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Introducción
Jesús se presentó y pidió a sus discípulos un seguimiento adoptando una forma de entonces: la del Maestro, Rabbí; pero muchas veces superó esta forma, sobre todo a través de la autoridad con la que predicaba la palabra, en clara contraposición al método de los escribas. Su autoridad no la deriva de la tradición, y pretende interpretar la voluntad de Dios más allá de la Ley, remontándose a la voluntad misma de quien la ha inspirado. "Enseñaba con autoridad, no como los letrados" (Mc 1,22). Quizá por esta reivindicada autoridad se transforma en un Rabbí personalísimo: en efecto, en vez de ser elegido como los otros rabinos, él elige a sus seguidores y los llama por su nombre; además frecuenta lugares de mala fama, acogiendo prostitutas y pecadores públicos, y eligiendo entre ellos a sus discípulos (cfr. Mc 2,14 y Lc 8,2).
La llamada que hace Jesús es radical y muy fuerte, pero es posible precisamente porque él no pide sólo fe en Dios, sino adhesión a sí mismo, reconocimiento de su autoridad y de su propia persona. Preguntará: "Y ustedes, ¿quién dicen que soy? (Mt 16,15) y recibirá la proclamación de fe como obra reveladora de Dios. También las mujeres, hecho insólito para la mentalidad judaica del tiempo, pueden seguirlo. "Lo acompañaban los doce y algunas mujeres... María Magdalena..., Juana, mujer de Cusa, Susana y otras muchas" (Lc 8,2-3). La primera testigo de la resurrección fue María Magdalena; a ella Jesús le confía el mensaje pascual en su plenitud (cfr. Jn 20,1-18). Jesús predica y enseña no sólo en las sinagogas sino al aire libre: en la montaña, en la llanura, a la orilla del mar; su vida no está atada ni al templo ni a una sinagoga ni a una escuela; y entre su auditorio están todos: hombres, mujeres y niños.
¿Quién es el discípulo? Es aquel que sigue a Jesús yendo detrás de él como se va detrás del Maestro, pero reconociendo en Él a alguien que es más que un Maestro. Jesús se mostró como Rabbí, pero no es tanto por ser Rabbí que debemos seguirlo. No es sólo un maestro espiritual o carismático, o un revolucionario. Esto no basta para fundamentar la fe y hacernos creyentes. El cristianismo siempre ha tenido el grave peligro de predicar el Jesús Rabbí en base a la actualidad encontrada en su enseñanza: ha salido así el Jesús socialista, el Jesús hippie, el Jesús gurú, el Jesús filántropo... Si esta lectura de Jesús se impusiera sería el fin de la fe cristiana. La relación con él no está fundada sobre la instrucción, sobre la doctrina, sino sobre la fe, sobre la adhesión a su persona, como único guía: "Uno sólo es vuestro Maestro, el Cristo" (Mt 23,10).
Señor más que Maestro. A los discípulos que lo llamaban Maestro, Jesús les dice que hacían bien, pero se presenta a ellos como Señor y Maestro (cfr. Jn 13,13). Jesús es ante todo el Señor (Kyrios). A Jesús en efecto, se le llama Maestro (Rabbí) sólo en los Evangelios. En la Segunda Carta de Pedro (2Pe 2,1) a los falsos maestros ya no se contrapone el verdadero Maestro sino el Señor. Para los primeros cristianos, el título de Maestro no expresaba adecuadamente lo específico de Jesús; cuando poco a poco se profundizó la meditación sobre él, tal título cayó y fue sustituido por otros. Ya en los Evangelios sinópticos es posible entrever esta evolución: si Marcos, que es el Evangelio más antiguo, registra el término de "maestro" como grito de los discípulos durante la tempestad sobre el lago (Mc 4,38), en un texto paralelo encontramos "dueño" -en el sentido del "dueño de casa" al que se debe respeto- (Lc 8,24) y en Mateo el término "Señor" (Mt 8,25). Lo mismo también se puede ver en las palabras de Pedro a Jesús durante la transfiguración (cfr. Mc 9,5: maestro; Lc 9,33: dueño; Mt 17,4: Señor). El Maestro se transforma en el dueño y en el Señor, títulos más aptos para expresar la fe de la comunidad.
Seguir a Jesús supone reconocerlo como el Señor La fe cristiana no consiste propiamente en aceptar doctrinas, sino en reconocer a Jesús y seguirlo, proclamándolo como Señor. El Credo, enseñado a los catecúmenos en el tiempo de su preparación al bautismo, no era una simple lección de memoria, sino la "contraseña" que los identificaba como seguidores de Jesús ante un mundo que los perseguía. Sabían a quién seguían, sabían de quién se fiaban (2Tim 1,12) y todo lo consideraban basura frente al conocimiento de Cristo (Fip 3,7-21).
Seguir a Jesús es continuar su estilo evangélico El programa de Jesús, el Reino de Dios, es inseparable de Él, ya que en Jesús el Reino de Dios se encarna y personifica, y se acerca a la humanidad. Jesús posee un estilo propio y peculiar de anunciar y realizar el Reino.Nacido pobre, en una familia campesina y trabajadora, se siente enviado a anunciar la Buena Nueva a los pobres. Jesús, a lo largo de su vida va discerniendo lentamente su misión y el camino que el Padre desea. Rechaza las tentaciones de poder y prestigio, reconoce que el Padre revela el misterio de Dios a los sencillos y lo oculta a los sabios y poderosos de este mundo, se solidariza en todo con los hombres y mujeres, menos en el pecado, se compadece del pueblo que anda disperso como ovejas sin pastor, bendice a la gente pobre y grita su denuncia profética contra los ricos y los fariseos hipócritas. Jesús hace a los pobres jueces de la humanidad y toma como propio cuanto se haga o deje de hacer con ellos.
Seguir a Jesús es formar parte de su comunidad Aunque Jesús llamó a los discípulos personalmente, uno por uno, a su seguimiento, formó con ellos un grupo, los Doce, a los que luego se sumaron hombres y mujeres hasta constituir la comunidad de Jesús. La Iglesia prolonga en la historia el grupo de discípulos de Jesús y es la comunidad que continúa su misión en este mundo. Es símbolo y sacramento de Jesús, sacramento de salvación liberadora en nuestra historia.Querer seguir a Jesús al margen de la Iglesia es un engaño; Pablo descubrió a través de su conversión que la comunidad de los cristianos es el Cuerpo de Jesús, es Cristo presente en forma comunitaria. Pero la Iglesia deberá continuamente convertirse al Reino de Dios, objetivo central de su misión y recordar siempre que Jesús siendo rico se hizo pobre y fue enviado para evangelizar a los pobres; así lo proclaman el Concilio Vaticano II y la Iglesia de América Latina, al hablar de la opción preferencial por los pobres.
El pez ubicado en el centro del mundo, simboliza al cristiano, que se ubica en la gran red del mundo plural. Los antiguos cristianos se reconocían por el símbolo del pez, porque su nombre en griego Ixthys contenía como un acróstico, las iniciales de la frase "Jesús, el Cristo, Hijo de Dios, Salvador"
Los itinerarios propuestos por este número especial ofrecen la oportunidad para reflexionar sobre el sentido de vida del cristiano de hoy, que quiere seguir a Cristo en un mundo plural. Son como una "regla de vida", una brújula en el camino del discípulo. Se recuerdan también breves testimonios de cristianos latinoamericanos que nos precedieron en la fe, ya propuestos por Umbrales a lo largo de estos 160 números.
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