José María Arnaiz, sm.

 

FIDELIDAD,  FECUNDIDAD, FELICIDAD

Para que una persona pueda armar un presente que tenga futuro necesita felicidad, fecundidad y fidelidad (FFF). Estas tres importantes dimensiones de nuestra vida son don y tarea y, por tanto, nos piden gratitud y empeño. Se consiguen en silencio y de rodillas, con emoción y profunda paz; las da el Dios de la vida. Al mismo tiempo, son realidades claves en la cultura actual. Para que permanezcan en esta cultura y en las personas y los grupos, nos tenemos que ejercitar en ellas. A los jóvenes que contraen matrimonio se les pide la fidelidad que se obtiene al perseverar en la prueba de las alegrías y de las penas durante toda la vida, y se les pide fecundidad, apertura a la vida que llega por los hijos fruto de su querer y de sus entrañas. Así se les garantiza la felicidad que viene de un amor fiel y fecundo... El creyente maduro apunta en su vida a llegar a un amor fiel, fecundo y feliz.

Es importante que las tres dimensiones básicas en nuestras existencias vayan juntas. En las personas maduras en humanidad y en fe se entrelazan. La persona fiel es feliz, y no faltará la fecundidad en su vida. Lo mismo podemos decir de los grupos. Su consistencia viene de la fidelidad, está acompañada de la fecundidad y se manifiesta en la felicidad.

 

1. FIDELIDAD: CUESTA PERO VALE

La fidelidad nace de un compromiso que se hace un día y que se prolonga y dura en el tiempo. Por eso pide perseverar en la palabra dada, en la actitud asumida o en la acción prometida. Por lo mismo, para describirla de un modo más sencillo, podemos decir que es:

• Una virtud que no es fácil
Es relativamente sencillo ser virtuoso por un período corto de tiempo. No resulta complicado vivir un tono alto de vida espiritual en los días de retiro. Es más exigente vivirlo durante las otras 51 semanas del año o los 87 años de la existencia. Nos llena de admiración ver realizaciones diversas de la perseverancia: la del atleta que entrena constantemente para llegar a los juegos olímpicos y triunfar; la de santa Mónica, que rezó durante 17 años para que su hijo se convirtiera; la de las parejas que cumplen los 50 y hasta los 75 años de matrimonio. En esas historias hay mucha superación de frustraciones y clarificación de dudas y de maduración en el amor.

• Fidelidad es algo de lo que hablamos poco y no cultivamos lo suficiente
De hecho, se presenta como algo más rígido y menos atrayente que la felicidad. Perseverancia implica una parte de dureza y de exigencia para superar toda dificultad que se ponga por delante. En ocasiones la vemos como un signo de lo viejo y de lo pasado y, sin embargo, nos deja mirando hacia delante. El diccionario la describe como el mantenerse firme en el creer, en los propósitos, en la acción o los objetivos fijados. Podemos perseverar en un proyecto común, en un compromiso o relación. Es una virtud del día a día y de lo cotidiano.

• Fidelidad es un valor contracultural
La sociedad actual se encuentra más a gusto con compromisos temporales y prefiere la sinceridad o autenticidad a la perseverancia y ser fiel más a lo que se siente que a lo prometido. Está costando juntar sentimiento y fidelidad. Demasiado fácilmente nos entusiasma lo provisorio y no se destaca suficientemente que es necesario querer y poner afecto en aquello que se promete. En esta cultura cuenta mucho lo desechable y, por supuesto, los cambios frecuentes y numerosos. Se pone relatividad en todo: en los compromisos de matrimonio y en los de la vida religiosa, en los económicos o sociales, en los profesionales u ocupacionales. No nos faltan experiencias de amigos, compañeros o integrantes de la familia que han roto sus compromisos. En la Vida Consagrada (VC), en las últimas décadas se ha multiplicado la infidelidad. Para algunos, se ha descuidado la formación para la fidelidad. Es un fruto que se come a los postres y por accidente y, sin embargo, la debemos considerar como el as de bastos de las cartas con las que nos jugamos nuestra vida.

"Perseverar hasta la muerte" es una de las frases de ritual que puede estar privada de contenido y de sentido, pero puede ser también una apuesta por una fidelidad heroica y una gran pasión para nuestra existencia. De todas formas, no se puede olvidar que esta palabra tiene más que ver con la cualidad o intensidad del tiempo que con la cantidad del mismo. A ello nos invita Pablo: "No nos cansemos de hacer el bien, porque si no nos desanimarnos, a su tiempo cosecharemos" (Gál 6,9).

No hay duda de que las tentaciones contra la fidelidad son de las más frecuentes. ¿Cómo vencerlas? La primera y simple respuesta es perseverar. Puede ser que estemos pasando por una experiencia de noche oscura, experiencia que se convertirá en un proceso purificador y en un paso hacia una madurez nueva. De lo que no hay duda es de que en nuestra vida hay momentos en los que perseverar cuesta especialmente y no se puede hacer sin una visión teologal que ayude a reencuadrar toda nuestra existencia.

a. Obstáculos y peligros de la fidelidad

Hay tres grandes obstáculos para perseverar y que es bueno evocar:

• Deseos encontrados
No hay duda de que podemos experimentar en nosotros amores conflictuados y deseos enfrentados que pueden dificultar mucho el perseverar en una dirección. Nos gustan muchas cosas, todas ellas buenas pero incompatibles entre sí. No hay duda de que pueden aparecer exigencias nuevas que llevan a abandonar un compromiso previo y nos ponen ante el dilema de dejar para tomar o de renunciar para elegir.

• Desilusión o pérdida de la visión original

Hay un inevitable descolorarse en la vida y en relación con las opciones hechas. Cuando el encanto del amor primero se va, el tema de la fidelidad se replantea. ¿Debo ser fiel a un ideal o a un proyecto que una vez tuve y que ahora ya no me dice nada? ¿Tengo que creer en una luz que no veo más, ya que estoy sumergido en la oscuridad?

• Pérdida de presencia
Esta dificultad es menos precisa y menos fácil de definir. Incluso es más difícil de remediar. Se identifica con una real desilusión en relación con compromisos, personas a las que queremos o proyectos con los que nos habíamos ilusionado y que han perdido relieve para nosotros porque en cierto modo ya no están presentes en nuestro espíritu. La apatía, la falta de vitalidad, la indiferencia desvirtúan poco a poco el interés por nuestro compromiso. Algo parece morir dentro de nosotros. Nos transformamos así, cada vez más, en algo ausente de la vida de nuestro compromiso y nos desconectamos de él convirtiéndonos en meros espectadores. Somos como un chofer de un carro de caballos que en un momento determinado, sin saber por qué, el caballo se desconecta del carro, se sale del camino y nos deja solos montados en el vehículo. Nos sentamos mirando el caballo que se aleja y lo vemos irse llenos de sorpresa y contemplando su belleza; pero incapaces de poderlo atrapar de nuevo.

b. Algunas ayudas para perseverar en la vida del creyente

• Reflexión y oración

No hay duda que sobre la FFF tiene mucho que decir la psicología; y lo está diciendo y bien. Pero también debemos afirmar que son realidades religiosas. Eso saben aquellos para quienes la experiencia de Cristo es el principal puntal de su vida. Si esta constatación no es una convicción, es inútil trabajar en espiritualidad ya que falta la condición fundamental para la fidelidad; sin esa condición, una espiritualidad cristiana no se sostiene. Es como tratar de cantar sin tener una canción que cantar. Pero no nos podemos parar ahí. Además, hay unos instrumentos que hay que tener para ejecutar bien nuestra canción y ser fieles: oración, acompañamiento espiritual, sacramentos y la buena celebración litúrgica.

• Relajación del corazón
Esto es lo opuesto al endurecimiento del corazón. La relajación es el aspecto de la cualidad interna del compromiso, que despierta una gran espontaneidad sin renunciar a un celo real; algo que es muy distinto del fanatismo, que hace tan difícil la verdadera fidelidad. Incluye paciencia, soportar serenamente a aquellos que se equivocan, optar por la esperanza en lugar de hacerlo por la desesperanza, por la confianza evitando la desconfianza y por la sana creencia en lugar de la superstición.

• Luchar por "el más" y por querer crecer
Practicar las exigencias del amor y el compromiso para desarrollar los hábitos del corazón que nos mantienen en los momentos de poco ánimo y nos ponen en condiciones de perseverar y de una manera creativa. Estos hábitos nos ayudan a hacer lo que queremos hacer y convertir las opciones más diversas en algo consistente. Dios no nos deja en lo suficiente; ha puesto en nosotros un instinto de superación. Nos lleva siempre a algo mejor, a otro nivel de calidad en el servicio, a otro grado de intimidad con el Señor. Esta actitud es fundamental para ser fieles.

• Ascesis
"La gran disciplina" nos ayuda a quitar los impedimentos que nos permiten fijarnos y quedarnos en lo inmediato y afirmar las actitudes que nos ayudan a durar. Esta ascesis cubre las dimensiones que tienen que ver con lo corporal, lo psíquico y lo espiritual. A estos niveles necesitamos ejercitarnos en los buenos hábitos.

En nuestros días se nos ha invitado a una experiencia de fidelidad creativa, que se ha convertido en un intento de conjugar las exigencias de fidelidad que vienen del pasado y del presente con las de la creatividad que llegan del futuro. Es una fidelidad dinámica a la propia misión, adaptando sus formas a las nuevas situaciones y a las diversas necesidades. La inspiración primera y la llamada original se encuentran con la realidad nueva y buscan una respuesta fiel con la certeza de que Dios es fiel. Es una buena respuesta para nuestros tiempos.

 

2. FECUNDIDAD GENEROSA

No hay duda de que Jesús en el evangelio, en varias ocasiones quiso enseñarnos sobre la fecundidad y señalar las condiciones de la misma. La fecundidad se escapa a la definición, como si en ella hubiera semillas de infinitud y, desde luego, de divinidad. Por ello tiene algo de fascinante. Está especialmente unida al misterio y a la virginidad, y ello en las culturas y religiones más diversas. Podemos hablar de la fecundidad del agua y de la tierra, y también del Espíritu y del artista. Pero, sobre todo, hablamos de la de Dios. Él hace fecundos a los hombres y las mujeres y la fecundidad es una bendición suya. Las personas más cercanas al Señor son las más fecundas.
La fecundidad se aprende;
pero no es fácil encontrar buenos maestros, de los que dicen palabras de fecundidad y dan testimonios de la misma. Pide sacrificio y generosidad. La vida es contagiosa, se abre para acoger y acoge para integrar. Pero también se merece y se recibe. Por ser don de Dios, a Él le damos gracias porque es fruto de un amor fiel, sacrificado y generoso. Lo que es bueno a lo bueno se junta y lo aumenta. La fecundidad corresponde a la capacidad reproductora o creadora de los seres vivos, que multiplican la vida y lo hacen por contagio. Todos, de una u otra manera, somos llamados a ser "padre" o "madre", ya que somos llamados a la generación y transmisión de vida.
Esta vida, según las situaciones personales, es biológica, psicológica y espiritual. La fecundidad, por supuesto, no se reduce a la biológica, es decir, a la generación biológica; sobre todo se expresa en el acompañamiento del hijo; en el ser capaz de darse y también en el vivir para el otro, con el otro; en la generación artística y en la creación de comunión, en el cuidar la vida y en el sostenerla cuando está amenazada, en el sacar del peligro y en el cultivar la esperanza, en el trascenderse y perdonar. Cuando una madre da a luz, se da a luz a sí misma como madre.

No hay duda de que la fecundidad hace referencia a la capacidad de dar vida, de generar algo nuevo. El verdadero amor es fontal; es fuente, hace brotar. En la Biblia se nos recuerda que Dios es Señor de las aguas que fecundan, señor de la lluvia que genera vida y termina con la sequía (Deut 28,12 y Salmo 104,6-12). Por supuesto que a la fecundidad la acompaña la alegría (Sal 128,3). Entre los árboles que simbolizan la fecundidad se encuentra, sobre todo, el manzano, ya que bajo su sombra se concibe y bajo sus ramas se da a luz (Cantar 8,5-6). También la vid es un símbolo de la fecundidad, ya que a la esposa se la compara con la vid fecunda (Salmo 128,3). La fecundidad está ligada al suelo, y llega cuando la tierra se riega con el agua generosa y la lluvia se convierte en bendición del Señor (Salmo 65,10-14 e Isaías 55,10-11). Boda en día de lluvia es augurio de abundante parentela y, en general, de matrimonio feliz. El agua es criatura humilde y admirable, fuente de vida y de fecundidad.

a. Signos de fecundidad

Lo que es vital crece y da frutos. Por tanto, lo que no da frutos no es vital. Lo que no es vital se termina por cortarlo, tirarlo y a la larga desaparece. La crisis de la VC no es de vocaciones; es de vida, de fe y de espiritualidad. En el origen del desconcierto por el que pasa a veces la institución familiar hay que poner la ausencia de un proyecto de vida generoso y con expresiones dentro y fuera del mismo grupo familiar. Un signo de esa crisis es la escasez de vocaciones o la escasez de hijos o de servicios a la sociedad.

A esta crisis sólo se responde con una vida cada vez más intensa y con mejor foco o concentración de fuerza y energía. Solemos ser buenos para hacer análisis sociológicos, estudios históricos de la Iglesia y de la VC y planificaciones de cara al futuro. Todo esto sirve, pero es urgente hacer algo ahora más consistente que asegure el futuro. Este "hacer algo" nos tiene que implicar personal y comunitariamente y nos tiene que llevar a correr los riesgos necesarios. Si hacemos lo mismo que hasta ahora, tendremos la misma fecundidad que hasta ahora. Si queremos más frutos, necesitamos hacer más y hacer diferente.

La presencia de vida abundante, de hijos, de vidas plenas, de frutos que a su vez deberán llegar a ser semilla. Eso sin olvidar que hay otras formas de fecundidad además de la biológica. Casi podríamos decir que hay matrimonios sin hijos más fecundos que algunos que tienen familia numerosa. Sabemos bien que no sólo es padre y madre el que engendra sino el que educa, el que alimenta, el que sostiene y salva vidas. Un signo claro de fecundidad es la vida abundante.

La calidad de la vida que tenemos y compartirnos. Un signo de fecundidad es la calidad de vida que "se produce" y se multiplica. No hay duda de que se puede mejorar la calidad de la vida espiritual, psíquica y biológica. Un grupo fecundo crece, aumenta, se desarrolla, de pequeño pasa a grande, de incompleto a completo, de pocos a muchos, de peor a mejor; se armoniza, simplifica y fortifica.

 

b. Condiciones para la fecundidad

Voy a señalar algunas condiciones que traen fecundidad. Estas condiciones se dan cuando asumimos determinados desafíos:

• El desafío de una oración distinta
... Un grupo que quiera fecundidad tiene que llegar a convertir sus comunidades en centros de oración. Tienen que ser lugares donde los de fuera puedan llegar, ver, participar; la oración tiene que ser cercana a la vida, creativa.

• El desafío de ver todo con nuevos ojos: nuevas misiones para nuevas formas de vida y nuevas formas de vida para nuevas misiones
El dinamismo de crecimiento tiene que ponerse al servicio de un exigente proyecto misionero. Ese proyecto tiene que nacer de la pasión por el Reino y tiene que incluir el servicio a los pobres. Ése debe ser el foco. La fecundidad viene de la generosidad en el servicio y de la generosidad en sí misma.

• El desafío de interpelar, que es algo así como llamar a la vida
No está mal preguntarse cuándo fue la última vez que yo invité a una joven o un joven a la Vida Consagrada, o a entrar en una ONG, a vivir una forma de vida sencilla y comprometida con los más necesitados. Invitar es la condición mínima de aquellos que quieren fecundidad para su Instituto y para la Iglesia. Tenemos que seguir el ejemplo del entusiasmo con que invitan los mormones a pertenecer a su Iglesia u otros grupos protestantes, o los cristianos en África. Ellos creen, y por eso proponen. Si nosotros no proponemos, ¿será porque no creemos?

La fecundidad viene de la fe.

• El desafío de una confianza en los jóvenes
Para ser fecundos hay que privilegiar el pensamiento y la acción de los que pueden engendrar vida nueva, es decir, de los más jóvenes. Ellos, en general, están en edad de engendrar nueva vida o tienen más capacidad de generar; pueden hablar su lenguaje y pasar más fácilmente el mensaje a los demás.

• El desafío de ponerse en las manos de los que son más fecundos, de los que tienen especial carisma para multiplicar la vida
Hay esposos con capacidad y ganas de engendrar mucho y los hay con menos capacidad de llegar a familia numerosa. Lo hacen con mucha generosidad y no les puede faltar inteligencia para ofrecer las adecuadas motivaciones para traer a la vida. Quienes tienen el especial carisma de multiplicar en el espíritu o el afecto, deben ejercerlo.

• El desafío de lo nuevo
La fecundidad es una llamada a lo nuevo
: a crear, inventar, echar a andar, por caminos no trillados, a ser original. La vida nueva es diferente y, por tanto, original. No nos permite repetirnos ni acostumbrarnos. La rutina termina con la vida de muchos grupos, ya que pone monotonía y no logra suscitar ganas para llevar a cabo los necesarios cambios. La fecundidad pide creatividad, y la creatividad va acompañada de la fecundidad. Nueva es la comunión para algunos grupos. Hay que arriesgarse a la profunda comunión. Si fijamos nuestra mirada en el matrimonio, vemos que sólo lo que está unido puede ser fecundo. De la unión procede la generación. Puede ser que no haya la suficiente comunión para engendrar en el momento actual de la VC; que no se haya encontrado el camino adecuado para superar los individualismos y ofrecer el espectáculo de grupos unidos y felices y, por tanto, fecundos. Sólo los que están unidos y entusiasmados por la comunión pueden tener ganas de procrear.

En nuestros días son bastantes los que ven en la Iglesia y en la sociedad personas y grupos marcados por la esterilidad. Por lo mismo, hay que estar alerta para descubrir y potenciar lo que está naciendo, lo nuevo de lo nuevo, las semillas que contiene en sí la planta. Es importante plantar, sembrar, engendrar. Para hacer este descubrimiento y alimentar esta convicción, una buena maestra es María, y no hay duda de que en su escuela se aprende a intensificar la vida generándola.

 

3. FELICIDAD CONTAGIOSA

La felicidad es un negocio de mucha importancia y una pregunta abierta a la que las personas y los grupos deben volver de vez en cuando. Para el hombre y la mujer postmodernos es difícil afrontarlo con espíritu sereno, con la cabeza alta y sin complejo de inferioridad. Se recibe la impresión de que ha disminuido la vitalidad y la alegría de vivir, la pasión de hacerse feliz y las ganas de pagar el precio necesario.

A los creyentes se nos está pidiendo un testimonio de felicidad real, sereno y muy visible y contagioso. Alguno se ha permitido afirmar que si somos felices no se nota; nos comportamos como si no lo fuéramos; más aún, a veces son notorios en nosotros los signos de infelicidad.

a. Algunas observaciones sobre la felicidad

Todo ha evolucionado y cambiado. Pero hay algo que permanece. En todas partes se quiere y se intenta ser feliz. Con todo, tengo la impresión de que bastantes personas no cuidan las condiciones de su felicidad. Los medios de comunicación y los mejores predicadores nos repiten: tienen que ser felices. Es un deber; en la cultura actual hay un imperativo imperioso de ser feliz y unas buenas propuestas de felicidad. Sin embargo, la alta exigencia de éxito y de eficacia fría han llevado y están llevando a una sociedad depresiva. Por ello es tan urgente repetir que necesitamos una reeducación en la felicidad. La verdadera felicidad ha perdido el encanto de lo difícil, de lo exigente, de lo sencillo y de lo religioso. Cuando el cristianismo impregnaba y modelaba el cosmos, como el agua impregna la tierra seca, el hambre de la felicidad eterna movía montañas y marcaba todo el comportamiento humano; esa felicidad se respiraba espontáneamente. Ahora no es el caso. Nos corresponde mostrar las huellas de una felicidad nueva en el hombre y la mujer actuales. Pero, frente a esta necesidad y esta urgencia, es bueno que nos hagamos la pregunta ¿quién es feliz? La respuesta va ser sencilla; viene del hombre y de la mujer de la calle; de una persona feliz. ¿En qué se le nota su felicidad?

Por supuesto, es importante evitar el riesgo de confundir el bienestar material con la felicidad; eso sería como confundir la fantasía con la realidad, los medios con los fines, el embalaje con el contenido, el placer con la alegría, la apariencia con la existencia. Sin embargo, sí tiene que ver con el placer. Aspiramos a gozar, y lo necesitamos. Es bueno disfrutar con algo que nos gusta, con un alimento sano, con un paisaje bonito, con un afecto limpio, con una música que nos agrada, con un dejarse querer, con un descanso merecido, con un sueño reparador, con una compañía que me hace estar a gusto...

La felicidad es el buen paso que dejan nuestros años; es lo que nos devuelve la vida como reacción a todo lo que hemos vivido y dado de libertad, de verdad, de justicia y de amor; hay vidas que dejan felicidad y las hay que dejan un sabor de insatisfacción, de infelicidad y de tarea no cumplida... Esto ocurre cuando en ellas hay algo que no ha funcionado.

La felicidad es lo más buscado y aquello por lo que se paga más alto precio en la vida. Y es también lo más notorio en las personas; se advierte fácilmente su presencia y su ausencia. Va acompañada de la serenidad, la alegría, la generosidad y la lucidez que posee el que ha encontrado un sentido a su vida.

No podemos dejar de afirmar que esa búsqueda de la felicidad y del bienestar anida en todo corazón sano. En la Iglesia y fuera de la Iglesia, creyentes y no creyentes, hombres y mujeres nos reencontramos en un punto común que va más allá de las diferencias del color de la piel, de la lengua que se habla, de la formación que se ha tenido, de la situación socioeconómica en la que se vive. Ese punto común no es otro que la sencilla búsqueda de la bondad, del bien, de la verdad, del amor, de la fe..., en una palabra, de la felicidad... que todo el mundo necesita.

La felicidad no se presenta como una diversión continua ni como una suerte de juego de azar; ni siquiera como un estar contentos y alegres todo el día, ni como un sueño en colores del futuro. La experiencia nos ha hecho aprender que la vida está hecha de trabajo, que en ella hay mucho dolor, que no falta la lucha y el esfuerzo, el fracaso y la mala suerte. Está claro que no convendría pedir carga ligera para andar por el mundo, sino buenas espaldas para llevarla holgadamente. La felicidad, no hay duda, está en algo más profundo. Algo que va por debajo de los dolores y alegrías de cada día, del tener o no tener, del mandar o no mandar, de la salud o de la enfermedad... Tiene algo que ver con saber que estamos donde queremos estar y queremos estar donde tenemos que estar. Se identifica en el sentido que le hemos dado a nuestra vida.

No quiero cerrar esta primera parte sin afirmar que nadie puede hacerse feliz a sí mismo; ante esta sed de felicidad, el hombre moderno necesita dar con la gratuidad y mirar fuera de sí. No soy yo que me hago feliz; la felicidad debe venir de los demás; nadie puede fabricarse la felicidad. Sólo es feliz el que acierta a hacer felices a los demás y busca la felicidad de los que lo rodean. Quien da y comparte su felicidad recibe felicidad y se hace más feliz; es algo que cuanto más se da más se tiene. La falta de felicidad del otro influye en mí. No hay duda de que hay quienes saben transmitir la felicidad que tienen y de la que viven. Importa acertar a hacer nuestra felicidad contagiosa.

b. Condiciones y convicciones para que un cristiano sea feliz

Ha sido siempre importante saber las razones que tenemos para ser felices. En algunos momentos han sido escasas y, a ratos, no fáciles de identificar. Por eso, quiero evocar ahora algunas de las que yo he encontrado y que se han convertido en convicciones para poner felicidad en nuestras vidas. La felicidad tiene rostros diversos, pero no hay duda de que siempre es fuerte el precio que se debe pagar por ella. La intención de esta lista de motivaciones para sostener la condición de felicidad hoy, no es hacer de este un tema light ni dar una lista de consejos fáciles para lograrlo.

• El sol sigue saliendo
Se podría dar por descontado y, sin embargo, es importante decirlo y escucharlo y tomar conciencia. El gran don que nos ha hecho Dios es el de la vida. Y el sol sale para todos y es abundante; es, en verdad, "un sol de justicia". Y cuando se necesita la lluvia, suele caer, y lo hace por igual para unos y para otros. ¡Es un estupendo misterio! Nos levantamos cada mañana y nuestras piernas funcionan; el sol vuelve a salir, la vida entra en su ritmo, la gente estrena los primeros pasos de la jornada, la ciudad acoge la luz y la vida. ¿Cómo se puede no disfrutar de ese milagro diario? La oración de Laudes que tantos religiosos hacen es para tomar conciencia de esta realidad. Con Violeta Parra, la mayoría de los días se puede cantar: "Gracias a la vida, que me ha dado tanto...".

• Hay familia
Más allá de la realidad jurídica de nuestras instituciones como la nación, la pareja, la comunidad, normalmente nos sabemos una familia y somos una familia. Esto significa, en la práctica, tener padres e hijos, hermanos y abuelos, primos y tíos... Es estar en red, y en red de un afecto que sustenta y da sentido. Lo cual es muy importante. Y eso se pone en evidencia y de manifiesto en los días de gozo y en los de sufrimiento.

• Tenemos agua y pan y, en general, aire limpio para respirar
Realidades maravillosas y que bastan para hacer felices a tantas personas en el mundo. Pan que es obra y trabajo de tantas manos, y agua que trae tanta vida y fecundidad y nos quita la sed y refresca el campo y el jardín. Es una maravilla tener un trozo de pan todos los días. Ese pan es plato apetitoso y esa agua es vaso de vino, y todo ello es alimento y mesa familiar compartida. La oración de bendición de nuestros alimentos debería ser un reconocimiento agradecido a esa sencilla realidad.

• Mirar lejos y sentir bien: una educación recibida
En general, la formación que hemos recibido es sabia y atinada. Permite tener una perspectiva amplia, ayuda a salir del pequeño mundo en que se mueven muchos y a ver la realidad que está más allá de lo inmediato, que es donde se termina el horizonte de bastantes personas. Esta educación nos ha capacitado para hacer, para enseñar, para comunicarse, para ser y para disfrutarla.

• El don de la fe: encuentro con Dios desde la experiencia de Jesús
Es una referencia básica de nuestra vida; es el núcleo. El cristiano está acostumbrado a vivir de la fe; y esta fe es mucho para él. Es lo que ha hecho felices a generaciones y generaciones de personas. Bien podemos decir que, de hecho, Dios ha escogido a los creyentes y los ha puesto en sintonía con Él. Vibran al mismo tono que Dios, y eso es un gran don, porque lleva a la fuente de la felicidad.

• Abiertos al amor
Antes evocamos el "Gracias a la vida" de Violeta Parra, ahora evocamos el "gracias al amor...". Es lo que nos hace felices; tanto por el que damos como por el que recibimos. La afectividad debe cuidarse y cultivarse mucho si queremos alcanzar felicidad. En la vida diaria se hacen opciones que son mucho más que renuncias, y todas ellas están motivadas por el amor. Nuestro Dios, es ése que nos ha cautivado; es amor, y así es como se define. Y nosotros queremos ser como Él: amor universal, abierto, concreto, amor fecundo y fiel.

• María, que nos reúne y nos envía
María es causa de felicidad profunda de muchos creyentes. La consideran un don; compañera de ruta, madre cercana y generadora de gracia, maestra de sabiduría y de sencillez. Ayuda a elaborar el propio Magnificat y a cantarlo. Viven con la intuición de que de ella han recibido no siempre lo que le han pedido, pero sí lo que han necesitado. Ella inicia en el misterio de Jesús. Junto a ella se recupera vida y esperanza; ella despierta el corazón filial y fraterno de los religiosos que a veces duerme.

• Tenemos buena parte de lo que necesitamos y, gracias a Dios, no todo lo que deseamos
La publicidad es omnipresente en nuestro mundo. Nos ofrece las más diversas cosas. Y todas, según nos repite la misma publicidad, son indispensables para ser más felices. Es el mensaje de esta sociedad consumista en la que estamos. Trata de meternos en un mecanismo demoníaco que nos hace necesitar siempre más cosas. Y así no apuntamos a satisfacer nuestras necesidades, sino a ponernos en manos de nuestros deseos. En la buena escuela de la felicidad se aprende que "necesitamos menos de lo que tenemos".

• Creo en la vida eterna
En un creyente, cuando ahonda su fe, crece su certeza en la vida eterna como causa de su felicidad. No hay ninguna duda de que es una estupenda promesa. Cristo resucitó el primero, y todos resucitaremos después para la vida eterna. A una fe en la resurrección que no transforme la vida y en la que la vida no cuente, le falta algo muy fundamental; cuando la vida está en juego se nota. Esta fe en la resurrección es una de las grandes fuentes de felicidad.

Para saber si uno tiene felicidad es bueno hacerse todos los días las dos preguntas que hacía el dios Osiris en el antiguo Egipto a la hora de la muerte: ¿Hiciste feliz a alguien? ¿Encontraste la felicidad? La respuesta determinaba el paso al barco de la vida que conducía a la felicidad eterna. ¿Qué se puede hacer para ser feliz en un mundo tan complicado? La respuesta es muy sencilla, y es del evangelio: sólo tu alegría y serena felicidad contribuye a combatir la tristeza y el desconcierto. Al terminar de hablar de FFF creo que he tocado el corazón de la VC y de la vida cristiana. Ésta, actualmente, necesita más intensidad en estas tres dimensiones, y más cuidado. Bien podemos decir que no es el mejor momento de nuestra cultura para estas dimensiones; pero tampoco podemos afirmar que es el peor. Es "el" momento, en el que nos toca ejercitarnos en FFF. Urge centrar nuestra atención en ellas.

José María Arnaiz, sm. (extractado de "Vida Nueva" n. 2.392)

 

 

María, Vida y Esperanza nuestra

María ha acompañado a la Iglesia en su esfuerzo de siglos para que la vida no entre en la rutina, en la supervivencia y menos en la inercia, y sea creativa, fecunda, contagiosa, gozosa. María nos invita a vivir.

Con mucha espontaneidad la invocamos como "Vida y esperanza nuestra", y sentimos necesidad de ser María y engendrar a Dios en nuestro tiempo y en nuestra historia y ser desde dentro fecundos como ella. María está presente cuando y donde lo nuevo comienza. No hay duda de que María nos introduce por los caminos de la gratuidad, de la alegría y del canto, del asombro, de la esperanza que lleva a no apagar la mecha que todavía humea, de la misericordia, de la creatividad que necesita el que es audaz, del silencio y de la sencillez, de la escucha atenta y de la fidelidad humilde y entrañable; son los caminos de la fecundidad..