Jeremías: una mirada nueva a la alianza

Así pensaban de este profeta sus contemporáneos. Es que a Jeremías le tocaría una misión muy difícil de realizar. Y lo que tendría que anunciar no resultaría fácil ni para él ni para el pueblo.

Algunos datos históricos

El primer Isaías (ver Umbrales nº 152) termina su ministerio hacia el año 690 a.C.
Jeremías es llamado a servir al Señor en el año 626 a.C.
Entre ambos profetas tenemos un lapso de sesenta años. Casi cincuenta de estos años corresponden al reinado de Manasés en el Reino de Judá. A diferencia de su padre Ezequías, que colaboró con Isaías, Manasés fue un idólatra que adoró falsos dioses y que hizo lo posible por destruir la fe en Yahvé, y aunque la Biblia no lo menciona, algunos afirman que este rey fue quien asesinó al profeta Isaías. Los sacerdotes del Templo de Yahvé esconden un libro de la Ley de Dios que nosotros conocemos como el libro del Deuteronomio, pues si caía en manos del rey, sería sin duda destruido.
Este hermoso libro fue escrito en el reino de Judá, pero con aportes de los sabios maestros y profetas del Reino de Israel en el norte del País. Éstos habían emigrado a Judá, pues durante la época de Isaías, Israel había sido conquistado por el Imperio Asirio.
Exequías logró frenar a duras penas al ejército asirio que sitió Jerusalén.
El libro del Deuteronomio forma parte del Pentateuco (primeros cinco libros del Antiguo Testamento) llamado por los judíos libro de la Ley (Torá). Fue este libro el que revolucionó la concepción de Israel sobre Dios y la fe, y acercó el pensamiento religioso de la gente a una mirada nueva sobre la relación entre Dios y su Pueblo. Relación más marcada por el amor y la misericordia, que por una visión de Dios como un juez castigador, que pedía un estricto cumplimiento de la Ley.
Luego de Manasés, reina en su lugar Josías, un rey santo y piadoso, bisnieto de Ezequías y que como él, estaba preocupado por hacer que el pueblo de Israel no perdiera su fe, a causa de los falsos dioses, a los que su impío abuelo había adorado.
Es en el reinado de este piadoso rey, que el libro del Deuteronomio es recuperado. Es en este momento que Dios llama a Jeremías, que apenas contaba con 18 años (Jer 1,4-10). Según parece Jeremías participó en esta reforma espiritual y religiosa de Israel, que el rey intentó llevar adelante. Lamentablemente esta reforma llegará muy tarde y no podrá revertir la tendencia a la idolatría en la que el Pueblo había caído. (cfr. 2 Re 21,22 y 23).

Una dura y difícil misión

Jeremías era descendiente de Abiatar, un sacerdote desterrado y privado de su cargo por el rey Salomón, a causa de su rebelión contra David. (1 Re 2,25). No era la suya una familia sacerdotal de prestigio. Tampoco era un hombre de gran instrucción religiosa. Era un simple campesino que sólo ansiaba vivir en paz. Pero el Señor, que elige a los despreciados de este mundo, para confundir a los poderosos, lo llama siendo aún muy joven a ser su profeta, y un gran profeta, tal vez uno de los más grandes de Israel (Jer 1,11-19).
En su llamado, Jeremías experimenta mucho temor; él nunca pensaba ser profeta, pero Dios le promete su ayuda, y le anuncia que será profeta de naciones, y no sólo de su pueblo. Está llamado a derribar y destruir. En efecto, este profeta, derribará las falsas esperanzas de su Pueblo en un reino político triunfante, y en sus líderes religiosos y políticos corruptos. Jeremías deja bien en claro que ni el Templo construido por el rey Salomón es garantía de seguridad. Que el proyecto del Reino teocrático, político y religioso, ha fracasado y que Dios no será nunca garante de una sociedad injusta, y de un templo manchado por la idolatría e injusticia de los propios sacerdotes, que en lugar de servir a Dios y al pueblo, sirven a sus propios planes egoístas (Jer 7,1-28).
No faltan los falsos profetas a los que Jeremías se enfrenta decididamente sin gritos ni prepotencia, con una gran humildad y un gran amor a la Palabra de Dios.
Incluso cuando el falso profeta Ananías, lo increpa, contradiciendo lo que Jeremías dice, él vuelve a reconsiderar sus anuncios pensando que tal vez esté equivocado, pero luego al recibir la confirmación de su mensaje de parte de Dios, desenmascara al falso profeta. (Jer 28). El profeta no calla, aunque su misma vida está en juego. Él confía en la Palabra que ha recibido.

Las angustias de Jeremías

El libro de Jeremías nos deja traslucir algo del alma de este profeta perseguido: la pena que siente por cumplir un deber ingrato. Él, que amaba a su Pueblo, se ve obligado a anunciar su desgracia. Su naturaleza pacífica y sencilla se violenta, cuando siguiendo la orden del Señor, se mezcla en la política, para anunciar la ruina del Reino de Judá que ha sido infiel a la Alianza con Yahvé. En este hermoso poema del capítulo 20 el profeta desnuda sus sentimientos, la riqueza y la profundidad de su fe y su amor a Dios.
"¡Tú me has seducido, Señor, y yo me dejé seducir! Me has forzado y has prevalecido. Soy motivo de risa todo el día, todos se burlan de mí. Cada vez que hablo, es para gritar, para clamar: ¡Violencia, devastación!...
Pero el Señor está conmigo como un guerrero poderoso: por eso mis perseguidores tropezarán y no podrán prevalecer..
." (Jer 20, 7-8.11)

La Esperanza y la Nueva Alianza

Jeremías no sólo anuncia desastres, también invita a sus oyentes a descubrir en el exilio que sufrirán, un tiempo de purificación, que les servirá para reflexionar y madurar su fe. 
Jeremías los invita a rendirse al rey de Babilonia, y a mantener firme la fe, aun en el exilio ( Jer 27).
El profeta predice que Israel no desaparecerá como Pueblo, y que va a volver a Dios. Anuncia entonces una nueva Alianza, no escrita en piedra, sino en sus corazones (Jer 31).
 
Su mensaje no es fácil de aceptar y las autoridades conspiran contra él. Incluso algunos de los que gobiernan Jerusalén, intentan matarlo. Pero el rey Sedecías lo salva, porque intuye que es un verdadero profeta (Jer 38,1-22).
Jeremías sobrevivirá a la conquista de Jerusalén a manos de Nabu-codonosor, pero no verá lo que predijo al final, pues será asesinado en el destierro en Egipto, adonde marcha no muy convencido, pero prácticamente raptado por un grupo de israelitas que intentaban escapar de los Babilonios, y aunque el profeta les advierte que Egipto también caerá bajo el invasor, no quieren escucharlo (Jer 42 y 46).
Jeremías, Ezequiel y el 2º Isaías serán claves en la reconstrucción espiritual del Pueblo elegido.
Misterioso destino el de este gran profeta, amado por Dios pero perseguido y odiado por su propio pueblo, al que sin embargo logró salvar del olvido.

Eduardo Ojeda