María Josefina Llach, aci

Reflexión en el Año Eucarístico

 

REPARAR EL CORAZÓN

 

1. REPARAR AL CORAZÓN DE JESÚS

Puede resultar chocante. ¿Reparar? ¿Al Corazón? ¿De Jesús?

Vamos a tratar de comprender, de responder a estas tres preguntas que nos cuestionan y que radican en la fe y la vida. Para creer mejor lo que entendamos. Y sobre todo para vivir mejor, para que juntos podamos construir, para todos, un mundo que sea "el hogar de nuestra felicidad, y no un campo de batalla" (DP 184).

 

REPARAR, en el lenguaje corriente, y para lo que a nosotros nos interesa, tiene tres sentidos:

 

1. Uno es el de reconstruir lo que está roto. Así hablamos de reparar los zapatos, o de reparar un muro. En general se usa más para las cosas, pero no exclusivamente. Por ejemplo, respecto a las faltas de las personas, se puede hablar de reparar una situación injusta, una mala relación, o aun de reparar algo en lo que estoy viviendo mal. El diccionario dice: "componer, arreglar una cosa; enmendar, corregir, remediar; precaver un daño o perjuicio".

 

2. Otro es el de "restablecer las fuerzas, dar aliento o vigor". Este sentido se refiere a algo que sucede con las personas. El objeto del "dar aliento" es una persona. El sujeto, en cambio, puede ser una persona o una cosa. Por ejemplo, en un día de mucho calor, una bebida fría nos resulta reparadora. Y en un momento de tristeza, la presencia del amigo nos repara también.

 

3. El tercer sentido es "desagraviar, satisfacer al ofendido". Aquí se habla sólo de personas: es una acción de personas a personas. Satisfacer es hacer algo, o encontrar un modo de que se perdone una ofensa inferida a otro. Acá es importante la palabra "ofensa" o "agravio". Tradicionalmente se entiende por tal un daño hecho a la fama de la persona, a su honor, o a sus intereses. Pero la ofensa es algo más profundo, tiene su raíz en la dignidad de la persona.

 

Es importante reconocer que sólo a las personas se las ofende. La persona humana tiene una consistencia, un valor que está alcanzado por el absoluto de Dios, ya que es "la única creatura a la que Dios ha amado por sí misma" (GS 24). Tiene un núcleo irreductible, inviolable; un valor por sí misma; por lo tanto, no se la puede manipular o instrumentalizar sin "ofenderla".

"Dotado de dignidad, por ser semejante a Dios, el hombre puede ofenderse a sí mismo, como también ser ofendido por otros. Solamente Dios y, en el ámbito de esta creación visible, el hombre, son susceptibles de ofensa. Pero Dios es ofendido también cuando es ofendido el hombre, que es su imagen. Así como cuando el hombre es dignificado en esta tierra, Dios mismo resulta glorificado en aquél, a quien llama a ser su hijo.

Cuando el hombre es vejado y degradado, entonces es alcanzado y ofendido el fundamento absoluto de su existencia y de su persona. Por eso Dios es la suprema garantía de la dignidad del hombre, no hay en este mundo ningún acto de amor, por oculto que fuere, que no sea recogido por el absoluto de Dios. Tampoco hay injusticia alguna que, aunque se la pretenda acallar y ocultar, quede ante Él definitivamente secreta y silenciada". "Iglesia y comunidad nacional". Conferencia Episcopal Argentina.

Para comprender en sentido antropológico y teológico lo que significa "reparar", hay que tener el sentido de la persona y el sentido de Dios. Hay que considerar que la persona tiene en Dios un fundamento absoluto, que la pone aparte del resto de las criaturas. Lo que se ofende, aquello sobre lo que recae la ofensa, no es un honor hueco, sino la dignidad intrínseca, la verdad interior de la humanidad de la persona. Por supuesto lo mismo se dice, y en primer lugar, de Dios.

 

Reparar indica algo de estos tres sentidos: restablecer lo que está roto, animar lo que está mortecino, y restituir lo que se había desconocido de la dignidad de la persona: de la persona de Dios o de la persona humana.

 

 

AL CORAZÓN

 

No es éste el lugar de hacer un tratado sobre lo que significa este término, en la Escritura o en el lenguaje filosófico. Karl Rahner lo llamó "protopalabra". Es decir, una "palabra primera" que alude a una experiencia de la persona que siente que es una, y que expresa su experiencia usando un concepto de origen corporal.

El corazón, para la doctrina sobre el hombre, es el centro que unifica la totalidad de la persona, y en el cual resuenan todos sus aspectos. Centro de la persona que es el nudo por donde pasan todos los hilos que nos van tejiendo, y que luego alcanzan otras dimensiones de nuestro ser y de nuestra actividad; éstos encuentran en el corazón su coherencia, su trabazón original.

 

El corazón es, sobre todo, aquello con lo cual pronunciamos los profundos "quiero", que no son ni pura voluntad, ni puro afecto, ni puro pensamiento, sino compuestos de lo más nuclear de todo lo que somos; con el corazón pronunciamos esos "quiero" que determinan el sentido de nuestra vida. En el corazón discernimos qué es lo que vale de todo lo que recibimos, porque recibimos con el corazón: las cosas profundas que los otros nos dan caen en el corazón, y el corazón las recibe, y las elabora, y las acepta o las rechaza.

 

Por eso en el corazón se decide el sentido de nuestra propia vida. Es ese "lugar" de nuestro ser que descubre la luz que da sentido a toda la vida y que la acepta o no. Es también la sala del alma donde accede casi únicamente Dios, donde a Él le gusta "entrar y salir como en casa propia"1, y donde libremente damos acceso a aquellas personas en quienes confiamos. Pero el corazón no queda totalmente en secreto. Se manifiesta, se muestra en lo que hacemos, en los gestos, en las palabras. De ese centro inasible, misterioso, que ni nosotros mismos podemos manejar del todo, salen fuerzas que se despliegan en nuestras capacidades afectivas, volitivas, intelectuales..., buenas o malas, según cómo sea el sentido que hemos elegido para nuestra vida, y las decisiones que vayamos tomando, acordes o no con ese sentido.

 

1. Rafaela Maria, Santa (Fundadora de la Congregación de Esclavas del Sagrado Corazón de Jesús): Apuntes espirituales. Tomado de Palabras a Dios y a los hombres, A.C.I., Madrid, 1987, p. 1051 (en adelante citados como PDH).

 

No todo en el ser humano es corazón. Pero todo lo que tiene algo de importancia, y mucho de lo que no la tiene, se relaciona con "lo que hay en el corazón": "de la abundancia del corazón habla la boca". Aunque quisiéramos sujetar en un manojo apretado todos los hilos del alma, no lo lograríamos: el corazón se expresa, a la corta o a la larga, siempre. Nuestros manotazos para tapar la luz -que bien puede ser luz oscura- que sale del corazón, resultan casi siempre inútiles. Es centro el corazón. Y el centro tiene siempre periferias:

 

* "Del corazón provienen los malos pensamientos, los homicidios, los adulterios...: esto es lo que hace impuro al hombre" (Mt 15,19).

 

* "Lo que cae en buena tierra son los que... conservan la Palabra con corazón bueno y recto" (Lc 8,15).

 

* "Amarás al Señor, tu Dios, con todo el corazón" (Mt 22,37; Dt 6,5).

 

* "Esto mismo hará con ustedes mi Padre, si no perdonan de corazón cada uno a su hermano" (Mt 18,35).

 

* "Donde está tu tesoro está tu corazón" (Mt 6,20).

* "Bienaventurados los limpios de corazón porque ellos verán a Dios" (Mt 5,8). (¿Habrá sacado de acá el Principito: "sólo se ve bien con el corazón, lo esencial es invisible a los ojos"? Sí, el corazón ve; pero ve más lejos y mejor un corazón limpio).

 

O sea, corazón: fuente y cumbre de "lo que en el hombre hay".

 

Pero hablamos de "reparar el corazón" o "reparar al corazón". Y sí, porque el corazón se rompe de mil maneras distintas. Sufre, se desconcierta, se desorienta, se angustia, se siente incapaz de construir, no siempre ama sino que odia y destruye, o bien queda sepultado bajo las preocupaciones de la vida o el ruido y el tráfago o las meras sensaciones que acallan sus gemidos profundos; o se rompe cuando es insultado o degradado el hombre o la mujer, cuando es oprimido "por cosas de dentro o de fuera" (GS 17); y sobre todo cuando no alcanza el cumplimiento de sus deseos.

Entonces, hay que reparar el corazón para reparar a la persona rota, o reparar sus vínculos fundantes con Dios, o con los más amigos, o los más amados, o reparar su enganche con la vida cuando todo le hace preferir la muerte. O sea, que es lícito y justo y necesario reparar el corazón: reparar el propio corazón, y ayudar a reparar la persona de los hermanos, o los vínculos que nos hacen ser familia y no extranjeros. Tan importante es esto de reparar los vínculos entre los hombres, y de éstos con Dios, que es el encargo que Él va a dar a su profeta, y que es en realidad una promesa:

* "Reconstruirás las ruinas antiguas,

restaurarás los cimientos seculares,

y te llamarán ‘Reparador de brechas’."

* "Restaurador de moradas en ruinas" (Is 58,12)

Reparar el corazón del hombre: en esto consiste el proyecto de Dios. Y para hacerlo, Él va a elegir, un método particular: ponerse cerca, para lo cual va a exponer su propio corazón:

* "Yavé está cerca de los que tienen roto el corazón" (Sal 33,19).

 

 

 

DE JESÚS

Que Dios tiene corazón nos lo dice la Biblia; aunque el Antiguo Testamento "814 veces se refiere al corazón del hombre y sólo 26 veces habla del corazón de Dios. Pocas veces, es verdad, pero son siempre textos muy significativos que tienen una relación directa con el hombre" (ver Díaz Mateos, Manuel: "Dios tiene corazón"). Vamos a recordar sólo dos, que nos pueden ayudar:

 

* "Les pactaré alianza eterna de hacerles bien, y pondré mi temor en sus corazones, de modo que no se aparten de junto a mí; me dedicaré a hacerles bien, y los plantaré en esta tierra firmemente, con todo mi corazón y con toda mi alma" (Jer 32,40-41).

 

Este texto describe algo de "lo que hay en el corazón de Dios". Él quiere el bien del hombre. Lo quiere con su corazón: el corazón es la sede de los deseos, y los deseos son lo que mueve a la persona, y muchas veces lo que mueve también a otros que entran en esos deseos de una persona. Los deseos tienen su propia eficacia. El amor por el hombre, el deseo de comunicarle el bien, residen en el corazón de Dios. Y es deseo intenso, por eso el Señor implica en esto todo su corazón: un corazón unificado por el amor.

 

En el mismo salmo dice: "el plan de Yavé subsiste para siempre, los proyectos de su corazón por todas las edades... Él forma el corazón de cada uno (de cada persona)" (Sal 33,11.15).

 

 

Dios proyecta con el corazón. En continuidad con lo anterior, hace planes de bien sobre el hombre, y no tanto los piensa cuanto los "corazonea". Y el otro versículo nos habla de que el corazón de Dios hace al hombre, lo da a luz, lo forma; es una imagen de creación: Dios va dando forma a cada uno.

Él no sólo ha creado "al hombre" sino que se detiene en la creación de cada uno, en pensar amando la concreta personalidad de cada uno.

Con esta pequeña muestra vemos que la Biblia está cargada de la idea de que Dios tiene corazón.

 

Pero acá hablamos de "corazón de Jesús". Que no es lo mismo, aunque va a lo mismo. "Corazón de Jesús" significa que Dios se acercó tanto al corazón roto del hombre, que se hizo hombre. Para estar cerca; porque, como decíamos, el método concreto que usó Dios para salvarnos y hacernos hijos fue la Encarnación. De eso se trata.

 

Cuando decimos "el corazón de Dios", esto no es una pura idea, ni una pura entelequia... ni siquiera un puro espíritu. Sino que Dios, que tiene corazón, se encarnó en Jesús de Nazaret, Jesucristo; y el significado central del misterio de la Encarnación está resumido en el corazón de Jesús. En el corazón de este hombre concreto está el corazón de Dios. Y "no otro camino hay" (Sta Rafaela María PDH 1025) para acceder al corazón de Dios que el corazón de Cristo. El corazón de este hombre es el corazón de Dios.

 

Pero, ¿cómo reparar algo tan sublime? ¿Puede ser que este corazón de Dios que es el de Jesús esté lastimado? Sí: "uno de los soldados le atravesó el costado con una lanza, y al instante salió sangre y agua; y el que vio es el que lo asegura, y su testimonio es verdadero, y él sabe que dice la verdad, para que también ustedes crean" (Jn 19,33-35). Ésta es la historia. Una historia de amor, pero no de amor fácil: porque "nadie tiene amor mayor que el que da la vida por los que ama" (Jn 15,13).

 

Es un acontecimiento que ha inspirado a místicos muy grandes -no sólo de los conocidos, sino también a cristianos muy anónimos y muy profundos-, y que no se resuelve en una alegoría. Es un hecho que contiene todo el espesor de la historia. La mística cristiana sólo puede nutrirse de historia y de fe.

 

Podríamos pensar que con la resurrección terminó toda herida, toda muerte; pero que no es así lo sabemos gracias a la necesidad de certezas de Tomás: "Si no veo en sus manos la señal de los clavos y no meto mi dedo en el agujero de los clavos y no meto mi mano en su costado, no creeré". Una necesidad que Jesús no sólo comprendió, sino que también, a su manera, respaldó, compartió: "Trae tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo sino creyente".

Para nosotros será mejor "creer sin haber visto", pero esta fe nuestra se apoya en la historia: justamente en el testimonio de los apóstoles, que tiene como finalidad certificarnos que "el Verbo se hizo carne". Para que nosotros creamos, otros vieron, tocaron, palparon (Jn 20,25.27.29, Cf. 1Jn 1,1).

 

La resurrección ha respetado la herida del corazón de Cristo. Es un hecho y un símbolo. Primero, de que la vida sale del corazón, del corazón herido. La herida no es una desgracia, sino una gracia, una fuente de vida. Segundo, de que hay que seguir curando. Hay que seguir extendiendo, en el espacio y en el tiempo, la reparación del corazón de Cristo. Porque su corazón sigue estando herido y sin resucitar en miles y miles de hermanos -suyos y nuestros-, otros Cristos que sufren pobreza, opresión, desamor.

En esto consiste la misión de la Iglesia. Es una manera de vivir la misión de la Iglesia que Dios da como carisma a quienes Él elige: un estilo solidario y esperanzado.

 

ADORAR Y REPARAR

 

La reparación brota de Dios y también en Él culmina. Nuestro camino está sembrado de continuas idas y venidas, de Dios al hombre y del hombre a Dios. En realidad nuestra vocación es la de "en todo amar y servir" a Dios nuestro Señor (San Ignacio de Loyola, EE 233). Pero es lógico que dejemos espacios en los que expresamos que Él es la fuente, Él es el primero, y lo es para nuestro bien. Estas actividades más teologales son contenido nuclear de nuestro camino reparador.

 

Adorar es reconocer la dignidad de Dios. De hecho, es una manera concreta de vivir nuestra identidad de criaturas suyas y de hijos. El primer pecado fue un acto contrario a la adoración. Un acto que consistió en "querer ser como dioses", es decir, en soberbia. Adorar es ubicarnos en lo que somos, en la verdad interior de nuestro ser, y expresárselo al Señor.

Adoramos a Dios, entonces, porque ésa es la verdad, y porque es bueno vivir en verdad. A Él le debemos este reconocimiento de la vida, del ser, del mundo. No adorar resulta falso, es una mentira que nos decimos.

 

Adoramos también a Dios porque su dignidad de Dios nos es benéfica. Vivimos de la dignidad de Dios, de la gloria de Dios. Por eso le agradecemos su gloria. No podríamos vivir sin Dios y sin su Gloria. Es de gente de mente estrecha y de corazón diminuto sentir que tenemos que entrar en competencia con Dios, o que su Gloria nos disminuye. Es todo lo contrario. Gracias a que Dios es Dios, nosotros somos personas. No es poco. Es propio de la cultura de la modernidad, en la que aún participamos, sentir que la Gloria de Dios nos agrede, y que para ser hombres nos conviene negarlo o no tenerlo en cuenta o pelearnos con Él o hacernos fuertes contra Él. Seguramente, además del pecado original, esto tiene causas históricas y probablemente también desaciertos de la Iglesia, que somos nosotros, en su evangelización. Pero más profundamente aún, esta cultura nuestra, como dicen los estudiosos, es una cultura peleada con el "padre", que busca ser a costa de la figura paterna. O sea: el problema trasciende el terreno religioso. En eso estamos. Y el Señor nos llama a vendar esas heridas, y también a reconocernos en ellas.

 

Nosotros adoramos, y eso nos resulta reparador porque es nuestra verdad, porque nos parece muy preferible tener Dios que no tenerlo, tener Padre que no tenerlo. También nos resulta beneficioso no echar la culpa de nuestras desgracias al Padre, sino adorar, que es creer que siempre su presencia en nuestras vidas es benéfica, que desea nuestro bien y lo promueve.

También adoramos porque este Dios, creador de todo, Padre, Hijo y Espíritu Santo, se nos ha hecho cercano:

 

* "La gracia de Dios, que es fuente de salvación para todos los hombres, se ha manifestado".

* "Se manifestó la bondad de Dios, nuestro Salvador, y su amor a los hombres" (Tit 2,11.3,4).

 

Se hizo carne. Por eso desde ahora toda nuestra adoración es participación de la adoración de Cristo. Adoramos con Cristo, por Él y en Él. Ahora adoramos ya no sólo su señorío de Dios, sino también su benignidad de Dios. Y lo adoramos también a Cristo. Nuestra humanidad ha quedado insertada en el misterio de Dios Trinidad. ¡Cuánta misericordia! ¿Cómo no adorar su designio?

 

Y más aún, esa benignidad se nos ha hecho más simplemente cercana en la Eucaristía, en la que adoramos a Cristo, a Dios. Adorar la Eucaristía es un gran bien de la Iglesia, un bien reparador. Nos hace bien a todos: a quienes lo hacemos y a quienes no lo hacen. Porque adoramos en nombre de la humanidad.

Una de las inquietudes fundamentales de santa Rafaela María fue "poner a Cristo a la adoración de los pueblos". Esto significa que, para Rafaela, adorar no es un acto privado, que se pueda reservar para unas personas o sólo para la intimidad, sino fundamentalmente un bien público, un bien común. Y no sólo un bien de los individuos, sino un bien de los pueblos y para los pueblos.

 

Porque en esto consiste la vocación del hombre, es lo que todos buscamos, a sabiendas o ignorándolo, por caminos acertados o equivocados, por el derecho o por el revés. Todos buscamos a Dios, y todos vamos a encontrar nuestra dicha sin término en la contemplación entrañable de Dios. Entonces, mirar a Jesús en la Eucaristía va cumpliendo nuestra vocación humana y va cumpliendo la vocación de muchos que no pueden mirar y adorar. Y somos transformados en aquello mismo que miramos. Porque la adoración bien hecha nos cambia. Aligera nuestros pasos, ablanda el corazón, nos lo abre a las necesidades de los hermanos. Pero es una experiencia que hay que intentar para entenderla y valorarla. Y nunca es un bien privado, sino un bien común, algo de lo que no podemos apropiarnos.

 

Alabar es pensar bien de Dios y decírselo. Decirle que es bueno que Él sea Él mismo. Gozarnos con Él, gozarnos en que Dios sea Dios. Gozarnos en su bondad, no sólo por los beneficios que nos da, sino porque Él es hermoso, es hermosa su Bondad.

 

María Josefina Llach, aci.

 

AMOR Y REPARACIÓN

Para emprender un camino de comunión con Dios es indispensable unirnos a Cristo y con Él vivir nuestra vida como un ofrecimiento reparador al Padre por toda la humanidad.

El Padre León Dehon (1843-1925) fue un gran apóstol social y al mismo tiempo un gran maestro de espiritualidad. En ambos campos el Amor Reparador era su propuesta de vida. Él hizo de la unión a Cristo, en su amor al Padre y a los hombres, el principio y el centro de su vida. En ese amor reparador encontró la certeza de que la fraternidad humana podrá ser alcanzada, y de allí obtuvo la fuerza para trabajar en la trasformación del mundo.

El Papa Juan Pablo II que beatificará al p. León Dehon, el próximo 24 de Abril, en la Plaza San Pedro en Roma, lo propondrá como modelo de santidad para la toda la Iglesia.

 

Una de sus oraciones dice:

 

Corazón de Jesús,

te debo todo mi Amor y toda mi adoración.

Deseo ardientemente reparar el mal

y la ingratitud que hay en mi y en la humanidad,

y que ofende tu amor eterno e infinito.

Por esto te ofresco mi corazón

y consagro enteramente a ti

mis afectos, mi trabajo, mi persona

y mi vida, hasta el último suspiro.

 

P. León Dehon