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Amós,
un profeta campesino
Adoraban a Yavé, pero no lo hacían en Jerusalén sino en Betel, una ciudad que quedaba en el centro del país en la que había estado el arca de la Alianza (cf.1Sam 9). Los israelitas del Norte tenían un hermoso santuario en la cima del Monte Garizim. Sin que lo llamen, Amós irrumpe en una fiesta del rey. Allí están los embajadores de varias naciones vecinas, y todos festejan. Este paisano entonces arremete con todo y empieza a anunciar a los distintos embajadores las calamidades que les están por llegar. Así son acusados los sirios, cuya capital es Damasco, por haber atacado con violencia a Israel, lo mismo anuncia a los filisteos de Gaza, Asdod, y Ascalón, contra los fenicios de la ciudad de Tiro, que no dudaron en vender como esclavos a los israelitas vecinos, pese a que habían hecho una alianza con ellos. Luego anuncia el castigo a los edomitas, pueblo vecino de Israel y emparentado directamente con éste, pero que se había caracterizado por atacarlo siempre. Habla contra Moab, y contra el mismo reino de Judá, que también tenía su embajador en la fiesta. Les anuncia el destierro y su total eliminación como naciones. A Judá le acusa de idolatría y de no haber cumplido la ley de Moisés. Aunque menciona su castigo y su destierro y que sus palacios se quemarán, no le pronostica como a los otros su eliminación como nación. (Am cap. 1 y 2).
Contra Israel Hasta ahora los israelitas y el mismo rey Jeroboam no tenían demasiado problema con Amós, es más hasta les caía simpático este profeta extraño que no se andaba con muchas vueltas para denunciar lo que denunciaba y no empleaba un lenguaje demasiado refinado. Pero su ánimo se vino al suelo cuando el profeta señalando al rey de Israel y su corte exclama lleno de santa indignación: "Así dice Yavé: Mi sentencia en contra de Israel por sus muchos crímenes será sin apelación ninguna. Porque ustedes venden al inocente por dinero, y al pobre por un par de sandalias, pisotean a los pobres cuando están en el suelo, y les impiden a los humildes conseguir lo que desean. Padre e hijo, faltándole el respeto a mi Santo Nombre, tienen relaciones con la misma mujer; tomando las ropas empeñadas se acuestan cerca de cualquier altar, y con el vino de las multas se emborrachan en la Casa de su Dios. Yo, sin embargo en atención a ustedes destruí a los amorreos... Yo los saqué a ustedes de Egipto, y los conduje por el desierto durante cuarenta años, para que tomaran posesión del territorio amorreo. Yo de entre sus hijos, hice surgir profetas, y consagraba a sus jóvenes como nazireos. ¿No era así, hijos de Israel? Pero ustedes hicieron tomar vino a los nazireos, y a los profetas les prohibieron predicar. Pues bien, por todo lo que han hecho, Yo los voy a aplastar contra el suelo, como aplasta la tierra la pala que muele la paja. No se podrá escapar el hombre rápido, ni demostrar su fuerza el forzudo, ni salvar su vida el valiente... El primero entre los valientes huirá desnudo aquel día. Así lo asegura el Señor" (Am 2, 6-16). Amós prosigue su discurso anunciando la ruina del Reino de Israel y el destierro al extranjero de sus habitantes. Pero la palabra de Amós continúa sonando, todos los que lo escuchan están confundidos y horrorizados. Algunos pensaban que Amós se metía en temas que no le correspondían, dado que no parecen temas muy religiosos. En efecto, Amós pone el dedo en la llaga, pues el bienestar de Israel es fruto de la injusticia y la explotación del pobre. La miseria de muchos paga el lujo de unos pocos, el hambre de muchos, costea la hartura de los ricos y privilegiados. Si un sacerdote predicara como lo hizo Amós en su época, muy probablemente lo acusarían de meterse en política y de dejar de lado un discurso religioso.Pero para Amós la fe religiosa debe concretarse en obras claras y concretas, si no es una horrorosa hipocresía que sólo provoca la ira del Señor.
Los que oprimen a los débiles Las damas ricas de la nobleza israelita contemplaban y escuchaban horrorizadas. El profeta entonces las señala con un dedo acusador y sin ningún tipo de diplomacia les dice: "Escuchen esto vacas de Basán, damas de los cerros de Samaría: ustedes oprimen a los débiles, y aplastan a los pobres, luego dicen a sus maridos: ‘Sírvannos más vino para que podamos emborracharnos’ El Señor Yavé jura por su santidad: ya llega el día en que las levantarán a ustedes con arpones, y con un aguijón para empujar por detrás." (Am 4, 1-3). Arremete luego contra los comerciantes que desprecian la justicia y las fiestas de Yavé y sólo quieren ganancias fáciles. El profeta los llama "explotadores del pobre" y desenmascara su codicia. Amós deja bien claro que no se puede servir a Dios si sólo nos importan las ganancias, y que quien atropella al pobre y a sus derechos tendrá que dar cuenta ante el Señor (Am 8,1-11).
La intervención del sacerdote Amasías Amós no tiene autorización para hablar en el Santuario oficial del Reino de Israel, y se ha entrometido en los asuntos del Reino. El sumo sacerdote Amasías interviene y le recrimina. "Sal de aquí vidente; vete a Judea y gánate allí la vida dándotelas de profeta, pero no profetices más aquí en Betel, porque es un santuario real y el Templo nacional. Pero Amós le respondió: Yo no soy profeta ni hijo de profetas, soy cuidador de rebaños y cultivador de sicómoros. Yavé es quien me sacó de detrás de las ovejas y me dijo: Ve y habla de parte mía a Israel, mi Pueblo. Pues bien, escucha ahora tú que dices; ¡Basta de profecías contra Israel! Un día tu esposa se prostituirá en plena calle, tus hijos e hijas morirán en la guerra. Los vencedores se repartirán tus bienes, y tu mismo morirás en tierra extranjera. Israel será llevado lejos de su país" (Am 7,12-17).
Final de la historia No sabemos bien qué pasó después con Amós. Tuvo que irse, posiblemente expulsado del Reino, y bajo las risas y burlas de los que habían escuchado su predicación. Pero al año un tremendo terremoto sacudió la tierra de Israel, y tan solo diez años después de esto, los que se habían reído de Amós estaban muertos o marchando al destierro sin nada que llevarse. Salmanasar III, rey de Asiria, en el año 744 a.C., acabó con el Reino de Israel. Lo que Amós había predicho con exactitud se cumplió. Quien pretende llamarse creyente, pero desprecia al pobre y al humilde y se beneficia de la injusticia, no puede pretender el favor de Dios. Dios no escucha la oración del que oprime al pobre. El libro de Amós concluye con una promesa llena de esperanza. Dios sabe tener misericordia, y no exterminará del todo a Israel; la prueba del destierro purificará al Pueblo de Dios que volverá a su tierra. Ese "resto" del pueblo elegido que Dios dejará, verá el cumplimiento de sus promesas (Am 9,8-15). Eduardo Ojeda |
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