Primo Corbelli

 

 

La herencia de Juan Pablo II

En su discurso al cuerpo diplomático del 10 de enero pasado, el difunto papa Juan Pablo II había indicado cuatro grandes desafíos de la humanidad, a los que él había intentado dar una respuesta. Cuatro desafíos que representan un grave peligro y la vez una grave responsabilidad para la humanidad presente y futura; desafíos que también la Iglesia debe encarar desde el Evangelio con renovado ardor y nuevos métodos pastorales: la vida, el pan, la paz, la libertad. Desafíos que representan también cuatro pistas proféticas para la Iglesia del mañana, casi un legado del papa Wojtyla que tuvo el mérito, según el p. Peter-Hans Kolvenbach, de "sacar de la sacristía a la Iglesia y llevarla a la plaza pública".

LIBERTAD Y DERECHOS HUMANOS
Juan Pablo II ha sido llamado el papa de los derechos humanos y un paladín de la libertad, no sólo religiosa, sino de toda libertad. Su primer viaje a Polonia en 1979 atrajo increíbles masas de gente; dos terceras partes de la población salió a la calle. esto fue un primer golpe contra el imperialismo soviético Al año siguiente estallaban las huelgas en los astilleros de Gdansk y surgía el sindicato "Solidaridad" con Lech Walesa. El 13 de mayo de 1981 Alí Agca atenta en Roma contra el papa. Parece haber sido por órdenes de la policía secreta búlgara, en el marco de la campaña soviética contra el papa. El papa perdonó a su agresor y se interesó para que el gobierno italiano le redujera los años de cárcel. Frente al peligro de una invasión rusa, el general Jaruzelsky impone el estado en ese mismo año de sitio en Polonia. El 24 de diciembre Juan Pablo alienta una resistencia no violenta y se une a millones de polacos encendiendo en su ventana una vela que durará toda la noche de Navidad. "Si los rusos invaden Polonia, iré a colocarme frente a los tanques", le dijo al card. Bertoli. El entorno romano desaprobaba mayoritariamente su apoyo a "Solidaridad". En junio de 1983 el papa viaja otra vez a Polonia y se encuentra con Walesa en forma privada. Había amenazado con no volver más a Polonia si esa visita le era negada por el gobierno. Cuatro meses más tarde Walesa recibe el premio Nobel de la Paz. En 1987 el papa viaja otra vez a Polonia y celebra Misa en los astilleros de Gdansk sobre el mar Báltico, frente a 750 mil trabajadores con sus familias.

Con la llegada de Gorbachov al gobierno en Rusia, las cosas fueron cambiando rápidamente hasta el derrumbe del muro de Berlín. En 1989 "Solidaridad" gana las elecciones nacionales por mayoría absoluta y sube al gobierno; ese año Juan Pablo II recibe en el Vaticano a Gorbachov. Dijo el papa en esa ocasión: "El momento es propicio para recoger las piedras de los muros caídos y construir juntos la casa común". Frase histórica que repitió Gorbachov varias veces; había que reconstruir ahora la "casa común", Europa, con sus dos pulmones: occidente y oriente. El mismo Gorbachov confesó: "Cuanto ha sucedido en el este europeo hubiera sido imposible sin la presencia de este papa y sin su importante papel, incluido el político, que jugó en este momento de la historia". El papa quiso expresamente que esa lucha no fuera violenta. Gandhi y Luther King habían inspirado ya revoluciones no violentas; le tocó al papa inspirar la última gran revolución no violenta del siglo XX. Los obreros de Gdansk no utilizaron armas sino cuadros del papa, de la Virgen de Czestokowa , rosarios, huelgas y desobediencia civil. El primer acto de Walesa, el presidente electricista, fue tomar un avión con destino a Roma junto a sus colaboradores para agradecer al papa. Juan Pablo dijo en esa oportunidad que "la pretensión de construir un mundo sin Dios se ha revelado una ilusión" y alejando de su persona los elogios manifestó simplemente que el sistema comunista había caído "bajo el peso de sus propios errores y abusos. Se desplomó por sí mismo debido a los errores que le eran inherentes". Quiso decir que había sido suficiente la pequeña honda de David para que cayera el gigante.

Sin embargo, la evolución poscomunista en los países del este y en Rusia no significó una conversión al cristianismo sino al capitalismo más despiadado, lo que obligó al papa a reconocer esa parte de verdad que había en el comunismo frente a un capitalismo salvaje. En 1993, en la universidad de Riga, el papa reconoció "el alma de verdad que había en el marxismo , en la crítica a la explotación y a la alienación capitalista" y alentaba a "no olvidar las semillas de verdad presentes en el socialismo; éstas no deben perderse ni ser destruidas". Y en una famosa entrevista al periodista polaco Yas Gawronsky afirmó: "El capitalismo salvaje tiende a desconocer las cosas buenas realizadas por el comunismo: la lucha contra el desempleo, la preocupación por los pobres.. En el comunismo ha habido una preocupación por lo social, mientras que el capitalismo es mas bien individualista; sin embargo esta atención a lo social ha tenido un precio muy alto en los países del socialismo real, con la degradación de la vida de las personas. El éxito del comunismo en este siglo se explica como reacción a un tipo de capitalismo salvaje".

Quizás el viaje a Cuba del papa, que tuvo características muy distintas de sus viajes a Polonia y que resultó beneficioso para la Iglesia local, confirme estos nuevos acercamientos.

Por otra parte, muchos han puesto en tela de juicio su crítica aparentemente suave hacia las dictaduras de derecha que se proclamaban cristianas. En realidad lo que pasó fue que el papa en sus viajes a América Latina adoptó y respaldó en general la postura de las jerarquías eclesiásticas locales, mayoritariamente conservadoras. Pero los pueblos entendieron el mensaje de libertad de Juan Pablo II que habló suficientemente claro y sacudió a muchos de esos regímenes.

"GLOBALIZAR LA SOLIDARIDAD"
Se ha dicho que la Declaración Universal de los Derechos Humanos fue el hecho ético más trascendente a nivel laico del siglo pasado; fue con Juan Pablo II que la Iglesia asumió plenamente y oficialmente la defensa de esos derechos. Al llegar al Vaticano, después de haber vivido un anticomunismo militante, se encontró en América Latina con lo que algunos denunciaban como el peligro marxista , con una supuesta grave infiltración en la misma Iglesia; esto lo llevó a sospechar de la Teología de la Liberación. El informe Rockefeller de 1969, presentado al presidente de Estados Unidos después de un viaje a América Latina, decía que "la Iglesia en Medellín se ha transformado en una fuerza para el cambio; cambio revolucionario si fuera necesario. Debemos tener cuidado con la Iglesia latinoamericana porque si cumple los acuerdos de Medellín, atentará contra nuestros intereses". Desde los inicios de los años setenta, por otra parte, se fue desarrollando una corriente en el Vaticano que desconfiaba de estos cambios propugnados en Medellín y después en Puebla.

Quizás el hecho de que, a diferencia del diálogo con el mundo y del diálogo ecuménico, la opción por los pobres y contra la pobreza haya surgido en la Iglesia después del Concilio y justamente fuera de Europa (en América Latina) haya sido otro elemento de desconfianza. Juan Pablo fue elegido papa cuando estaba en curso este proceso y seguramente influyeron sobre él los círculos conservadores de la curia romana, además de los informes secretos de Estados Unidos que así como lo ponían al día de lo que sucedía en Polonia, también lo informaban sobre Centroamérica y América del Sur desprestigiando la Teología de la Liberación. Así se convenció de que el gran peligro en América Latina era el marxismo, cuando en realidad lo ha sido siempre la miseria provocada por el capitalismo salvaje . No es esto de extrañar cuando muchísimos obispos de nuestros países de América Latina estaban convencidos de lo mismo y bastaba comprometerse en lo social para ser tildados de "idiotas útiles" al comunismo.

Se comprende así lo que muchos criticaron o no entendieron en aquel entonces: por qué el Vaticano no denunció públicamente tantas masacres de sacerdotes, religiosas, catequistas y líderes campesinos sobre todo en Centroamérica (Guatemala, El Salvador, etc.).

El papa sin embargo, entendió el grito de liberación que surgía de este continente dominado y explotado. Asumió muchos elementos de la Teología de la Liberación que son ahora parte del magisterio, como la opción preferencial por los pobres, el concepto mismo de liberación integral, de pecado social, de la justicia como parte esencial de la misión de la Iglesia, etc.; pero condenó duramente cualquier infiltración del pensamiento marxista. A la Teología de la Liberación rectamente inspirada no se la condenó (ya que no puede decirse en absoluto que sea contraria a la Escritura, a la tradición y al magisterio) pero sí hubo un avance cada vez más fuerte de obispos contrarios a la misma. El papa no apoyaba la alianza de los cristianos con la izquierda marxista y prefería apoyarse sobre la Doctrina Social de la Iglesia. Sin embargo, en 1986 en una carta personal el papa les decía a los obispos brasileños reunidos en Itaicí que "la Teología de la Liberación no sólo es oportuna sino útil y necesaria". Hoy esta Teología se enseña en las universidades y se ha difundido en todo el mundo.

Juan Pablo había advertido que el capitalismo desenfrenado no sería mejor que el comunismo ya que profundizaría aún más la brecha entre ricos y pobres. Por eso fue autor de importantes encíclicas sociales que revelan su olfato político y su sensibilidad social. Lamentablemente con la "Centesimus Annus" se idealizó una posible corrección del capitalismo que está muy lejos de hacerse realidad (cuando esta corrección se dio en el pasado, fue gracias a la presión obrera y a los movimientos de izquierda); el capitalismo histórico es tan antievangélico como el socialismo real. El card. Roger Etchegaray, entonces presidente del Pontificio Consejo de Justicia y Paz, a través de una amplia consulta de base y también de expertos, había preparado un texto altamente crítico y profético; pero la secretaría de estado con un nuevo equipo liderado por el prof. Rocco Buttiglione, del movimiento "Comunione e Liberazione" y el economista católico liberal Michel Novak, desautorizó la redacción del mismo con el resultado que se conoce. Con esto no se niegan otros sustanciales aportes de la encíclica a la Doctrina Social de la Iglesia. Pero habrá que llegar al documento postsinodal "Ecclesia in America" para escuchar una condena sin tapujos del neoliberalismo.

Por otra parte, claramente Juan Pablo II se hizo portavoz del Tercer Mundo y en especial de los pueblos de África. En 1984 gritó proféticamente en un país rico como Canadá: "El sur pobre juzgará al norte rico" y promovió campañas para abolir o reducir la deuda externa de los países más pobres. Suya es la consigna para el tercer milenio: "Globalizar la solidaridad". En América Latina los mártires de las dictaduras militares no han sido reconocidos como tales con la misma facilidad que los mártires del nazismo y del comunismo. El papa aceptó el proceso de beatificación del obispo Oscar Arnulfo Romero de El Salvador pero todavía se discute en Roma si murió "en odio a la fe" o por motivos políticos; mientras tanto, como su segundo sucesor fue enviado un obispo de orientación diametralmente opuesta, tal como había sucedido en la diócesis de Helder Cámara en Brasil, demostrándose así el gran poder que tiene en la Iglesia la curia romana. Dijo sobre este tema el card. Aloisio Lorscheider: "Ha habido una centralización exagerada; se marginalizó a ciertos obispos y se ha ido perdiendo en gran medida el poder de la Iglesia local de intervenir en la realidad práctica de cada país".

"UNIDOS, PARA CONSTRUIR LA PAZ"
El papa Juan Pablo II entendió que el movimiento ecuménico había sido el hecho más importante a nivel de Cristianismo del siglo XX y en su encíclica "Ut unum sint" (= para que sean uno) de 1995, propuso a todos los cristianos para el tercer milenio la meta de la unidad visible y de la reconciliación. Allí mismo se dice que el ecumenismo no debe ser "un simple apéndice que se añade a la actividad tradicional de la Iglesia, sino que pertenece orgánicamente a su misma vida y acción"(n.20); es decir, debe ser una prioridad pastoral para toda la Iglesia. Lo fue para el papa Juan Pablo que pidió perdón por los errores del pasado, exaltó los mártires de las distintas Iglesias (en ocasión del Jubileo se ha hecho la recordación de más de 12 mil mártires y testigos de la fe) y se manifestó dispuesto a cambiar la forma de ejercer el papado (una propuesta sin antecedentes en la historia). Uno de los momentos más significativos del pontificado fue la operación llamada "purificación de la memoria" que se desarrolló desde el año 1994 con la "Tertio Millennio Adveniente" hasta el año 2000. Fue un golpe duro para el triunfalismo de muchos eclesiásticos que se resistieron a eso. El papa habló de los pecados que provocaron la desunión de los cristianos, de los pecados sociales de la Iglesia, pronunció varios "nunca más" y se agarró a la "fuerza débil" de la cruz de Cristo, abrazándola de manera conmovedora en la gran ceremonia del Jubileo. Hasta hace poco no se admitía ningún error en la Iglesia y la apologética hacía saltos mortales para defenderlo todo.

El papa apostó sobre todo al diálogo con los ortodoxos, a pesar de las dificultades surgidas después de la caída del comunismo. Se han hecho grandes asambleas ecuménicas en Basilea, Seúl, Graz; se han firmado importantes documentos..., pero el resultado no correspondió al esfuerzo. El camino es todavía arduo y se advierte la urgencia de priorizar realmente una pastoral ecuménica, de una mayor familiaridad de parte de los católicos con la Biblia y de un mayor conocimiento y acercamiento hacia nuestros hermanos en la fe, así como de decisiones más audaces en el área magisterial.

Otro camino profético transitado por Juan Pablo II fue el diálogo interreligioso. Esto fue impulsado siguiendo las indicaciones del Concilio que ofreció una nueva valoración de las Religiones; valoración que se da por el hecho de reconocer la presencia de Dios y las semillas del Evangelio también en las grandes Religiones del mundo. Lo que por supuesto no nos dispensa del derecho y el deber de anunciar a Cristo en su totalidad. El papa no tuvo ningún reparo en reunirse con los judíos en la sinagoga de Roma o con los musulmanes en la mezquita de Damasco, de rezar en el muro de los lamentos en Jerusalén, de hablar a cientos de miles de jóvenes musulmanes en Casablanca (Marruecos), reservando un trato especial a las religiones monoteístas. Después del viaje a Jerusalén del papa, el líder israelí Shimon Peres dijo: "Los judíos tratamos injustamente a Jesús, los cristianos nos trataron injustamente a nosotros durante más de dos mil años; tras la visita del papa esa historia terminó". Y esto, sin desconocer que el papa se encontró varias veces con Arafat y expresó su solidaridad con el pueblo palestino.

Pero también supo abrirse a las demás religiones. En 1986 en Asís reunió a unos 200 líderes religiosos de todo el mundo en el Año Internacional de la Paz para rezar, cada uno con sus ritos, por la paz. De este hecho histórico surgieron múltiples iniciativas a nivel mundial. El encuentro de Asís de 1986, quizás haya sido uno de los más grandes acontecimientos religiosos del siglo. Fue un encuentro cuestionado en las altas esferas del Vaticano. Había sido inspirado entre otros por el obispo Pietro Rossano, en ese entonces secretario del Pontificio Consejo para el diálogo con los no cristianos, que con el p. Jacques Dupuis fue también autor de un célebre documento vaticano del año 1991: "Diálogo y anuncio". El 1º de enero de 1992 el papa propuso un lema por la paz que decía: "Creyentes de todo el mundo, uníos para construir la paz". El lema reflejaba un nuevo manifiesto análogo al de Karl Marx para el nuevo milenio.

Hoy se habla del "peligro islámico", condenando a veces toda una religión injustamente. El fundamentalismo islámico es una corriente minoritaria dentro del Islam. Los terroristas de las Torres Gemelas no son "musulmanes", como tampoco son "cristianos" los terroristas de Irlanda y Serbia; son simplemente terroristas.

El papa, y con él las Iglesias y las religiones en general, reaccionaron prontamente frente a la teoría del "choque de las civilizaciones" que intentaba instrumentalizar las religiones.

Juan Pablo II nunca quiso que se identificara a la Iglesia Católica con occidente. Por eso también los Sínodos de África y de Asia han solicitado una mayor inculturación del mensaje evangélico en la historia y cultura de esos pueblos sin repetir los errores del pasado y deseuropeizando a la Iglesia; ya se habla de la "tercera Iglesia" y el papa reconoció que Asia será la futura gran frontera de la Evangelización.

POR UNA "CULTURA DE LA VIDA"
El papa Juan Pablo II se ha caracterizado por la defensa de la vida humana desde la concepción hasta la muerte natural, luchando contra el aborto, la eutanasia y cualquier manipulación de la vida humana. Indiscutiblemente el derecho a la vida es el derecho fundamental sobre el cual se basan todos los demás. Y lo mismo vale la vida del embrión que la del anciano, la del enfermo que la del sano, la del ignorante que la del sabio, la del criminal, la del inocente, del minusválido, del amigo, del enemigo. El respeto y la defensa de la vida no es cuestión propiamente religiosa ni se reduce únicamente al aborto y a la bioética; pero ha llegado a ser clave en este pontificado debido a los ataques, no ya solapados y clandestinos sino públicos y organizados contra la misma.

Hoy muchos de los que se oponen a la pena de muerte, a la guerra, etc., considerándose progresistas, aceptan el aborto como un derecho de la mujer sobre su propio cuerpo (dentro del contexto de la liberación femenina). Los cristianos creemos que el aborto es un crimen porque se trata de una nueva vida en formación y el tema de los abortos clandestinos debe ser encarado con soluciones alternativas. Escribe el teólogo Luis González-Carvajal, dirigiéndose a esos presuntos progresistas: "El primer derecho del hombre es el derecho a nacer cuando es concebido y el último, el derecho a morir cuando Dios quiere.

Si negáramos estos derechos, caeríamos en la contradicción de defender la vida de los culpables en el caso de la pena de muerte y dejar desprotegida la vida en el caso de los inocentes".

Pero la cultura y la defensa de la vida incluyen también una lucha tesonera contra las guerras, el terrorismo, las torturas, la pena de muerte, la destrucción de la naturaleza. El papa Juan Pablo se ha destacado también en su lucha contra las guerras, alejando en primer lugar el peligro de un estallido nuclear con la guerra fría e interviniendo después activamente en todos los conflictos o haciéndose presente en los lugares del sufrimiento. Conmovieron al mundo sus viajes a zonas castigadas y sufridas como por ejemplo a ciertos países de África, a Amazonia en el leprosario de Marituba, a Ayacucho (Perú), a Auschwitz, a Calcuta, a la isla de Gorée (Senegal) de donde salieron nueve millones de esclavos para América, a las favelas de Río de Janeiro, a tierras de la mafia siciliana cuando amenazó con el Juicio de Dios, a Inglaterra y Argentina para evitar la guerra de las Malvinas, a los Balcanes cuando intentó ese frustrado viaje a Sarajevo, al monte de las cruces en Lituania...

Juan Pablo llevó adelante una posición absolutamente contraria al uso de las armas desde su intervención para evitar la guerra entre Argentina y Chile, pasando por la guerra de las Malvinas hasta la guerra de Irak. Claramente ha condenado la "guerra preventiva" como respuesta al terrorismo internacional; ésa es también guerra de agresión, terrorismo. El papa pidió más bien la prevención de las guerras, buscando atacar las raíces, las causas del terrorismo. En el año 2003 condenó en 32 oportunidades la invasión de Irak y no se quedó callado, por ejemplo, frente a la indiferencia internacional ante las masacres de Ruanda, del Congo o de la "limpieza étnica" en Bosnia. En casos extremos que ponen en peligro la supervivencia de pueblos o etnias como en el caso de la guerra de los Balcanes, el papa volvió a la doctrina tradicional de la legítima defensa invocando una "injerencia humanitaria" o intervención armada por parte de la ONU, pero sólo con la finalidad de desarmar al agresor. Puede decirse de todas maneras que Juan Pablo II apostó a la no violencia, como camino para el futuro. Apoyó ampliamente también una campaña mundial impulsada por la Comunidad San Egidio para erradicar la pena de muerte en el mundo y a la vez revertir el proceso de penalización carcelaria, hoy totalmente negativo en cuanto a la recuperación de los presos. Quizás nuestra época reconozca, y así lo han demostrado los funerales de Juan Pablo II, como este papa (y los anteriores) han dado un aporte rico, inteligente y paciente al desmantelamiento de las guerras, de las cruzadas, al diálogo, al encuentro entre confesiones religiosas y culturas para que todos nos pongamos al servicio de la paz y de la reconciliación entre los pueblos. De distintas partes ha surgido la idea de un Concilio por la paz, verdaderamente ecuménico de todas las Iglesias, católica, ortodoxas, anglicana y evangélicas.

Ya en 1934 el pastor Dietrich Bonhöeffer invocaba este concilio de todas las Iglesias "para que retiren en nombre de Cristo las armas de las manos de sus hijos, condenen cualquier tipo de guerra e invoquen la paz de Cristo sobre este mundo enloquecido".

HUELLAS PARA SEGUIR ANDANDO
Hemos querido destacar unas huellas proféticas del pontificado de Juan Pablo II como testamento para una Iglesia que sigue caminando hacia la plena realización de los objetivos del Concilio Vaticano II, a pesar de ciertas involuciones y desánimos. Antes de morir, el card. Franz Koenig, uno de los principales artífices del Concilio, en una entrevista publicada en un libro (Gianni Licheri: "Iglesia:¿adónde vas?") recordaba que "el discurso del papa Juan XXIII contra quienes profetizaban desdichas, sigue conservando hoy toda su validez", y seguía diciendo el cardenal: "los resultados del Concilio son infinitamente superiores a todo lo esperado. El Concilio renovó el rostro de la Iglesia, abrió sus puertas al mundo e hizo que cayeran muchos prejuicios. Si no se hubiera realizado el Concilio, sería una auténtica catástrofe para la Iglesia. A pesar de los problemas que seguramente hay, yo puedo ser hoy cualquier cosa, menos pesimista, porque observo una evolución positiva y un crecimiento cualitativo de la Iglesia Católica y de su influjo". Y advertía: "La insistencia por parte de algunos en el término ‘restaurar’, da una excesiva impresión de nostalgia por el pasado, el cual está definitivamente superado".

Vivimos hoy efectivamente en una Iglesia más activa y comunitaria, más comprometida y vibrante en su fe. Como en todos los grandes movimientos de masas, siempre hay una vanguardia, están los que quedan atrás y está el grueso de la gente que avanza lentamente. Los pastores deben atender a todos. La orientación conservador del papa Juan Pablo en ciertos temas le fue útil por ejemplo para apoyar y acompañar a las Iglesias del este europeo que no habían vivido la renovación conciliar. Igual que el papa, se habían alimentado de una cultura católica intransigente, inflexible en la defensa de la fe, del dogma, de la moral tradicional, de la disciplina. Juan Pablo II fue un gran pontífice que supo traducir en gestos históricos las principales orientaciones de apertura del Concilio, pero que también avaló repliegues e involuciones sobre todo al interior de la Iglesia. Se ha dicho que en su prédica el gesto prevalecía sobre la palabra y la figura sobre el mensaje, con el resultado de un papa más admirado que escuchado; sin embargo, su testimonio personal de santidad y coherencia evangélica removió la conciencia de multitudes.

Juan Pablo II logró beatificar al papa Juan XXIII a costa de otra beatificación de signo contrario impulsada por el ala conservadora de la Iglesia: la de Pío IX. Sin embargo, en la celebración multitudinaria de plaza San Pedro una ovación interminable acompañó el nombre de Juan XXIII, mientras un impresionante silencio acompañó el de Pío IX. Hubo efectivamente una maduración eclesial después del Concilio a nivel del pueblo cristiano, que ahora hace votos para que se vaya profundizando el proceso colegial y participativo en la Iglesia. El papa Pablo VI, después del Concilio había indicado el camino de solución de los problemas con su primera encíclica sobre el diálogo. Hoy muchos piden que en la elección de obispos se lleve a cabo un proceso de consulta más amplio a nivel local, incluyendo a los laicos, como en los primeros tiempos de la Iglesia. El card. Carlo Martini en el Sínodo europeo habló también de ocho "nudos" que hay que desatar urgentemente en la Iglesia con respecto a la sexualidad, al rol de la mujer, a la disciplina del matrimonio, a la crisis del clero, a los laicos y los ministerios, a la práctica penitencial, a los vínculos entre la moral y la legislación civil, a la relación entre democracia y valores. Desde las Iglesias del Tercer Mundo se pide volver a vivir la pobreza evangélica junto a los pobres de este mundo (el obispo Casaldáliga pidió "un papa sensible, como el corazón de Jesús, al clamor de los pobres, despojado de poder y con un ejercicio más modesto del papado").

De Juan Pablo II puede decirse que cumplió una etapa muy importante en el camino del Concilio y nos dejó una huellas proféticas para seguir andando. Como nunca antes, con su ministerio itinerante, el papa impulsó la "misión ad gentes", la "nueva evangelización" para las masas descristianizadas o alejadas de la práctica religiosa, privilegió la atención a los jóvenes (nadie olvida las grandes concentraciones de jóvenes de las Jornadas Mundiales y los dos millones en Roma para el Jubileo), supo usar los medios de comunicación para llegar a todos. Enfrentó el secularismo, el relativismo moral, las sectas y la increencia con la audacia y el anuncio explícito de la fe, aun yendo contra la corriente. Si se quisiera sintetizar muy escuetamente el pontificado de Juan Pablo II podría decirse que las palabras claves de este pontificado han sido: Cristo ("Abran las puertas a Cristo") y el hombre. Había dicho: "El hombre es el camino de la Iglesia". Por ese camino caminó papa Wojtyla, hasta el final.

Primo Corbelli