Pasquale Quaranta

 

Un abrazo en Navidad

 

Pasquale Quaranta es un joven creyente de 21 años que vive en la provincia de Salerno en Italia. Desde hace tres años, en que asumió su tendencia sexual escribe explicando las dificultades que en su país encuentran sus semejantes y en especial los católicos. En la Navidad del año pasado, Don Fabricio Longhi, párroco de Rignano Garganico, un pueblo de 2.000 habitantes, lo invitó a su parroquia y le ofreció dar su testimonio en la misa del 24 de diciembre. La noticia, difundida por el diario "El Corriere della Sera", causó gran sensación y fue reproducida por los más importantes diarios. He aquí el texto de la "homilía":

 

He venido de Salerno para hablar en esta iglesia de homosexualidad. Soy gay creyente (rumores).

No, no se asusten. Escuchen.

Verdaderamente soy un gay creyente y la razón por la que estoy aquí esta tarde es porque creo que un testimonio puede hacer reflexionar sobre una realidad con la que algunos de ustedes, muy probablemente, no han tenido todavía ocasión de confrontarse en los términos en los que voy a hablar... en términos de alegría, de amor, de serenidad, de transparencia.

La homosexualidad no es una enfermedad, no es una perversión ni una transgresión ni una moda y -esto me urge subrayarlo ahora- no es pecado.

Se trata de un don de Dios que, en cuanto tal, uno no ha elegido sino que uno se encuentra viviéndolo. Igualmente, la fe es una experiencia que descubrimos y que cultivamos dentro de nosotros, una "orientación" que estamos llamados, del mismo modo, a vivir. Gays y lesbianas tienen el derecho de vivir plenamente su propia vida, también en el plano afectivo y sexual, tanto como una persona heterosexual.

Preguntémonos más bien:

¿cuál es mi reacción frente a una persona homosexual?

¿Cuál sería mi reacción si mi hijo o mi hija me revelasen su homosexualidad?

Estoy seguro de que las respuestas harían emerger aquel prejuicio milenario que una tradición histórica, incluso la católica, ha enraizado en las conciencias. Yo les digo: "¡Liberémonos de él!"...

La Iglesia es una realidad viva y variada en la que el Espíritu de Dios suscita voces y experiencias diversas.

Hay miles de personas que, en este momento, sufren la soledad por una orientación condenada por inmoral, intrínsecamente mala, abominable. Dense cuenta, soledad no significa simplemente "estar solo", quiere decir también estar junto a otras personas pero "sentirse solo", no plenamente comprendido. Hay quien se ha quitado la vida porque no lograba aceptar la propia homosexualidad por motivos confesionales mal interpretados o por hostilidad de la gente o de la familia.

Parece resonar en esta noche, en esta noche santa, porque el Hijo de Dios ha venido al mundo, en el frío de una pobre gruta, fuera de la ciudad de los hombres, lo que dice el prólogo del Evangelio de Juan: "Vino a los suyos y los suyos no lo recibieron...". ¿Cuántos de nuestros hermanos y hermanas, amigos y amigas, gays y lesbianas no han sido aceptados? ¿Cuántos han venido a su familia humana y no han encontrado lugar?

Es el destino de aquellos a los que Jesús ama sobre todos, a los que se han encontrado en la misma situación en la que Él se ha encontrado, entre los hombres y las mujeres de su tiempo. Es lo que cuenta esta noche el Evangelio de Lucas: "La Virgen dio a luz un niño, lo envolvió en pañales y lo puso en un pesebre... porque no había lugar para ellos en la posada". No había lugar, como hoy, para muchos, no hay lugar. No lo hay en nuestras casas para Él y para tantos hermanos que son homosexuales, no hay lugar en el corazón para recibirlos y la Iglesia misma, la comunidad de los creyentes parece haberse convertido en aquella posada en la que no hay lugar.

¿Es posible, según ustedes, que Dios pueda ser feliz con esto? Dios no hace "piezas equivocadas" y todos somos sus hijos. Cada uno tiene el derecho de ser lo que es y de ser alguien, no menos que los árboles y las estrellas.

El regalo más grande que pueden hacerse a partir de esta Navidad será el de abrazar al muchacho gay, a la chica lesbiana que están en su barrio, sea el vecino, sea su hijo o su hija, su hermano, su hermana, un pariente.

Demuéstrenle su Amor, lo necesitan. Dios sonreirá ¿no es cierto?

Era forastero..., es decir, era extranjero, diferente, con la diversidad que incomoda, en base a la cual atribuimos a otros algo malo y torcido y -dice Cristo- "me han recibido".

Era gay y me han escuchado y amado (es la enseñanza del Evangelio de Mateo).

Aceptémonos aquí los unos a los otros como Dios lo ha querido, porque "¿Cómo amaremos a Dios nuestro Padre a quién no vemos, si no amamos a nuestro hermano a quien vemos?" (1 Juan 4).

¿Y cómo podremos experimentar el amor y la paternidad única de Dios si como hijos excluimos a otros hijos, nuestros hermanos? El Padre nuestro que está en los cielos y el Hijo que hoy está entre nosotros, en la humanidad y fragilidad de una criatura nos piden el único abrazo del amor filial que hace a todos hermanos.

Mi deseo para esta Navidad es que cada vez menos personas se sientan solas a causa de una orientación afectiva natural que no puede significar una discriminación en las relaciones humanas. El deseo de que cada uno de ustedes entienda que una persona homosexual es, igual que una heterosexual. Imagen de Dios.

 

No me siento capaz de "demostrar" nada a nadie en el terreno de la Fe. Puedo sólo dar testimonio humildemente con mi vida de todos los dones recibidos, gracias a Dios. "En Él, las diferencias son bellas porque tienen raíces en su corazón de creador, fuente de Vida".

Que esta Navidad, en nuestra Iglesia, sea alegría para todos. Sin excluir a nadie. Gracias.