7. La opción de vida

la vida

Las ganas de vivir nos llevan cada día a "hacer las cuentas" con distintas opciones que se nos presentan. Tener una opción fundamental de vida, saber a qué apuntamos, facilita la tarea cotidiana de elegir lo mejor para mí y para los demás. ¿Tengo bien clara mi opción de vida? ¿Cómo deseo vivir?, ¿en dónde estoy parado?, ¿para qué lucho...?

la palabra

EL ESPÍRITU, DADOR DE VIDA

"El Espíritu Santo descenderá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra..." (Lc 1,35).

El Evangelio de Lucas nos cuenta que la maternidad de María de Nazaret es especial. A Dios le bastó la actitud verdaderamente libre y alegre de María para hacer su voluntad al aceptar ser la madre de su Hijo, con todas las consecuencias de esta misión.

María escucha con atención la proposición del ángel. Dialoga con él, pregunta y discierne. Entonces declara: "Aquí estoy, yo soy la servidora del Señor". Ella sigue los planes de Dios y se deja guiar por el Espíritu. María escucha en la intimidad de su ser la voluntad del Padre; recibe y acepta gozosa, en su historia concreta de Nazaret, la acción del Espíritu Santo: se deja conducir y habitar. Ella es "su casa", y vive a tal extremo la presencia de Dios en su vida, que la hace carne de su carne en la persona de Jesús. María asume en plenitud su fe, su esperanza y el amor de Dios que viene a su encuentro en el Espíritu Santo, que abraza su vida y la de Israel, para forjar un nuevo pueblo.

María, mujer de Nazaret, madre de Jesús y esposa de José, está comprometida, para siempre, en la misión salvífica: dar vida, y vida en abundancia. Toda su existencia girará en torno a Jesús, el Mesías, el Dios con nosotros.

Lo maravilloso de esta intimidad es su continua integración de los demás, comenzando por los necesitados y los marginados. Visita a Isabel, recibe a los pastores, enfrenta el exilio, peregrina con su pueblo, trabaja con humildad...

La experiencia de María engendra otro hecho portentoso: el Espíritu Santo ha venido para quedarse y transformar su vida, y la de todos aquellos que, en lo profundo de su ser, estén dispuestos a escuchar la voluntad del Señor, acogiendo con generosidad la acción de su Espíritu. Esto es lo que nos une verdaderamente a Jesucristo, todos los días y en todas las cosas que vivimos. Esta certeza es la que hace cantar a María el cumplimiento de las promesas de Yavé a Israel y decir: "El Señor hizo en mí maravillas".

El Espíritu Santo está en nosotros. Podemos vivir al amparo de su sombra y ponernos íntegramente en sus manos, dispuestos a ser acompañados, transformados y amados por Él, que habita en lo íntimo de nuestro ser y de nuestra historia.

 

el compromiso

1. ¿Cuál es mi disposición o mi actitud de escucha, para dejarme conducir por el Espíritu de Dios?

2. ¿Qué maravillas ha hecho el Señor en mí, y en mi comunidad?

 

Oración

Espíritu Santo,
tú nos amas y nos cuidas,
pero a veces vivimos
como si no fueras parte de nuestra vida.
Queremos ofrecerte
nuestra total disponibilidad
y como Jesús y María, decirle a Dios:
"Aquí estoy, para hacer tu voluntad".
Espíritu de Vida,
fortalece nuestro corazón
para que no haya distancia entre tus deseos
y nuestros pasos.
Amén.

El llamado

¿Por qué debemos escuchar a Dios para conocer el rumbo de nuestra vida?

Porque Dios es el primero que revela su identidad y es quien da a conocer a cada persona su misión, la envía. Cada uno es libre para responder o no al llamado que Dios le hace.

Recordamos brevemente la historia bíblica:

"Tú eres Abraham... y serás padre de un pueblo". Abraham le creyó, aunque la misión era imposible, ¿cómo iba a ser padre de muchos, si ni siquiera tenía un hijo? Pero creyó y por eso es el padre de nuestra fe.

"Tú eres Moisés... y liberarás a mi pueblo".
Moisés se rebeló y protestó.
Pero finalmente obedeció y fue el gran libertador.

"Tú eres mi Profeta... y anunciarás la salvación a mi pueblo". Los profetas tuvieron la experiencia gozosa y dolorosa de la misión. Pero creían y experimentaban la presencia y la cercanía de Dios.

"Alégrate, María... porque Dios te ha elegido para ser la madre de Jesús".
Y María dijo un sí tan importante que cambió la historia de la humanidad.

"Y tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia".
Y Pedro también dijo sí a la misión que Jesús le encomendó.

"Ustedes son testigos de todo esto... vayan por todo el mundo, anuncien la Buena Noticia a toda la creación". Y los apóstoles, con la fuerza del Espíritu Santo y con Jesús que los asistía siempre, anunciaron todo lo que habían visto y oído.

Jesús también tenía muy clara su misión:

Cristo, al entrar en el mundo, dijo: "Aquí estoy; yo vengo para hacer, Dios, tu voluntad" (Heb 10,5).

"Padre, yo te he glorificado en la tierra, llevando a cabo la obra que me encomendaste" (Jn 17,4).

"Porque el Hijo del hombre no vino para ser servido sino para servir y entregar su vida en rescate por una multitud" (Mc 10,45).

"La palabra que ustedes oyeron no es mía, sino del Padre que me envió" (Jn 14,24).