaba de paso en Nazaret. Entre ellos había un viejo muy simpático y dos muchachitos muy trabajadores. El tío les había pagado el mismo jornal que le pagaba al peón (Mt 20,1-16). María le contaba a Jesús que aquel peón se había ido a alistar como sirviente en los cuarteles de los romanos en Magdala, a la orilla del lago. Pero esto no fue todo, antes de irse cuando tío Cleofás ya había preparado los campos para la siembra, de noche sembró en el campo una semilla de un yuyo malo, la cizaña. Recién cuando el trigo estaba ya brotando y él se había ido se descubrió su maldad.
Al recordar este hecho, María repetía que con esa gente no hay que hacerse mala sangre. No es posible que su maldad logre envenenar también nuestro corazón. Pero sí hay que pedirle a Dios que nos envíe gente buena como aquella familia de jornaleros. Hay que bendecir y no maldecir a nadie, porque el Padre Dios,"hace salir el sol sobre buenos y malos y hace llover sobre justos e injustos" (Mt 5,45). Y también decía: "Sean misericordiosos y encontrarán misericordia" (Lc 6,36). Cuando la mies está dorada, Nazaret se anima y toda la gente disponible se desparrama por los campos: hay trabajo para todos y escasea la mano de obra: - La cosecha es abundante pero los trabajadores son pocos. Rueguen al dueño de la mies que envíe obreros para la cosecha (Mt 9,36-38).
EN EL FONDO DE CASA Si temprano en la mañana temprano prefería irse a la terraza para mirar el amanecer, por la tardecita María prefería ir al fondo de la casa, en su "Debir" a gozar del último sol y del aire fresco que bajaba de las no lejanas sierras del monte Tabor. Ese era el rincón más íntimo y más querido de su hogar. Allí tenía su pequeño "jardín cerrado" donde junto a la higuera tenía un cantero con hierbas aromáticas y medicinales: la mostaza, la menta, el hinojo, el comino, la ruda... y varias otras (Mt 23,23). Un rincón estaba reservado para las anémonas y los lirios de Nazaret. Pero también era el lugar donde se sentaba a coser, mientras conversaba con José que también tenía allí su taller de carpintero, en una bóveda bajo la escalera que daba a la terraza. También José cuidaba con esmero la privacidad y la prolijidad de ese patiecito que llamaban Debir. La palabra Debir significa "lo que está atrás". Era el patio o una piecita en el fondo de la casa. Pero con la construcción del templo esta palabra había pasado del lenguaje familiar al lenguaje del culto indicando la pieza del fondo del templo, el lugar más importante y secreto, el santo de los santos, donde se custodiaba el arca de la Alianza. Esta doble connotación de la palabra Debir gustaba mucho a María que consideraba el fondo de su casa como un espacio sagrado en el que se retiraba a menudo a rezar. Y a Jesús le decía siempre que debía cuidar también él, su propio Debir y crear en su corazón un espacio interior de intimidad con su Padre-Dios. El corazón era el verdadero templo y la morada de Dios. - Cuando ores, retírate en tu habitación (en tu Debir, en tu corazón), cierra la puerta y ora a tu Padre que está en lo secreto, y tu Padre que ve en lo secreto te recompensará (Mt 6,6).
UNA FAMILIA MUY UNIDA En Nazaret los parientes de María y José eran muchos, con muchos sobrinos y sobrinas. Los primos hermanos más próximos a Jesús eran Santiaguito, hijo del primer matrimonio de la tía María con el tío Alfeo (Mt 10,3) y Joset, hijo de su segundo matrimonio con el tío Cleofás (Mt 27,56 y Mc 15,40). Eran muy amigos también los primos Judas y Simón, hijos del tío Santiago que tenía un rebaño en las faldas del Tabor. A menudo María y José dejaban que Jesús fuera a la casa de la tía María y que allí se entretuviera con sus primos.
"¡Les tocamos la flauta y ustedes no bailaron! ¡Entonamos cantos fúnebres y no lloraron!" (Mt 11,17). Santiaguito tenía sólo un año más que Jesús pero su madre, antes de que cumpliera los 12 años lo había encargado de cuidar la viña que la familia tenía plantada en la falda de una colina no muy lejana. María a menudo invitaba a Jesús para que fuera a hacerle compañía a su primo que pasaba varias horas del día en la pequeña torre-vigía que dominaba la colina. Santiaguito era muy despierto y, todas las veces que una cabra u otro animal saltaban el pequeño murito que rodeaba el viñedo, bajaba corriendo con un bastón en la mano. Jesús corría tras él y luego lo ayudaba en todas las demás tareas del cuidado del viñedo. De su primo había aprendido el arte de la poda y a atar los sarmientos. Por supuesto, Jesús, María y José nunca faltaban a la gran fiesta de la vendimia que la tía María organizaba con esmero, invitando a todos los parientes y vecinos. También eran invitados en aquella ocasión algunos parientes de María que vivían en Caná a 13 km al noroeste de Nazaret. Era una gran fiesta de unidad familiar y vecinal que siempre quedará en el corazón de Jesús, como uno de los recuerdos más lindos de la infancia. Yo soy la vid y mi Padre el viñador. Él corta todos mis sarmientos que no dan frutos; al que da fruto lo poda para que dé más todavía. Permanezcan en mí, como yo permanezco en ustedes (Jn 15,1-4). Así empezó el Evangelio, la Buena Noticia de Dios en Nazaret, el poblado de María y de José. Muchas otras imágenes y anécdotas marcan la formación de Jesús, como las visitas que en el verano hacía a ese buen pastor que era su tío Santiago, y también los paseos de toda la familia al lago de Genezaret, para comprar el pescado salado que guardaban para el invierno... Eran historias de pastores (Mt 18,12; 25,31), de pescadores (Mt 13,47), de viñadores (Mt 21,33), de pequeños comerciantes (Mt 13,44-46), de dueños y criados (Mt 18,23; Lc 12,35 y 17,7), de fiestas populares (Mt 22,2-14; Lc 14,7-24). Olvidándose de Séforis y de Tiberíades, las capitales (vieja y nueva) de Galilea, Jesús se dirigirá en su misión itinerante a los poblados más chicos en los que se vivía la atmósfera paisana y campesina de la aldea de Nazaret. Recopilación del p. Quinto Regazzoni (agosto de 2004). |
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