TITO
SOLARI, ARZOBISPO DE COCHABAMBA
Bolivia en el
corazón de
sus pastores
Llegó
a Bolivia desde su Italia natal hace más de 30 años. Pasó sus
primeros años como párroco ‘en la floresta’, una etapa que
recuerda con nostalgia y cariño. En 1987 fue consagrado obispo auxiliar
en Santa Cruz de la Sierra, hasta que hace poco más de seis años
pasó a Cochabamba, una de las diócesis más grandes del país,
dispuesto a "asumir la realidad’ como único modo de
"redimirla".
+ En La
última Asamblea del Episcopado boliviano constataban que "la
pobreza sigue siendo el problema más agudo" en su país. ¿Cuáles
son sus principales manifestaciones?
- Sobre ocho millones
de habitantes con que cuenta el país, sabemos que sólo tres viven
en buenas condiciones. Cinco millones viven en pobreza; y de estos
cinco, tres millones viven con menos de un dólar al día. Hay ríos de
bolivianos que salen del país todos los días. En el aeropuerto ves a
decenas de familias saludando o despidiendo a un familiar en un mar de
lágrimas, de dolor, de sufrimiento por el hijo, por el esposo, por el
hermano... Hace algunos meses, fui a visitar una parroquia y, al
encontrarme con los chicos y chicas del último curso de bachillerato,
les dije: ‘Levanten la mano aquellos de ustedes que tienen el papá,
la mamá o algún familiar en el exterior’. La mitad de los alumnos
levantó la mano. Se está desgarrando el país, se está sufriendo
enormemente. Esto se ve también en la alta mortandad infantil, en los
chicos de la calle, en las manifestaciones de protesta de la gente que
no tiene pan, en el aumento de la delincuencia, del robo, de la
violencia en las calles... Éstas son algunas de las principales
manifestaciones de un país que está sin vida, que está perdiendo las
fuentes de su sustento diario.
+
¿Cómo se puede transmitir el mensaje cristiano de esperanza a este
pueblo sumido en el miedo, la intranquilidad, la desorientación...?
- Es muy difícil, pero ocurre
lo mismo que con un enfermo que está en la cama: a veces, cuando ve que
no hay esperanza de encontrar la paz, logra recuperar esa paz y hasta la
esperanza y la sonrisa en un signo de afecto y de solidaridad. Así
sucede con nuestra gente. Aunque esté sufriendo, aunque esté sin pan,
cuando ve que la Iglesia está cercana, se crea un clima de fraternidad,
de unión en las familias, un amor hacia el esposo que está fuera... Es
decir, faltando bienes materiales, la gente se enriquece y es capaz de
valorar, recuperar y estimular mucho más los bienes del espíritu: los
bienes de la familia, del afecto, de la solidaridad, de la cercanía, de
la comprensión.
+
¿Por qué los políticos bolivianos siguen sucumbiendo uno tras otro a
los mismos errores: corrupción, tentativas golpistas,
individualismo...?
-Durante muchos años, ha
sucedido eso, y la gente ha seguido esperando en sus líderes. Pero,
desde el año pasado, creo que la confianza en ellos ha caído
totalmente. A mí me impresiona, sin embargo, la confianza que tiene
este presidente, Carlos Mesa, porque él no ha sido un político, es un
historiador. Ha asumido el rol presidencial con mucha franqueza. Es un
gran comunicador, y ha ofrecido a la gente la claridad necesaria para
poder confiar en él, cosa que no ocurre con la clase política, que
tiene un nivel de apoyo popular del 10%. Cuando los obispos le
preguntamos si no pensaba aliarse con los partidos para abrir una
perspectiva política más estable y efectiva, nos contestó que el día
en que él se acerque a un partido, la confianza de la gente bajaría
inmediatamente de un 70% a un 10%. Lo que la gente espera ahora es que
cambien los partidos, que surjan nuevos líderes, con nueva mentalidad.
+ Usted
fue hace algunos años uno de los grandes protagonistas de la llamada
‘guerra del agua’. ¿Qué supuso aquel episodio para Bolivia?
- La guerra del agua fue un
fenómeno social de mucha relevancia. Supuso la ruptura de un acuerdo
con una transnacional que pretendía aprovecharse de la situación de la
gente y utilizar uno de los recursos más vitales para el pueblo como si
fuera un bien comercial. El mensaje fue claro: el agua nos
pertenece a todos, no puede ser objeto de comercio. Aquel episodio
puso de manifiesto la honestidad y la fuerza de la gente a la hora de
tomar conciencia de la realidad, y cómo, cuando se trata de un bien
común, debe unirse y luchar por la causa que sea necesaria.
+
¿Está sucediendo lo mismo con el gas?
- El caso del gas es distinto.
Evidentemente, es un bien comercial, pero las grandes empresas
transnacionales no pueden violar los derechos fundamentales. El gas es
un recurso que el Señor ha puesto en Bolivia y que, en primer lugar, tiene
que beneficiar a Bolivia. Hay que respetar las leyes
internacionales, los pactos, pero si vemos que no son justos, tenemos el
derecho de romperlos. El gas tiene que ser el recurso que ponga al país
en condiciones de tener una vida digna. Es un bien que va a beneficiar a
todos, que no puede ser objeto ni de las corruptelas de los partidos, ni
de las transnacionales, sino, en primer lugar, de la gente que más lo
necesita. Y queremos hacerlo dentro de un marco democrático de
diálogo, también con las transnacionales, pero un diálogo que respete
los derechos, que no esté sujeto sólo al que más manda y que impone
sus condiciones. El pobre exige que se respeten sus derechos para
conseguir sus bienes. En esta situación, la Iglesia ha optado por
estar al lado de los pobres, al lado de la justicia, al lado de los
que quieren hacer una política para el bien común, no de intereses de
partido.
+
¿Y qué me dice de la coca, otra de las grandes fuentes de ingresos
del país?
- La coca forma parte de otro
contexto. La coca ha sido la fuente de vida, de ganancia ilícita, para
miles de familias cochabambinas que se han aprovechado de ella, pero
sobre todo ha sido motivo de esperanza, de supervivencia, para muchos
campesinos. Lo que ocurre es que, al final, la coca la aprovechan sólo
unos pocos. Quisiera que la gente corriente viera las imágenes que yo
he visto cuando he ido de visita pastoral a las diversas comunidades de
cocaleros: entre miles de personas, no se ve ni una sola gorda; gente
descalza y vestida con trapos, también el día de fiesta; niños
que tienen cara de no haber comido lo suficiente, que no pueden ir a
clase... Estas imágenes dejan claro que han empleado la coca para
sobrevivir, que no se han beneficiado de ella y que, en todo caso, han
sido utilizados muchas veces por los narcotraficantes y hasta por los
propios políticos. Y la Iglesia denuncia lo que no es correcto (la
ilegalidad de producir cocaína), pero también reclama los derechos de
la gente, que tiene derecho a vivir.
Por todo ello, la
Iglesia en Bolivia no puede no estar presente. Hemos optado por los
pobres, para asumir la realidad, que se redime sólo cuando se asume;
hemos optado por sembrar y encarnar el Evangelio en las realidades de
todos los días; hemos optado por ser parte de la vida del país.
+ Un
estudio reciente revelaba la existencia en Bolivia de más de un millar
de menores explotados sexualmente.
Laboralmente, supongo que son más. ¿Qué está haciendo la Iglesia en
este campo de la infancia?
- Hay ONGs que se dedican con
competencia y profesionalidad a la atención de los niños de la
calle, pero es la Iglesia quien, en Cochabamba o en Santa Cruz, se ocupa
de ellos. Es cierto que un gran número vuelve con su familia o es
recogido en instituciones que procuran reemplazar a la familia,
pero es la Iglesia la que está sacándolos adelante. Acabamos de
inaugurar un centro en Cochabamba, y tenemos varios operadores en la
calle. Estamos abriendo ahora otros no sólo para los niños, sino para
mujeres que viven en la calle, para ancianos que duermen en las veredas,
para los que escarban en los vertederos de basura... Pero también
estamos con los terminales, los discapacitados, los huérfanos... Son
centenares, miles de niños los que estamos atendiendo... La Iglesia
sigue amando al pobre y acompañándolo, allá donde se encuentre y en
todas las situaciones. El estudio decía que en Santa Cruz eran 1.400
los niños explotados.
Pues bien, un alto
porcentaje de ellos lo hace simplemente por motivos de supervivencia.
Muchas chicas entregan su cuerpo porque no tienen pan para llevar a
casa. A veces, incluso, los mismos padres son quienes las empujan a
hacerlo para sobrevivir. Es muy triste todo esto.
+
Aparte de la compleja realidad boliviana que acabamos de examinar, en su
última Asamblea abordaron un tema de vital importancia para la Iglesia:
la formación en los seminarios. ¿Cuál debe ser el perfil del
sacerdote del futuro?
- Las características del
sacerdote del futuro deben evidenciar las actitudes fundamentales de
Jesús. Por ejemplo, una profunda actitud de servicio, sobre todo
a favor de los más pobres, de la gente necesitada, tiene que ser
siempre una bandera. Otro rasgo importante tiene que ser una grandísima
apertura del corazón y de la mente a todo lo que representa la
cultura que sobreviene, una grandísima capacidad de dialogar, de
entender esta cultura, de no tener miedo a ningún fenómeno cultural,
de ser capaces de poner la Palabra de Dios en todos los eventos (de tipo
ético, político, social).
Necesitamos sacerdotes
bien formados y educados en una mentalidad crítica frente a lo
que pueda acontecer. Hoy no podemos seguir esquemas fijos. Todo es
cambiante. Hay que tener también un gran amor a la gente y a
todo lo que ella produce o que es parte del ser humano, amor para poder
comprender en profundidad las cosas y no juzgarlas superficialmente. Y
también una gran cohesión y unidad en el seno de la Iglesia,
para que haya una gran fraternidad, para mantener el clima de
entendimiento, de reflexión y de diálogo, para mantenernos vivos, sin
miedos, sin defensas y con libertad de espíritu.
José Luis Celada
(extractado de Vida Nueva n.
2.431)