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4. El llamado de la vida la vida La vida es un llamado a la plena realización de cada persona. Todos somos llamados a ser alguien. ¿Cómo vivo mis proyectos y mis sueños, cómo los realizo? la palabra
"Una voz me dijo:
Levántate, hijo de hombre porque voy a hablarte. Cuando me habló, un espíritu
entró en mí y me hizo permanecer de pie, y yo escuché al que me
hablaba. Y él me dijo: Yo te envío..." Cuando se habla de un profeta muchas veces se piensa en personas extraordinarias, con capacidad de adivinar el futuro. Sin embargo, es más acertado saber que profeta es el que "anuncia", que pro-fiere (pro-feta) la palabra de Dios sobre el presente, sobre los acontecimientos de la historia y orienta desde esta palabra el futuro. Pero lo más importante es que el profeta es ante todo y sobre todo, alguien que ha sido "alcanzado" por el Espíritu de Dios. Él es quien lo pone de pie y lo envía. La primera experiencia de los profetas es la de sentir su vida y su interior revolucionados, trastocados, alcanzados por el Espíritu. Descubren una llamada, una fuerza, una invitación que no nace de ellos mismos y que, en la mayoría de los casos, les trastorna la vida. Por eso, en los profetas siempre hay una experiencia de lucha contra este Espíritu que los impulsa. Se sienten pequeños y pobres ante la misión que se les encomienda. En la vocación de los profetas están presentes las excusas, los temores, la conciencia de la propia debilidad. "Soy un muchacho -dice Jeremías-, ¿cómo voy a cumplir la misión que me pides?". Es una lucha de fe que sólo se vence cuando se acepta confiar en la Palabra de Dios que promete su presencia. Dios dice que no importa que seas muy joven, ni que no tengas tal o cual capacidad. "Yo estaré contigo y pondré mi palabra en tu boca" (Jer 1,4-9). La misión del profeta es una misión de Dios. Él es quien garantiza, con su Espíritu, su buen término. La invitación que Dios hace al profeta (su vocación) es a dejarse tomar y mover por su Espíritu: prestar al Espíritu de Dios, sus labios, su cuerpo, su vida, como instrumento. En el Credo, hablamos del Espíritu de Dios como aquel que "habló por los profetas". Desde Jesús, todos los bautizados estamos invitados a ser profetas, a dejarnos alcanzar por el Espíritu de Dios, a leer la realidad con sus ojos y anunciar la Palabra de Dios. Porque una vez que el Espíritu de Dios alcanza a una persona, no es posible vivir sin anunciar la buena noticia de la presencia y el amor de Dios, a tiempo y a destiempo. En la vida cotidiana necesitamos descubrirnos invitados a ser profetas, a dejarnos alcanzar por el Espíritu de Dios. Hay muchas realidades donde es preciso anunciar la presencia de Dios, y muchas también en las que es preciso denunciar su ausencia y proponer caminos de encuentro.El Espíritu de Dios busca labios y corazones donde poner su palabra, para hacerla llegar al que la necesita y no ha podido escucharla.
el compromiso
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