ANTONIO CELSO DE QUEIROZ

El mundo necesita profetas

Antonio Celso de Queiroz tiene 70 años. En 1975 fue obispo auxiliar de São Paulo -la mayor diócesis de Brasil- colaborando con el inolvidable card. Paulo Evaristo Arns. En el año 2000 fue nombrado obispo de Catanduva, en el estado de São Paulo, y en estos momentos ejerce la vicepresidencia de la CNBB. Hoy, Celso de Queiroz es uno de los principales líderes de la Iglesia brasileña y su vida siempre ha estado vinculada a la defensa de los más excluidos por la sociedad. Este hombre amable y simpático, se muestra convencido de que la Iglesia tiene que recuperar el valor de la acogida y que el mundo nunca ha podido vivir sin profetas.

¿Cuál es su evaluación hasta ahora del gobierno de Lula?

- Creo que... los obispos perciben que los desafíos son mayores de los que el gobierno, en un primer momento, creía. En la CNBB hemos tenido contactos, con cierta frecuencia, con distintos responsables del gobierno y vemos que, realmente, la situación del país con la que se ha encontrado el Ejecutivo brasileño es muy precaria. Para poner un ejemplo: a nosotros nos parecía que el anterior gobierno tenía más o menos solucionado el problema económico del país y que lo prioritario para centrarse era el problema social. Pero la verdad es que la situación de la economía no estaba resuelta y el gobierno tuvo que retroceder y mirar atrás para planificar mejor. De cualquier forma, lo que sí constatamos es que las cosas van más despacio de lo que nosotros pensamos que debería ser.

Un aspecto positivo del gobierno de Lula es que se ha buscado el diálogo con la sociedad. Para mí, antes había una cierta actitud de soberbia. Los dirigentes parecía que sabían de todo, conocían todo. Hoy, el gobierno dialoga con los distintos sectores de la sociedad. Por desgracia, el Poder Legislativo y el Judicial no se han renovado de la misma manera; en realidad, no se han renovado nada y creo que eso no es bueno. Otro aspecto muy positivo en el gobierno de Lula es el haber percibido que ningún país sale solo de la crisis. No podemos negar la globalización, pero sí podemos atacar sus aspectos más negativos. El actual gobierno brasileño ha buscado en el escenario internacional crear las condiciones adecuadas para firmar tratados y acuerdos que eviten la dependencia única de Estados Unidos. Busca mejorar las relaciones con la Unión Europea y está abriendo nuevas relaciones con Rusia, China y algunos países africanos.

El Movimiento de los Trabajadores Sin Tierra (MST), desde el pasado mes de abril, ha intensificado las ocupaciones de tierras para sobrevivir. ¿Qué significa esto y qué cree que impide hacer una auténtica reforma agraria en Brasil?

- El problema agrario en Brasil es algo que viene de muy antiguo. Somos uno de los pocos países en el mundo que se ha industrializado sin hacer la reforma agraria. La estructura agraria es completamente arcaica, y convive con una realidad industrial moderna. Durante el tiempo en que la industria estaba bien, con una importante expansión en varias zonas de nuestro país, los campesinos encontraban trabajo en las ciudades con cierta facilidad. Hoy en día, eso ya no existe. En todo el mundo, el sector de la industria está en crisis. Por eso, más que nunca, es preciso hacer la reforma agraria. Sin embargo, no pensamos que ésta sea la solución para el problema del campo, que sea simplemente una cuestión de propiedad familiar. Sabemos que hay áreas de enormes extensiones de cultivo, algunas en manos de empresas extranjeras, que son en las que se consiguen las grandes producciones. Y es urgente crear un tipo de agricultura que genere empleo, condiciones de vida dignas para una inmensa masa de gente que se aglomera en torno a las ciudades y que es originaria del campo.

Al mismo tiempo debemos pensar en la agricultura familiar. No simplemente en la distribución de tierras, sino en la creación de condiciones para ese tipo de explotación agraria, a la que tiene que seguir una determinada política agrícola. Por desgracia, los gobiernos brasileños, desde la década de los 80 del siglo pasado, han prestado atención casi exclusiva a la agricultura dedicada a la exportación, con el fin de recaudar divisas que van destinadas al pago de la deuda externa. Todo el problema agrario ha sufrido un retroceso. Por supuesto, nadie está a favor de que se invada la tierra del otro, pero hay que comprender que eso no se hace por placer o por el deseo de iniciar una guerra civil. Esto se hace porque casi no hay otro remedio, para mostrar un poco de fuerza, ya que las élites gobernantes se muestran insensibles ante un problema que se prolonga desde hace siglos.
Actualmente, los gobernantes no son parte de esa élite que gobierna el país desde 1500...
Pero parece que la herencia del compromiso de pagar la deuda externa sigue impidiendo que se le dé al tema la verdadera importancia que tiene.
Es verdad que por primera vez, un gobierno ha hecho un plan real de reforma agraria, aunque ya se ha visto reducido desde su propuesta original.

La posmodernidad presenta desafíos a la sociedad y a la Iglesia. La crisis de las instituciones, el individualismo, la influencia decisiva de los medios de comunicación, el consumismo, etc., diseñan un escenario desafiante al anuncio del Evangelio... En su opinión, ¿cuáles son las respuestas y los caminos que la Iglesia debe ofrecer a los hombres y mujeres de hoy?

- Ése ha sido uno de los temas centrales de las directrices marcadas por la Conferencia Nacional de los Obispos de Brasil. La Iglesia apuesta mucho por las personas y debe ir en su búsqueda, más que esperar a que ellas vengan hacia la Iglesia. Por esto, hablamos tanto de la necesidad de una actitud misionera, evangelizadora, pero muy conectada a la acogida de todos los seres humanos. Precisamos reaprender esa virtud de la acogida. La Iglesia Católica se ha instalado, se ha acomodado, como mayoría, como la religión tradicional y ha sido sorprendida con toda esa pluralidad. Es mucho más un pluralismo cultural que religioso. Por eso, hemos buscado ser una Iglesia que se descentralice, que se reúna en los hogares, en los barrios. Es lo que llamamos la "red de comunidades"; un nuevo modo de ser Iglesia, que las Comunidades Eclesiales de Base empezaron hace varios años. Por otro lado, hemos empezado a valorar la formación de ministros y ministras laicos. Eso porque, lamentablemente, la estructura de la Iglesia aún depende mucho de los sacerdotes. Y así, donde no hay cura, no hay Iglesia Católica. Hemos luchado para construir una Iglesia que no dependa tanto del cura, porque la población ha aumentado mucho más que el número de sacerdotes, sobre todo en las grandes ciudades y en las fronteras, como el centro-oeste y la Amazonia. En esas áreas, las religiosas tienen un rol muy importante, y hemos luchado por crear ministerios laicos, reconocidos por las comunidades, para que puedan animar y cuidar a esas comunidades.

¿Cuál es hoy el papel de la CNBB y de los obispos en la sociedad brasileña?

- La Iglesia Católica sigue siendo la institución que ofrece más confianza a los ciudadanos, según todas las encuestas hechas por institutos de la sociedad civil. La CNBB continúa siendo respetada y admirada. En todos los momentos de la historia de Brasil, en las últimas décadas, ha salido de los obispos la voz más fuerte en defensa de los más débiles. Actualmente, por ejemplo, somos la voz de los indígenas, somos casi los únicos que estamos defendiendo sus derechos. Lo mismo ocurre con los niños, con la juventud... Es cierto que hay algunos aspectos en los que los obispos no somos comprendidos, porque nuestras palabras chocan con los valores de la sociedad permisiva de hoy. Estamos seguros de que, con firmeza y calma, vamos a seguir proclamando lo que creemos que es lo mejor para la dignidad humana y para la defensa de la vida.

En su opinión, ¿hacia dónde camina el mundo con estos terribles conflictos que estremecen el planeta, junto a la creciente hegemonía de Estados Unidos y el avance del terrorismo internacional?

- La gente se asusta con todo esto, es verdad. Sin embargo, nunca tantas fuerzas vivas han surgido, brotado, en todos los lugares. No sólo brotan, sino que también se unen y ponen en común sus esperanzas. Un ejemplo es el lema del Foro Mundial Social: "Otro mundo es posible". Creo que no es la primera vez en la historia de la humanidad que parece que estamos frente a una catástrofe final. Veo que el gran reto es ése: creer que otro mundo es posible. Y darnos cuenta de que ha llegado la hora, más que nunca, de tomarnos las manos y caminar juntos.

La historia nos demuestra que nunca ha "prometido" que en el camino únicamente vamos a encontrar flores. La historia siempre ha sido gloriosa y dolorosa.

Creo, también, que el mundo occidental precisa acostumbrarse a mirar hacia el mundo musulmán, no como un mundo único, donde todos son fundamentalistas o terroristas. Si así fuera, también ellos podrían haber mirado hacia el mundo occidental, culturalmente cristiano, en el tiempo del nazismo, como si todo el occidente fuese nazi y racista. Tenemos que abrirnos a un diálogo intercultural para una aceptación de que nadie ha sido llamado a comandar el mundo; nadie ha sido llamado a hacer un mundo según su imagen.

Dios ha hecho a la persona humana a su imagen y semejanza. Ha sido el único capaz de hacerlo, pero ningún mundo ha sido hecho a imagen y semejanza de Dios. Así, nadie tiene esta capacidad y tenemos que alejar cualquier tentación de un liderazgo que quiera imponerse así.

¿Qué es ser profeta en el mundo de hoy? ¿Puede citar algunos hombres y mujeres que ejercen su papel profético en la actualidad?

- El mundo nunca ha podido vivir sin profetas. En muchas ocasiones, el profeta es reconocido mientras está vivo, o apenas después de muerto. Otras veces no se le reconoce o no se quiere que se le reconozca. En cualquier caso, nadie niega, por ejemplo, que Gandhi sigue siendo un profeta; nadie niega que Juan XXIII sigue siendo un profeta, o que san Francisco de Asís es un profeta actual. Digo lo mismo de la Madre Teresa de Calcuta y también de nuestro papa, Juan Pablo II, que ejerce una misión profética en muchos aspectos. En Brasil, todos reconocen que el card. Paulo Evaristo Arns fue y sigue siendo un profeta en nuestro universo, por citar sólo uno. Creo que el profeta es aquel que ve más adelante de los acontecimientos, de las situaciones y es capaz de transmitir esperanza al mundo. Porque, ver más lejos sólo y no transmitir esperanza no es profetismo. Pero siempre es difícil citar nombres... Cada país y cada Iglesia particular tendrá sus propios profetas, pero una cosa es bien segura, que estarán entre la gente humilde, entre los laicos y laicas, entre los sacerdotes, entre quienes han sido reconocidos como tales por el pueblo.

Graziela Cruz

(extractado de "Vida Nueva" n. 2.434)