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11. La vida interior la vida Ya desde los primeros años de vida nos damos cuenta de que somos algo más que la pura exterioridad de nuestro cuerpo. Hay una personalidad interior que necesita ser alimentada y crecer. ¿Cómo percibo mi "vida interior", la profundidad de mi ser? la palabra
"El Espíritu viene en ayuda de nuestra debilidad porque no sabemos orar como es debido; pero el Espíritu intercede por nosotros con gemidos inefables. Y el que sondea los corazones conoce el deseo del Espíritu y sabe que su intercesión en favor de los santos está de acuerdo con la voluntad divina" (Rom 8,26-27). El mayor don de la Redención es permitirnos vivir en el Espíritu de Dios. Porque el Espíritu es la ternura derramada de Dios. Es Dios dándose por entero, comunicándose, saliendo al encuentro, acompañando, trabajando por dentro, con paciencia, cambiando el corazón en un trabajo lento, de alfarero, creando en nosotros un corazón de carne, tejiendo, esperando, buscando, liberando, dando vida, uniéndonos... amándonos. Con un trabajo suave y paciente, el Espíritu nos enseña a orar. Es un faro en lo profundo de nuestro corazón que ilumina, a veces como un fogonazo, pero habitualmente con la lámpara pequeña de un minero, que sólo ilumina el próximo paso en el camino de la vida. Es una brújula que marca el norte y nos guía al encuentro. Es el que nos ayuda a acercarnos a los "secretos" de Dios, el que limpia nuestra mirada y nos hace descubrir otras dimensiones insospechadas. Es el regalo de la sabiduría de Dios. El Espíritu ora en nosotros. Ante las situaciones de confusión y de duda, ante los momentos de oscuridad y de luces que nos deslumbran, Él nos lleva al encuentro y nos orienta en la acción. Por eso, el mejor camino para la oración, más allá de las palabras, es dejar que el Espíritu se haga cada día más fuerte en nuestro interior y que afine nuestra sensibilidad para hacerla cada vez más semejante a la de Jesús, más cercana a la voluntad del Padre. Permanecer en el Espíritu de Dios, es reconocernos hijos adoptivos de Él. Es saber que solos no podemos construir el Reino. Necesitamos cultivar una relación filial con Él. Abandonarnos, como lo hacen los niños, sabiendo que Él nos sostiene, nos cobija y nos anima en nuestro diario vivir. Y decir desde lo más hondo de nuestro corazón: "Abbá, Padre" todas las veces que nuestro espíritu lo necesite (cfr. Rom 8,15). El dinamismo del Espíritu Santo nos renueva constantemente y pule en nosotros suavemente nuestras imperfecciones para transformarnos en seres íntegros. Sabemos que la tarea no está del todo cumplida tanto a nivel personal como a nivel social, pero oramos y trabajamos para que la transformación sea de toda la persona y abarque todos los sectores de la vida. el compromiso
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