5. Un corazón para mi pueblo

la vida

Las ganas de cambiar el mundo y de construir una civilización nueva, no faltan. Pero constatamos nuestros límites y además no sabemos bien por dónde hay que empezar. ¿Cuál es mi arranque, mi punto de partida? ¿Cómo hago para superar mis límites?

la palabra

EL ESPÍRITU NOS PURIFICA

"... Les daré un corazón nuevo y pondré en ustedes un Espíritu nuevo... Ustedes serán mi pueblo y yo seré su Dios" (Ez 36,24-30).

Ya llega el día en que el Señor pactará una nueva alianza. Una alianza que funda un nuevo estilo de relación entre Dios y los hombres.
El nuevo pacto supone la apertura del corazón, un corazón nuevo para que Dios inscriba en él la ley de su amor. A partir de este gesto es que nos constituimos en el pueblo de Dios y reconocemos en el Señor al Dios de nuestras vidas. Se trata del anuncio de la comunión plena. Es la promesa que Dios nos hace por boca del profeta Ezequiel: un corazón nuevo para vivir en la comunión con Dios.

Y en esta promesa, Dios nos infunde su Espíritu. Él está siempre presente, invitándonos a vivir la Palabra y la acción de Dios en nuestra vida. Él es la acción de Dios que nos revela su amor y su presencia constante. Nos anima y nos impulsa a acoger su proyecto, a hacernos parte de la alianza. El Espíritu nos invita constantemente a dejarnos seducir por el amor de Dios. No importa lo que hagamos. En esto se diferencia del amor humano: el amor de Dios no es condicionado. En todo momento, el Espíritu Santo nos da la pauta de entrada al pacto con Dios. Él nos infunde la esperanza de saber que existe una forma plena de vivir y de amar, al estilo de Jesús.

Por ello esperamos la llegada del Día del Señor, el día del reencuentro pleno con nuestros hermanos para ir con Jesús, mediante el Espíritu Santo, a vivir la comunión perfecta en el corazón del Padre. Ya no habrá normas externas que nos obliguen, sino que la ley inscripta por Dios brotará de nuestros corazones.

La ley de Dios no se inscribe en los corazones automáticamente o por acto de magia. Es fruto de una purificación, que incluye un acto voluntario de volver a Dios. El Padre ya ha comprometido su palabra; Él no revoca sus promesas. Sólo falta el asentimiento de cada uno de nosotros. Sin una apertura verdadera del corazón no es posible que la voluntad de Dios se inscriba en él. En el fondo se trata de ser dóciles al Espíritu de Dios, y dejar que nos guíe por el camino del amor.

el compromiso

1. ¿Cómo me preparo y me "purifico" para la llegada de Dios a mi vida?
2. ¿Cómo descubro por el don del Espíritu mi pertenencia al pueblo de Dios?

 

Oración

Espíritu Santo, 
amor manifiesto de Dios Padre,
enséñanos a estar dispuestos
a tu llamada.
Danos un corazón nuevo
y purifícanos 
de todas nuestras impurezas e ídolos.
Muéstranos el camino
que conduce al Padre
para que podamos gozar,
todos juntos,
de la plenitud del Reino.
Amén.

 

Las imágenes del invisible

 

EN LA BIBLIA el pueblo de Dios experimenta la presencia del Espíritu como una fuerza divina.
Para nombrarlo se usan símbolos e imágenes
que manifiestan su acción y presencia.

Soplo: dador de vida. Gén 1,1-2; Gén 2,7; Jb 33,4.

Agua: purificación, vida.  Ez 36,24-27; Is 44,3-4.

Fuego: luz, energía, calor.  Éx 3,2; Éx 13,21; Jer 20,9.

Aceite: consagración. Éx 30,22-30; Lev 8,10; 1Sam 16,13.

Nube: presencia, guía.  Éx 24,15-16; Éx 33,8-10; Éx 40,36-38.

Paloma: paz, fidelidad. Gén 8,8-12; Is 38,14.

Viento: fuerza, poder. Ez 37,9; Gén 8,1; Éx 14,21.

Sello, marca: pertenencia.  Cant 8,6; Éx 13,16.

Jesús nos revela al Espíritu Santo;

nos habla de él como una Persona igual al Padre y al Hijo, y se refiere a él dándole diferentes títulos. El Nuevo Testamento también nos habla de la realidad del Espíritu usando los mismos signos que el Antiguo Testamento. Copia las citas resaltando en cada una el signo que representa al Espíritu:

Jn 3,8; Mt 3,11; Lc 12,49.