OBISPO PEDRO OLMEDO

El obispo de las nubes, con los pies en la tierra

Pedro Olmedo, el obispo de Humahuaca, está muy cerca del cielo. No de ese Cielo mitológico, sino de ese desprolijo firmamento azul de la Puna. Lo cierto es que Olmedo, vive a 3.000 metros más cerca de las estrellas que, por ejemplo, los obispos porteños. No es un dato menor para él, ya que según sus propias palabras, "la realidad de este lugar me transformó la vida. Me ha alejado del centralismo de la Iglesia. Por eso, siempre le agradezco a Dios por haberme traído acá". Claro que Olmedo no agradece por cuestiones cósmicas o astronómicas sino por "ese impresionante choque cultural" que sintió cuando llegó de España en 1972 a su primer destino: la Mina Pirquitas. Allí tomó contacto con una miseria que no conocía, con una obediencia y sumisión de los lugareños marcada a fuego por siglos de conquistas y sucesivas servidumbres. Y todo eso lo convirtió, según dice él, al cristianismo más profundo y existencial: "el que nace del contacto con la gente". Olmedo tiene 56 años y proviene de una familia sevillana de clase media alta compuesta por 15 hermanos, tres de los cuales también son misioneros; dos hermanas misionan en Venezuela y Chile, y Jesús, es párroco de La Quiaca en la misma diócesis. Estudiante del colegio Claret de Sevilla, donde compartió partidos de básquet y de fútbol con el ex primer ministro español Felipe González, vivió su niñez y su adolescencia en esa España de las "dos Españas" en la que todavía convivían el clericalismo franquista y el Concilio Vaticano II. Después del seminario y de la ordenación con los claretianos, de quienes le atraía "su estilo misionero e itinerante y ágil", en 1972, llegó finalmente a Jujuy, a la Mina Pirquitas. "Allí estuve 6 años. Y esa experiencia me transformó. Yo traía los apuntes de estudio de Salamanca con todo anotado y no me sirvieron para nada. Fue un choque cultural muy grande. Tenían otras pautas, otras costumbres. Acá vivían la religión como una listita de pecados y yo traía todo el bagaje nuevo del Concilio. Tenían una visión del cura demasiado sagrada, arisca, nos tocaban, se arrodillaban, te servían. No había un acercamiento con la gente. Por suerte eso cambió y terminé jugando al fútbol y trabajando a la par de ellos en la mina".

En 1978 lo trasladaron a Iruya, donde trabajó hasta el 90, cuando volvió a Mina Pirquitas a encabezar las protestas y las asambleas de los mineros. Por acompañar esas luchas se hizo conocido en todo el país, desafiando al gobierno desde una mina ubicada en la Puna. Un año después, fue nombrado obispo de Humahuaca.

 

Después de tantas idas y vueltas, ¿cuál es hoy su experiencia de Dios?

- Tiene mucho que ver en el contacto con la gente. Mi primera experiencia religiosa la he mamado en la familia, después vino la vida en el seminario, una fe muy fácil y muy conventual y finalmente, el salto al vacío, cuando llegué a Jujuy y tuve que rehacer todo: mi estilo como cura, mi visión de Dios, mis oraciones.
Estar con la gente de esta zona me ha ayudado mucho a tener una experiencia muy existencial y muy realista de Dios. No soy un hombre que pasa sentando largas horas en oración, eso lo he hecho antes, ahora me importa mucho más estar embarrado por la realidad. Es mucho más difícil, claro, porque el camino se hace cuando lo espiritual te cambia la vida, y la vida te transforma el espíritu.

Usted es uno de los pocos obispos que hoy siguen defendiendo la Teología de la Liberación. ¿Por qué?

- A mí me da mucha bronca que me vengan con la estupidez del letrerito, del tercermundista, del revolucionario, de la Teología de la Liberación. Yo personalmente me identifico mucho con la Teología. Vengo de una familia rica y cuando hablo con mis hermanos en España me critican mucho, pero es muy fácil criticarla desde Europa. La Teología de la Liberación es una Teología de la vida. Tuvo sus faltas y sus exageraciones pero los grandes poderes de este mundo que joroban a todos la quisieron quebrar, le hicieron una propaganda terrible, con una clara intencionalidad política. Y a mí me da bronca, mucha bronca.

Cuando me tachan de obispo de izquierda, al principio me dolía el ego, me tocaba el amor propio, pero ahora no me hace mella. No estoy acá para escalar ningún puesto sino para ayudar a la gente.

Usted ha participado en huelgas y manifestaciones de trabajadores y desocupados. ¿No se siente un poco solo en una Iglesia que recién ahora parece comprometerse con lo social?

- La Iglesia es lo que es la Argentina. Muchos hablan hoy de la dictadura -yo tuve que estar acá haciendo lo que podía- pero no sólo la Iglesia se llamó al silencio; el periodismo también. Entonces, no se puede culpar sólo a los obispos. La Iglesia es un producto de la sociedad. El episcopado está formado por 80 y pico de obispos que representan a más de 60 diócesis con realidades distintas y, bueno, es verdad que a veces la Iglesia se desanima, se repliega, se retrasa un poco, pero otras veces avanza. Nosotros los del Noroeste compartimos muchas experiencias y eso tratamos de trasladarlo a la Conferencia Episcopal. Pero, ¿cómo hacemos para transmitir esa experiencia a gente que nunca salió de las ciudades?

En Jujuy se produce uno de los choques de culturas más fuertes de la Argentina entre la religión colla y la católica. ¿Cómo se resuelve eso desde la Iglesia?

- La Iglesia sufre un gran centralismo, pero hemos avanzado mucho. Yo integro el equipo de Pastoral Aborigen, y el tema no está instalado en la Iglesia. Somos profundamente racistas y muchos obispos defienden la visión de la colonia y no quieren aceptar el punto de vista de los aborígenes. Pero a principios de este año hemos sacado un documento en defensa de la entrega de tierras a los indígenas y se aprobó por mayoría absoluta. Ese fue un avance muy grande pero no significa que se respete la cultura y el espíritu de los indígenas.

¿No cree que la Iglesia envía a los lugares más pobres a los obispos progresistas sólo para no perder su propio poder?

- Creo que no. A nosotros nos hace así, progresistas, como dice usted, el lugar que nos ha tocado. Es que si no te cuestiona un lugar como éste, si no te entra esta realidad, es por dos razones: o es que eres necio o eres muy duro. Es la realidad la que te cambia, no puedo predicar el Evangelio en el aire.

¿Cuál es su mayor pecado?

- A pesar de que uno parece estar muy comprometido con la gente, creo que mi mayor pecado es de conciencia: todavía he hecho poco por los demás. Como Iglesia, a mi me gustaría que pudiéramos incidir más en la realidad.

Mi otro pecado es también cansarme de luchar por la unidad de la Iglesia. Eso cansa mucho.

¿Cómo se imagina a Jesús?

- A Jesús, el Cristo. Pues me lo imagino viviendo todo lo que tratamos de hacer nosotros pero con mucha más fuerza. Un Jesús que estaría en contra con mucha más fuerza de este sistema y que estaría mucho más cerca y más jugado con todo lo que son los marginados.

¿Cree que cuando muera irá al Cielo?

- Pues sí, espero que sí. Aunque no es algo que me preocupe mucho. Me preocupa más la Tierra. Yo estoy por la utopía la esperanza de que el Reino sea en la Tierra. Y me imagino al Cielo como el lugar donde se completará todo lo que no se pudo terminar aquí.

 

(Extractado de una entrevista de Hernán Brienza, en la revista "Tres Puntos", 181)