El p. Dehon,  

profeta de la acción social

 

 

1. Cuando la Iglesia se abrió a la Modernidad

 

 

Con León XIII empieza un novedoso acercamiento al mundo moderno sobre todo a través de sus encíclicas políticas y sociales. José Comblin escribe que los fenómenos recientes del Concilio y del posconcilio en la Iglesia "no son hechos aislados; forman parte de un proceso de evolución cuyo origen se puede situar en la transición del pontificado de Pío IX al de León XIII". El papa se había dado cuenta que de nada servía dedicarse a condenar; nunca se conseguiría con estas condenas acercar la Iglesia al mundo moderno. Los cambios afectaron no sólo a lo social y a lo político, sino a las escuelas cristianas, a los estudios bíblicos, filosóficos e históricos, a las ciencias modernas, al ecumenismo incipiente. Surgieron los gremios católicos, los primeros intentos de agrupaciones católicas buscando una presencia política dentro de la sociedad. Entre los católicos surgieron corrientes no sólo conservadoras sino también liberales y sociales hasta el gran despliegue de la Democracia Cristiana que se alió al movimiento democrático y republicano. También la doctrina social de la Iglesia impulsada por León XIII con la "Rerum Novarum", perdió fuerza inclinándose cada vez más hacia la derecha ya que a la izquierda se la identificaba con el ateísmo.

Es evidente que en la mentalidad de León XIII no estaba clara todavía la idea de evangelización así como la propone hoy el Concilio; por un lado estaba lo teológico (dogma, moral, sacramentos) y por el otro la "doctrina social". El objetivo de esta doctrina social era restaurar, a través de una tercera vía, una realidad equivalente a la antigua cristiandad, tratando de que las exigencias cristianas pasaran a las leyes civiles y se implementara así una "sociedad cristiana". En los 25 años de su pontificado, así como tuvo gestos aperturistas, también acentuó la centralización romana, no perdió ocasión para reivindicar lo estados pontificios y frenó a los católicos liberales. En 1887, por ejemplo, fueron condenadas 40 tesis sacadas de las obras del religioso italiano Antonio Rosmini, hoy rehabilitado y en camino hacia la canonización. Rosmini había escrito el libro "Las cinco llagas de la Iglesia", donde denunciaba que la Iglesia estaba afectada en su cuerpo por cinco llagas: división entre clero y pueblo, insuficiente formación del clero, desunión entre los obispos, nombramiento de los obispos por el poder civil y su dependencia del mismo, riqueza de la Iglesia y servitud de los bienes eclesiásticos. Aun así hay que reconocer que el de León XIII fue el primer intento para hacer que la Iglesia saliera del aislamiento y del gueto. Fue sobre todo en Francia, la nación guía de la evolución socio-cultural, política y religiosa de Europa, donde más se hizo sentir la acción de León XIII. El papa pidió que los cristianos abandonaran esas posturas intransigentes de antaño y se integraran a la legalidad política dentro del sistema de gobierno que fuera; su actuación más conocida fue en este sentido el "ralliement" (= adhesión) a la república. En su gran mayoría, los católicos en Francia eran monárquicos y conservadores, lo que les procuró una persecución violenta por parte de la república debido al fracaso de las gestiones conciliadoras del papa. Más éxito tuvo en el campo de la "cuestión social", con su célebre consigna: "Allez au pueble" ("Vayan al pueblo"); la fórmula hoy puede parecer paternalista pero en aquel tiempo era casi revolucionaria debido al encierro que padecía la Iglesia. El Catolicismo Social fue el fruto más maduro de este esfuerzo.

Los demócratas cristianos se declaran a favor de la lucha de la clase obrera por sus derechos; analizan más en profundidad las causas de la creciente miseria y llegan a la conclusión de la necesidad de profundas reformas en la sociedad. Buscan además distanciarse de las esferas de poder. A ellos se adhirió justamente el papa León XIII con la carta encíclica "Rerum Novarum" (= Las cosas nuevas) de 1891. Esta encíclica cierra un período del movimiento social cristiano y abre otro. Es en este lapso de tiempo que entra en escena la figura del p. León Dehon. Éste es conocido en los ambientes eclesiales como el fundador de la Congregación de los Sacerdotes del Corazón de Jesús (Dehonianos) y por su devoción al Corazón de Cristo. Sin embargo, su beatificación nos brinda la oportunidad para reivindicar la importancia de Dehon en la historia de la Iglesia moderna, como profeta y precursor de las actuales orientaciones del Concilio y en particular de la opción preferencial por los pobres o lo que hoy se llama dimensión social y profética de la fe.

2. "Grave error pastoral"

También el p. Dehon provenía de una familia tradicional, aristocrática y monárquica, de un catolicismo conservador e intransigente como en general la gente del norte de Francia. Fue la realidad pastoral y social de una parroquia obrera la que le fue abriendo los ojos. Habían pasado sólo dos años de la fundación en Francia de los Círculos Católicos de Obreros (1871) y ya el p. Dehon los tenía en su parroquia de San Quintín (Soissons). Era un joven sacerdote de 30 años que había estudiado como vocación adulta (ya era abogado a los 19 años y a los 21 doctor en Ley de la Corte de Apelación de París) en el Seminario Francés de Roma y participado como estenógrafo en el Concilio Vaticano I. Tenía una particular propensión para los estudios y la enseñanza. Pero lo que provocó su evolución posterior, a pesar de sus licenciaturas en filosofía y teología, fue un conjunto de hechos y situaciones que lo llevaron, gracias a su profunda espiritualidad, a recorrer los caminos nuevos y riesgosos que Dios le iba indicando.

El primer impacto fue con la realidad pastoral de San Quintín, donde él era capellán, y después con la de su diócesis y de gran parte de la Iglesia del norte. Advertía una Iglesia alejada del pueblo, metida en la sacristía, encerrada en sí misma, dedicada casi exclusivamente al culto sin interesarse por lo que pasaba afuera. Como primera cosa él se dedica a visitar las familias interiorizándose de los problemas de la gente (es interesante leer lo que escribe sobre la importancia de la visita domiciliaria) y es allí donde descubre el drama de la familia obrera. En San Quintín hace una lectura crítica de la situación pastoral al poco tiempo de haber llegado y concluye: "Aquí hace falta un colegio, un patronato para los hijos de los obreros y un diario católico". Puesto al frente de la Oficina Diocesana de las Obras de su diócesis, lanza junto a algunos laicos una encuesta pastoral (una de las primeras en Francia) con 18 preguntas sobre la actividad pastoral en las parroquias. Conclusión: "El resultado ha sido desolador, las iglesias se están vaciando. Hace falta responder a las nuevas exigencias de los tiempos, con obras nuevas y nuevos métodos pastorales", escribía. Y se refería a la colaboración de los laicos, al campo educativo, a la acción social, al apostolado de la prensa, a la pastoral obrera...

El juicio del p. Dehon es muy crítico acerca de los métodos pastorales de su tiempo. Critica las grandes parroquias donde el contacto del pastor es imposible, la falta de preparación intelectual y social del clero, el poco espíritu misionero. A veces, su tono se hace áspero, pero siempre es incisivo: "Se dice que la religión es buena para los viejos, las mujeres y los niños. De hecho, muchos curas y gente devota no logran concebir que el sacerdote salga de su casa para otra cosa que no sea visitar enfermos, acompañar funerales y se asombran de que el pueblo compare al sacerdote con un pájaro de mal agüero. Vayan a los vivos, vayan a los hombres, vayan al pueblo y ya no se los verá como tristes pájaros de funeral". En particular, él detectaba en la Iglesia de aquel tiempo lo que se atreve a llamar "un grave error pastoral". ¿Cuál era? Haberse aliado con los poderes de turno (monarquía, imperio) acumulando privilegios y alejándose así del pueblo y haber pactado con la naciente burguesía liberal que limitaba la religión a la esfera privada. Lo que más tarde Pío XI llamó "pérdida de la clase obrera" por parte de la Iglesia, en realidad fue la expulsión de la clase obrera fuera de la Iglesia por parte de la burguesía que se decía cristiana y era aliada de la jerarquía. "No rechazaban el Evangelio, pero querían domesticarlo", escribe el p. Dehon...

"No sólo la vida privada debe ser cristiana, sino toda la vida pública, social, económica... Nos hemos dado cuenta que nuestra teología y nuestros catecismos son incompletos; los deberes cívicos, políticos y económicos ni son mencionados". Por eso denuncia el inmovilismo de la Iglesia que "sólo se preocupa de cinco categorías de personas: los niños, los ancianos, las mujeres, los enfermos y los afligidos". Éstas eran las prioridades pastorales del "Manual de Obras Rurales" (1865) destinado a seminaristas y jóvenes sacerdotes; eran "los cinco dedos del apostolado". Dehon decía: "Hay dos clases de sacerdotes: los que son buenos ministros del culto y nada más; y los que tienen alma de pastores y de apóstoles y van a la búsqueda de las ovejas perdidas como buenos misioneros". Criticaba la superficialidad de la predicación dominical y su poca incidencia en la realidad. Por eso declarará más tarde frente a 700 sacerdotes en el congreso de Bourges: "Hacemos 50.000 sermones por semana y nuestro pueblo es ignorante de religión, y nuestras iglesias se vacían". En conclusión, el p. Dehon pide pasar de una pastoral de conservación a un pastoral de misión.

3. "Salir de la sacristía" e "Ir al Pueblo"

Dehón usa constantemente dos consignas que no son suyas (son de Ozanam y fueron asumidas inclusive por León XIII): "Salir de las sacristías" e "Ir al pueblo". El primer lema es muy usado por el p. Dehon para controvertir cierto liberalismo anticlerical que quería confinar al clero a la sacristía y la religión a lo privado. El segundo refleja la preocupación de León XIII que escribía al obispo Germain de Coutance: "Aconseje a sus sacerdotes que no se cierren entre los muros de sus iglesias, sino que vayan al pueblo y se ocupen de todo corazón del obrero, del pobre y de la gente de las clases populares".

Junto con la creciente descristianización del pueblo, otro gran impacto para el p. Dehon ya desde San Quintín -una ciudad con muchas industrias de lana y algodón-, fue justamente el descubrimiento de la miseria obrera. El p. Dehon siempre recordará el consejo del gran obispo de Orleáns, Doupanloup: "Si tuviera que dar un consejo a los cristianos de nuestro tiempo y a todos los sacerdotes, sería el de no quedarse ajenos, así como lo hacen muchos, de los grandes problemas sociales; es preciso conocer la vida de los campesinos y obreros, ocuparse de su casa, comida, salario, de sus niños y ancianos, de sus problemas". A Dehón la sensibilidad por el tema obrero le viene del contacto con las fábricas y de escuchar a la gente. Ya a fines del primer año de trabajo en San Quintín escribe a sus padres: "En medio de esta situación obrera podremos hacer alguna obra de bien pero no alcanzaremos grandes resultados mientras la sociedad se organice como lo está haciendo actualmente". Tenemos descripciones sobrecogedoras del p. Dehon, sobre las hilanderías y las condiciones inhumanas de trabajo, lo que lo indujo a escribir: "No hay duda de que nuestra sociedad está podrida y todas las reivindicaciones de los obreros son justas". Aquí va una muestra: "Las casas son verdaderas taperas. Los obreros son víctimas de patronos sin escrúpulos. Basta una enfermedad, una maternidad, un accidente en el trabajo y ya es el hambre... Mientras los padres, hombres y mujeres están en las fábricas de 11 a 14 horas al día para ganarse lo necesario para vivir, los chicos vagabundean por las calles, fácil presa del vicio y la delincuencia". Estos apuntes del p. Dehon son 20 años anteriores a la "Rerum Novarum", en plena vigencia de lo que se llamó "capitalismo salvaje".

Otro hecho que marcó su vida fue la amistad con León Harmel, un empresario cristiano, de profunda fe y práctica religiosa, que en sus fábricas de Val-des-Bois (Reims) llevaba adelante una reestructuración de la empresa que para aquellos tiempos era un modelo de justicia para con los obreros. Ya en 1860 Harmel había fundado el subsidio familiar, las cajas de ahorro, las pensiones a la vejez, los consejos de empresa... Dehón conoció a Harmel en 1873 y allí surgió una amistad íntima de toda una vida. Después de que fundara su nueva congregación religiosa, Dehón asumió en 1887 la capellanía de las fábricas de Val-des-Bois y envió allí al p. Charcosset. Esto demuestra que sus ideales congregacionales no estaban alejados de este compromiso social. Dehón y Harmel se distancian de los Círculos Católicos de Obreros para optar directamente por el protagonismo de la clase obrera con sindicatos libres y autónomos, dentro del nuevo movimiento de la Democracia Cristiana de la cual Harmel era presidente, llegando Dehon a ser rápidamente uno de los primeros exponentes a nivel eclesiástico. Mientras los católicos sociales de tipo paternalista buscaban crear sindicatos mixtos (patronos y obreros), los demócratas cristianos optaron por los sindicatos estrictamente obreros. El primer Círculo Obrero nació en 1891 en Reims y finalmente los distintos Círculos dirigidos por los mismos obreros se reunieron en una federación que celebró su primer congreso en Reims (mayo de 1893) bajo la presidencia de León Harmel; el p. Dehon estará presente en el segundo congreso al año siguiente alegrándose de ese "bello espectáculo".

4. "Rehacer una conciencia social"

Dehón escribe recordando aquellos tiempos: "Asistíamos a una gran organización de la caridad por parte de la Iglesia, pero todo eso no bastaba. Había en la vida social injusticias de las que no nos dábamos cuenta y toda una conciencia social por rehacer. La caridad no bastaba y había que luchar por un programa de reformas sociales". Él no pedía obras clericales sino que el clero se metiera al lado del pueblo apoyando sus organizaciones, su prensa, sus reivindicaciones, sus luchas, llevando adentro del movimiento obrero el pensamiento cristiano. Por eso no se dedicó a obras particulares sino a "rehacer esa conciencia social" no sólo a nivel de trabajadores sino de sacerdotes, seminaristas, etc., a través de innumerables conferencias, congresos, artículos, libros y viajes. El mismo León Harmel hablaba al clero y a los seminaristas sin complejos y organizaba peregrinaciones a Roma con miles de obreros que eran recibidos por el "papa de los obreros". Harmel organizaba congresos de obreros en los que el p. Dehon participaba activamente . A partir del año 1891, el año de la "Rerum Novarum", en Val-des-Bois empezaron durante el verano las semanas de formación social para los seminaristas de toda Francia a cargo del p.Dehón y del canónigo Perriot, director de la revista "L’Ami du Clergé". Estas semanas se repetirán anualmente a lo largo de diez años. Allí los seminaristas tomaban contacto directo con los obreros, visitaban la fábrica, se interesaban de su organización. En 1895 ya eran 200 los participantes, entre ellos muchos sacerdotes jóvenes, por lo cual el p. Dehon puso a disposición el colegio San Juan de San Quintín, donde estaba la sede central de su congregación. Entre los expositores había curas de avanzada como Garnier y Naudet y laicos como Marc Sagnier (futuro fundador de "Le Sillon") y George Goyau. Estas semanas veraniegas son el comienzo de las que en 1904 comenzarán a llamarse las Semanas Sociales de Francia.

En 1896, mientras los seminaristas siguen en Val-des-Bois, los jóvenes sacerdotes se reúnen en Reims bajo la dirección del abbé Lemire y del p. Dehon entre otros. Se juntan 700 sacerdotes de toda Francia, enrolados en el movimiento de la Democracia Cristiana. Después vendrán Lyon (1897), Bourges (1900)... El movimiento de los "curas demócratas" sacudió profundamente a la Iglesia y según Emile Poulat, un reconocido historiador de aquella época, bien puede decirse que ellos fueron "los lejanos precursores de la Misión de France y de los curas obreros". Seguramente puede decirse que Dehon fue un cura de avanzada porque lideró, junto con unos pocos, una nueva corriente de pensamiento en la Iglesia de Francia, que desembocaría más tarde, después de las dos Guerras Mundiales, en el movimiento de pensadores franceses que prepararon el Concilio. Servonnet, arzobispo de Bourges, le escribía al p. Dehon: "Usted no es una persona tímida. Usted habla de las cuestiones del momento presente, las más graves y apasionantes. Usted camina sobre el fuego con un paso firme y seguro..." Mientras tanto, siendo desde 1893 presidente de la Comisión de Estudios Sociales de la diócesis de Soissons, con la ayuda de sus colaboradores (entre los cuales estaba el dehoniano p. Rasset), Dehon publicó el primer "Manual Social Cristiano" (1894) o compendio de la Doctrina Social de la Iglesia. El manual tuvo un éxito extraordinario con varias ediciones y contribuyó a la formación social de muchos cristianos laicos y de por lo menos tres generaciones de sacerdotes jóvenes, ya que fue adoptado en muchos seminarios de Francia y de otros países. En Italia el libro fue presentado por el profesor Giuseppe Toniolo, eminente laico católico comprometido en lo social que junto a León Harmel también ha sido propuesto para la canonización.

5. Persecuciones y fracasos

Sin embargo, no todo era fácil y había mucha oposición. En 1897 el card. Richard de París denunció en este movimiento de los "curas demócratas" el peligro del presbiterianismo, cuestionó estos congresos por realizarse fuera del cuadro jerárquico y por la audacia de criticar los estudios en los seminarios, la disciplina eclesiástica, etc.. En 1902 el obispo de Nancy,Turinaz, lanzó un opúsculo en nombre también de otros obispos donde denunciaba que "con una audacia creciente laicos y sacerdotes sin ninguna misión ni autoridad se esfuerzan por adueñarse de la dirección de jóvenes sacerdotes y seminaristas durante sus vacaciones". Era un golpe certero contra las iniciativas de Harmel y Dehon en Val-des-Bois, los que en consecuencia al año siguiente tuvieron que dar por finalizados estos encuentros de verano. Eran comunes las acusaciones de infiltración socialista, marxista, etc.. El p. Dehon tuvo que escribir un libro sobre los Congresos ("Nuestros Congresos") para justificarlos frente a los que desde afuera hablaban de "peligro clerical" y desde adentro de una peligrosa toma de palabra desde las bases católicas. También el p. Cornier, superior general de los Dominicos y consultor del Santo Oficio en el Vaticano, opinaba que "el p. Dehon manifestaba un celo excesivo para las cuestiones sociales y eso lo distraía de sus deberes para con su Instituto y le hacía daño a la perspectiva sobrenatural que debía darle a la obra". Después que el p. Dehon diera unas conferencias a los seminaristas del seminario francés de Roma, muy aplaudidas, algunos seminaristas muy entusiastas, sin esperar más, querían entrar en el movimiento social (de la Democracia Cristiana), mientras otros querían primero estudiar teología y adquirir un buen espíritu eclesiástico. El p. Cornier se declaró asombrado por la "injerencia del señor Dehon en el seminario", afirmando: "Se preocupa excesivamente por la difusión de ideas sociales que pueden ser legítimas en sí mismas, pero que en Roma no convienen. Calienta la cabeza de los jóvenes con daño, a mi juicio, de su verdadera formación eclesiástica".

La audacia de Dehon se debía no al hecho de ser un sociólogo, un político o un cura revolucionario, sino por ser un apóstol que quiere "ir al pueblo" para reconquistarlo a Cristo. Eso mismo deseaba el papa León XIII que lo había alentado en Roma después de las famosas cinco conferencias romanas, en 1897, celebradas con la presencia de hasta 500 personas, incluidos obispos y cardenales. Se le ofreció inclusive el episcopado pero él lo rechazó alegando su condición de religioso. No era simplemente el amor y la obediencia al papa lo que lo llevaba a tomar estas actitudes sino una sintonía profunda en las ideas, ya que este camino Dehon lo estaba recorriendo mucho antes de la "Rerum Novarum"; y cuando llegó la encíclica , en ciertos aspectos, él iba mas allá de la misma. Por otra parte, no participó en la acción antimodernista de Pío X y cuando comenzó su pontificado Benedicto XV, su amigo, le pidió que retomara la enseñanza social. Lo que llama la atención es su intensa obra concientizadora a nivel de curas y laicos, convencido como estaba que "las ideas preparan los hechos". Dehon no concibía la Iglesia sin la activa participación de los laicos, y de los laicos organizados.

Hasta intentó con León Harmel, ambos de la Tercera Orden Franciscana y con el permiso del papa, reformar ese organismo laical que se había reducido a ser "una piadosa asociación de gente que atendía a su santificación personal, pero absolutamente ineficiente para el Reino Social de Cristo". Así escribe el p. Dehon, que añade: "El verdadero espíritu de San Francisco estaba dormido". A pesar de que en setiembre de 1900 reunieran en Roma (en la iglesia de San Andrea della Valle) a unos 15 mil congresistas de Italia y de Francia, todo fue en vano. Lo mismo sucedió después que Harmel y Dehon se negaran a formar un partido político católico con la Democracia Cristiana y sugirieran a los demócratas cristianos unirse en una coalición con otros grupos no confesionales atrás de Etienne Lamy para que tuvieran más posibilidad de llegar al gobierno en las elecciones de 1898; fue otro fracaso de los católicos debido a su desunión. El p. Dehon era el que más buscaba la unión y el entendimiento entre las distintas corrientes católicas. Según Pierre Trimouille, "Dehon era el único eclesiástico francés aceptado por los católicos de las distintas tendencias de la época" y según Marienval era "una figura excepcional no cuestionada por nadie".

6. Luces y sombras

Todo esto que se ha dicho enaltece la figura del p. Dehon como la de un santo realmente actual y de un profeta de nuestro tiempo, pero hay que admitir que Dehon conservó los esquemas teológicos de la cristiandad, propios de su época. Supo ser abierto a los signos de los tiempos, por ejemplo con respecto a la renovación de la pastoral, a la democracia, al régimen republicano, a la justicia social, acercándose a hombres como Sturzo, Murri, Sagnier (cuyo movimiento fue condenado después por Pío X). Pero aun la doctrina social de la "Rerum Novarum" entraba dentro del proyecto de nueva cristiandad, auspiciado por León XIII. Se trataba de un cristianismo integrista; es decir se buscaba que las leyes sociales y el ordenamiento de la sociedad se identificaran con las enseñanzas de la Iglesia. Se quería una sociedad cristiana guiada, aunque fuera indirectamente, por la Iglesia; y el Estado debía ser confesional, no laico. No se aceptaba la separación entre Estado e Iglesia. Cuando Dehon habla de "ordenamiento social cristiano" piensa que no puede haber una organización social justa fuera de la concepción cristiana y de la enseñanza de la Iglesia; el verdadero remedio social sólo viene de la religión. Él mismo escribe: "Hay que reconstruir la cristiandad, es decir la alianza de las naciones bajo la dirección del papa, porque sólo la Iglesia puede resolver la cuestión social; sólo la Iglesia tiene la verdad".

No es de extrañar esta mentalidad porque fue la que dominó en la Iglesia prácticamente hasta el Concilio Vaticano II. Había que cristianizar la adveniente democracia "porque la democracia será cristiana o no será" (Dehon). Según él, "toda reforma social afuera del cristianismo o de la Iglesia está condenada al fracaso". Todavía en 1922 Pío XI seguía hablando de la "Cristiandad unida como la verdadera Sociedad de las Naciones" y de la Iglesia como "institución superior a todas las naciones con función de magisterio y arbitraje internacional y como único manantial del derecho y la salvación". Dehon además es de extracción intransigente; nunca fue un católico liberal. Éstos abogaban por la separación entre el Estado y la Iglesia, por todas las libertades, la libertad de religión y de conciencia; pero sostenían también lo inevitable de la miseria obrera, apoyaban el liberalismo económico y proponían la beneficencia en lo social.

Se lo ha acusado de papista y de que su enseñanza social se base más sobre León XIII que sobre el evangelio. Sin duda su inspiración es fundamentalmente evangélica como se puede constatar en todos sus escritos. Es cierto que La Tour du Pin lo llamaba "granadero del Papa", pero siempre debido a los cambios sociales y políticos que Francia necesitaba y que el papa había entendido perfectamente. Con esto no se quiere descartar por supuesto su espíritu de fe y de probada obediencia que él demostró cuando la Santa Sede suprimió su Instituto y que siguió demostrando después con el nuevo papa. Si combatió el "galicanismo" (cierta mentalidad independentista de la Iglesia francesa), no fue para defender el centralismo romano sino porque la Iglesia francesa se había atado al poder político y económico. La formación del p. Dehon en Roma, sus viajes internacionales, sus estudios y amistades inclusive con León XIII, le impidieron tener una visión demasiado local o nacional de la Iglesia que amaba ardientemente, le dieron el coraje para múltiples rupturas y le aseguraron a su congregación desde el comienzo una dimensión "católica" y misionera.

7. Los nuevos signos de los tiempos

El p. Dehon, por otra parte, no rehuía la polémica (sin caer por eso en la agresividad), como se nota en sus artículos de la "Chronique du sud-est", que su director definía como "toques de trompeta". Un periodista de ese periódico, Emmanuel Coste, lo describe en sus conferencias: "Habla procediendo científicamente por medio de cifras y estadísticas. Su escalpelo es punzante; ninguno de los males de la sociedad se le escapa. Su enseñanza tiene autoridad y resonancia". Otro diario , esta vez italiano ("L‘Osservatore Cattolico"): "El p. Dehon tiene un semblante noble, un rostro inteligente. Habla con singular moderación y exactitud, y se revela doctísimo con respecto de los temas más interesantes de la vida moderna. Es el conocido sociólogo francés que recién regresa de Roma donde ha dictado un curso de conferencias sociales muy apreciadas". Dehon sabe discernir los hechos. Acepta las banderas de la Revolución Francesa (libertad, igualdad, fraternidad) como principios evangélicos; condena la etapa del Terror con sus consecuencias, pero no la primera etapa de los "prudentes reformadores y sabios revolucionarios". Tampoco rehúsa en forma indiscriminada el análisis de la realidad hecho por los socialistas y reconoce que las soluciones propuestas no son todas de descartar. Del marxismo dice: "No es simplemente renegando de el que lo podremos contrarrestar, sino reconociendo lealmente lo que hay de justo en sus reivindicaciones". Esto no le impide condenar sin vueltas al comunismo "porque dejará subsistir y probablemente acrecentará la injusticia social, ya que no habrá muchos sino un solo patrón todopoderoso y con todos los medios a su disposición, sin la posibilidad de ninguna protesta". El p. Dehon condena el anticlericalismo racionalista y masónico que hay en Francia, pero se da cuenta que también la Iglesia tiene sus culpas y se pregunta: "¿Hemos amado bastante esta nuestra sociedad contemporánea o sólo hemos tenido frente a ella una actitud polémica? Si esta sociedad ha hecho leyes que nos disgustan, quizás le hemos dado motivos favoreciendo una constante oposición".

En un artículo sobre la "Chronique du sud-est", afirma: "Tenemos que avergonzarnos por haber hecho tan poco hasta ahora por la causa de Cristo y de los trabajadores. Con razón muchos nos reprochan que nuestro apostolado anda por las nubes". Por otro lado, constata con cierto humorismo: "Hay un montón de gente muy devota que se molesta al oír hablar de temas sociales, quizás porque probablemente tengan miedo de verse obligados a hacer algo... Hoy la justicia y la caridad han entrado en conflicto; es que nos faltan tanto la caridad como la justicia. Cuando se habla de la verdadera caridad, hay que ir mucho más allá de la limosna y empezar por practicar la justicia". Y le dice a los curas: "No transmitimos más en la vida social el espíritu cristiano de justicia y defensa de los débiles. Nos conformamos con entregar sacramentos a los que todavía vienen a buscarlos. El pueblo se ha alejado de una religión que no se preocupa de sus intereses y considera a los curas como cómplices de sus opresores". En una palabra, frente a tantos que hablan de descristianización, él se pregunta si no se trata de la ausencia de una verdadera cristianización o evangelización que logre unir la fe y la vida, que abarque lo personal y también lo social y lo político.

El p. Dehon propone al sacerdote no sólo una tarea cultual o de predicación, sino también social. Según él, el compromiso por la justicia social, al sacerdote debe serle "congénito"; debe formar parte de la "sustancia" de su ministerio. Se trata de "combatir una política sin principios y un capitalismo sin conciencia". No es verdad que los clérigos deban dedicarse a la Iglesia y los laicos al mundo; ambos han de comprometerse por la justicia. Llega a decir: "El sacerdote debe acompañar al laico en la acción social que el papa nos indica; de lo contrario no podría, sin pecado, continuar a celebrar Misa. La evangelización de los pobres (He sido enviado a evangelizar a los pobres, dice Jesús) es el cometido de los curas de nuestro tiempo". Evidentemente, insiste Dehon, esta acción social en el sacerdote debe ser acompañada por el estudio y la oración: "Necesitamos sacerdotes estudiosos, apóstoles y santos". Según el fundador de los Dehonianos, no están en lo cierto los que creen que por el solo hecho de vivir en profundidad la vida espiritual, eso sea suficiente para cambiar automáticamente la sociedad. "El ser hombres piadosos no es un atajo que nos dispensa de la necesidad del estudio complejo de la realidad y de una lucha organizada en comunión con todos los hombres de buena voluntad para el cambio de las estructuras o mecanismos sociales perversos". Una última afirmación de Dehón puede aclarar su pensamiento: "Nosotros somos felices por todas las transformaciones sociales que favorecen al pueblo. Su bienestar material tiene amplio espacio en nuestro corazón de apóstoles; nuestro ideal es su bien temporal y a la vez espiritual. Todo lo que obstaculiza su bienestar: hambre, enfermedades, explotación en el trabajo, viviendas insalubres.., debe ser eliminado. Esto forma parte de la verdadera enseñanza del Evangelio... La Iglesia no es enemiga del progreso. Pero, ¿qué progreso puede haber sin trabajo? ¿Y qué bienestar social sin justicia? El verdadero progreso es el de la dignidad humana".

Para eso, Dehon pedía la reforma de los estudios en los seminarios y su actualización; el apostolado social del sacerdote no debía ser "por oportunismo, sino por un estricto deber" y no un añadido más sino "una tarea santa" (como la formación en la oración), esencial al sacerdocio. El p. Dehon, que ya tenía capellanes en las fábricas de Camaragibe (Brasil), obtuvo de León XIII el permiso de fundar en Roma un Seminario para formar sacerdotes que desearan consagrarse a la pastoral de las fábricas. Si bien la expresión "signos de los tiempos" la usará recién el papa Juan XXIII, puede decirse con toda certeza que Dehon fue de aquellos que supieron ver la presencia de Dios en la historia de su tiempo.

8. El impacto de la "Rerum Novarum"

La "Rerum Novarum" (1891) llegó muy tarde con respecto a la evolución que se daba en la sociedad y en el movimiento obrero (ya era la época de la Segunda Internacional); a nivel de clase obrera tuvo muy poca repercusión. La encíclica, redactada por el jesuita Matteo Liberatore, el card. Zigliara y el mismo pontífice, recogía las mejores ideas provenientes de Ketteler en Alemania, Manning en Inglaterra, Gibbons en Estados Unidos, Toniolo en Italia y de los estudiosos franceses. Leída ahora esta encíclica, es vagamente reformista, pero en aquel tiempo sonó en el mundo católico como un trueno. Para la encíclica ya no se trataba de que hubiera más religión (se decía que la cuestión social era una cuestión moral y religiosa) o más asistencia social, sino de corregir la economía y sus leyes y mecanismos, en función de la primacía del hombre y del trabajo. Decía: "Un número sumamente reducido de opulentos y adinerados ha impuesto poco menos que el yugo de la esclavitud y una multitud infinita de proletarios". Era un lenguaje inusual para una carta pontificia. Fue elogiada entusiastamente por los católicos de avanzada (durante muchos meses llegaron a Roma felicitaciones de todas partes del mundo; el eco de esta carta fue inaudito y acaso no superado en la historia de la Iglesia). Pero a la vez fue combatida, desobedecida, ignorada. En Francia en la mayoría de los casos se la ignoró o se hizo de ella una lectura minimalista; fue apoyada y comentada por 13 obispos sobre 89.

Con la "Rerum Novarum", se empezó a hablar de Doctrina Social de la Iglesia, si bien ya desde el comienzo a algunos les pareció un término poco adecuado para unas enseñanzas necesariamente cambiantes y por el enfoque eclesiológico discutible. El mismo Concilio Vaticano II no habló de "Doctrina" Social. Posteriormente, el influjo del mismo Concilio, de la Teología de la Liberación y de nuevos estudios hizo que el término adquiriera nuevos significados y volviera a usarse comúnmente en el marco de la teología moral. Según el card. Binet que lo conoció de cerca, el p. Dehon, por lo menos en Francia, fue "el más ferviente discípulo de León XIII" en la divulgación de la "Rerum Novarum" y del pensamiento social del papa. Efectivamente, para Dehón, los diez años siguientes a la encíclica fueron los más intensos de su actividad social. Las incomprensiones, sin embargo, se hicieron sentir finalmente hasta en su propio instituto. En el cuarto capítulo de la Congregación, el fundador fue criticado públicamente por un grupo importante de religiosos justamente por hacer política y alejarse de la espiritualidad propia del instituto; lo que llevó a Dehon a presentar su dimisión, que finalmente fue rechazada pero en un clima de malestar. Inclusive la Congregación Dehoniana en general, durante muchos años se olvidó de los escritos y de la acción social del p. Dehon, como si fueran un carisma particular suyo sin tener nada que ver con la espiritualidad del instituto.

A fines de 1903 el p. Dehon interrumpió la publicación de su revista "El reino del Corazón de Jesús en las almas y en las sociedades", que dirigía desde hacía 14 años. Ese mismo año había salido una orden del nuevo papa Pío X que ordenaba que los sacerdotes debían obtener el consentimiento previo de su propio obispo para todo tipo de escritos sociales. El nuevo papa no tenía las mismas ideas de León XIII y el p. Dehon se llamó a silencio. Es sabido como él había apoyado el movimiento de Marc Sagnier ("Le Sillon" = el signo), un movimiento cristiano laico y autónomo, democrático y comprometido en el campo político y social. El sacerdote italiano Luigi Sturzo, fundador del Partido Popular Italiano y amigo del p. Dehon, declaró que en 1909 éste fue convocado por la curia romana para que prometiera poner fin a su actividad social en Francia y en Italia. Se dijo que la Santa Sede, ya sin estados pontificios, había aceptado la protección del emperador de Austria con la condición de que disolviera todos los grupos de inspiración cristiano- social e hiciera callar las voces discordantes.

9. "Nadie nos debe superar en el amor al pueblo"

Si bien el p. Dehon y los curas demócratas trataron de evidenciar las causas no sólo morales sino económicas, políticas e ideológicas de la miseria creciente, en realidad no supieron detectar los mecanismos reales y estructurales de la injusticia moderna y se quedaron en un vago reformismo. Lo que puede quedar de ese sueño y de esa lucha, es esta frase significativa de Dehon: "El movimiento democrático ha sido determinado por la ascensión natural de las clases humildes que desean tener su parte de poder político y económico, y por los abusos frecuentes de la monarquía, la aristocracia y los patrones. El futuro de la democracia es seguro. Si queremos que Cristo reine, nadie nos debe superar en el amor al pueblo". Habrá que llegar a la "Populorum Progressio" (= el progreso de los pueblos) de Pablo VI para que la Iglesia haga un serio análisis de la realidad social a nivel mundial y haga una condena clara y sin matices del capitalismo. Siempre capitalismo y comunismo fueron denunciados con fuerza por la Iglesia a nivel de documentos; sin embargo, el capitalismo fue visto en la práctica como el "mal menor". Denunciar el capitalismo y sus aliados era, para muchos, hacerle el juego al comunismo, ser "idiotas útiles" del mismo; se prefería por lo tanto el silencio y la "neutralidad".

Puede decirse por lo mismo que el p. Dehon se ubica en la corriente que más tarde dará origen a la Juventud Obrera Católica (JOC), hasta llegar a lo que hoy en América Latina llamamos la Opción Preferencial por los Pobres. La Iglesia retomó la iniciativa y su papel profético recién con las grandes encíclicas de Juan XXIII ("Mater et Magistra" y "Pacem in terris") frente a una cuestión social que ya no era un enfrentamiento entre patrones y obreros en las fábricas, sino entre países industrializados y países agrícolas. "Frente a los pueblos del Tercer Mundo, la Iglesia es y quiere ser la Iglesia de todos, pero principalmente de los pobres" (Juan XXIII). Uno de los tres objetivos propuestos al Concilio por Juan XXIII junto con la apertura al mundo moderno y la unión de los cristianos, era la Iglesia de los pobres. Sin embargo, el Concilio se movió fundamentalmente en una perspectiva europea y, a pesar de las intervenciones del card. Lercaro, dejó en la sombra el tercer objetivo y la misma expresión de Juan XXIII "Iglesia de los pobres". Le tocó a la Iglesia latinoamericana, auscultando la realidad de los países del Tercer Mundo y de su propio continente, impulsada por la "Populorum Progressio" de Pablo VI, dar ese paso. Desde una "Iglesia en el mundo" (Gaudium et Spes) que intenta detectar los signos de los tiempos en los logros de la modernidad, se pasó a una "Iglesia de los pobres" donde el apoyo a esta modernidad es sumamente crítico por considerarla en gran parte responsable del expolio de los países subdesarrollados. Se ve de esta manera como la actual opción por los pobres de la Iglesia latinoamericana tiene sus raíces no sólo en el Concilio sino en el compromiso empezado hace más de un siglo por León XIII y unos esforzados pioneros cuando impulsaban la Iglesia a ir hacia el pueblo. En definitiva, concordamos con la afirmación del p.Yves Ledure: "El mérito del p. León Dehon, compartido por algunos pocos y perspicaces hombres de la Iglesia de su tiempo, es haber tenido la medida exacta de la realidad social y eclesial de la época; sobre todo su análisis de la realidad interna de la Iglesia fue lúcido y valiente".

El p. Dehon descansa en la Iglesia de San Martín en San Quintín y una sencilla lápida sobre su sepulcro lleva esta inscripción: "Encontró la fuerza para sus actividades en la contemplación del Amor de Dios. Quiso que la Iglesia fuera hacia el pueblo, de manera que el pueblo pudiera descubrir el Amor de Dios".

10. El mayor aporte del p. Dehon a la Iglesia

Su aporte mayor a la Iglesia fue darle una espiritualidad capaz de alimentar a sacerdotes, religiosos y laicos en orden a esos grandes objetivos que él se proponía, para que unidos al Corazón de Cristo fueran apóstoles en el corazón del pueblo. En la vida del p. Dehon lo que más llama la atención es una síntesis equilibrada y profunda entre evangelización y promoción humana, entre fe y vida, entre vida espiritual y acción, entre amor al Corazón de Cristo y opción por los pobres. Escribe George Goyau: "En su apostolado social, él era ante todo el discípulo del Corazón de Jesús". La espiritualidad del p. Dehon es la espiritualidad del Corazón de Jesús a la que él dio su aporte específico y original. Esta corriente de espiritualidad era muy difundida en Francia en esos tiempos y había surgido como reacción positiva a un Cristianismo hecho de miedos, obligaciones, pesimismo y rigorismo tal como lo impulsaba el jansenismo (según las ideas del monje Jansenio, fallecido en 1638). Jansenio había afirmado en sus escritos y predicaciones que el hombre es inevitablemente esclavo del pecado, incapaz de hacer el bien, y que pocos son los predestinados al cielo por la justicia de Dios. Hay que abstenerse por lo tanto lo más posible de los sacramentos (sobre todo de la comunión) para no cometer sacrilegios. El jansenismo fue condenado por la Iglesia pero fue el culto al Corazón de Jesús, popularizado por una monja francesa del monasterio de Paray-le-Monial, Sta. Margarita María Alacoque, lo que unos 50 años después provocó la mayor reacción contra el jansenismo por parte del pueblo cristiano. La devoción al Corazón de Jesús ponía el acento en la misericordia de Dios, en el amor de Cristo y su mandamiento de la caridad, la confianza en Él, la familiaridad con la Eucaristía, la acogida generosa de los pecadores y la esperanza. Desde fines del 1700 hasta fines del 1800 fueron fundadas 190 congregaciones, sobre todo femeninas, dedicadas al Corazón de Jesús.

En Dehon esta devoción se enriqueció y profundizó con los aportes de la llamada "Escuela Francesa" de espiritualidad. En la Iglesia de S. Sulpicio en París, el cardenal de Berulle (muerto a fines del 600) había fundado un Oratorio que iba a servir para la formación de los curas en los seminarios. Hubo, después de Berulle grandes maestros de vida espiritual como san Juan Eudes, conocido apóstol del S. Corazón, Condren, Olier, Lalemant, Liberman, Gay, Griñon de Monfort..., todos autores espirituales sobre cuyos textos se formó Dehon en el seminario francés de Roma. La "Escuela Francesa" contemplaba con preferencia el aspecto humano de Cristo, su encarnación, los misterios de su vida y en especial su oblación reparadora al Padre por amor; elementos fundamentales de la futura espiritualidad dehoniana.

El p. Dehon quiso sin embargo superar el devocionismo y el sentimentalismo presentes muchas veces en la práctica de esta devoción dándole una fundamentación bíblica (partiendo siempre del Corazón traspasado de Cristo en la cruz, según el evangelio de san Juan) y una dimensión social. Dehon es absolutamente original para su época al derivar de esta devoción el compromiso social. Él escribe: "El Corazón de Jesús es el corazón del buen samaritano que cuida del herido al borde del camino; es el corazón del Buen Pastor que busca la oveja perdida, que se compadece del pueblo hambriento. Toda su vida nos habla de ternura, compasión y solidaridad con los humildes, los trabajadores, los que sufren. Los discípulos del Corazón de Jesús deben ser los apóstoles de las clases populares". El pensamiento del p. Dehon se concreta finalmente en esta afirmación significativa: "Para nosotros el culto al Corazón de Jesús no es una simple devoción, sino una verdadera renovación de toda la vida cristiana" (es decir privada y pública). Por eso usa mucho la expresión: "Reino del Corazón de Jesús". Es el gran objetivo de su vida: Cristo debe reinar no sólo en los corazones sino también en la sociedad. No era nueva esta expresión. Se usaba para designar el culto público al Corazón de Jesús, pero también era usada como bandera reaccionaria de los católicos intransigentes, monárquicos y nacionalistas que soñaban con una nueva Cristiandad. La insurrección de los campesinos de la Vandea (Francia) en contra de la primera república expresaba en el símbolo del Corazón de Jesús la oposición católica a la Revolución Francesa.

En esos tiempos, el líder de esta última corriente era el jesuita Henry Ramiere, del Apostolado de la Oración y director de la revista "El Mensajero del Corazón de Jesús". Su lema era: "Venga Tu Reino", lo que significaba luchar por los derechos de Dios en contra de los derechos del hombre promovidos por la Revolución Francesa. Era una visión integrista, teocrática y reaccionaria que quería restaurar la Francia religiosa de antes de la Revolución. Era una mentalidad muy extendida si se piensa que ya en pleno siglo XX (1922) el papa Pío XI instituyó una fiesta religiosa, la de Cristo Rey, que enseguida quedó cargada de este mismo significado político ya que sólo Él debía reinar sobre todas las estructuras sociales y políticas, porque todo lo logrado por la sociedad moderna al margen de la Iglesia era ignorado o puesto entre paréntesis como si no tuviera valor. En un primer tiempo también el p. Dehon se dejó llevar por este espíritu contrarrevolucionario al fundar su revista "El Reino del Corazón de Jesús en las almas y en las sociedades", justo en el centenario de la Revolución (1889), pero fue tan solo al comienzo.

Más adelante comprendió que ése no era el camino. Y al hablar del Reino del Corazón de Jesús o del Reino Social de Cristo, Dehon se distancia de toda pretendida restauración monárquica e inclusive de toda tendencia política, promoviendo un movimiento donde en nombre de Cristo se buscara defender los valores de la justicia y de la caridad cristiana; lo que hoy llamaríamos cultura de la solidaridad o civilización del amor. Este Reino ha de lograrse a través de la alianza de la Iglesia con el pueblo y a través de un ordenamiento social cristiano. Los cambios provendrán del pueblo, animado por la fe cristiana. El culto al Corazón de Jesús deberá fructificar en una civilización de la justicia, del amor y de la paz.

11. El Reino de la Justicia y la Caridad

En su revista, ya desde los primeros números se ve en seguida la doble dimensión mística y social. No se trataba de un boletín parroquial, sino de una verdadera revista que se dirigía sobre todo al clero y alcanzaba los dos mil ejemplares. Cuando habla de "sociedades", se refiere a los diversos niveles intermedios de la sociedad: familia, trabajo, economía, política, etc.. Al relacionar el Corazón de Jesús con las reformas estructurales de la sociedad y con la justicia social como antídoto a una sociedad sin corazón, la revista iba perdiendo suscriptores. Efectivamente, esta dimensión social de la espiritualidad del Corazón de Jesús, sin el matiz político que le daba Ramiere, era algo novedoso y es omitida por la casi totalidad de los autores espirituales del siglo XIX. A diferencia de los santos de su época (Bosco, Murialdo, Cottolengo, Orione, etc.), el p. Dehon antepone la lucha por la justicia social a la caridad y a la asistencia; por eso se interesó en la sociología, política, economía, etc.. No por eso niega la importancia y a veces la absoluta necesidad y urgencia de la asistencia y de la ayuda social sobre todo donde el Estado no llega y siempre que esta ayuda no se transforme en puro asistencialismo o paternalismo. Es preciso buscar el protagonismo y la participación de la gente, más que la simple ejecución de las obras. Él sabe que la Iglesia hace muchísimo en lo asistencial, menos en lo promocional y todavía menos en la faz concientizadora y política; y esto, no pocas veces, por miedo a comprometerse, a la denuncia, a la movilización...

Por eso busca individualizar las causas económicas, políticas y morales de la pobreza para lograr estructuras más justas y solidarias en la sociedad; y en vista de eso trata de formar curas y laicos en la Doctrina Social a fin de que se capaciten y preparen en la acción política. Quizás un santo de estas características y de nuestro continente, sea el p. Alberto Hurtado, gran apóstol social de Chile y en vías de canonización. La bisagra sobre la que se mueve en definitiva la espiritualidad del Corazón de Jesús para el p. Dehon es el concepto bíblico, muy actual hoy en la Iglesia, de Reino de Dios (o del Corazón de Jesús), que es a la vez obra de Dios y nuestra. Cuando en 1899 León XIII consagra el mundo al Sagrado Corazón, ya es otro el significado que se le da a la devoción del Corazón de Jesús y es en la misma línea del p. Dehon; Él debe derribar la pared entre la Iglesia y el pueblo, entre las distintas clases.

Queda el objetivo de la sociedad cristiana orientada por la Iglesia, pero dentro de un esquema de democracia social (el Reino de la justicia y la caridad), de promoción de los trabajadores, de movilización de todo el laicado católico en orden a ese proyecto. En la vida de Dehon es fundamental la experiencia mística a través de una vida de unión profunda con Cristo, siempre teniendo en cuenta lo siguiente: "Es necesario que el culto al Corazón de Jesús, que se inicia en la vida mística de las almas, descienda y penetre la vida social de los pueblos". De lo dicho se desprende como su compromiso social que hoy podría llamarse derechos humanos, opción por los pobres y excluidos, solidaridad con el Tercer Mundo, movimiento por la paz y la no violencia, defensa de la vida y la naturaleza..., es una dimensión esencial de su espiritualidad y por lo tanto una tarea insustituible de su instituto. Esta sensibilidad social a Dehon le viene del amor al Corazón de Cristo. No es una realidad paralela a su vida "religiosa"; son dos dimensiones, ambas esenciales, de su espiritualidad (como se ve por ejemplo en el intento frustrado de fusión con el instituto del p. Matovelle, el cual llegaba a identificar el Reino del Corazón de Jesús con la experiencia teocrática del presidente García Moreno en Ecuador).

Su idea era donar a la Iglesia, atrás de este proyecto de espiritualidad, una familia religiosa, con sacerdotes y laicos cercanos al pueblo, apóstoles y misioneros animados por un amor profundo a Cristo y capacitados, a través de un estudio actualizado y permanente para enfrentar las tareas y lugares más difíciles de la evangelización y en orden a una sociedad más justa y fraterna.

12. El trabajo debe ser continuado

Después que logró el documento de aprobación de su instituto por parte de Roma en 1888, a los 45 años, el p. Dehon, en vez de reservarse para las tareas internas de su Congregación que recién estaba saliendo de Soissons y de Francia, vuelve a retomar su apostolado social en una forma mucho más intensa y amplia que antes, a lo largo de 15 años ininterrumpidos (los mejores de su vida). Evidentemente esta acción social no fue algo paralelo a la obra y al espíritu de su Congregación, sino la expresión y explicitación más concreta y valiente de esa misma espiritualidad en el campo del apostolado. La contemplación del Corazón de Cristo en el Evangelio y en la Eucaristía lo llevaba a ver en el pobre un sacramento del Señor y en el Cristo traspasado a todos los traspasados de la Tierra. Tampoco la suya era una táctica para reconquistar a la clase obrera: "No hay que ir al pueblo porque es el más fuerte o porque irá al poder, por oportunismo. Se trata de la sustancia misma del Evangelio" (p. Dehon).

A excepción del p. Rasset, del p. Charcosset y pocos otros, el instituto no lo siguió por ese camino; no era lo común y corriente para curas y religiosos en general. A sus hijos él predicó con el ejemplo. Muchos en el instituto no comprendieron sus opciones y él no insistió. Sin embargo, en sus Recuerdos afirma claramente: "He intentado en mi vida dos grandes empresas: la primera era la de conducir sacerdotes y fieles al Corazón de Jesús para ofrecerle un tributo diario de adoración y amor... He querido en mi segunda empresa contribuir a la elevación de las masas populares mediante la instauración del Reino de la justicia y la caridad cristiana. He prodigado en ello buena parte de mi vida. También en este campo el trabajo debe ser continuado...". Y en sus Notas Cotidianas afirma: "La Providencia me ha llamado a abrir dos surcos que dejarán una huella: la acción social cristiana y la vida de amor y reparación al Corazón de Jesús". También sus últimas palabras del Testamento Espiritual han sido para recordar el empeño diario para la Adoración Eucarística y el Reinado del Corazón de Jesús en las almas y en las sociedades.

Quizás sea el momento de un "mea culpa" a nivel de instituto por las múltiples omisiones; sobre todo por no haber irradiado suficientemente una espiritualidad laical que desde el Corazón de Cristo sustentara los valores de la justicia y de la paz en el mundo de hoy. Los hermanitos de Charles de Foucauld y las monjas de Madre Teresa de Calcuta dan hoy a la Iglesia un fuerte testimonio porque logran unir una profunda opción mística y un valiente compromiso con los pobres. En sus "Líneas Pastorales" (n. 55) la Iglesia argentina afirmaba hace un tiempo: "La opción por los pobres constituye el signo de credibilidad de la evangelización nueva". Y en otro párrafo: "Cuando la Iglesia no vive y actúa entre los pobres, desde ellos y con ellos, aparece identificada con el sector de la clase media. No es posible que los errores del pasado nos paralicen todavía hoy, ni que silenciemos todavía hoy esta opción preferencial" (n. 32). Se reconoce aquí, como en tiempos del p. Dehon, un grave error pastoral; un distanciamiento del pueblo que ha perjudicado a la Iglesia y ha hecho posible, por ejemplo, la irrupción de cantidad de sectas y nuevos movimientos religiosos a nivel popular.

Por otra parte y con insistencia, ya en el documento de Santo Domingo a nivel latinoamericano, nuestros obispos se quejan de la falta de formación y compromiso de los laicos a nivel temporal y político; hay una ignorancia generalizada de curas y laicos aún hoy en día sobre los complejos temas de la Doctrina Social de la Iglesia, la que debería ser predicada en parroquias y colegios desde la adolescencia para que la Iglesia pueda seguir siendo la voz de los que no tienen voz y acompañar al pueblo en sus luchas.

Todavía los problemas sociales no son asumidos por muchos en su misma realidad como parte del núcleo de la fe sino de la periferia de la fe, es decir como cosas que se darán por añadidura si se busca primero a Dios. Con esta visión espiritualista, difícilmente se superará la etapa caritativa y asistencial.

También la vida religiosa está en crisis porque a menudo se ha vuelto burguesa, cuando el voto de pobreza ya no se entiende como solidaridad con Cristo pobre y con la vida de los pobres. "A los ojos de la gente nuestra pobreza es poco menos que un eufemismo, comparada con su propia situación. Nuestra renuncia formal a la propiedad privada, nos ha traído un aumento fenomenal de seguridad y de bienestar que nos sitúa entre la minoría de los privilegiados. El voto de pobreza es hasta hoy quizás el sistema más eficaz para volverse ricos juntos", escribe el benedictino p. Simón Pedro Arnold, hablando de refundación religiosa. Frente a esta situación evangélicamente contradictoria, muchos han optado por una vida inserta en los medios populares, un estilo de vida materialmente austero y una solidaridad activa y fraterna con los pobres. Alguien que alentó permanentemente en la Iglesia esta renovación, el card. Paulo Evaristo Arns, al referirse al p. León Dehon, así escribe: "Él nos trasmite una fuerte experiencia de Dios a través de la devoción al amor del Corazón de Cristo, propuesta como camino para la humanidad. Marcó con su experiencia la identificación de la Iglesia con los pobres y pequeños... Conocedor de la sociedad injusta en la que vivía, propugnó la transformación social como una misión evangelizadora cargada de esperanza. Su figura en vez de disminuir, crece con el pasar de los años. Puede y debe ser conocido como apóstol de la civilización del amor".

Primo Corbelli, scj

 

 

 

 

 

El p. Dehon,  

maestro de espiritualidad

 

Siete itinerarios

de vida del p. Dehon

 

 

Todos podemos reconocer al Señor a nuestro alrededor y en nuestro propio interior: "en Él vivimos, nos movemos y existimos" (He 17,28), y Él habita dentro de nuestros corazones (Jn 17,23; 6,56). Cuando lo buscamos con todo nuestro corazón, surge y se manifiesta dentro de nosotros: "... le amaré y me mostraré a él" (Jn 14,21).

Cristianos de todas las épocas han buscado el camino del encuentro con Dios y han explicitado esta búsqueda en una propuesta espiritual.

El p. León Dehon fue un gran apóstol social que supo cultivar con intensidad su vida espiritual y un espíritu de oración y de contemplación. Además de un compromiso transformador, el buscó la raíz inspiradora en un camino espiritual muy claro. En una frase, que se hizo famosa y que inspira este trabajo en ocasión de su Beatificación, el p. Dehon comentaba:

"Yo he sido conducido por la Providencia a cavar hondo algunos surcos, pero dos sobre todo dejaron una profunda huella: la acción social cristiana y la vida de amor, de reparación y de entrega... Esta doble corriente brotó del Corazón de Jesús".

En esta frase están bien definidos los dos surcos y también el origen de su espiritualidad: el Corazón de Jesús.

 

 

 

 

 

1. La vida desde el corazón

El corazón es el símbolo que especifica el proyecto de vida del p. Dehon, una mirada puesta en el Corazón: en el Corazón de Dios y en el corazón del hombre.

El corazón en la Biblia es la sede del conocimiento y de la Vida interior, el proyecto de vida y el propósito de acción. La Bienaventuranza "Felices los puros de corazón" (Mt 5,8) indica justamente una disposición interior que se transforma en un logrado proyecto de vida, en una bienaventuranza, una vida feliz. El corazón en la Biblia es entonces la totalidad de la persona, en su ser y en su querer ser, en su inteligencia (racional y emotiva), en su voluntad.

Pero, para el p. Dehon, el Corazón es el proyecto lleno de amor y de misericordia que Dios ha manifestado en Jesús, y por eso llega a afirmar que "el Corazón de Jesús es todo el Evangelio".

Siguiendo el evangelio de Juan que sintetiza el misterio pascual y pentecostal en el corazón traspasado de Jesús en la cruz (Jn 19,33-37), también el p. Dehon quiere contemplar al corazón de Jesús no como un simple símbolo sino como el centro, el kerigma, de la propuesta cristiana. El camino del Amor que culmina en la entrega total de Jesús en la cruz, es el verdadero camino de salvación (realización plena) para cada uno y para toda la sociedad. Sólo por este camino llegamos a entrar en el proyecto de plenitud que Dios quiere para sus hijos.

Si bien la devoción al Sagrado Corazón de Jesús fue fundamental en los últimos siglos para superar la espiritualidad muy legalista y racional, el p. Dehon trasciende la simple devoción.

Más allá del símbolo y de la metáfora, más allá de algunos ejercicios piadosos, él ve que una espiritualidad centrada en el Corazón de Jesús puede significar la renovación de toda la vida cristiana. Decía: "El culto del Corazón de Jesús, no es para nosotros una simple devoción, sino una verdadera renovación de toda la vida cristiana".

Todos podemos captar las consecuencias de esta espiritualidad kerigmática que se fija en lo esencial del cristianismo y que apunta directamente al corazón de Dios y al corazón del hombre. Nadie puede quedar con el corazón cerrado frente a la entrega de amor de Jesús, y al egoísmo que es la causa de su muerte... pero tampoco nadie puede quedar indiferente frente a la injusticia que martiriza a tantos otros cristos de este mundo.

Cristo sigue padeciendo hasta el final del mundo (como decía Pascal) y contemplando a su Corazón traspasado nos comprometemos a completar en nuestra vida "lo que falta a la pasión de Cristo" (Col 1,24).

Nada entonces de devocionismos dulzones; esta espiritualidad es un camino privilegiado hacia el compromiso de renovación y transformación. Por eso el p. Dehon en su testamento dirá a sus hijos espirituales: "Les dejo el más maravilloso de los tesoros: el Corazón de Jesús".

Y sus últimas palabras en el lecho de muerte, contemplando una imagen del Corazón de Jesús, serán: "¡Por él vivo, por el muero!".

 

2. Vivir unidos a Él

 

El encuentro con Dios no es algo que podamos hacer por nosotros mismos. Cuando damos un paso hacia Él, Él se mueve hacia nosotros. "Mira que estoy a la puerta llamando" (Ap 3,20).

El primer paso es aceptar a Jesús, como Señor y Salvador personal, que se entrega por mí, como subraya San Pablo: "Me amó y se entregó por mí" (Gál 2,20).

Esto supone aceptarlo y unirse a Él en un nivel muy profundo y personal. Este acto de aceptación, de unión, parece engañosamente simple y tal vez superfluo, pero sus resultados son sorprendentes.

El p. Dehon, siguiendo el ejemplo de San Pablo decía:

"No. Ya no puedo vivir más, quiero que el Corazón de Jesús viva en mí". Y también: "Ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí, en mí ora, estudia, habla".

Esta actitud de profunda unión con el Señor, que el p. Dehon llamaba "Vida de unión", nace en el corazón de todos los cristianos que se "enamoran" de Cristo. Son los momentos lindos de conversión y de entusiasmo que todos tenemos en algún momento de nuestra vida de creyentes; sin embargo aún después, cuando, por las dificultades de la vida nos hacemos más duros y menos soñadores, el Señor sigue estando allí y no deja de llamar a la puerta.

El p. Dehon, al dirigir su mirada sobre el Corazón traspasado, no sólo como símbolo, sino especialmente como fuente y como don, se hace tan sensible al pecado que busca y encuentra la forma de dar una respuesta rápida y profunda con su oblación y reparación, hasta convertir su existencia en una vida de amor semejante a la de Cristo. La sensibilidad al pecado provoca en él, ante todo, una adhesión total a Cristo. "La vida interior nos es indispensable. El medio para sustentarla es la unión con Jesús".

En uno de sus numerosos escritos espirituales el p. Dehon hace hablar al Señor que dice:

"Mi corazón amante los convida a un místico banquete en el fondo de su alma. Bienaventurado el cristiano en el que me quedo. Ya les he dicho: ‘Si alguno oye mi voz y me abre, entraré en su casa, cenaré con él y él conmigo’ (Ap 3,20)".

"Yo quiero vivir en ustedes y comunicarles mi vida, como la cepa de la vid comunica su vida a los sarmientos, como la cabeza anima y vivifica todo el cuerpo humano".

Esta Vida de unión, podría parecer algo teórico, pero no lo es. Todos los que la experimentamos sabemos que es la cosa más sencilla y práctica de nuestra oración, aun cuando estamos distraídos o en crisis, o hemos metido la pata. Cristo está allí a la puerta y llama. Hay sólo que abrirle, invocarlo con una pequeña frase, o un balbuceo de niño, o también un llanto.

Y cuando nos sentimos más débiles, cuando nos sentimos más alejados de Él, tanto más debemos desarmar nuestro orgullo con una simple invocación de confianza:

"Conviene que hagas de tanto en tanto una pequeña oración-jaculatoria que brote directamente de tu corazón. Puedes decir por ejemplo: ‘Jesús te amo’, o mejor todavía: ‘Jesús quisiera amarte’. Además de la oración oral y de la meditación hay otro medio eficaz para alcanzar esta unión permanente del Corazón con el Señor: la costumbre de las jaculatorias. Hay que adquirir este hábito desde el principio de la vida espiritual. Una vez lograda dicha costumbre esta oración se produce sin esfuerzo y sin tensiones. Para adquirir esta práctica basta amar un poco al Señor..."

Hay otros textos del p. Dehon. Obviamente la Eucaristía será el centro y el principal camino para vivir esta unión con el Señor. Dice el Beato León Dehon:

"La unión con nuestro Señor en la Eucaristía nos hace semejantes a él poniendo nuestra alma y todas nuestras facultades bajo la dirección y la influencia del mismo Espíritu que santificó su humanidad" y también: "En la Eucaristía tiene lugar una unión íntima de nuestra alma con Jesús y una gran influencia suya sobre nuestras almas".

Su propósito firme entonces será: "Me uniré a su corazón, a su unión indisoluble con el Padre por medio del sacramento de la Eucaristía".

Por el Hijo tenemos acceso al Padre y al Espíritu, en una dimensión trinitaria que no puede faltar en la experiencia espiritual del p. Dehon. "Debemos unirnos a él por el amor de nosotros mismos a fin de que nuestra vida esté siempre escondida en su Corazón... El Corazón de Jesús es donde nos debemos unir a Dios: allí encontramos al Padre y al Espíritu Santo, en el Corazón del Hijo".

Con todo, esta Vida de Unión no es una receta mágica o una fórmula estándar. Cada uno debe encontrar su camino espiritual, su manera propia de estar unido al Señor:

"Cada uno de los amigos debe reproducir este divino Corazón de una manera especial y distinta, según el atractivo y el grado al que la gracia lo llama".

Podemos concluir con un resumen del mismo Dehon: "mi vida debe resumirse en estas dos expresiones: unión habitual al Corazón de Jesús y vida de amor hacia Él".

 

3. La Vida de Amor

 

Consecuencia espontánea y lógica de la Vida de unión es entonces la Vida de Amor.

Aquí nos volvemos todos enanos y mucho nos falta para llegar a "la plena estatura de Cristo" (Ef 4,13).

El padre Dehon, en 1901, escribió un libro entero dedicado a este tema espiritual: "La vie d’ Amour".

Tomaremos para reflexionar parte de la penúltima de estas 33 meditaciones.

"Amar al Señor quiere decir preferirlo a él sobre todo y colocarlo por encima de todo. Es propio del amor preferir el objeto de sus amores con exclusión de lo demás. Es imposible decir sin cesar al Señor que lo amamos, pero sí podemos demostrárselo en los quehaceres de nuestra vida, ordenándolos y orientándolos hacia él y hacia su Padre".

Es entonces un camino espiritual muy práctico. ¿Qué vamos a decir sobre el Amor? Nada que no podamos y debamos vivir. En las buenas y en las malas...

"Especialmente en el sufrimiento queda a la vista toda la fuerza que se puede sacar del amor del Corazón de Jesús. La Caridad es paciente. Cuando se ama, siempre se encuentra la paciencia para soportar lo que hiere la naturaleza. Las ocasiones para sufrir y para mostrar la firmeza y la solidez del amor no están muy lejos".

"Las circunstancias comunes de cada día ofrecen suficientes ocasiones para enfrentar sufrimientos y desilusiones. Hoy es un cansancio grande, algo que incomoda o una enfermedad, mañana la frialdad, una humillación, oposición o penas del corazón".

Para el p. Dehon no hay que buscar muy lejos esta oportunidad de amar. En un tiempo en el que se subrayaba mucho una espiritualidad del Sacrificio y de la mortificación (buscando los sufrimientos y "haciendo sacrificios" para expiar nuestros pecados) el p. Dehon no busca nada especial, deja que la vida de cada día nos ofrezca la ocasión para amar.

"Quien ama, soporta todo con paciencia, acepta todo con alabanza y acción de gracias a Dios. El Cantar de los Cantares (8,6) lo dice: ‘El Amor es fuerte como la muerte’. Es una hoguera ardiente que ni los ríos, ni los torrentes pueden apagar. Quien ama da todo y sufre todo por su amado y no considera lo que debe soportar. Si quieres medir el grado de amor que tienes al Señor, observa cómo enfrentas las dificultades. ‘La Caridad todo sufre, todo soporta’ (1Cor 13,7). La paciencia y la fortaleza en el sufrimiento son signos infalibles de caridad, cuando están firmemente anclados en el amor que se tiene al Señor".

Evidentemente no es la visión romántica de una vida de amor hecha exclusivamente de sentimientos y emociones. Dehon habla de un Amor-Entrega (Ágape). Un amor que es don de sí y por ende siempre implica entrega y también sacrificio, pero nada de masoquismo o de resignación. Por eso llega a decir: "El amor a la Cruz es el fruto más precioso producido por el Amor".

Además ese Amor-Entrega siempre está referido a un "Quién" que llena en plenitud nuestro deseo de amar y ser amados. "No hay que olvidar -dice Dehon- que la primera disposición de la mente o, mejor dicho, del corazón para llevar bien una vida interior es el deseo de amar a nuestro Señor... El amor a nuestro Señor resume y concentra toda nuestra vida. Quien lo conoce y lo ama conoce y ama a su Padre. Nadie llega al Padre sino por él".

 

4. Una vida enteramente ofrecida

 

También para este itinerario de vida nos remitimos directamente a una de las meditaciones de "La Vida de Amor". Una vida enteramente ofrecida, en plena disponibilidad a Dios y a los hermanos, es lo que León Dehon llama "vida de oblación". Oblación es una palabra que viene del latín y que significa "don ofrecido". En la psicología moderna se habla de "amor oblativo" para distinguirlo del amor "egoísta" que algunas veces invade el corazón de las personas.

Un gesto muy lindo de la espiritualidad dehoniana es el de ofrecer toda la jornada al Señor, por medio de una oración de ofrecimiento que se reza cada mañana. Sin embargo, como advierte el p. Dehon, eso no es suficiente. "En la mañana, uno puede recitar más o menos distraído una fórmula general de oblación del día. Lo considera suficiente y confía en ella. Esta persona realmente duerme. Apenas ha salido de su sopor habitual para recitar esta fórmula. Lo hace sin corazón, sin pensar en lo que dice; así se empieza el día puramente natural".

Este acto de oblación y de confianza, como así todas las demás acciones de nuestra jornada deben tener la calidad de vida recomendada por el Evangelio. "Lo que hagas, hazlo bien. Pero hay que tener en cuenta que la perfección del orden natural no es la perfección encomendada por el Evangelio...

Aun cuando desde el punto de vista humano las actividades sean hechas con dedicación, no se puede pretender haber realizado un acto de caridad divina y menos aún haber dado al Sagrado Corazón una muestra de tu amor. A este cuidado humano con que se ha ejecutado el trabajo, hay que agregar el deseo de complacer al Señor. Esta voluntad se ve expresada en el cuidado con que se realizan los quehaceres. Por eso el Señor pide que nos acostumbremos a renovar la oblación varias veces durante el día".

Si Oblación significa Don, Ofrecimiento, Gratuidad, entonces apunta a lo mejor que tenemos que dar, es decir a nosotros mismos. Más que a las cosas que tenemos o que realizamos debemos darnos a nosotros mismos. Y en este don gratuito de sí mismo, hasta la preocupación de ser buenos, "de ser santos", desaparece.

"Quienes aman verdaderamente al Señor, se olvidan de sí mismos. No se deleitan en los posibles progresos que hayan hecho. Se dedican a hacer bien todo lo que hacen, por amor al Señor. Cuando se afligen a causa de sus imperfecciones, no es por ellos mismos, sino por no haberse esforzado mejor para complacerlo. Sienten que podrían haberle dado una muestra más generosa de su amor. No se preguntan qué grado de perfección hubiesen podido alcanzar, sólo piden perdón por no haberlo hecho mejor, por no haberse preocupado de ofrecer sus débiles esfuerzos con más Corazón".

La Vida de Oblación, sin embargo, incluye un esfuerzo constante para mejorar y seguir en el camino, como si cada día fuéramos atrapados por Cristo en el camino a Damasco. Una conversión radical pero sin cambiar de camino. Levantarse y volver a empezar: "Levántate y sigue por tu camino" (He 22,10).

"Amar al Corazón de Jesús, demostrarle este amor con todo lo que se hace, debe ser la preocupación constante de quien se ha consagrado a su Divino Corazón. Cuando de verdad lo amas, esta preocupación es tal, que es imposible caer en un descuido sin que tu conciencia te lo reproche inmediatamente. Hay que pedir perdón sin demora. Reconoces por este hecho que todavía no amas al Señor como es debido. Pero, sin perturbarte, sigue en tu camino: la vida de oblación. Decimos vida de oblación, porque la característica de una vida de amor es ofrecer de todo corazón al Bien-amado todo lo que se hace, y de ofrecérselo concretamente y con seriedad".

 

5. La vida de Oración y de Adoración

 

Decidirse a orar es el primer y fundamental paso en la Vida de oración. Al entregarle mi tiempo, me entrego a mí mismo: en la entrega y en la esperanza, me abro a su presencia y a su amor. Es evidente que hay obstáculos que debo obviar, porque atan mi yo interior y gravan mi corazón. Muchas veces habrá necesidad de una más profunda renuncia a determinadas preocupaciones, una mayor aceptación de su presencia amorosa en cualquier circunstancia, un mayor arrepentimiento y un verdadero perdón. Hay distracciones del corazón que no pueden ser evitadas, sino que es necesario integrarlas en la oración, antes de llegar a tener un corazón totalmente libre y capaz de dirigir sus ansias hacia Él.

Oración no es simplemente "un rezo", unas fórmulas para repetir, es más bien un actitud de adoración.

Es el comienzo de una vida nueva en el Espíritu, en la que el conocimiento y el amor de Dios se convierten en una realidad experimentada personalmente. Y significa mucho más: una inserción radical en el misterio del Cuerpo de Cristo, vivir en su presencia y unidos a él.

"Es clarísimo que, para poder vivir esta vida de amor debes adquirir el hábito de orientarte hacia Dios, de vivir en su presencia, de vivir unido a Él y, en especial, sacar agua de esta fuente de amor que es la vida del Espíritu dentro de nosotros.

Hay que renovar con frecuencia el acto de adoración con que el cristiano inicia su meditación de la mañana. Puede ser un sencillo acto de fe y de voluntad, una reflexión piadosa. Nuestra imaginación puede ubicarnos delante del trono de la Santísima Trinidad, o frente al Reinado de Cristo o alguno de sus Misterios. No importa lo que sea, con tal que se haga".

Hay una experiencia de adoración que, cuando se ha aprendido con horas de silencio y paciencia, nos aporta un clima de serenidad apacible, en la que se nos convierte el corazón. Se nos refresca la mirada y nuestra vida tan ajetreada se transfigura.

Pero, ¿no es un lujo ejercitar la práctica de la adoración? ¿No estará mucho mejor empleado el tiempo acogiendo, sanando, educando a nuestros hermanos?

Seguramente no perdemos tiempo cuando adoramos, porque aprendernos a abrir y a ensanchar el corazón.

Sólo desde una práctica asidua y constante de la adoración silenciosa y paciente, nos preparamos para no excluir a nadie ni del corazón, ni de nuestra vida. Porque aprendemos a dejar ensanchar el espacio de nuestra intimidad por el único Dueño que plenamente nos habita.

Adorar es dejarnos invadir por la Sabiduría divina, por el amor de aquel "que nos amó primero". Hacer espacio interior como práctica espiritual es camino seguro que nos salva de la locura del activismo.

"La Sabiduría Divina, que es el espíritu de amor, no se sustrae a los que la buscan. Ella se adelanta y busca hombres de buena voluntad donde pueda reposar (Sab 6,16). Déjate entonces conducir por este Espíritu de amor. Es necesario que llegue a ser el alma y la vida de tus actividades".

La adoración es una experiencia de oración, que nace de una actitud de abandono, un dejarnos hacer por Dios, desde el corazón.

Adorar es asistir al ensanchamiento de nuestra tienda interior, en la que Él habita. Y por tanto, es intensificar la relación. Es ir sacando a la luz la presencia oculta del Amor, que siempre nos descoloca, nos descentra, dando entrada al Otro, y a las otras y los otros, en nuestro propio y personal espacio. Nuestro corazón se abre porque se nos cuelan los demás adentro: sus vidas, sus sufrimientos, sus amores, y los hacemos presentes en el encuentro misterioso con el Señor de la vida.

Adorar es una práctica de inclusión. También los excluidos de nuestra sociedad y de nuestro corazón egoísta, hacen brecha en nosotros, de manera que la adoración se convierte en una actitud de lucha contra la exclusión. No se puede adorar "en Espíritu y en verdad" sin acercarse y romper las barreras que nos separan de esas vidas amenazadas, sin buscar el Reino de Dios y su Justicia. Contemplar a Jesús no nos deja indiferente frente a su entrega. Su vida de amor y de entrega no entrará en la nuestra sin que se produzca un cambio, sin que la recibamos como un don que nos compromete a darnos.

En el libro "La vida interior" el p. Dehon dice:

"La adoración nos coloca frente a Jesús en el sacramento de su amor, de su anonadamiento y nos invita a contemplar los prodigios de caridad y entrega de su vida eucarística. La adoración nos lo presenta dedicado con un celo infatigable, a educar, convertir y salvar almas, a extender el Reino de Dios y su Justicia".

Obviamente toda esta adoración en Espíritu y en verdad culmina en el sacramento de la Eucaristía, celebrado, adorado y, sobre todo, vivido. Para el p. Dehon la Eucaristía es el mismo Jesús que sigue perpetuándose entre nosotros en su "misa continuada". Es el misterio de su Pasión y Muerte pero también de su Gloria y de su Encarnación. El Jesús eucarístico del p. Dehon es el Emmanuel, el Dios con nosotros, el modelo de nuestra vida interior.

"Jesús en la eucaristía es el modelo más perfecto de nuestra vida interior... La vida del sacerdote del Sagrado Corazón debe ser la continuación de su misa suprema, por la cual concluirá de adorar, de orar y de pedir misericordia en la tierra, en unión con Jesús que se inmola en la cruz y en el altar, con María corredentora y Reina del clero".

 

6. La vida de Reparación

 

Este ensanchamiento del corazón del que adora, en Espíritu y verdad, se experimenta como un don en la medida en que no se produzca un repliegue en nuestros pequeños mundos de deseo, en nuestro cerrado jardín del corazón. El p. Dehon hablaba de "Adoración reparadora" porque de ahí partía todo un compromiso de vida para la transformación del mundo.

Cristo resucitado vive entre nosotros y sigue mostrándonos su corazón traspasado, sus manos abiertas y marcadas por las llagas...; Él nos alienta a seguirlo en la restauración del proyecto del Padre, de su Reino de amor y de paz.

Este proyecto busca "reparar", transformar y rehacer al hombre desde dentro, infundirle un corazón nuevo. Es un proyecto que no excluye a nadie de ese espacio sagrado en el que nos encontrarnos, con aquél que se ha hecho Corazón del mundo; nuestra vida será en consecuencia una vida transformada y transformadora.

Porque el corazón y el mundo se miran mutuamente y se reflejan el uno en el otro. Y "reparar" es aprender a no excluir a nadie del corazón del mundo, porque los sabemos incluidos como nosotros mismos en el corazón maternal del Padre Dios.

Hemos de ser personas con el corazón permanentemente abierto a Dios y abierto a los hermanos, como "expertos en humanidad", como diría Pablo VI; atentos, solidarios, conscientes de nuestra propia debilidad, respetuosos de las personas, pacientes, que nunca pasan de largo cuando alguien los necesita, que saben ensuciarse las manos, que saben ver en los demás todo lo bueno que nadie ve.

"El Reino de su Corazón debe ser un reino de amor. Por amor y en amor se establecerá. Podría fundar él mismo este reino en los corazones. Pero siempre ha querido pedir la ayuda de sus amigos para las obras de la gracia. Para comunicarse así con muchas personas generosas desea servirse de sacerdotes dedicados y laicos apostólicos y fervorosos para que sean propagandistas de su Reino de Amor".

De una vida llena de amor nace espontáneamente el deseo de "reparar" todo lo que está mal.

El Amor rescata, recupera a las personas y las salva. Jesús, después de buscar y encontrar al pecador Zaqueo dice: "Vine a buscar y salvar lo que estaba perdido" (Lc 19,10).

La búsqueda del hombre para "salvarse", para encontrar su realización plena, se topa con la búsqueda que el mismo Dios hace para encontrarlo.

En estas dos búsquedas del corazón del hombre y del corazón de Dios se cifra seguramente toda la vida del p. Dehon. Uno de los lemas de su beatificación es "Pasión por Dios y Pasión por la humanidad". Uniéndose a esta doble "pasión" (de amor y de entrega) de Cristo, el p. Dehon entendió que toda su vida tenía que ser solidaria con Jesús. Solidaria para "reparar" las rupturas creadas por el mismo pecado del hombre, con una obra de reconciliación que abarque a Dios y a todas las personas y así pueda transformar la sociedad.

Según el p. Dehon esta solidaridad con Jesús por el bien de los hermanos nos pone en la misma disposición para cumplir "su deseo de reparar la gloria del Padre celestial, de salvar a las almas y de hacerlas felices". "Las almas reparadoras son como el corazón del cuerpo místico de Jesucristo, el instrumento de la Iglesia para inmolarse a la gloria de Dios para la salvación de las almas".

La Regla de Vida de los dehonianos explica así la Reparación: "Implicados en el pecado pero partícipes de la gracia redentora, mediante el servicio de las diversas tareas queremos vivir en comunión con Cristo, presente en la vida del mundo. En solidaridad con él y con toda la humanidad y la creación, nos ofrecemos al Padre como hostia viva, santa y agradable a Dios (cf. Rm 12,1)" (RV 22). La reparación es entonces "la acogida del Espíritu" y no el desprecio del don de Dios, que nos llama a ser santos (1Tes 4,8). La reparación nos previene entonces de esa "ingratitud" que siempre nos amenaza y que nos aleja del don de Dios.

Resumiendo: lo que el P. Dehon llamaba reparación era en primer lugar la invitación a unirse a la obra de la reconciliación de Cristo, que nos quiere reconciliar con el Padre, a su intercesión eucarística por el mundo, a su solidaridad para con los pecadores (Jesús vino a destruir todo mal, y para ello quiso cargar con el pecado y sus consecuencias por la cruz). Y también una tarea social de transformación para restaurar la imagen de Jesús en esos rostros de los que habla el Documento de Puebla: "rostros de niños, golpeados por la miseria".

Esa misión de reconciliación, de justicia y de paz, llevó al P. Dehon a dedicarse en nombre del Corazón de Jesús, a los más lejanos, a los que en el mundo necesitan pan y justicia, pero más que nada ser amados y considerados.

 

7. La vida Eucarística

 

Hablando de la Eucaristía, el p. Dehon tiene un punto de partida muy original. Para él, este memorial de la Pasión y Muerte del Salvador arranca de la Encarnación. Él engloba en la Eucaristía todo el kerigma cristiano desde la encarnación hasta la muerte, resurrección, glorificación y en este sacramento Jesús queda con nosotros en forma permanente para continuar la obra de su amor.

"La eucaristía continúa la Encarnación y multiplica por todas partes Belén y Nazaret. Jesús no se ha alejado del hombre con la Ascensión, sino para estarle más cerca con la Eucaristía".

El p. Dehon considera a la Eucaristía como una nueva Encarnación y al mismo tiempo como la manifestación de la Gloria del Redentor, del Señor Resucitado, que se queda con nosotros.

"A Nuestro Señor le gusta ser Emmanuel. Después de haber llevado a cabo la redención, su vida no puede ser otra que la vida de gloria en el cielo; pero su amor por los hombres es tan grande, tan tierno y tan apasionado que ha querido quedar con ellos y darse por ellos, aunque sigue permaneciendo totalmente en el goce de su Padre".

Por supuesto la celebración eucarística es la celebración cumbre de toda la jornada. Allí se manifiesta concretamente esta presencia salvadora de Jesús y nuestra respuesta de adhesión a él.

"En la Misa correspondemos cumplidamente a nuestra vocación"... "La Eucaristía es nuestro elemento vital... es el medio por el que nuestro Señor vive con nosotros. La Eucaristía es el centro de la religión... el corazón de toda devoción... el gran acto del día... la vida de nuestras casas, el sol, el hogar, el alimento y el remedio de nuestras almas".

La Eucaristía pasa a ser el elemento vital para toda la espiritualidad de amor y reparación del p. Dehon. Ella es el medio privilegiado de la unión íntima con el corazón de Jesús. "El espíritu de la Misa debe llenar toda mi vida. Debo asimilarla cada mañana para que mi jornada se impregne fuertemente de ella. Me uniré a las disposiciones del Corazón de Jesús en la eucaristía, como la gota de agua se une al vino del sacrificio".

"La adhesión a Cristo se expresa y se concreta en el sacrificio eucarístico, de suerte que toda su vida se convierte en una ‘misa perenne’".

Además de la celebración de la Misa aparece entonces otro concepto muy importante para el p. Dehon: "la misa perenne" o "la misa continuada".

Por eso, a la Misa se une la celebración de la Adoración para empezar en forma solemne esta prolongación de la Eucaristía que debe abarcar toda la jornada.

"Un amigo del Corazón de Jesús debe hacer revivir completamente en él el Corazón de su amigo y de su hermano, de modo que llegue a convertirse en una misa perenne por su vida de amor y de inmolación".

Más aún, la Eucaristía de la vida llega a dar sentido pleno a la celebración litúrgica. Sin la misa continuada de la vida la celebración estaría desvirtuada.

"Para estar unido a Dios en el altar, es necesario estarlo en la jornada... es necesario en cada instante hacer la voluntad de Dios, buscar su gloria y la salvación de las almas".

La fecundidad espiritual de toda la Iglesia nace indudablemente de este sacramento: "Todo lo que hay de fuerza y de energía en la Iglesia viene, hoy como siempre, de la mesa eucarística".

En definitiva, el sacramento del amor supremo ilumina y alimenta toda la vida del cristiano, hoy y siempre.

Una vida eucarística, actualizada cada día, significa una vida de amor que se hace don gratuito y generoso, significa una presencia y una permanencia constante de Jesús en nuestra existencia.

"San Juan tenía razón cuando decía en relación con la Última Cena, que después de haber amado siempre a sus discípulos, el Señor les había mostrado un amor más grande en este momento cumbre
(Jn 1 3,1 ). Después de la misma Cena, Jesús podía decir a los apóstoles: Como mi Padre me ha amado, así los he amado yo (Jn 15,9) y agregaba: Permanezcan en mi amor".

Por eso el p. Dehon advierte, a sacerdotes y laicos por igual, diciéndoles:

"El obrero evangélico que no vive de la Eucaristía no tiene más que una palabra sin vida y una acción sin eficacia".

 

Quinto Regazzoni, scj