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José María Arnaiz, sm.
FIDELIDAD, FECUNDIDAD, FELICIDAD Para que una persona pueda armar un presente que tenga futuro necesita felicidad, fecundidad y fidelidad (FFF). Estas tres importantes dimensiones de nuestra vida son don y tarea y, por tanto, nos piden gratitud y empeño. Se consiguen en silencio y de rodillas, con emoción y profunda paz; las da el Dios de la vida. Al mismo tiempo, son realidades claves en la cultura actual. Para que permanezcan en esta cultura y en las personas y los grupos, nos tenemos que ejercitar en ellas. A los jóvenes que contraen matrimonio se les pide la fidelidad que se obtiene al perseverar en la prueba de las alegrías y de las penas durante toda la vida, y se les pide fecundidad, apertura a la vida que llega por los hijos fruto de su querer y de sus entrañas. Así se les garantiza la felicidad que viene de un amor fiel y fecundo... El creyente maduro apunta en su vida a llegar a un amor fiel, fecundo y feliz. Es importante que las tres dimensiones básicas en nuestras existencias vayan juntas. En las personas maduras en humanidad y en fe se entrelazan. La persona fiel es feliz, y no faltará la fecundidad en su vida. Lo mismo podemos decir de los grupos. Su consistencia viene de la fidelidad, está acompañada de la fecundidad y se manifiesta en la felicidad.
La fidelidad nace de un compromiso que se hace un día y que se prolonga y dura en el tiempo. Por eso pide perseverar en la palabra dada, en la actitud asumida o en la acción prometida. Por lo mismo, para describirla de un modo más sencillo, podemos decir que es: •
Una virtud que no es fácil •
Fidelidad es algo de lo que hablamos poco y
no cultivamos lo suficiente •
Fidelidad es un valor contracultural "Perseverar hasta la muerte" es una de las frases de ritual que puede estar privada de contenido y de sentido, pero puede ser también una apuesta por una fidelidad heroica y una gran pasión para nuestra existencia. De todas formas, no se puede olvidar que esta palabra tiene más que ver con la cualidad o intensidad del tiempo que con la cantidad del mismo. A ello nos invita Pablo: "No nos cansemos de hacer el bien, porque si no nos desanimarnos, a su tiempo cosecharemos" (Gál 6,9). No hay duda de que las tentaciones contra la fidelidad son de las más frecuentes. ¿Cómo vencerlas? La primera y simple respuesta es perseverar. Puede ser que estemos pasando por una experiencia de noche oscura, experiencia que se convertirá en un proceso purificador y en un paso hacia una madurez nueva. De lo que no hay duda es de que en nuestra vida hay momentos en los que perseverar cuesta especialmente y no se puede hacer sin una visión teologal que ayude a reencuadrar toda nuestra existencia.
Hay tres grandes obstáculos para perseverar y que es bueno evocar: •
Deseos encontrados
Hay un inevitable descolorarse en la vida y en relación con las opciones hechas. Cuando el encanto del amor primero se va, el tema de la fidelidad se replantea. ¿Debo ser fiel a un ideal o a un proyecto que una vez tuve y que ahora ya no me dice nada? ¿Tengo que creer en una luz que no veo más, ya que estoy sumergido en la oscuridad? •
Pérdida de presencia
No hay duda que sobre la FFF tiene mucho que decir la psicología; y lo está diciendo y bien. Pero también debemos afirmar que son realidades religiosas. Eso saben aquellos para quienes la experiencia de Cristo es el principal puntal de su vida. Si esta constatación no es una convicción, es inútil trabajar en espiritualidad ya que falta la condición fundamental para la fidelidad; sin esa condición, una espiritualidad cristiana no se sostiene. Es como tratar de cantar sin tener una canción que cantar. Pero no nos podemos parar ahí. Además, hay unos instrumentos que hay que tener para ejecutar bien nuestra canción y ser fieles: oración, acompañamiento espiritual, sacramentos y la buena celebración litúrgica. •
Relajación del corazón •
Luchar por "el más" y por querer crecer •
Ascesis En nuestros días se nos ha invitado a una experiencia de fidelidad creativa, que se ha convertido en un intento de conjugar las exigencias de fidelidad que vienen del pasado y del presente con las de la creatividad que llegan del futuro. Es una fidelidad dinámica a la propia misión, adaptando sus formas a las nuevas situaciones y a las diversas necesidades. La inspiración primera y la llamada original se encuentran con la realidad nueva y buscan una respuesta fiel con la certeza de que Dios es fiel. Es una buena respuesta para nuestros tiempos.
No
hay duda de que Jesús en el evangelio, en varias ocasiones quiso
enseñarnos sobre la fecundidad y señalar las condiciones de la misma.
La fecundidad se escapa a la definición, como si en ella hubiera
semillas de infinitud y, desde luego, de divinidad. Por ello tiene algo
de fascinante. Está especialmente unida al misterio y a la virginidad,
y ello en las culturas y religiones más diversas. Podemos hablar de la
fecundidad del agua y de la tierra, y también del Espíritu y del
artista. Pero, sobre todo, hablamos de la de Dios. Él hace fecundos a
los hombres y las mujeres y la fecundidad es una bendición suya.
Las personas más cercanas al Señor son las más fecundas. No hay duda de que la fecundidad hace referencia a la capacidad de dar vida, de generar algo nuevo. El verdadero amor es fontal; es fuente, hace brotar. En la Biblia se nos recuerda que Dios es Señor de las aguas que fecundan, señor de la lluvia que genera vida y termina con la sequía (Deut 28,12 y Salmo 104,6-12). Por supuesto que a la fecundidad la acompaña la alegría (Sal 128,3). Entre los árboles que simbolizan la fecundidad se encuentra, sobre todo, el manzano, ya que bajo su sombra se concibe y bajo sus ramas se da a luz (Cantar 8,5-6). También la vid es un símbolo de la fecundidad, ya que a la esposa se la compara con la vid fecunda (Salmo 128,3). La fecundidad está ligada al suelo, y llega cuando la tierra se riega con el agua generosa y la lluvia se convierte en bendición del Señor (Salmo 65,10-14 e Isaías 55,10-11). Boda en día de lluvia es augurio de abundante parentela y, en general, de matrimonio feliz. El agua es criatura humilde y admirable, fuente de vida y de fecundidad. a. Signos de fecundidad Lo que es vital crece y da frutos. Por tanto, lo que no da frutos no es vital. Lo que no es vital se termina por cortarlo, tirarlo y a la larga desaparece. La crisis de la VC no es de vocaciones; es de vida, de fe y de espiritualidad. En el origen del desconcierto por el que pasa a veces la institución familiar hay que poner la ausencia de un proyecto de vida generoso y con expresiones dentro y fuera del mismo grupo familiar. Un signo de esa crisis es la escasez de vocaciones o la escasez de hijos o de servicios a la sociedad. • A esta crisis sólo se responde con una vida cada vez más intensa y con mejor foco o concentración de fuerza y energía. Solemos ser buenos para hacer análisis sociológicos, estudios históricos de la Iglesia y de la VC y planificaciones de cara al futuro. Todo esto sirve, pero es urgente hacer algo ahora más consistente que asegure el futuro. Este "hacer algo" nos tiene que implicar personal y comunitariamente y nos tiene que llevar a correr los riesgos necesarios. Si hacemos lo mismo que hasta ahora, tendremos la misma fecundidad que hasta ahora. Si queremos más frutos, necesitamos hacer más y hacer diferente. • La presencia de vida abundante, de hijos, de vidas plenas, de frutos que a su vez deberán llegar a ser semilla. Eso sin olvidar que hay otras formas de fecundidad además de la biológica. Casi podríamos decir que hay matrimonios sin hijos más fecundos que algunos que tienen familia numerosa. Sabemos bien que no sólo es padre y madre el que engendra sino el que educa, el que alimenta, el que sostiene y salva vidas. Un signo claro de fecundidad es la vida abundante. • La calidad de la vida que tenemos y compartirnos. Un signo de fecundidad es la calidad de vida que "se produce" y se multiplica. No hay duda de que se puede mejorar la calidad de la vida espiritual, psíquica y biológica. Un grupo fecundo crece, aumenta, se desarrolla, de pequeño pasa a grande, de incompleto a completo, de pocos a muchos, de peor a mejor; se armoniza, simplifica y fortifica.
b. Condiciones para la fecundidad Voy a señalar algunas condiciones que traen fecundidad. Estas condiciones se dan cuando asumimos determinados desafíos: •
El desafío de una oración distinta •
El desafío de ver todo con nuevos ojos: nuevas
misiones para nuevas formas de vida y nuevas formas de vida para nuevas
misiones •
El desafío de interpelar, que es
algo así como llamar a la vida La fecundidad viene de la fe. •
El desafío de una confianza en los jóvenes •
El desafío de ponerse en las manos de los que son más fecundos,
de los que tienen especial
carisma para multiplicar la vida •
El desafío de lo nuevo En nuestros días son bastantes los que ven en la Iglesia y en la sociedad personas y grupos marcados por la esterilidad. Por lo mismo, hay que estar alerta para descubrir y potenciar lo que está naciendo, lo nuevo de lo nuevo, las semillas que contiene en sí la planta. Es importante plantar, sembrar, engendrar. Para hacer este descubrimiento y alimentar esta convicción, una buena maestra es María, y no hay duda de que en su escuela se aprende a intensificar la vida generándola.
La felicidad es un negocio de mucha importancia y una pregunta abierta a la que las personas y los grupos deben volver de vez en cuando. Para el hombre y la mujer postmodernos es difícil afrontarlo con espíritu sereno, con la cabeza alta y sin complejo de inferioridad. Se recibe la impresión de que ha disminuido la vitalidad y la alegría de vivir, la pasión de hacerse feliz y las ganas de pagar el precio necesario. A los creyentes se nos está pidiendo un testimonio de felicidad real, sereno y muy visible y contagioso. Alguno se ha permitido afirmar que si somos felices no se nota; nos comportamos como si no lo fuéramos; más aún, a veces son notorios en nosotros los signos de infelicidad.
Todo ha evolucionado y cambiado. Pero hay algo que permanece. En todas partes se quiere y se intenta ser feliz. Con todo, tengo la impresión de que bastantes personas no cuidan las condiciones de su felicidad. Los medios de comunicación y los mejores predicadores nos repiten: tienen que ser felices. Es un deber; en la cultura actual hay un imperativo imperioso de ser feliz y unas buenas propuestas de felicidad. Sin embargo, la alta exigencia de éxito y de eficacia fría han llevado y están llevando a una sociedad depresiva. Por ello es tan urgente repetir que necesitamos una reeducación en la felicidad. La verdadera felicidad ha perdido el encanto de lo difícil, de lo exigente, de lo sencillo y de lo religioso. Cuando el cristianismo impregnaba y modelaba el cosmos, como el agua impregna la tierra seca, el hambre de la felicidad eterna movía montañas y marcaba todo el comportamiento humano; esa felicidad se respiraba espontáneamente. Ahora no es el caso. Nos corresponde mostrar las huellas de una felicidad nueva en el hombre y la mujer actuales. Pero, frente a esta necesidad y esta urgencia, es bueno que nos hagamos la pregunta ¿quién es feliz? La respuesta va ser sencilla; viene del hombre y de la mujer de la calle; de una persona feliz. ¿En qué se le nota su felicidad? • Por supuesto, es importante evitar el riesgo de confundir el bienestar material con la felicidad; eso sería como confundir la fantasía con la realidad, los medios con los fines, el embalaje con el contenido, el placer con la alegría, la apariencia con la existencia. Sin embargo, sí tiene que ver con el placer. Aspiramos a gozar, y lo necesitamos. Es bueno disfrutar con algo que nos gusta, con un alimento sano, con un paisaje bonito, con un afecto limpio, con una música que nos agrada, con un dejarse querer, con un descanso merecido, con un sueño reparador, con una compañía que me hace estar a gusto... • La felicidad es el buen paso que dejan nuestros años; es lo que nos devuelve la vida como reacción a todo lo que hemos vivido y dado de libertad, de verdad, de justicia y de amor; hay vidas que dejan felicidad y las hay que dejan un sabor de insatisfacción, de infelicidad y de tarea no cumplida... Esto ocurre cuando en ellas hay algo que no ha funcionado. • La felicidad es lo más buscado y aquello por lo que se paga más alto precio en la vida. Y es también lo más notorio en las personas; se advierte fácilmente su presencia y su ausencia. Va acompañada de la serenidad, la alegría, la generosidad y la lucidez que posee el que ha encontrado un sentido a su vida. • No podemos dejar de afirmar que esa búsqueda de la felicidad y del bienestar anida en todo corazón sano. En la Iglesia y fuera de la Iglesia, creyentes y no creyentes, hombres y mujeres nos reencontramos en un punto común que va más allá de las diferencias del color de la piel, de la lengua que se habla, de la formación que se ha tenido, de la situación socioeconómica en la que se vive. Ese punto común no es otro que la sencilla búsqueda de la bondad, del bien, de la verdad, del amor, de la fe..., en una palabra, de la felicidad... que todo el mundo necesita. • La felicidad no se presenta como una diversión continua ni como una suerte de juego de azar; ni siquiera como un estar contentos y alegres todo el día, ni como un sueño en colores del futuro. La experiencia nos ha hecho aprender que la vida está hecha de trabajo, que en ella hay mucho dolor, que no falta la lucha y el esfuerzo, el fracaso y la mala suerte. Está claro que no convendría pedir carga ligera para andar por el mundo, sino buenas espaldas para llevarla holgadamente. La felicidad, no hay duda, está en algo más profundo. Algo que va por debajo de los dolores y alegrías de cada día, del tener o no tener, del mandar o no mandar, de la salud o de la enfermedad... Tiene algo que ver con saber que estamos donde queremos estar y queremos estar donde tenemos que estar. Se identifica en el sentido que le hemos dado a nuestra vida. No quiero cerrar esta primera parte sin afirmar que nadie puede hacerse feliz a sí mismo; ante esta sed de felicidad, el hombre moderno necesita dar con la gratuidad y mirar fuera de sí. No soy yo que me hago feliz; la felicidad debe venir de los demás; nadie puede fabricarse la felicidad. Sólo es feliz el que acierta a hacer felices a los demás y busca la felicidad de los que lo rodean. Quien da y comparte su felicidad recibe felicidad y se hace más feliz; es algo que cuanto más se da más se tiene. La falta de felicidad del otro influye en mí. No hay duda de que hay quienes saben transmitir la felicidad que tienen y de la que viven. Importa acertar a hacer nuestra felicidad contagiosa.
Ha sido siempre importante saber las razones que tenemos para ser felices. En algunos momentos han sido escasas y, a ratos, no fáciles de identificar. Por eso, quiero evocar ahora algunas de las que yo he encontrado y que se han convertido en convicciones para poner felicidad en nuestras vidas. La felicidad tiene rostros diversos, pero no hay duda de que siempre es fuerte el precio que se debe pagar por ella. La intención de esta lista de motivaciones para sostener la condición de felicidad hoy, no es hacer de este un tema light ni dar una lista de consejos fáciles para lograrlo. •
El sol sigue saliendo •
Hay familia •
Tenemos agua y pan y, en
general, aire limpio para respirar •
Mirar lejos y sentir bien: una
educación recibida •
El don de la fe: encuentro con Dios desde
la experiencia de Jesús •
Abiertos al amor •
María, que nos reúne y nos envía •
Tenemos buena parte de lo que necesitamos y, gracias a Dios, no todo lo
que deseamos •
Creo en la vida eterna Para saber si uno tiene felicidad es bueno hacerse todos los días las dos preguntas que hacía el dios Osiris en el antiguo Egipto a la hora de la muerte: ¿Hiciste feliz a alguien? ¿Encontraste la felicidad? La respuesta determinaba el paso al barco de la vida que conducía a la felicidad eterna. ¿Qué se puede hacer para ser feliz en un mundo tan complicado? La respuesta es muy sencilla, y es del evangelio: sólo tu alegría y serena felicidad contribuye a combatir la tristeza y el desconcierto. Al terminar de hablar de FFF creo que he tocado el corazón de la VC y de la vida cristiana. Ésta, actualmente, necesita más intensidad en estas tres dimensiones, y más cuidado. Bien podemos decir que no es el mejor momento de nuestra cultura para estas dimensiones; pero tampoco podemos afirmar que es el peor. Es "el" momento, en el que nos toca ejercitarnos en FFF. Urge centrar nuestra atención en ellas. José María Arnaiz, sm. (extractado de "Vida Nueva" n. 2.392)
María ha acompañado a la Iglesia en su esfuerzo de siglos para que la vida no entre en la rutina, en la supervivencia y menos en la inercia, y sea creativa, fecunda, contagiosa, gozosa. María nos invita a vivir. Con mucha espontaneidad la invocamos como "Vida y esperanza nuestra", y sentimos necesidad de ser María y engendrar a Dios en nuestro tiempo y en nuestra historia y ser desde dentro fecundos como ella. María está presente cuando y donde lo nuevo comienza. No hay duda de que María nos introduce por los caminos de la gratuidad, de la alegría y del canto, del asombro, de la esperanza que lleva a no apagar la mecha que todavía humea, de la misericordia, de la creatividad que necesita el que es audaz, del silencio y de la sencillez, de la escucha atenta y de la fidelidad humilde y entrañable; son los caminos de la fecundidad.. |
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