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Este año 2005, que para las comunidades cristianas es Año Eucarístico Internacional, nos trae un lema conocido y familiar. Es la invitación que los discípulos de Emaús hacen al misterioso y amable peregrino que los acompaña en su huida desconsolada, después de la muerte de todas sus esperanzas. Pero la amarga salida de Jerusalén se fue iluminando con sus palabras, que habían encendido el corazón de los dos. Ya antes de reconocerlo habían recuperado el aliento y se encontraban a gusto con Él. Sin embargo, esa otra invitación que le hacen, cuando llegan al pueblito de Emaús, les va a reservar otra sorpresa. El deseo grande de quedarse algún tiempo más con aquel extraño, probablemente, era un motivo de seguridad, más para ellos que para él. Querían prolongar el beneficio de aquella presencia. A esa invitación amigable (e interesada), el peregrino responde positivamente, pero va más allá. "Al partir el Pan" se hace reconocer y confirma su promesa de estar siempre con los suyos en aquel Memorial que les había dejado, la víspera de su pasión. "¿No nos ardía el corazón mientras nos hablaba?", se preguntan luego los discípulos de Emaús. Jesús resucitado les parte el pan y parece contagiarlos con un nuevo ardor, con nueva hambre y sed permanentemente saciadas. El misterio de esa nueva presencia es que los pone nuevamente en camino, nuevamente en búsqueda. Les da respuesta a preguntas viejas y les hace brotar preguntas nuevas para encontrar a su vez nuevas respuestas que inquietan y movilizan. Si en este año Eucarístico podemos repetir esta invitación: "¡Quédate con nosotros, Señor!", se podrá volver a vivir esta dinámica de su presencia siempre nueva, de su Memorial que no se agota.
p. Quinto Regazzoni |
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