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José Ma. Mardones
VOLUNTARIADO: una cultura de la solidaridad
Ni la Iglesia ni los creyentes están fuera de la sociedad, sino que viven en ella y se ven afectados por las mismas contradicciones, conflictos y disfunciones que ella... Lo que queremos decir con estas breves reflexiones acerca del condicionamiento socio-cultural de la religión cristiana es que es conveniente y necesario -por mero realismo, y mucho más si aceptamos el movimiento del Espíritu en la realidad histórica- atender a los retos que nos plantea nuestro tiempo. ¿Cómo interpela la crisis cultural a la religión cristiana? Nos contentaremos con unas breves indicaciones sobre un tema que es, en sí mismo, todo un programa a realizar. Apuntamos a un cristianismo mesiánico, es decir, que trate de hacer social y culturalmente relevante su esperanza en un futuro más libre y justo para los más necesitados de libertad y de justicia.
Ante tan grave situación de crisis cultural, una instancia dadora de sentido como la religión cristiana se ve desafiada radicalmente y llamada a resistir eficazmente el empobrecimiento moral y espiritual que, según se dice, atraviesa a nuestra sociedad. Pero tiene que hacerlo sin recurrir a fáciles adaptacionismos ni a huidas culturales o espiritualistas que dejen intocados los problemas de fondo y que puedan servir incluso de legitimación indirecta de la situación.
Creemos que se corre este peligro cuando se cae en las redes experimentalistas y emocionales postmodernas, en un afán de adaptacionismo que, finalmente, no aporta más que la incapacidad para concebir una auténtica alternativa. Pero no menor peligro se corre cuando se acepta acríticamente la solución neoconservadora y se intenta cohonestar una vuelta a los valores "tradicionales" con una fe que apenas cuestiona el capitalismo y las relaciones mercantilistas que éste induce. La llamada no es a la trivialización, sino a la toma de postura seria y crítica; al esfuerzo por discernir lo que el Espíritu alienta oscuramente en la realidad y lo que es fruto de las mediaciones torcidas y pecaminosas del corazón humano.
No menos resistente tiene que ser la actitud crítica y dialogante del cristianismo y del creyente con las tendencias que se detectan dentro del mundo religioso y que, en el fondo, reflejan determinadas actitudes y visiones de la modernidad. Son dos los principales desafíos o tentaciones que acechan al creyente actual: engrosar las filas del antimodernismo, en alguna de las versiones no extremas existentes, o escorarse hacia el eclecticismo de un cristianismo "libre" que busca, por los caminos de la experiencia neoesotérica, compensación a la crisis que vivimos.
Ya hemos dicho suficiente con respecto a la tentación de refugiarse en una vuelta al pasado, en la redogmatización repetitiva de unas fórmulas, aunque su comprensión sea ajena a la forma mental y las necesidades del momento: en la afirmación defensiva de la tradición y la autoridad. En tal caso, sólo cabe esperar actitudes piadosas de resignación ante la realidad o actitudes agresivas de rechazo y descalificación, que sólo tienen ojos para ver negativamente la sociedad actual y acaban encerrando en el "ghetto".
En cualquier hipótesis, actitudes pobres y regresivas, desde las cuales el cristianismo no tiene nada que ofrecer a esta cultura y a esta sociedad. No es ésta, naturalmente, la resistencia crítica que apoyamos.
Tampoco nos convence el reencantamiento esotérico del mundo moderno. La nebulosa neo-esotérica revela una serie de deficiencias de la modernidad, pero tiende a firmar con ella un pacto de no agresión. Funciona como un analgésico, más que como un bisturí capaz de extirpar los tumores que nos aquejan. Este tipo de religión no aporta alternativas superadoras a la crisis de la modernidad, aunque lo pretenda. El carácter postcristiano de esta serie de tendencias quizá indique, por una parte, la poca confianza que tienen en el cristianismo institucionalizado y por otra, la inadecuación con que se nos ve de cara a la sociedad y la cultura actuales.
2. Un cristianismo animador y motivador
En la raíz misma de la fe cristiana encontramos el impulso y la motivación hacia la persona, hacia su realización fraterna y solidaria. En su envés se asienta el rechazo de todo cuanto deshumaniza, esclaviza e impide que el ser humano viva fraternalmente. La sensibilidad del cristianismo frente a las deshumanizaciones de su tiempo tiene que ser la consecuencia de su impulso solidario, especialmente hacia el ser en necesidad. Un hombre cada vez más "planetario", pues va desde Manhattan hasta Burkina Faso, afectado por la crisis del consumismo y la diversión fácil, a falta de otra forma más elevada y humanizadora de "pasarlo bien".
Visión crítica de la realidad -que nos empuja en la dirección de la liberación del hombre más necesitado de ella- y el impulso creativo -en orden a crear las condiciones que favorezcan la justicia, la libertad y la solidaridad- se dan la mano. Aquí está el motor de la superación auténticamente cristiana de la crisis de la modernidad, en lo que ésta tiene de inhumano y de destructor del hombre: aquí tiene su razón de ser la necesaria innovación humanizadora.
El cristiano tiene en su esperanza un "plus" de impulso que está llamado a rentabilizar siempre, pero especialmente en los momentos de crisis. No tenemos soluciones que los demás no tengan. Por eso debemos trabajar codo a codo con ellos. Solo poseemos un Espíritu que anima el permanente esfuerzo por detectar los gemidos de parto de la humanidad. Tenemos que hacer social y culturalmente activa esta esperanza si queremos ganar credibilidad frente a los hombres de nuestro tiempo; de lo contrario, será una proclamación vacía. En este sentido, todas las iniciativas, por mínimas que sean, tienen su lugar y forman parte del fermento que pugna por elevar la masa. Ahí tienen su lugar, por ejemplo, los grupos y comunidades cristianas que, con su presencia en la sociedad marginada, en la cultura, en el compromiso social y político.... son germen de una sociedad distinta, donde la persona ocupe el centro y donde la solidaridad sea el motor que determine la acción. No serán la alternativa cultural a la sociedad actual, pero sí forman parte, junto con otros muchos intentos de otros creyentes y no creyentes, de la empresa de dar sentido y dignidad a la vida humana. Mañana habrán descubierto que contribuyeron a formar un clima socio-cultural distinto.
3. La cultura de la solidaridad
Un modo de poner nuestra esperanza a producir, de cara a un futuro más humano, consiste en favorecer aquellos gérmenes y signos que hablan de un cambio radical en orden a una humanidad más solidaria. Lo cual supone una lectura interesada de la crisis, como lo son todas las lecturas, porque la neutralidad es imposible a la hora de interpretar lo que sucede en la sociedad y en la cultura. Pero aquí damos un paso más: teniendo en cuenta los datos -siempre interpretados- de la realidad, y guiados por nuestras convicciones evangélicas, nos situamos y nos pronunciamos en favor de un determinado proyecto de hombre y de sociedad más libres, justos y solidarios.
Vamos a ver algunos de los pasos que esperan nuestro impulso, aunque sea esquemáticamente, y como una forma de compromiso socio-cultural en un momento de crisis, o como horizonte o utopía intrahistórica que quiere traducir en nuestro ahora la esperanza trans-histórica que anima al creyente en el Resucitado.
El análisis de la crisis cultural nos ha conducido a una visión de la realidad de nuestra sociedad occidental que implica a todo el planeta: a la humanidad y a la biosfera; a la civilización occidental y al resto de las culturas existentes. En la complicada situación en que nos encontramos, las tendencias más críticas piensan que no hay una verdadera alternativa si no se produce un cambio radical de planteamientos, objetivos y valores. Este llamado "cambio de paradigma" pide una "autolimitación inteligente" de ese proceso desarrollista que ha sido presentado hasta ahora como la versión por excelencia del progreso. Hoy sabemos con bastante certeza que no habrá verdadero progreso por la vía del crecimiento material indefinido, que no sólo pone en peligro el equilibrio natural del planeta, sino que, además, ahonda las desigualdades y las injusticias en nuestro mundo. Hay que saber limitarse. Hay que poner más énfasis en la distribución de lo que tenernos. Hay que entrar en la dinámica del compartir: ser más solidarios para mejorar la situación de todos. El progreso está en el avance, con lo que ya tenemos y podemos de la libertad, la justicia y la igualdad. ...Podemos decir que un horizonte utópico de este género consiste en garantizar una serie de mínimos para todos. Esto es lo progresista en nuestro tiempo: en contra de lo que pretenden desarrollistas y neoconservadores, no buscar máximos, que se han vuelto peligrosos para la humanidad y para la naturaleza, sino garantizar mínimos para todos. Se trataría de maximizar la situación de mínimos en que se encuentra gran parte de la humanidad, que hoy por hoy -aunque la proporción es cada vez más dramática- son las cuatro quintas partes de la población del globo. Es una utopía que pretende tratar como realmente humanas a todas las personas del Norte y del Sur, del Este y del Oeste. Para poder avanzar hacia esta utopía se requiere una gran conciencia moral generalizada.
5. La conciencia solidaria
No avanzaremos un ápice hacia la utopía de mínimos para todos sin una elevación de la conciencia moral. Es de todo punto necesario que seamos todos cada vez más conscientes de nuestra mutua implicación: todos estamos en el mismo barco de la historia humana; todos navegamos en una misma dirección: todos somos responsables de todos. Como nos dice la historia bíblica, por el hecho de nacer humanos pertenecemos a la misma estirpe de hijos de Dios. Nacemos en una historia de desigualdad y de injusticia, es decir, fuera del paraíso. Esta situación de "pecado original" no nos hace culpables personalmente, pero sí responsables de esta historia. No querer ser responsable de la situación del otro nos hace inmediatamente culpables: "He tomado postura: me he declarado insolvente, insolidario, frente a los otros; he negado mi condición de hijo y hermano y me he refugiado en el nicho de mi buena situación heredada o del privilegio actual del que disfruto..." La fe bíblica conduce directamente a implicarse y a hacerse prójimo de los demás, y en eso hace consistir la clave del "juicio a las naciones" (parábola del juicio final: Mt 25,31-46). Esta versión bíblica de la solidaridad radical de todos los hombres requiere ser vertida con urgencia en la reflexión y en la conciencia moral de nuestro tiempo. Desde el punto de vista de Ia pura reflexión ética, abundan actualmente los intentos de mostrar que se puede razonablemente argumentar acerca de esta mutua responsabilidad y co-implicación de unos con otros. Desde Habermas hasta Rawls, Ricoeur o Levinas, son perfectamente constatables los esfuerzos que, con resultados más o menos afortunados, apuntan a este objetivo. Quizá lo interesante sea, en este momento de crisis cultural, observar estos esfuerzos como un síntoma positivo de una necesidad y de una contribución a la moralización de nuestro tiempo. El creyente tiene que ver aquí signos esperanzados de una pugna que deberá interpretar como no ajena al Espíritu y que le incita a ser consecuente con lo que profesa. Claro que, además de los teóricos de una ética solidaria, hacen falta los testigos de la misma. La reflexión no puede desvincularse de la praxis.
6. Un proceso largo y múltiple
Al creyente que, en medio de esta multi-crisis, busca decididamente ese horizonte de una civilización de la solidaridad, no se le evita ninguno de los esfuerzos por aclarar la situación en estos momentos de incertidumbre ni por discernir los medios más adecuados para avanzar hacia ese objetivo; pero posee un punto de mira que unifica sus fuerzas y concentra las energías de su vida. No tenemos garantizado el éxito. pero sí la satisfacción de realizar una tarea de elevación moral y humana, de ser seguidores de Jesús en la forma en que lo exige este momento histórico. La opción por la solidaridad como proyecto humano tiene multitud de facetas. Se puede mirar, como acabamos de hacerlo, desde Ia perspectiva de las condiciones morales que pide, y comprobar que es preciso pasar, de posiciones individualistas, por humanistas que sean, a otras más exigentes y solidarias. Pero se puede y se debe mirar también desde las perspectivas política, cultural, religiosa, etc..
Intentaremos ilustrar brevemente lo que tratamos de sugerir, y el lector sabrá hacer las aplicaciones pertinentes a su situación concreta y aun personal.
Desde el punto de vista cultural, el proyecto solidario supone un empeño por superar el predominio del paradigma funcional colonizador de nuestra cultura occidental. No se trata de sentir un rechazo unilateral hacia lo pragmático, lo eficaz, lo utilitario, etc., sino de rechazar el predominio de todo ello y su pretensión de ser imprescindible en todo tiempo y lugar. Se trata de luchar por la recuperación equilibrada de otros aspectos de la racionalidad humana que nos permitan descubrir otras dimensiones de la realidad tan verdaderas e importantes como la funcional. Sin este cambio, ni la gratuidad ni la amistad ni el amor ni la profundidad interior tienen sentido ni valor alguno, y la solidaridad no crece, ni llega a vislumbrarse siquiera, por falta de las debidas condiciones para ello. Consiguientemente, ante el funcionalismo que invade todos los ámbitos de la vida, que mercantiliza las relaciones y que ofrece el consumismo como elemento de realización, la actitud crítica tiene que ser parte del programa de esta lucha cultural. Lo cual exige vigilancia, perspicacia para detectar y denunciar la presencia de dicho funcionalismo y sobre todo, actitudes y comportamientos de cultivo expreso de sus contrarios. Necesitamos individuos y comunidades donde florezca la vida sencilla, con pocas cosas y escaso interés por tener más. No proponemos ensayos arcaizantes, sino inserciones de vida simple y austera en medio de nuestra sociedad consumista; grupos volcados hacia el otro, con un universalismo hecho de preocupación por la situación doliente de cualquier ser humano y, sobre todo, dispuestos a luchar por cambiar las causas que la provocan.
La política es otro nombre de la esperanza solidaria, con tal de que, en correspondencia con el análisis cultural, nos ayude a empujar la organización de la colectividad hacia objetivos compartidos por todos y en favor de todos, especialmente los menos favorecidos. Cada vez se elevan más voces -y percibimos con más claridad- en el sentido de que, por sí solos, la economía y el mercado -los mecanismos objetivos del sistema- no conducen a la solidaridad. Es ésta una cuestión de opción razonada y moral. Desde los griegos, la política se ha entendido como el modo práctico de dar forma social al impulso ético. Sin razón práctico-moral, a lo sumo habrá administración, pero no política. De ahí que, en un momento de irresistible penetración de lo funcional en la política, urja la recuperación de las orientaciones morales solidarias. Una tarea gigantesca, en un momento en que precisamente palpamos la inadecuación de los cauces o mediaciones políticas de que se había dotado la modernidad de la democracia liberal para encauzar las instancias morales. La vida parlamentaria, los partidos, los sindicatos, los movimientos sociales... están exigiendo objetivamente una renovación o redefinición, dadas las disfuncionalidades con que a diario nos golpea la realidad socio-política.
La misma tarea evangelizadora debe estar transida de este intento de realización de la solidaridad en nuestro mundo. Educar al hombre moderno para ver y mirar al prójimo como hermano... Sería éste un modo de actualizar la evangelización, de hacerla nueva y duradera.
No podemos ser ingenuos a la hora de soñar realizaciones: sabemos lo costoso que es hacer ver a los hombres su entraña solidaria y fraterna, el "nosotros" que nos abraza. Pero entra dentro de lo posible el ir creando oasis de solidaridad, zonas verdes y liberadas donde florezcan el compartir, la preocupación por el otro en necesidad, la lucha por un mundo y unas estructuras más libres, justas y humanizadoras... Sería como robarle tierra al desierto para hacerla fértil. Un movimiento a contracorriente de las tendencias mercantiles y depredadoras del hombre del mercado; un esfuerzo por sacar a la luz la perla escondida de la solidaridad que anida en todo hombre, incluso bajo toneladas de escombro utilitario, economicista e individualista: una tarea para combatir el desfallecimiento utópico postmoderno y el engreído pragmaticismo de los ilustrados modernos.
Los dotados del don poético, en que se anuda la brisa de la sugerencia con el fuego del impulso, son capaces de decírnoslo de un modo rítmico y apretado. Permítaseme terminar con este poema programático de F. Loidi (Solidarios, 1994) que resume el espíritu que quiere alentar este texto ante la incertidumbre de nuestro momento cultural.
"Nuestra palabra tercera, definitiva: Nosotros, pues los hombres y mujeres formamos todos un cuerpo, un ‘nosotros’ solidario, trabado, inter-dependiente. Nosotros: palabra grávida que gesta las otras dos, la palabra más intensa, nuestra palabra total, la que indica el cumplimiento de todas las esperanzas, la que dice la verdad y genera la salvación. Que la verdad no está en ti ni en mí, sino en el nosotros; ni está en ti la salvación, ni en mí, sino en el nosotros. Nadie se libera solo, y nadie libera a nadie, que los hombres y mujeres nos salvamos todos juntos. Pues no somos uno y uno, una suma de unidades, sino que somos un todo; y cada uno, dentro del todo. Hablemos, pues, en plural, con la tercera palabra primordial, generadora, que resume las demás. Dejemos los singulares, tanto ‘mío’, tanto ‘yo’, tanta mirada egocéntrica que favorece a las células de la muerte. Y ensanchémonos. Ampliemos el yo al nosotros, y el nosotros hasta el límite de la tierra, sin fronteras. En el corazón, los pobres, ya que marcan la gran raya donde se rompe el nosotros y el pecado parte al mundo. En la herida más profunda, colgado en cruz, el más pobre, porque se quedó sin nada, de tanto luchar por todos. Y alrededor, los que pugnan por ellos y por su causa. Estos forman el gran círculo de la solidaridad y gestan la Tierra Nueva, nuestra gran resurrección. Ésa es también nuestra casa; ahí queremos estar. Humildemente, pues hemos sido admitidos por gracia. Combativamente, porque luchamos por nuestra causa. Para eso vino la luz, que nos tocó con su rayo y traspasó nuestro encierro. Ahora somos Nosotros.
José María Mardones
Una PROPUESTA para el Voluntariado UMBRALES ofrece este esquema para un acuerdo entre una Asociación benéfica y los voluntarios que colaboran en ella. DISPOSICIONES GENERALES 1. El voluntariado es una forma de participación solidaria en el seno de la comunidad, en actividades sin fines de lucro. Son voluntarios las personas físicas que desarrollan, por su libre determinación, de un modo gratuito, altruista y solidario tareas de interés general para ......(nombre de la Asociación beneficiada) sin recibir por ello remuneración, salario, ni contraprestación económica alguna.
2. La prestación de servicios por parte del voluntario no podrá reemplazar al trabajo remunerado y se presume ajena al ámbito de la relación laboral y de la previsión social. Debe tener carácter gratuito, sin perjuicio del derecho al reembolso previsto en el artículo 3, inciso e. 3. DERECHOS DE LOS VOLUNTARIOS Los voluntarios tendrán los siguientes derechos:
4. OBLIGACIONES DE LOS VOLUNTARIOS Los voluntarios sociales están obligados a:
5. ACUERDO BÁSICO COMÚN DEL VOLUNTARIO Los términos de adhesión del Acuerdo Básico Común del Voluntario deben establecerse por escrito en forma previa al inicio de las actividades entre la Asociación ...... y el voluntario y contendrán los siguientes requisitos:
g) El acuerdo se instrumentará en dos ejemplares de igual tenor y a un solo efecto, uno de los cuales se le otorgará al voluntario. |
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